viernes, 28 de mayo de 2010

Noche de luna



Noche de luna

¡No puedo hacer más! reclamó airada la muchacha que se movía como una fiera herida por la habitación, en respuesta a los reproches de su madre, que con tono duro y amargo criticaba la decisión tomada.

La joven semivestida cargando su bebé pegado al pecho, buscaba entre llanto y rabia, una blusa entre las ropas tiradas sobre su cama. Todo era desorden en su vida, no sólo su pieza con las prendas esparcidas por doquier; su modo de vestir, de pintarse, su juventud pérdida, sus sueños quebrantados, su risa chillona arrancada una noche de lujuria, todo, todo, todo en su entorno, era un absoluto caos. La madre, mujer de años, ya no se valía por si sola y compartía sus miserias, siendo carga adicional para Leonor. En el umbral de la puerta, con su mirada pérdida en el cielo escamado pintado de un tono amarillento, pedíale a dios y a la virgen se compadecieran de su niña.

Las sombras empapadas de tormento ingresaban por la única ventana que tenían las dos piezas que arrendaban. Leonor a sus cortos veintidós años, llevaba el cansancio de la vida, ya impregnado en su rostro traslúcido. Maternalmente retiró de su pecho la menor dormida, que quería seguir mamando, la recostó entre las dos almohadas de su cama, y miró a su madre de modo suplicante. Ella entendiendo el mensaje y a pesar de su enojo, dijo: ve, yo la cuido.

Descargó su alivio con todo el peso de su cuerpo y se quedó pegada un instante a su bebita, mientras una lágrima corría por su mejilla. Terminó de abrochar su blusa frente a la ventana que le servía como espejo, arregló su frondosa melena oscura y terminó de maquillarse. El silencio se paseaba entre las mujeres como un paciente enemigo, que anhelaba encontrar el momento para dar su estocada. Ofuscada la mujer, resoplaba su malestar, maldecía la vida y escupía su odio que parecía quedar impregnado en las paredes. No es justo, se decía para sí, y sus pesares parecían retumbar en su cabeza de cabellos canos, cansada de tanto lidiar en el pasado, viendo como el destino no satisfecho de burlarse de su vida entera, ahora hacía presa a su nena.

Leonor, dejó un par de billetes sobre el velador como en son de tregua, y antes de salir, tomó el rostro arrugado de su vieja entre sus pequeñas manos, posó su frente en la de ella y casi susurrando, le dijo ¡No puedo hacer más, mamá!. Esas palabras se clavaron como una estocada en el corazón del silencio que cayó inerte entre ambas. Se abrazaron, una suplicando, la otra resignándose, ambas atrapadas por sus destinos. Bajó las escaleras casi corriendo, con sus zapatos en la mano, haciendo crujir con sus lozanos pies descalzos los viejos escalones de la casona.

El frío nocturno le dio las buenas noches, mientras caminaba a prisa con sus piernas patulecas por las calles rumbo al puerto. El viento se coló entre su blusa, y le refrescó sus pechos, aquellos que hace unos instantes amamantaban a su princesa. Miró la luna, al tiempo que cerró su abrigo, mientras el infame destino le aguardaba en una esquina.

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Re-encuentro en la habitación de motel



Después que la pasión abandonó los cuerpos de los amantes maduros, Bernardo contempló con desidia la silueta desnuda de su mujer y se detuvo en los rollos que abrazaban su cintura; sus caderas ciertamente habían engrosado y la celulitis asomaba con dureza en sus muslos y nalgas. Definitivamente los años dejaron su paso en el cuerpo de Odette- pensó para sí.
Estirándose y con un tono gomoso exclamó- “Gordita… ¿No ibas a hacer dieta?
- ¡Como se te ocurre molestarme con algo así, después de haber hecho el amor! eres tan descriteriado…
- Nada de eso mujer, lo dije por que de repente me acordé- quiso disculparse, ¡eso era todo!
- Ella con el romanticismo de antaño, rememoró los instantes cuando jóvenes se amaban en aquellas habitaciones a escondidas de sus padres. Ahora, el paso de los años la falta de ejercicio y la mala alimentación, golpeaba en ambos sus carnes flácidas.
- Ese lunar en tu vientre siempre me gustó dijo con una voz amarillenta-tratando de componer su comentario anterior.
- Bernardo ¿Aún gordita me sigues amando? – la pregunta bañó la habitación, tan desnuda como ellos. Un velador a cada lado de la cama una lámpara y la televisión adherida en la pared eran los únicos testigos de aquel reencuentro.
- Claro que sí ¿por qué lo preguntas? Dijo con ese tono lacónico tan característico en él, para quien todo se limitaba a la lógica (es decir, si aún estaba con ella, debía quererla). No concebía la razón de la pregunta de su esposa simplemente porque nunca logró entenderla como mujer. Nunca fue capaz de reconocer cuando necesitaba una caricia, un abrazo una mano amiga una invitación a caminar o simplemente un te quiero.
- Odette romántica por esencia, abrigaba en su interior la esperanza que fuese el tiempo el que provocara un cambio en él y aflorara algo de aquel hombre que conoció hace ya más de 25 años. Deslizó sus dedos con nostalgia por su vientre y pensó en el hijo que nunca había llegado ¿No quisieras intentarlo de nuevo?- (se refería al hecho de adoptar, a pesar que ya lo habían conversado miles de veces).
- ¡No, ya estamos demasiados viejos! – repuso él con un tono azul enojoso que trepó por la muralla para adherirse al espejo que los contemplaba con una indeferencia ahogante. De los ojos de Bernardo salió una estela de aflicción que se disolvió en el espacio, envuelto en un llanto asfixiado que se anidó entre sus cuerpos aún tibios. Las manos se soltaron y una sábana curtida cubrió el cuerpo de ella que buscaba refugio entre las sombras de la habitación. Parsimoniosamente se dieron la espalda y se dejaron abrazar por el silencio que cantaba pesadamente como si en el fondo brotara entre ambos un sentimiento de arrepentimiento por aquel re-encuentro.

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