Cuando tener la razón pierde importancia

A veces nos preocupamos tanto por tener la razón que no nos damos cuenta de lo que perdemos. Soy uno de esos que ha perdido más de lo que ha ganado en la vida por defender sus puntos de vistas y lograr tener la razón. La lista es bastante amplia, y la mayoría de las veces el orgullo, me abrazó con tanto ahínco que no me importó perder, así vi partir parejas, ascensos, amistades, oportunidades, etc., etc.

Empero, la vida siempre tiene una mesa para tí dispuesta en la terraza del silencio. Me acomodé en ella acompañado de mi soledad, bebí el café amargo del triunfo, mientras a la distancia, la mesura me hacía una seña. El viento de la contemplación soplaba dulcemente, y el mar de la inconsciencia a lo lejos se agitaba golpeando las rocas de la testarudez. Una gaviota de melancolía, se posó frente a mi, y le dije al orgullo que abandonara mi mesa. Se retiró molesto, haciendo gestos de desagrado y vociferando en mi contra.

La mesura con su pelo escarmenado, se me acercó, rodeó con su brazo mi cuello y me besó tiernamente, haciéndome presa de inmediato. Me incorporé tomándola de la cintura y baile por recuerdos malgastados abrazado a su delicado y perfumado cuerpo, rompiendo con los pasos de mi memoria las fotografías tomadas por el ego. En un acto de descontento, las lancé con furia hacia el olvido, y mi ego desesperado estiraba sus brazos tratando de coger los trozos que enarbolaban por doquier.

Vacié una botella de humildad y me embriague en la noche bañada de estrellas de nostalgias, y me quedé borracho, llorando, mientras la razón se perdía de la mano de mi ego, entendiendo que su partida era mi mayor consuelo.

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