El Valor de las cosas


Te asusta que sea cierto que tengas sida, ¿Por el miedo a morir o por qué temes haber contagiado a Rebeca?, la pregunta de Ernesto era directa, y por eso bajó la vista, contemplando el pozo negro que se dibujaba en su taza de café, al tiempo que agitaba la cuchara nerviosamente. No era fácil responder aquella pregunta, no sólo por la magnitud de la misma, sino por que en ese instante no estaba seguro de nada. Más aún sabiendo que su hija, dependía de un dador de sangre para ser operada. Su médico había sido el primero en llamarle para darle la noticia. Fue claro, al momento de señalar que no sería él, quien daría las explicaciones a Rebeca; su celo profesional, le impedía mentir en algo tan delicado, tomando en consideración los años que conocía a la familia.¿Está seguro? Le preguntó más de una vez, y todas las veces, recibió la misma respuesta –absolutamente, el resultado salió positivo. Sintió que el mundo se desmoronaba frente a sus ojos, pareciéndole demasiado tarde para detener su inevitable hecatombe. ¿Por qué le había pasado esto a él?- se preguntaba una y otra vez, sintiendo desconsuelo al no encontrar una respuesta. A su corta edad, se había acostumbrado al éxito. Vendedor por esencia, había desarrollado tal habilidad que estaba convencido, que todo se reducía a ponerle precio a todo lo imaginable e incluso a lo inimaginable. En sus ratos de ocio, le gustaba divagar buscando cifras para el honor, la religión, el patriotismo, la ética; decía que sólo se necesitaba tener olfato para saber al dedillo el monto y “negociar”, algo que le fascinaba y lo mantenía enardecido, impregnado de poder. Solía decir que esa adrenalina, era la substancia necesaria para navegar con su kayac en el torrentoso y profundo río de los negocios. En ese momento vino a su mente, la imagen de Cristina, mujer que lo sedujo por su sola presencia. Vestía siempre llamativamente y gozaba de una prestancia, que cautivaba las miradas. Desde su inició en el mundo de los visitadores médicos, la vio como un líder a seguir. Trataba de estar el mayor tiempo con ella, ávido en aprender sus tácticas la observaba con paciencia tibetana por horas, repasaba en su mente antes de dormir su rutina, cada detalle por superfluo que éste resultara lo analizaba; desde el saludo a la recepcionista, o el modo como se dirigía a un doctor, hasta la manera de abrir el maletín antes de sacar las muestras médicas. Todo en ella, era preciso, calculado, imperturbable, de un magnetismo tan encantador que provocaba que uno se viera envuelto aún sin pensarlo; como la vez que le pidió ingiriera por una semana un medicamento que aún no salía al público. Bastó su sola petición, para que tomara la pastilla. Rebeca, siempre con esa agudeza natural, le cuestionó ese comportamiento tan sumiso frente a Cristina (tan distinto a como se comportaba con ella). Pero Simón con su arte seductivo, se las arregló en acomodar las cosas, y dejarlas a su favor, convenciendo una vez más a su mujer (o al menos, creyendo que lo había hecho). Era tal su obsesión por emular a Cristina, que estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su confianza. Pronto, el éxito alcanzado básicamente por las rutas que ella le acomodaba, reafirmaron su autoestima y lo cegaron en torno a su objetivo. De su mano, fue dando pasos agigantados(al tiempo que iba cayendo en la telaraña celosamente tejida por ella), almorzaban en restaurantes lujosos; si ella cambiaba de auto, nacía en él la necesidad inmediata de hacerlo. Rebeca en tanto, le instaba a la mesura, pero los vientos de conquista soplaban con fuerza el escueto velamen de su frágil embarcación, y la plata que llegaba a raudales lo fueron obnubilando hasta internarlo en los mares de la vanidad y la soberbia. Todo había comenzado aquella reunión, en la que (habían acordado reunirse a una hora, pero él llegó atrasado, por eso la secretaria del doctor lo hizo pasar), a pesar de haber tocado la puerta sorprendió a Cristina en los brazos del gerente de una clínica de élite. Siempre con su sonrisa seductora, se acercó para colgarse de su cuello, y susurrarle al oído que estaba a punto de cerrar un contrato de los grandes. El gerente, sintió desconfianza de Simón, y le exigió que inhalara con ellos la cocaína que Cristina había traído de regalo. Los ojos de asombro de Simón buscaron refugio en los de ella, pero bastó su mirada punzante para que accediera. Ese fue el inicio, para llegar donde se encontraba ahora. Después de ese acto, Cristina vio en él, el aliado que anheló tanto encontrar. Rebeca, testigo ausente de esta relación, se refugiaba en sus estudios de teología (al tiempo que su vientre iba aumentando de tamaño), tomaba clases de yoga y meditación para elevar su espíritu. Simón por su parte viajaba de ciudad en ciudad, conquistando más y más fortuna. En los viajes, a pesar que siempre pedían piezas separadas, Cristina más de una vez, se quedó dormida en su cuarto vencida por el cansancio, mientras discutían y afinaban detalles para su próximo logro (a ella le gustaba tener todo bajo control). Los comentarios de una relación de amantes, comenzaron a tejerse frente a los ojos de Rebeca. Las atenciones desmedidas de Simón para su hija y ella, reforzaban los sentimientos de culpabilidad que le atribuían todos a él, por esta doble relación. Cristina, por su parte, desde que Simón era su sombra se veía renovaba, y lideraba junto a él en todos los ranking de ventas, por lo que el Laboratorio los premió con unas vacaciones disfrazadas bajo un “Simposio de Médicos” en el Caribe. La noche se transformó para ambos en día. Simón, lentamente fue necesitando de alucinógenos que lo mantuvieran despierto, no tomando conciencia de su vertiginosa adicción. La pequeña Rocío en tanto, iba sufriendo la anidación silenciosa de una insuficiencia cardiaca, que diez años más tarde la tenía postrada.

Desde que Rocío, se hallaba internada, Rebeca cargaba en silencio esa cruz de dolor matizada de una culpabilidad verdosa, mientras la corona de espinas creada por su subconsciente parecíale recriminar lo mala madre en que se había convertido por haber privilegiado de algún modo sus estudios, dejando de lado sus obligaciones maternales. Se la pasaba día y noche al lado de su nena, mientras Simón, prefería evadirse en el trabajo. Las discusiones con Rebeca, por el abandono, siempre chocaban en la misma pared - o ¿acaso no te das cuenta, que me desvivo por darles lo mejor a ti y a Rocío? ¿que más quieres que haga?, era la sentencia acostumbrada con que terminaban las peleas, a las que Rebeca, ya ni siquiera prestaba oídos.

En las vigilias nocturnas, repasaba en su memoria, cuantos cumpleaños, navidades y otras fechas importantes, como su primer día del colegio, o actos del día del padre, Simón estuvo ausente, llegando luego con gran cantidad de regalos para paliarlo. Todo lo arreglaba con dinero, dinero que Rebeca odiaba, pero que se veía obligada a aceptar (no quería privar de necesidades a su nena) ella misma no sabía distinguir hasta ese momento la dirección correcta en ese sentido. Acostumbrada desde niña a vivir con lo mínimo, no vibraba con los logros de Simón, recibiendo de él sólo críticas, por ser una mujer conformista de bajo perfil, que más parecía un ancla en su vida, ya que nunca reconocía sus logros, como su impresionante carrera, enviada por muchos (los más antiguos) y admirada por los más jóvenes, o ¿acaso no sabía que era a él y Cristina, los que todos buscaban imitar? En eso tenía razón. Había llegado a la cima en pocos años, y quizás fue tan rápido su ascenso, que por eso ella no se dio cuenta ¿En que momento se habían alejado tanto?- se preguntaba ahora, que lo veía como un absoluto extraño, un hombre al que amó en demasía, pero que en una esquina de la vida, extravío su rumbo, mientras ella ensimismada de sus estudios no logro percatarse; hasta ahora, que Rocío enfermó. La llamada del colegio catorce días antes, la sacaron de su burbuja. Su nena, se había desmayado en clases de gimnasia, hubo que llamar a la ambulancia porque no reaccionaba. Exámenes, médicos, la dejarían hospitalizada para su observación, nada de cuidado, fue lo que le dijeron, pero su instinto de mujer, le hizo dudar desde ese instante. Simón, la trató de exagerada, y de mala gana accedió para que se quedara acompañándola, haciéndole ver los costos que ello involucraba. No tenía ganas de escuchar su miserable discurso, bolso en mano, entró en la habitación de Rocío. Catorce días habían transcurrido desde entonces, que más le parecían catorce años, y sólo dos de ellos (fin de semana) Simón la había acompañado. Era tal el abismo entre ambos, que ya no lograba dimensionarlo, por más que lo intentara. ¿Rocío, cómo aguantaste tanto, pequeña? pareció preguntarle con voz bajita en la oscuridad de la habitación. Aquella casa del barrio alto, sin duda, parecía un enorme castillo de hielo a los ojos de su hija; pobre niña rodeada de juguetes y comodidades, y al mismo tiempo tan abandonada por padres ausentes. Simón en su mundo banal y superfluo y ella metida en un misticismo que la absorbió al punto de olvidarse que era madre. ¿Quizás por eso Dios, quiso que enfermaras? para que nos diéramos cuenta de que estabas ahí pequeña, carente de cariño, rodeada de cosas materiales, de soledad, de nanas, abuelos. ¿Hacía cuanto que no sabía que comía su hija? ¿que amiguitas le visitaban? ¿cuales eran sus gustos?, ni siquiera había notado lo delgada que estaba, ¿en que instante, ella la había abandonado? A sus treinta y dos años, se hallaba en esa habitación de la clínica, cansada como si la edad le doblara, desolada, envuelta en una pena que partía su alma, impotente, viendo a su pequeña sufriendo, necesitando mucho más que un dador de sangre, ¿Cómo no lo vio antes? ¿Por qué tuvo que enfermarse, para recién darse cuenta? ¿Por qué Dios, la mantenía tomada de su mano, dispuesto a arrebatársela, ahora que estaba dispuesta a amarla y cuidarla?. Su figura de mujer iba decreciendo al paso que la amargura aumentaba, quedando convertida en una niña asustada, que temblaba de miedo, por no saber que hacer, por hallarse impotente ante el destino, por no tener fuerza para gritar, maldecir. El llanto silencioso se le escapó del pecho, y buscó refugió bajo la colcha en el sillón de cuero negro, dispuesto al lado de la cama de Rocío.

¿Qué vas a hacer? volvió a preguntar Ernesto. No se animaba a dejar a Simón sólo. De pronto lo veía tan indefenso, aquel que derrochaba soberbia, ahora se le veía todo un alfeñique indefenso.
No lo sé amigo, estoy perdido, no sé que hacer.
Dime una cosa, ¿te acostaste o no con Cristina?
No viejo, nunca le he sido infiel a mi mujer. Lo de Cristina era meramente una relación de negocios.
Y ¿entonces cómo?
Supongo que fue en el viaje al Caribe. ¿Te acuerdas?...sí claro… bueno, una de esas noches, necesitaba algo más fuerte, y sobre el velador de la pieza de Cristina, había una jeringa con una dosis a media usar de heroína. Pensé que era de ella, por eso me animé y la ocupé. Tiempo después me aclaró que había sido de un colombiano, con el que había pasado la noche. Al principio me asusté y me hice los exámenes y como no tenía nada en ese momento, me olvidé del tema y hubiera seguido así, de no ser porque la Rocío enfermó, ¿te das cuenta?, si tú llegaste a pensar que me acosté con Cristina, que crees que va a creer Rebeca, además si se llegan a enterar en el Laboratorio, lo más seguro es que me echen. ¿Qué hago Ernesto? Estoy atrapado, mi hija me necesita más que nunca y con todas las acciones, bonos, la casa, el auto y todo lo que tengo, no puedo darle, lo único que necesita, sangre, ¡la maldita sangre del tipo O negativo!. Las palabras de Simón, abrieron una herida que nacía de su concupiscencia pasada. La impotencia lo hizo presa todo el día, y ahora al llegar el crepúsculo de aquel día, aún no encontraba el valor para contestar las más de veinte llamadas de Rebeca que tenía en su celular. Se despidió de Ernesto. Subió al auto, la radio tocaba una canción que no percibía a pesar de que el volumen se hallaba alto; por vez primera, estaba complacido de hallarse metido en un taco, los minutos aunque lento desfilaban cadenciosamente frente a él, como disciplinados soldados, y habían logrado demorar aún más el encuentro con Rebeca. No sabía como enfrentarla, en su interior tenía la certeza que no sería capaz de mirarla a los ojos, menos enfrentarse a Rocío. Su nenita de brazos delgados, de tez blanquizca y ojos hundidos por la estadía en cama, de seguro al verle querría colgarse de su cuello, y eso no podría soportarlo. Caminó por los pasillos vacíos de la Clínica. Llegó hasta la habitación 213, la luz apagada le dio cierto alivio, seguramente las dos dormían - pensó. Decidió acudir por un café de máquina. El silencio noctámbulo abrazado a la soledad, se paseaba por los pasillos, dejando tras sus pasos, huellas de desconsuelo. Regresó a la habitación, como quien está condenado a revivir su peor pesadilla. Antes de entrar, la enfermera le detuvo. De la forma más atinada, le dio los pormenores, pero él no quiso seguir escuchando e irrumpió en la habitación y comprobó que ya no estaba en la cama, quiso huir, corrió por los pasillos enloquecido, los gritos ensordecedores alteraron por completo el ambiente del piso, asustando a los enfermos. Tuvieron que llamar a varios auxiliares, para contenerlo y calmarlo, antes que el calvario en su pecho le hiciera perder el conocimiento.

Seis semanas más tarde, una mujer acompañada de un hombre más joven, preguntaban por él (sería las únicas visitas que recibiría en dos años). Se hallaba vestido de blanco, sentado en silla de rueda, con sus brazos amarrados con vendas en los apoyamanos. El viento primaveral y el sol del mediodía, le acariciaban el rostro, junto a él, había sólo tres internos más en el jardín del recinto. La mujer vestida elegantemente de traje, se sacó los lentes de sol, para que él la reconociera. Pero Simón, siguió con la mirada ausente.
¿Cómo estás Simón? ¿Te estás recuperando? ¿Te tratan bien aquí?. Es bonito el lugar, no te puedes quejar, te conseguí lo mejor…continuó diciendo, pero no hubo respuesta. La visita duró sólo unos minutos, cuando se disponía a salir, ella se dirigió al joven diciéndole, está peor de lo que pensé, ¿creerás que era el vendedor más brillante que tenía la empresa?, una lástima que haya terminado así.

En los días que siguieron en su cautiverio siquiátrico, por las tardes, cuando el tiempo lo acompañaba solía pedir que lo dejaran sentarse en la terraza, y podía pasar horas contemplando los jardines, entonces en el fondo de su ser llegó a descubrir que todo lo que ahora veía, había perdido valor.

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El séptimo sentido (de la felicidad)

Sin duda que todos conocemos los cinco sentidos conque la mayoría nacemos (vista, oído, gusto, olfato y tacto) y suele atribuirse el sex...