Entrelineas

En la penumbra de su habitación tomó el sobre aún inseguro de abrirlo, pues, las noticias que ahí venían podrían cambiar el curso de su vida. Rasgó lentamente la parte superior y sacó la esquela pulcramente doblada. Mordía sus labios nerviosamente. Las temblorosas manos dejaron caer la misiva sobre la mesa. La angustia trepaba desde su vientre como un hervor que le quemaba hasta la garganta. La presión se acumulaba en su cabeza que a esa altura de la noche se hallaba abombada, manteniéndolo en un estado totalmente obnubilado. Se dejó caer apesadumbrado en el único sillón que tenía, al tiempo que se tomaba el pelo en forma descontrolada, asustado preso de la incertidumbre observaba de reojo el papel dispuesto sobre la mesa. De pronto, intempestivamente se levantó con los ojos fijos en el documento como si quisiera adivinar el contenido sin leerlo, sudaba, la presión en sus sienes se hacía irresistible. Dubitativo, se arrojó esta vez sobre la cama. Pensó en dormir y verla con más calma temprano en la mañana, después de todo, las noticias no cambiarían. Había luchado tanto por conseguir aquello, que consideraba incluso merecerlo sólo por el mérito de sus sacrificios y esfuerzos. No soportaba que ahora, cuando todo indicaba que ya las cosas habían llegado a su punto crítico, debía seguir tolerando el peso del destino. Acaso aquel no estaba conforme con haberse ensañado ya bastante, aún a pesar de todo, lo seguía atormentando, ahora con aquella miserable hoja de papel. Lo imaginaba vestido de colores oscuros, echado sobre el sillón disfrutando de un buen puro, dibujando figuras con bocanadas de humo y manteniendo esa sonrisa socarrona en su rostro fatídico ¡Como le odiaba! anhelaba tenerlo entre sus manos y golpearle hasta no tener más fuerzas, anhelaba reventarle el rostro con sus puños, borrar esa expresión tan desgraciada que lo caracterizaba, sentir como sus golpes le hicieran saltar sus dientes y ver su boca chorrear la sangre bañando su cara deforme tras la golpiza. Si, deseaba sentir que al menos una vez en su vida lograba vencerle. Desde que supo de su existencia siendo niño, comenzó a odiarle, sus padres le hablaban de él como el más fiel escribiente de Dios, cuya misión era la de sentenciar las vidas de cada uno de los hombres en la tierra, incluso antes de nacer. De algún modo sus tíos y abuelos insistían cuando le comentaban que su voz estaba presente en las santas escrituras. Se resistía y le maldecía desde lo más profundo de su alma juvenil, ¿por qué debe controlar mi vida? gritaba iracundo ¿por qué no puedo decidir si quiero hacer esto o aquello? ¡Qué mierda me importa, el famoso destino!, ¡Lo odio, sí, lo odio, y no me canso de maldecirlo! ¡Quiero tener la libertad de hacer las cosas bien o mal, pero a mí manera, déjenme ser libre! –reclamaba airado, ¡No quiero que me digan que si me equivoco o fracaso se debe a lo que el destino quería para mí! ¿Qué es entonces el libre albedrío? les pregunto y no responden, levantan los hombros y callan, mientras el maldito destino, no viene a enfrentarme hombre a hombre, solía decirles a los mayores en sus enconadas discusiones. Consciente que tal vez su tormento se debía precisamente a su constante bregar en vez de rendirse a él, en un arrebato tomó el papel y lo arrugó lanzándolo lejos. Golpeó la mesa con sus puños hasta que los mismos sintiéronse flagelados por la impotencia. Llevó ambas manos a su rostro y con los ojos cerrados las deslizó por su faz buscando en ese acto la paz que tanto necesitaba encontrar. Entendía que quizás había cifrado demasiadas esperanzas en aquella respuesta, pero después de la conversación con Muriel que insistía (convencida en su celo religioso) que sólo le quedaba aceptar lo que el destino le deparaba, terminó por sacarlo de quicio. Nuevamente e intrínsecamente el destino se hacía presente ante él sin darle la cara, refregándole sarcásticamente ser dueño de la verdad absoluta, no existiendo la posibilidad de otra más que aquella que estaba dispuesto a concederle.

Ofuscado ante esta clarividencia, encendió un cigarro, tomó su chaqueta y salió sin rumbo.

Dos días más tarde, la mujer entre las pertenencias, les entregó la carta arrugada. La madre luego de leerla no podía entender como entonces pudo quitarse la vida.

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