domingo, 12 de marzo de 2017

Cuando tener la razón pierde importancia

A veces nos preocupamos tanto por tener la razón que no nos damos cuenta de lo que perdemos. Soy uno de esos que ha perdido más de lo que ha ganado en la vida por defender sus puntos de vistas y lograr tener la razón. La lista es bastante amplia, y la mayoría de las veces el orgullo, me abrazó con tanto ahínco que no me importó perder, así vi partir parejas, ascensos, amistades, oportunidades, etc., etc.

Empero, la vida siempre tiene una mesa para tí dispuesta en la terraza del silencio. Me acomodé en ella acompañado de mi soledad, bebí el café amargo del triunfo, mientras a la distancia, la mesura me hacía una seña. El viento de la contemplación soplaba dulcemente, y el mar de la inconsciencia a lo lejos se agitaba golpeando las rocas de la testarudez. Una gaviota de melancolía, se posó frente a mi, y le dije al orgullo que abandonara mi mesa. Se retiró molesto, haciendo gestos de desagrado y vociferando en mi contra.

La mesura con su pelo escarmenado, se me acercó, rodeó con su brazo mi cuello y me besó tiernamente, haciéndome presa de inmediato. Me incorporé tomándola de la cintura y baile abrazado a su delicado y perfumado cuerpo por recuerdos malgastados, rompiendo con los pasos de mi memoria, las fotografías tomadas por el ego. Las lancé al olvido, que desesperado estiraba sus brazos tratando de coger, los trozos que enarbolaban por doquier.

Vacié una botella de humildad y me embriague en la noche bañada de estrellas de nostalgias, y me quedé borracho, llorando, mientras la razón se perdía de la mano de mi ego, entendiendo que su partida era mi mayor consuelo.  

jueves, 29 de diciembre de 2016

Valió la pena un año más ?

Quizás la pregunta te parezca un tanto absurda, o cuestionable, pero créeme que no tengo duda en hacértela. Y es que te quiero invitar a que veas las cosas del otro lado de la vereda. Por lo general, las cosas se ven desde nuestra perspectiva personal, y de ahí analizamos todo, es decir siempre desde nosotros mismos. Te quiero llevar a que salgas de tí, y te veas de frente, y te preguntes ¿Valió la pena que el universo, te regalara un año más de vida? La pregunta es simple y directa, y antes de que quieras entregar una respuesta, piensa ¿Qué le diste a la vida con tu existencia, que le entregaste a tus prójimos, que tanto bien hiciste por la humanidad, por los animales, la naturaleza, te preocupaste de alguien más que no fueras tú?

Sino tienes mucho que decir, te invito a orbitar por la vida y empezar a ver el mundo desde la vereda del frente, quizás lo que veas de tí, no sea tan agradable como piensas. La mejor manera de crecer, es cuando das, pues siempre la vida te entrega más allá de lo que imaginas. Un abrazo cósmico.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Manifiesto Personal

Desde que tengo uso de razón uno de mis mayores anhelos fue encontrar en mi camino a un "Ser feliz" un ser que emanara plenitud total. 

Lo cierto, es que les puedo decir, que me he encontrado con mucha gente en el camino a la plenitud, y son de aquellos que en vez de poseer cosas o bienes, buscan desprenderse de todo, son personas que buscan hacer el bien porque les nace, de entregar sólo por el placer de ayudar a otro, son dueños de su andar por la vida, contemplativos, sensatos, equilibrados, amigos de la naturaleza y respetuosos de la misma, son aquellos que su riqueza se concentra en la pureza de su mirada, no tienen cuenta corriente, ni bienes capitales, van por la vida sonrientes, viviendo cada segundo como si fuera el último, son  de aquellos que no dejan de ver a la gente que se les cruza en el camino, son los que se dan el tiempo de ayudar a un no vidente a cruzar, o a una anciana con sus bolsos, que alimentan a un perro en la calle, o le dedican un momento de atención a un mendigo (que vale más que el dinero que le entregan otros sin mirarle) son aquellos que se detienen para escuchar al artista callejero admirando su arte.

Por eso, en una especie de manifiesto personal he querido dejar plasmado al menos en éste blog, que desde antes de nacer, vine al mundo con la única intención de "ser feliz" y el Cosmos hizo el resto. No preciso entrar en detalles de los motivos que me hacen feliz, pues no es el motivo, cómo tampoco es decirles hagan esto o aquello para conseguirlo, sólo quería dejar testimonio de que todos venimos al mundo con la misma intención, y que las respuestas están dentro de ti, que es la voz interior, la única brújula hacia el camino de la felicidad.

Si algo puede ayudarte mi testimonio, me daré por satisfecho.

El Cosmos siempre estará dispuesto a abrazarte, sólo debes abrir los brazos y estrechar la magia de la vida. 

El mejor regalo de Navidad

Si fuera una especie de ser divino y tuviera que hacerle un sólo regalo al mundo en ésta Navidad, sin duda que les regalaría Tiempo"


Tiempo para la contemplación
Tiempo para dedicárselo a otro, padre, madre, pareja, hijo(a), hermano(a), amigo, etc.
Tiempo de ocio
Tiempo para recordar los buenos momentos
Tiempo para olvidarse del tiempo
Tiempo para uno mismo

Ahora, cómo sólo soy un ser mortal, sólo puedo dedicar un tiempo para escribirte éstas líneas y recordarte que uno de los tesoros que tienes a la mano, es "TU TIEMPO" 

sábado, 30 de julio de 2016

Las moneditas



Doña Magdalena es de aquellas comerciantes que van quedando a la antigua, y es porque su padre también tuvo almacén, por eso cuando da un vuelto se toma el tiempo suficiente para entregar hasta el último centavo.
Aquella mañana Gustavo, un empleado de una textil, estaba como siempre apurado, más no quiso ser descortés con ella, y espero el ritual pacientemente, mientras la mujer contaba en voz alta el vuelto que le entregaba. Molesto por el atraso que aquello provocó, al salir del almacén lanzó a la calle dos monedas de cinco pesos, las que fueron a parar distantes una de la otra.
Una madre a esa misma hora llevaba a su pequeño hijo al jardín, el cual semidormido caminaba con la cabecita gacha. De pronto sus ojos se iluminaron por el brillo que emitía una de las monedas,  soltándose de la mano de su madre, corrió a cogerla y una vez en su mano le gritó, mira mamita me encontré una moneda de oro, ¡¡¡soy rico!!! Exclamó dichoso. Minutos más tarde, salía aún más contento del almacén de doña Magdalena, convencido que la barra de chocolate que tenía en el bolsillo, la había comprado con su monedita de oro. La sonrisa de su hijo, alegró la mañana a su madre quien después de darle un apretado beso, corrió para no llegar tarde a su trabajo.
En el trayecto se topó con Malungo (como le decían en el barrio a aquel hombre de la calle que dormía por el sector) y que le pidió una moneda como solía hacerlo todas las mañanas. Ella fiel al ritual se  la dio pues el hombre le recordaba mucho a su padre. Él siguió su camino y antes de llegar al almacén de doña Magdalena, encontró la otra monedita. Se agachó con el esfuerzo que le tomaban los años, la besó mirando al cielo “una monedita de la suerte” - se dijo, convencido que ese sería un buen día.


sábado, 2 de julio de 2016

Soy culpable





Soy culpable de aquello que no dije,
cómo de todo lo que expresé de mala forma,
soy culpable de cada uno de mis actos
e inclusive de mis pasividades.

Soy culpable de lo que pensé o soñé,
de lo que me ilusionó o me paralizó,
de mis éxitos y de mis temores.
Soy culpable por haberte amado en silencio,
de haber bajado la vista
cuando tus ojos se encontraban con los míos,
de callar cuando mi corazón latía a borbotones por ti.

Soy culpable de haberme acercado a tu cuerpo y
haber sentido el sabor de tus labios,
de haber recorrido cada palmo de tu piel,
y estrechado contra mí, cuando una parte de ti se resistía.

Soy culpable, de que aún no te olvide,
pero por sobre todo,
soy culpable,
por haber huido de tu lado,
cuando quizás comenzaba a amarte.


Soy culpable…

domingo, 5 de junio de 2016

¿Que buscas?



¿Qué buscas? Era la pregunta que una y otra vez me hacía, mientras el viaje en el metro se tornaba cada vez más insoportable a esa hora de la tarde, cuando las miradas de los ausentes seres a mi lado ni siquiera se sostienen por el peso de sus abrumadas vidas ¿Y la mía? ¿Tendrá la misma sensación de ausentismo y desidia? me pregunto- parado en el centro del vagón. A través de las ventanas, logro distinguir las luces del túnel pasando intermitente a medida que avanzábamos hacia la otra estación.  Aún, no sé lo que busco, me cuestiono mientras me distrae la muchacha que acaba de subir. No es su belleza lo que me cautivó sino la pureza de sus ojos diáfanos, cómo los de Dominique esa muchacha de sonrisa liviana y caderas ligeras que llegó a mi vecindario una tarde de otoño cuando aún no cumplía los quince. Llegó a vivir en la casa verde, esa que todos decían estaba embrujada, después que habían muerto un par de ancianas hace ya varios años y nadie lograba pasar más de un año habitándola (a pesar que era el arriendo más barato) Dominique tenía un cuerpo delgado, pechos pequeños, y unas caderas anchas que me entrenaron en las artes amatorias por aquellas tardes de invierno que pasamos juntos en el dormitorio de doña Clementina, una anciana de torso curvado que cuidaba la casa, y cuya habitación quedaba al final del patio trasero, donde el pastor alemán permanecía amarrado de día y no dejaba de ladrar al vernos retozar desnudos. Recuerdo que justo en el momento que lograba el éxtasis, emitía un suspiro quejumbroso, abría sus enormes ojos avellana y se me quedaba contemplando como en una ensoñación profunda ¿Qué será de ella? ¿Se habrá casado? ¿Tendrá hijos? Observo a la muchacha bajarse y perderse entre el gentío. Así fue con Dominique, no dijo nada. Cuando llegué a buscarla, doña Clementina me comunicó su partida. El aviso decía con dos años de experiencia en el cargo, tuve que mentir y decir que llevo más de tres donde actualmente trabajo, si me piden referencias estaré en problemas. Don Eduardo no me soporta, luego que Bernarda su secretaria (y amante) lo dejara por mí. En realidad, debo confesarles que me utilizó para deshacerse del vejete, no vayan a creer que soy todo un don Juan, lo cierto es que disto bastante de ello. Sólo con Dominique fui capaz de ser yo mismo, con ella podía entregarme en cuerpo y alma, nunca más lo he logrado. Debo preguntar si también trabajan los sábados, no quisiera tener que hacerlo. A pesar que ahora con la enfermedad de mi padre, y lo menguada de su pensión, se hace totalmente necesario que no piense en mí, sino en un mejor salario para ayudarle a mi madre, la pobre, con el planchado ya tiene suficiente. Además mamá no sabe que en la última visita el doctor Bermúdez, me comunicó que papá estaba desahuciado, y que no pasará del próximo año. La vida se torna dura a veces, pero son las miradas de la muchacha aquella o las de Dominique la que le devuelven a uno el sentido a la vida. Lo cierto es que después que su familia dejó la casa verde, nadie más volvió a arrendarla. Un año más tarde la vendieron y la destinaron a bodega de una empresa textil. Sus paredes se fueron destiñendo como nuestras vidas, el barrio entero cambió, mis amigos partieron, los vecinos fueron muriendo, y las casas se fueron apagando. Me toca bajarme en la estación siguiente. La loción del gordo a mi lado, me marea, no creo que pueda soportar vivir en esta metrópolis. Recuerdo que antes de que papá enfermara le hablé de comprar la casa verde. Me gustaba esa casa, sobretodo el patio con el parrón, el naranjo y el damasco donde me encaramaba con Dominique para besarnos a escondidas de su hermano menor. Nunca fui tan feliz, como en esos meses que compartimos. Recuerdo los domingos a la hora de la siesta, cuando doña Clementina salía por el día, y nos colábamos por la ventana de su habitación para dormir abrazados, me encantaba contemplarla mientras lo hacía. Sobretodo me fascinaba el momento en que se despertaba, aún somnolienta, con los párpados pesados y me quedaba mirando con tanta ternura. Un hombre me empuja y deseo golpearle, pero una mujer se atraviesa y he quedado con la rabia. Observo la hora y voy bien. Hace un día frío, pero es más bien un frío de lunes, a pesar que es martes, se siente ese frío que aplasta, nubla las ideas y el ánimo. Quizás no fue un buen día, para aceptar la entrevista. Se lo debo a don Alberto, él siempre me está tratando de ayudar. Debo ser el hijo que no tuvo, a pesar que está feliz con sus dos hijas. La mayor casada con un médico y la segunda recién separada acompañada de su bebé ha vuelto a casa. Si me hubiese casado con la menor, de seguro don Alberto me hubiese entregado el mando de su empresa. Pero aparte de ser algo regordeta, era torpe y desabrida, no habría podido mantenerme casado, y don Alberto, no me hubiera perdonado el separarme. Ese viejo siciliano se las trae. El edificio es lo bastante moderno, me imagino por el tipo de oficinas que también la renta será buena. Cruzo la mampara, y la secretaria con mirada y voz distante me invita a sentarme en los sillones de la recepción. Observo los cuadros que ornamentan las paredes grises, al tiempo que espero. La respuesta a mi duda inicial, no llega, y la interrogante sigue ahí rondando, incluso en el instante que estreché la mano de aquel que me recibió cordial en su despacho. Entré me senté frente a él con mi cara de estúpido, sin tener idea realmente que era lo que estaba buscando.


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