jueves, 20 de marzo de 2014

Y tú sabes lo que siento yo?

Eso fue lo que escucharon mis oídos, y mi cerebro prestó atención...volví la mirada y vi al hombre que interpelaba a la mujer que lo escuchaba silente...no puedo precisar si eran pareja o que,pero eso realmente no tiene importancia. Lo importante y que lo que gatilló en mi, fueron dos razones. La primera tiene que ver con la intensidad y pasión que maquilla el reclamo en la pregunta y lo segundo fue quien la dijo, nada menos que un hombre. Creo que si hubiese sido la mujer, no me hubiese llamado la atención, y esto no tiene que ver con machismo ni mucho menos y es que desde que tengo uso de razón, la mujer vive reclamando todo aquello que siente o que mejor dicho le "hacen sentir"...porque en éste aspecto la mujer no sólo es más hábil que nosotros, sino que tiene magister y doctorados por mil. Pero está bien, que los hombres empecemos a reclamar como nos sentimos, y que alguien al menos sepa como estamos, y que no debamos siempre aparentar esa fortaleza que muchas veces o no tenemos o nos falta. Sí, porque hoy en día que la competencia cada día es más desleal y donde la mujer a logrado avanzar a pasos agigantados (lo cual merece todo mi respeto), de pronto, hemos quedado tan relegado en esto que ni siquiera tenemos el derecho de reclamar. Ahora bien, no quiero llevar esto sólo al género masculino, la verdad es que esto ataca a todo el mundo. Volvamos a la pregunta Y tú sabes lo que siento yo? Se dan cuenta el llamado de atención, esa exclamación desesperada, de pedir atención, que ese ser también existe y que también importa. Yo quisiera preguntarte, hace cuanto que no le preguntas a nadie lo mismo, o por último no te haces la pregunta a tí mismo. La forma de vivir hoy, nos lleva a la indiferencia total, ya cada vez importa menos lo que sentimos, a nadie le interesa, debemos seguir adelante, cumplir metas, producir, trabajar para pagar cuentas, en fin...y cuando queremos hablar de cómo nos sentimos, la respuesta es NO HAY TIEMPO, y así no escuchamos a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros pares, en fin, ya NO ESCUCHAMOS A NADIE, quizás por eso, mi mente prestó tanta atención a lo que decía aquel hombre en la calle...