¿Por qué debes despertar mañana?


 ¿Por qué debes despertar mañana? es quizás una pregunta que tal vez no te has hecho nunca y por la cual te invito a planteartela al menos una vez. Cuando nos dormimos estamos ciertos de que amanceremos al día siguiente, y la mayoría de las veces lo hacemos pensando en las preocupaciones que debemos resolver al día siguiente o en los próximos, más que en estar agradecidos de tener la posibilidad de volver a despertar. 

El otro día pude ver un corto de youtube donde salía un hombre que planteaba que cada amanecer no despiertan más de un millón de personas y que el hecho de hacerlo era razón más que suficiente para estar contento y más aún si despertaban contigo los cinco seres queridos más cercanos, y no pude másque encontrarle la razón. Pero luego quise ir más allá y preguntarme ¿Por qué debes despertar mañana? no es una pregunta tan simple, tiene que ver con el hecho de si te has encontrado tu propósito real por estar vivo, o simplemente estás conforme con tu sobrevivencia, porque temes a la muerte.

Te dejo la inquietud, a mi modo de ver, creo que pueden existir muchas razones por querer despertar, ya sea porque tienes hijos que dependen de tí, porque encontraste una persona que te da una razón para vivir, o porque encontraste tu pasión en lo que haces, ya sea enseñando, manifestando tu arte o quizás cuidando a otros, en fin, la lista puede ser eterna. Lo importante es que tú descubras cual es el motivo, por el que mañana debes despertar.

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¡Vamos a volar nena!


Señores pasajeros favor abrocharse los cinturones, nos preparamos para despegar … se escuchó al capitán desde la cabina, mientras el Boeing 727 esa fría mañana otoñal se lanzaba en su loca carrera por la pista del aeropuerto. En el asiento F32 una mujer aterrada, apretaba con fuerza los pasamanos, al tiempo que cerraba los ojos y la mascada, esperando que terminase luego ese ruido infernal de las turbinas, mientras el avión parecía remecerse por completo con el rozar de los neumáticos en el pavimento. Odiaba ese momento, los escasos metros que habitualmente tenían los aeropuertos para el despegue era algo que la atormentaba desde niña, cada vez que se producía ese instante en que el avión debía tomar velocidad, venía a su memoria el accidente de su padre, no podía sacarlo de su mente, a pesar de las múltiples terapias a la que se había sometido. Cuando el avión se disponía a iniciar la marcha, el recuerdo de su padre bebido se posaba en un rincón de su memoria, lo veía acelerando el motor del Ford Mustang 80 (con el freno accionado) para que las llantas traseras patinaran ¡Mira cómo ruge ese motor nena decía orgulloso de su auto! ¡Es una bestia! ¡159 caballos de fuerza, V8, culata rebaja! ¿Lo sientes? ¿Quieres que vuele? ¡Vamos a volar! - decía, y salía quemando llantas como un adolescente. El terror de lo que aquello le provocaba, hizo que en una ocasión mojara el asiento, desencadenando la ira de su padre. ¡Niña meona! ¡Cómo se te ocurre hacerte en mi auto! ¡No te das cuenta de lo que has hecho! - exclamaba airado - estaba tan furioso que intentó golpearla, sino hubiese sido por una mujer que se puso a gritar en favor de la niña, de seguro su padre la hubiese golpeado. Esa tarde, terminó preso, y mamá le quitó las visitas. Pese a ello, se presentaba los fines de semana que le correspondía a pedirle que me entregara, que era su derecho y ante la negativa, se ponía furioso y se subía al auto gritando groserías, mi madre me protegía en el umbral de la casa, mientras a la distancia se sentía el rugir del motor del Mustang de mi padre perdiéndose en las calles del vecindario. La fecha del accidente, mi madre me dejó sola un momento (sin saber que mi padre vigilaba la casa) Tan pronto salió, apareció en la puerta con una muñeca, diciendo que era para mí, cuando traté de tomarla, me sujetó fuerte del brazo y me levantó en vilo, llevándome a la fuerza hasta el auto, pese a mis gritos y pataletas. La señora Antonia se dio cuenta de la situación y entró a su casa para llamar a la policía. Unos minutos más tarde, mientras mi padre conducía como un loco por la carretera, se sintió la sirena de una moto policial, que le pedía su detención. Recuerdo verle, beber un sorbo de la botella de whisky y lanzar una fuerte risotada, y gritar ¡Atrápame si puedes imbécil! Y acto seguido aceleró aún más. Desde mi posición, sólo podía ver los árboles pasar como manchas por el parabrisas (Con el pasar de los años, y las terapias, hay pasajes de ese día que se han borrado, cómo si mi mente hubiera rasgado esos momentos como quien saca una hoja de un libro viejo) lo cierto era que mi padre cada vez iba más en éxtasis, cambiando de pista en pista una y otra vez, frenaba de golpe, aceleraba brusco, tocaba la bocina, gritaba a los otros conductores se quitaran, a la moto se le habían unido algunos autos policiales. Papá parecía disfrutar de la situación, yo le miraba aterrada, me miró con los ojos desorbitados y me dijo ¡Vamos a volar nena! yo no entendí a lo que se refería, sólo le vi gritar, beber un gran sorbo de la botella que luego lanzó al camino, levantar los brazos al cielo, y dijo el nombre de mi madre con rabia y exclamó, Lo siento, pero la niña se va conmigo y pisó aún más el acelerador. El auto comenzó a vibrar entero (cómo lo hacían algunos aviones), cerré los ojos, justo como ahora, cuando el avión estaba a punto de alcanzar la velocidad de despegue, y de pronto el auto se levantó de la punta totalmente fuera de control y comenzamos a girar en el cielo, todo me daba vueltas, de pronto el auto golpeó el pavimento de punta, el sonido fue como si se hubiera destrozado en mil pedazos, no quería mirar, sentí como estallaban los vidrios, mientras seguíamos dando tumbos en el pavimento, para terminar en una zanja al costado del camino (creo que por unos instantes perdí el conocimiento) Cuando desperté estaba en una ambulancia, y escuchaba los gritos desesperados de mi madre, mientras un hombre de blanco forcejeaba intentando calmarla (No podría decir las veces que he tenido que revivir estos momentos, hay momentos en que incluso mientras estoy bajo la hipnosis) que he logrado integrarme como una testigo más, y me veo pequeña y siento una necesidad enorme de tomarme en brazos. Papá sobrevivió al accidente, pero lo condenaron a varios años de prisión por conducir en estado de ebriedad, desacato a la autoridad y daños a la propiedad. Mi madre evitó llevarme a visitarle. Creo que el hecho de no haberme acercado a él, no me ha permitido cerrar el círculo de ese nefasto día. Mi madre no podía hacerse cargo de mi cuidado después de ese día, por lo que me dejó con mis abuelos que terminaron de criarme. Nunca más supe de ella, la abuela dice que no pudo superar la culpa de haberme dejado sola ese día. Uno de mis terapeutas planteaba que ambos procesos inconclusos con mis padres eran parte importante de mis crisis existenciales y que se manifestaban a través de la fobia a volar. Lo cierto que los abuelos me pusieron en una burbuja el resto de mi infancia y adolescencia, obligándome a centrarme en los estudios y la religión. Ambos fervientes católicos, me leían la biblia todas las noches y me llevaban a misa los domingos. Cada vez que me subo a un avión más allá del miedo que me produce, me voy acercando de algún modo, a tratar de entender más a mi padre. Ahora al cerrar mis ojos, vuelvo al pasado, pero no para ver a mi padre, ahora puedo distinguir al hombre desesperado, perdido, rechazado que, en su desesperanza, buscaba liberarse, a su manera me veía como su tabla de salvación, era lo único importante que tenía en la vida, me lo decía cuando estaba lúcido (en ese momento no lo veía de ese modo) mi madre por su parte me hacía verlo como un ser sin corazón, que incluso trató de matarme. Por años estuve convencida de ello, pero fue mi abuelo con su paciencia, la suavidad de sus palabras al hablarme, quien me enseñó a convertir ese odio en perdón. Debes perdonar a tu padre, él era una oveja descarriada que no supo encontrar el camino de vuelta, pero que estoy seguro de que vio en ti, la oportunidad para reivindicarse, pero no supo nunca cómo hacerlo.

 

Fue mi abuelo, quien me ayudó a ubicar a mi padre. Este viaje es para reencontrarme con él, estoy nerviosa han pasado muchos años. Logro rehabilitarse y tiene un pequeño taller de muebles de madera. A veces me veo soñando despierta, de nuevo en el auto con papá, y le veo sonreír de alegría, y escucho el rugir de su Mustang como un león poderoso, y yo le digo entonces, acelera papá, vamos a volar y entonces veo entrar el sol por el parabrisas y nos perdemos en una gran luz.

 

 

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Sólo 32 minutos

 



Sólo 32 minutos repetía, una y otra vez, no encontrando sentido alguno, al tiempo que intentaba esforzarse al máximo por agregar recuerdos, más estos no venían a su mente, como si de pronto una amnesia total le hubiese embargado. Le parecía una maldición lo que se hallaba viviendo, llegó a creer que quizás se debía a un encargo a alguna bruja de conventillo, más que mal, era mucha gente la que tenía como enemigo ¿De qué se trataba esto? Volvía a preguntarse ¿Por qué ahora que lo tenía todo, venía el destino a arrebatárselo de la manera más cruel?... En que estaba pensando cuando aceptó venir a éste recóndito lugar (en realidad esa no era la pregunta) sabía muy bien lo que lo trajo, fue su ambición, el ansia de poder, ese contrato firmado que estaba en su maletín, había sido el anzuelo que lo motivo a morder la carnada por la cual ahora estaba próximo a perder la vida. El cinturón de seguridad le presionaba la clavícula fracturada, más así también impedía que el hueso asomara sobre su camisa; bebía su propia sangre para no desfallecer. Su brazo izquierdo totalmente desmembrado de su cuerpo atravesó el parabrisas de su camioneta 4 x 4. El impacto y la magnitud del accidente fueron soportado por la carrocería, gracias a ello, se conservaba aún con vida. con el pasar de las horas esperaba un milagro, tal vez su celular podría agarrar señal (cosa que no creía), o tal vez Renata su mujer, preocupada llámase a todos (aun así, nadie podría ubicarle, pues no avisó donde iría) Los quería sorprender mañana domingo, en el almuerzo con sus padres. Quería ver la cara de su hermano mayor cuando diera la noticia, quería verle vencido junto con su padre ¡Los habría superado! que insulso le parecía todo eso ahora. Sé que saldré de esta, como de tantas otras, soy joven, fuerte, he sido siempre un triunfador – pensaba. De pronto una voz en su interior pareció preguntarle ¿De veras te sientes un triunfador? Cómo si una mano le oprimiese el pecho, sintió que debía callar. Volvió a apretar la tecla para reproducir otro de los videos que daban fe de su éxito. Esa maldita necesidad de dejar plasmado en un video el momento, para preguntarle luego a Renata ¿cómo me veía? ¿qué opinaron de mí? Te fijaste cuantos likes obtuvo la historia le comentaba con fervor, etc., sin darse cuenta de que ese mundo virtual, le significó llevar una vida totalmente superficial. Sabía que tenía guardado en su computador más de cien videos almacenados de sus cuarenta y seis años, pero tan sólo 32 minutos, daban cuenta de alguno de esos momentos simples y felices, como cuando andaba en bicicleta con sus amigos o jugaba a la pelota en la plaza.

En su afán de no tener compromisos amorosos, no tenía guardado los momentos con la que terminó siendo su mujer, como las anteriores, sus vivencias en ese plano quedaron en el olvido. No me gustan las fotos, vivamos el momento, eran sus excusas, para no plasmarlos y eso se convirtió en rutina. Su vida amorosa quedó guardaba en algún archivo de su memoria, que no lograba descifrar o traer al presente. Años más tarde cuando su padre lo conminó a hacerse cargo de la empresa, se inició el embrujo que terminó por capturarlo el resto de sus años. En ese preciso instante, que cavilaba por su pasado, a un par de metros de distancia, tres enormes guarenes, mordisqueaban frente a sus narices, su brazo destrozado, y pese a los gritos desaforados intentando impedir que lo siguieran haciendo, era en vano, los roedores seguros de su condición moribunda parecían no escucharle. Qué frágil se sentía, que impotente, que insignificante, que distinto al hombre que momentos antes pasara por el mismo camino levantando polvo en su flamante camioneta, desafiando al mundo.

Sintió la necesidad de volverse creyente, deseaba fervientemente que existiera un Dios, que le escuchara, que pusiera oídos a sus plegarias, quería vivir, a costa de lo que fuera ¡diosito por favor no quiero morir! Suplicaba. En ese momento los dientes de otros roedores se clavaban en una de sus piernas, y la tibieza de la sangre les abría más el apetito ¿Por qué señor? ¿Por qué me haces esto? ¿No es suficiente ya este castigo? Has que me encuentren, que me salven, no quiero diosito morir, te lo suplico, te lo imploro, quítame todo, la fábrica se la dejo a mi hermano, la casa y las cosas materiales que queden para Renata y mis hijos, déjame en la calle si quieres, pero por favor no me quites la vida, justo cuando decía esto, un roedor desgarró con una furibunda mascada parte de su tobillo, y otro se lanzaba al empeine de su pie. Bramaba de dolor, sus gritos sonaban pavorosos, desgarradores en el silencio de la noche, una noche triste que parecía no querer despertar. La postura de su cuerpo, luego de que la camioneta volcara y se diera varias vueltas tras golpear el roquerío del cerro, le dejaron aplastando su brazo derecho y éste comenzaba a hormiguear y molestarle en demasía.

Fue en ese instante, que algo mágico sucedía en su mente, pudo ver como un clarividente, a través de una proyectora tridimensional, que su vida se mantenía en base a las apariencias, tener el último modelo de camioneta full, mientras más ostentosa mejor, secretarias con cuerpos de modelos, que lo único que debían hacer era admirarle y abrir sus piernas cuando él lo deseara, desplazando a su mujer sólo al cuidado de los niños ¿En qué se había convertido? Ni los mordiscos de los roedores despedazando su pie, le causaban tanto dolor, por lo miserable que era reconocer su actuar. Renata fue la elegida, cómo una vil transacción que permitió que su suegro invirtiera en la fábrica, los hijos fueron la condición para sellar el acuerdo, su suegro quería nietos y él anhelaba tener capital de inversión, fue un trueque justo, siempre lo pensó. Renata amaba a su padre y aceptó ser el instrumento de la negociación (aunque siempre guardaba el anhelo que Julián llegara a quererla, se conformaba con eso) luego la maternidad y sus dos niños, lograron llenar su vacío. Nunca miró a otros hombres, para ella todos eran iguales, su padre de hecho había engañado a su madre que lo terminó abandonando. Por verlo destruido, se juró no dejarlo solo y cuando conoció a Julián entendió que era la alianza perfecta.

Esa noche pensó que andaba en una de sus andanzas, por lo que luego de cenar sola como casi de costumbre, se fue a la cama más temprano de lo habitual. El menor de sus hijos llegó con su oso de peluche a pedir refugio. Antes de caer en el sueño, le agradecía a la vida que Julián le hubiera dado dos hijos hermosos. En ese mismo instante su esposo agonizaba, sin siquiera sospechar la nobleza de sus pensamientos. Para él, fue siempre un instrumento, un trofeo que debía cuidar con recelo, hasta que lograra su jugada perfecta. Por eso la llamada de las 8:00 de la noche, cuando estaba a apenas dos cuadras de su casa, le hizo devolverse con tanto entusiasmo, sin importar nada más que el cierre del contrato, con eso lograría la independencia de su mujer y su familia, ya no dependería de ellos en absoluto, se convertiría en el millonario que tanto había anhelado desde niño, cuando su madre le hablaba con angustia a su padre en la cocina que el dinero no alcanzaba. Su padre hombre de estudios, siempre respondía, no te preocupes vieja, le pediré unas horas más al rector (pese a que apenas se le veía en casa) Cuando le despidieron junto a su hermano montaron en el taller de la casa, los inicios de la fábrica de tornillos y tuercas. Un par de tornos comprados en un remate y otras viejas maquinarias, bastaron para dar el puntapié inicial. Pero su falta de ambición, hacían que la fábrica solo diera para mantenerse. Cuando Julián estudiaba contabilidad, se le cruzó una chica poco agraciada que le miró con ojos curiosos ¿quién es esa fea de lentes que me quedó mirando? - le preguntó a su compañera. Es la fea más rica de la Universidad, fue la respuesta que la convirtió en su objetivo. Antes de graduarse había logrado comprometerse con Renata. Lo demás fue cosa de tiempo, la conservó virgen hasta el matrimonio como parte de su maquiavélico plan. Todo fue perfecto, lo adoraban y la familia quedó rendida a sus pies. La sangre que brotaba de su pie, el hormigueo del brazo, la presión del cinturón sobre la clavícula le sacó de sus cavilaciones. Miró el video del nacimiento de su hijo Mateo, aún en ese momento tan hermoso, se mantuvo ausente, preocupado más en grabar el instante que en sostener en brazos a su hijo. Me da nervios que se caiga – decía- apenas lo sostenía y lo devolvía a los brazos de la abuela que corría por tomar a su nieto. Entonces soltó el llanto, se estaba muriendo y entendía que la vida le había dado la oportunidad de ser feliz y la había desechado por perseguir el éxito y el dinero. En el bolsillo de atrás de su pantalón, su billetera contenía seis tarjetas VIP, de los principales bancos del país, sin embargo, nada de eso le podía salvar la vida, ni el millonario contrato que lo convertía en una empresa multinacional, ni su camioneta 4 x 4, importada a principio de año, nada en ese instante, le servía para alejar los roedores que comían su pie. Eran apenas las 02.34 de la madrugada, le parecía una eternidad llegar al amanecer. Entendió que su final era inminente. El celular aún tenía carga, volvería a ver los únicos 32 minutos que valieron la pena su paso por la tierra. Lloró, sonrió y se emocionó con las escenas de sus hijos (la mayoría de esos momentos grabados por Renata y que se los hacía llegar después) Su vista comenzaba a nublarse, pensó en su mujer y desde el fondo de su corazón le pidió perdón, y lo repitió tantas veces como pudo antes de perder la conciencia.

 

A la mañana siguiente, el milagro del empresario rescatado por un panadero era la noticia del momento en todos los noticiarios, mientras Renata se daba una ducha tratando de adivinar con quien había pasado la noche Julián.

 

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El Aguila Blanca y la flor que se sentía sola


 


Una mañana en que el sol se abría paso por las montañas, el águila blanca sintió ganas de bajar al valle. Quería disfrutar del vuelo, abrió sus enormes alas y se dejó llevar por el viento, jugueteó por los aires disfrutando planear solo por el placer de sentirse dueña del mundo en las alturas. Estaba de buen ánimo y se concebía más majestuosa que nunca. Desde las alturas miró hacia un sector desértico, aquella mañana algo le instó a dirigirse a ese lugar. Mientras se dejaba caer con sus alas apegadas a su cuerpo, pensó - ¿Qué me atrae ir hasta allá?, en ese lugar hay muy poca vida, no encontraré nada interesante que cazar. A pesar de estos pensamientos, una fuerza extraordinaria le atraía hacia el llano.

El águila posó sus garras en la tierra ardiente sin entender realmente hacía allí. Cómo si estuviera hipnotizada, se dirigió detrás de un roquerio. Estaba por llegar, cuando el susurro de un llanto lastimero llegó a sus oídos. Frunció el ceño, agudizó sus sentidos y con un aletear controlado se posó en la roca más alta para tener mejor visión del sector. Entonces asombrada pudo comprobar que el llanto provenía de una hermosa flor ¿Por qué lloras? – le preguntó parsimoniosamente. ¿No te das cuenta de mi desdicha? – respondió la flor sin mirarle. De que desdichas me hablas, volvió a preguntar el águila sin entender. Acaso no ves, lo sola que estoy en este lugar, no sé por que Dios, me castiga de esa manera. Pero flor, el ser única, te hace especial, además eres hermosa, te lo digo yo, que desde los aires he visto muchas otras flores, pero ninguna como tú. Y ¿de qué me sirve? Si aquí nadie me ve. Además, tú nunca habías venido por acá. Ni siquiera sabías que existía. Pero yo sí, contestó una de las rocas, y yo también contestó otra, también yo, dijo a la distancia un viejo cactus. ¡Ustedes no cuentan! dijo molesta la flor, no saben apreciar mi belleza. Y ¿Por qué necesitas que aprecien tu belleza? Le preguntó el águila. Tú mismo lo dijiste, recién, dijiste que soy especial, que soy única y hermosa, se supone que nací, para agradar a los hombres, para que se deleiten con mi belleza. ¿Estás segura? preguntó el águila. Si el hombre supiera que eres tan especial y única, ya hubiese venido por ti, para arrancarte y lucirte como un trofeo, o te tendría en un laboratorio estudiándote y tratando de buscar el modo de hacer miles como tú para venderlas como flores exóticas. La flor guardo silencio, se secó las lágrimas. Dios no deja nada al azar, no estás acá como castigo, estás aquí porque pensó en protegerte. Te puso en el lugar donde pudieras crecer tranquila, y protegida por todo este roquerío. La flor miró avergonzada al águila y no respondió. Fue un agrado conocerte amiga flor, dijo el águila y emprendió el vuelo. La vio perderse en el cielo azulado. Luego miró a su alrededor y agradeció que no hubiese depredadores de plantas, sólo estaban sus protectoras las rocas. En silencio les pidió perdón y recogió sus pétalos.

Antes de que la noche cayera, el águila le habló a Dios, por la flor que se sentía sola. Confundido Dios, quedó en encontrar una solución.

A la mañana siguiente, cuando la flor despertó, se llevó la sorpresa de estar rodeada por flores similares a ella, por doquier. Entonces la flor, al ver que ya no era única y especial, soltó el llanto, aún más doloroso que la primera vez. La Roca más antigua, le preguntó y ahora ¿Por qué lloras? No lo entenderías contestó la flor.


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Alma pérdida





Una lágrima rodó por su mejilla, en el momento que su madre abandonaba la casa. Su padre mantenía con firmeza su mano, aunque en el fondo quería soltar el llanto. Que la niña no sufra era la consigna, era lo que más había recalcado, en su dormitorio. La escuchaba y la observaba con tal desconcierto que no podía retener las palabras frías que salían como dagas de su boca. Seis años atrás esa misma mujer, lo maravillaba por su belleza, su coquetería y su contagiosa alegría...si bien seguía manteniendo su atractivo de mujer, había perdido la magia de su coquetería innata y ni hablar de su alegría. Por eso, guardaba silencio y aceptaba estoicamente las duras palabras, a veces insultos, que vomitaba con ese rencor de los años. ¿Qué les había pasado? ¿Era acaso su culpa, la infelicidad de su mujer? Las escenas de su vida conyugal, se paseaban por su mente, sin encontrar un atisbo de claridad. Su hija apretando su mano, consultó con su vocecita inocente ¿Dónde va mamá? ¿Volverá luego? ...no supo que contestar, el nudo en la garganta estaba tan apretado que le costaba tragar saliva.

Sólo cuando su esposo agachó la cabeza abatido sentado en la cabecera de la cama conyugal, cesó su lacerante discurso. Ese hombre de enorme envergadura se veía tan débil, tan indefenso que no pudo continuar. La pequeña llamita de amor que aún blandía en el fondo de su corazón, la sobrecogió a tal punto, que pensó en el error de su decisión, más su orgullo, le dio el último empujón hacia la calle, una calle desierta, sin nadie que la esperaba, cómo cuando partió de su ciudad natal, siendo aún una adolescente. Sus tacos tambaleaban tal si la calle estuviera llena de ripio, pero su pena, su frustración, su amargura, su desilusión, y la extinción del amor, era lo que le impedía caminar bien. Un perro le salió a su paso, moviendo su cola, en son de compañía.

La figura de la mujer y el perro fueron tragadas por la boca de la noche.

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Desconocidos que comparten, el mismo vagón del tren de la vida

                                     


                                       


El silencio nocturno se apoya en el borde de mi conciencia, mientras mi imaginación me toma de la mano y me conduce por un bosque de incertidumbres. A la distancia el ladrar de los perros, por un par de borrachos que discuten en la calle, me parece tan lejano, cómo si yo no estuviera presente. Me recuesto en el pecho de mi amada y la calma vuelve a mí, como un suspiro del más allá. Cierro los ojos, me veo desnudo hundiéndome en un gran lago, a medida que las aguas frías me van envolviendo, voy perdiendo la conciencia, el lago desaparece y se transforma en un desierto. El sol golpea mi espalda y me lame la cabellera cual lengua larga y áspera que me hace daño, a pesar de ello, no interrumpo mi andar sin rumbo. Un hermoso corcel blanco me mira impaciente desde la llanura y emprende su galope hacia mí. Su estampa es enorme y me invita a montarle. Lo hago como si fuera un quinceañero y supiera montar (cosa que en mi vida he hecho y menos en pelo), abro mis brazos como queriendo abrazar el mundo, la brisa acaricia mi rostro y el sol se ha vuelto más benevolente conmigo. El caballo danza entre las dunas con una habilidad sorprendente, cierro los ojos, yergo mi rostro al cielo y me abandono al placer. Después de un rato, el corcel detiene su galope, me enfrentan cinco jinetes con vestiduras negras a rostro cubierto, al parecer son árabes. Me hablan a gritos y amenazantes cosas que no entiendo por el idioma y eso parece enfurecerles más. Apuntan con sus rifles y siguen gritando. Con las manos en alto, trato de explicarles que no les entiendo. De pronto y en un acto involuntario, golpeo con los talones el flanco de mi caballo para salir al galope huyendo, mientras los hombres me disparan y me persiguen. Me río como cuando niño y mi padre jugaba conmigo a las persecuciones. Esos momentos eran los más felices de mi vida, sobre todo cuando me abrasaba o se revolcaba conmigo donde me atrapaba y me colmaba de besos, al tiempo que mi madre desde la cocina, nos llamaba la atención. Esos domingos eran perfectos, los tres juntos, el almuerzo especial, los juegos con mi padre, y la siesta con la ventana abierta, dejando que el frescor entrara. Yo no tuve la suerte de ser padre. Ángela no puede, después de varios años de intentos, frustraciones y culpas, las cosas no se dieron, y dejamos de buscarlos. Ahora lo más parecido a un hijo, es el viejo pastor alemán que nos encontramos en una de nuestras caminatas. Publicamos su foto, en las redes sociales y le preguntamos a los vecinos, pero nadie lo reclamó. Cómo si de algún modo, él hubiese tenido por destino, hacernos compañía. Ahora está viejo, y comparte nuestros achaques. Las vueltas que damos en las tardes son cada vez más cortas, se cansa, sus patas traseras ya no le responden como antaño, es parte de la vida nos dijo el veterinario, en su última visita. Ángela se queja, se mueve y dice que me corra, es tarde reclama, queriendo dormir. Ahora sólo dormimos juntos. Recuerdo cuando me la presentó Jorge un compañero de trabajo en el ascensor, ella trabajaba dos pisos más arriba, en un estudio de abogados.

Desde ese momento, la esperaba para almorzar y a su salida. Tomados de la mano, recorría la ciudad de un extremo a otro, lo único que importaba era estar juntos. Cuando empezó a quedarse en mi departamento, nos consumía la pasión. Con el tiempo, la pasión se fue distanciando de nuestros cuerpos cansados y nuestras mentes colapsadas. Todo se va tornando indiferente, y así sin darnos cuenta, ya nos miramos como desconocidos que comparten, el mismo vagón del tren de la vida.

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Enseñanzas del Covid-19


Sin lugar a dudas que el famoso Covid-19, nos ha dejado muchas enseñanzas. A mi parecer, lo más importante es que ya nada parece imposible. Quien iba a pensar que las grandes ligas de fútbol iban a jugarse sin público, que los cantantes iban a dar sus conciertos vía streaming, que volveríamos a estar en toque de queda y que nos obligarían a permanecer encerrados. Sin lugar a dudas lo que el covid-19 nos ha regalado en exceso a través de los estados de cuarentena, ha sido tiempo. Si, sobretodo tiempo para nosotros, para reencontrarnos, para pensar para donde íbamos, tiempo para agradecer de encontrarnos sanos, de valorar tener un ingreso, de tener amigos, pareja, hijos, etc. Tiempo para querer pasear con la mascota, de reconocer la compañía y la ausencia de aquellos seres queridos que están lejos, de las reuniones familiares de antaño, de los asados, de los cumpleaños, del compartir un café conversado, de pasear por la playa, de ir al cine, de ir a comer, hacer deporte. 

El covid-19 logró que volviéramos a ver los cielos celestes, que los animales salieran de sus escondites y se internaran en la ciudad (lugar que antaño les pertenecía), que la gente volviera a mostrar interés por la tierra, por tener un huerto propio. En fin, la lista pareciera interminable, lo importante, es que más allá de la tragedia, este virus, le ha dado al mundo la mayor oportunidad que pudo haber tenido la humanidad. Y es la de replantearse el tipo de vida que llevamos, la posibilidad de re-invertarse. De que nos demos cuenta que el dinero no lo compra todo, ni que existe la famosa seguridad que constantemente estamos buscando. 

Los fines de semanas con los Malls cerrados, nos obligaron a plantearnos nuevas formas de esparcimiento.Quizás por ahí, una vieja guitarra volvió a cantar, unos volantines volvieron a surcar los cielos, nos obligó a contemplar a nuestros ancianos, a preocuparnos por su salud, a verlos con mayor conciencia. Lo simple se volvió un tesoro, comenzamos a valorar los abrazos, los besos, los apretones de manos, etc.. Por eso yo le agradezco al Covid, todo lo que nos ha dado, más que mirar lo que nos ha quitado. Más de alguien dirá y aquellos que murieron por su causa. Sin lugar a dudas que es lamentable el tema de sus muertes, pero así también muchos otros se los lleva el tabaco, el alcohol y las drogas, y a nadie parece preocuparle en demasía. Yo sólo quiero que rescates el lado bueno o positivo del Covid.



 

La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...