Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia esfuerzos sobrehumanos para zafar mi pierna atrapada por los escombros. Estaba en una etapa, donde pensaba que la vida me sonreía, tenía un éxito económico, se venían una serie de proyectos que aumentarían mi bienestar. Nunca imaginé, que aquel día todo cambiaría. No alcancé a reaccionar, tan pronto empezó el terremoto, mis piernas se paralizaron, miraba a todos lados tratando de entender lo que estaba sucediendo, no pude escapar cuando el muro de la vieja casona que estaba por comprar se me vino encima. El viejo Alfredo dueño de la propiedad me lo advirtió en su momento, hijo esa casona ya está muy deteriorada, la verdad no creo que sea un buen negocio comprarla, hace años que perdí el interés en su mantención desde que murió Marta, por eso yo habito la pequeña pieza al lado de la cocina (que era para la servidumbre) Ese argumento lejos de desanimarme, me puso más ansioso por cerrar pronto el negocio (a mi juicio pensaba que estaba adquiriéndola a un precio muy bajo) Fue así como aquella trágica mañana me levanté temprano, un café y un par de tostadas fueron suficiente. En ese momento, mientras contemplaba la ciudad desde la ventana, me sentía el rey del mundo. En mis absurdas cavilaciones (en ese momento no lo veía así) suponía que con el pasar de los días don Alfredo arrepentido de venderla, decía que no valía la pena, para que me desistiera. Siempre había seguido mis impulsos, y solía vanagloriarme de ello, incluso llegué a pensar que esa manera impulsiva de mi actuar, era realmente la brújula de mi éxito. Por eso, sí o sí tenía que comprarla, la idea de convertirla en una hostería para turistas extranjeros, lejos del mundanal rondaba en mi mente como una polilla ciega por la luz. Me veía recibiendo turistas de todo el mundo dispuestos a pagar el precio de la desconexión en un lugar rodeado de naturaleza. El crédito en el banco prácticamente estaba aprobado, y sólo bastaba un par de detalles para cerrar el trato. Tal como le prometí a don Alfredo, seguiría habitándola hasta el final de sus días (al fin y al cabo, me serviría como cuidador)
La tarde del sábado llovió torrencialmente en la zona, eso ablando mucho el
terreno y las paredes de adobe de la casona, lo que influyó para que el
movimiento sísmico hiciera lo suyo. Imaginaba trayendo a mis padres a pasar
unos días antes de la apertura, el proceso de refacción sería largo, por lo que
no tenía prisa. A mis treinta y cinco años, éste logro era más que un preciado
premio a mi esfuerzo. Fue esa impaciencia, la que me llevó a hacer un
levantamiento fotográfico para determinar los procesos de reparaciones futuras.
La pared trasera de la construcción era la más deteriorada, luego de tomar las
fotos de rigor, me agaché a ver un pequeño agujero, tenía la impresión de que
era hábitat de ratones, estaba en eso, cuando la tierra comenzó a moverse
brutalmente, la tierra se abría en pequeñas grietas que luego fueron creciendo,
nunca en la vida había presenciado tal endemoniada fuerza de la naturaleza, la
tierra blandía como un trozo de papel, quise pararme e huir del lugar
despavorido, más perdí el equilibrio y caí de espaldas, antes de poder reincorporarme
la muralla se desplomó sobre mí, quedando atrapado. Mi celular había quedado en
la camioneta, nunca pensé que estaría minutos más tarde en esta situación. Perdí
el control del tiempo, a ratos parecía que los minutos se demoraban una
eternidad en avanzar, perdí la conciencia cuando comenzaba a oscurecer. Sentía
entumecimiento de todo mi cuerpo, me desvanecía a ratos, debía seguir luchando,
sólo era cuestión de liberar mi pierna y arrastrarme hasta la camioneta llamar
a mi hermano, para que viniera a socorrerme. En una fracción de segundo su
percepción de la vida había sufrido un giro de 360 grados, ahí atrapado se
sentía tan insignificante, hasta llorar le causaba impotencia.
Antes de caer la noche, un perro lanudo se presentó. Al principio, me
observaba a la distancia, de a poco se fue acercando, con mi mano izquierda que
tenía libre, logré que me oliera y se dejó acariciar. Con su áspera lengua
lamió mi mano y se recostó muy cerca. Su mirada profunda me tranquilizó. No sé
si comenzaba a delirar o mi desesperación por morirme, hizo que comenzara a
hablarle a mi mudo testigo quizás de mis últimas horas. Sentir su pelaje me
ayudó a paliar el frío nocturno. Al amanecer, el celular comenzó a sonar desde
temprano, la mayor de las veces eran llamadas cortas, el resto innumerables wsp
(los diferenciaba por el sonido) Seguramente su jefe lo estaba tratando de
ubicar, molesto porque no contestaba. Desde luego mi familia también comenzaría
a preocuparse. Cerró los ojos, y recordó que aparte de don Alfredo nadie más
sabía de la casona (quería sorprenderlos a todos), Entro en desesperación, como
si estuviera sujeto de una correa que se contraía hasta quitarle el aliento. Su
nuevo amigo seguía ahí. Le puso de nombre “grata sorpresa” (por la manera y el
momento en que se había presentado) De rato en rato no paraba de hablarle. Le
contaba de esto y aquello, hasta ofreció adoptarle una vez que saliera de ahí.
Tenía plena convicción de que sería rescatado, sólo esperaba poder aguantar. La
pierna atrapada, apenas ya podía sentirla. Un incesante hormigueo le recorría
la extremidad. La boca seca de tanto hablar, la mirada nebulosa por el mal
dormir, el entumecimiento de su cuerpo, la fatiga, le estaban pasando la
cuenta. Maldijo mil veces a dios, a la vida, a la mala fortuna, hasta que las
fuerzas lo vencieron. Despertaba sobresaltado, gritaba, lloraba, imploraba,
rogaba no morir, maldecía, pedía perdón, la pierna dolía y a ratos no, se le
apretaba el pecho, el hambre pasó a segundo plano.
La noción del tiempo la perdió del todo, en un momento, se percató que su
lanudo amigo no se había movido de su lado, con la mano temblorosa acarició su
pelaje sucio, y con un suspiro de aliento, quiso decirle que se fuera, que
debía alimentarse, beber agua, pero el animal con mirada triste le contempló y
cerró los ojos, como si su único destino fuese el dormir a su lado. Déjate
llevar, volvió a decir la vocecilla en un rincón de su cabeza, entonces cerró
los ojos y sin dolor, lágrimas, miedo, se dejó llevar.
Un profundo sueño le atrapó. No recordaba bien como llegó ahí, el bosque
terminaba en una gran pradera de pasto seco que se perdía en el horizonte,
sintió ladridos y vio a su lanudo amigo, más joven, detrás venían dos niños
felices cuyas edades fluctuaban entre cuatro y cinco años, sonreían y gritaban
felices su nombre. No entendía como le conocían, hasta que la pequeña de pronto
le llamó papá, y su corazón comenzó a latir de un modo inesperado, parecía
salirse de su pecho. Quiso correr a su encuentro, entonces se dio cuenta de la
prótesis que reemplazaba su pierna herida. Se movió con dificultad, pero con
alegría, quería abrazar a sus hijos, cuando finalmente la pequeña se colgó de
su cuello, una luz destellante se le vino encima…
Le pareció percibir voces a lo lejos…” hombre de 35 años, lo encontramos
atrapado bajo los escombros de una muralla, tuvimos que amputarle la parte
inferior de la pierna para salvarlo con vida, ha perdido mucha sangre, su
estado es delicado” decía uno de los paramédicos, mientras lo ingresaban en
camilla a pabellón.
Dos años más tarde
El sol del verano se colaba como trenzas de una adolescente que bailaban
sobre su rostro, alcanzaba a escuchar la voz de su mujer conversando con don
Alfredo y los dos turistas que habían llegado la noche anterior, mientras se
servían desayuno en la cocina (lugar preferido de don Alfredo). La casona
estaba lejos de ser el proyecto que había soñado, sólo llevaba un par de piezas
refaccionadas, que alcanzaba para arrendar a un par de turistas. El resto
avanzaba sin prisa, aún le costaba moverse con la prótesis. Saludó a los
turistas y a don Alfredo (a quien ya quería tanto como a su padre), besó a su
mujer, tomó la taza de café y salió al patio. Al fondo, aún continuaban parte
de los escombros que habían cambiado por completo su vida, había decidido
dejarlos ahí para no olvidarse que la vida puede cambiar en un segundo,
mientras su lanudo compañero caminaba fielmente junto a él.
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