Lucrecia

La mirada de mi madre quedó fija en el dibujo de un sol que asomaba tras la montaña, trazado con tiza en la muralla, seguramente por un niño, años atrás. Caminábamos detrás de la corredora de propiedades, que más que hablar parecía cotorrear. Mi madre me apretó la mano y, con un guiño de aprobación, me hizo entender que debía cerrar el trato. Lo que más le gustaba era su habitación, iluminada a través de un enorme ventanal. Desde allí se veía un jardín bien cuidado, en el que destacaban las hortensias y orquídeas. Sin duda, los pajaritos vendrían a visitarlo, y eso le encantaría aún más. Detrás de mí venía Lucrecia. Quizás tenía tantos años como mi madre, pero poseía una vitalidad envidiable. Además, mamá confiaba ciegamente en la Lucre, como ella solía llamarla. La casa era pequeña, pero acogedora, y estaba en un barrio tranquilo. Eso era lo más importante debido a mis largas ausencias por trabajo. La cocina tenía azulejos que alguna vez fueron blancos, pero que ahora estaban cubiertos de grasa. Junto con las paredes pintadas de colores extravagantes, pedía a gritos una limpieza y una nueva capa de pintura. La que más pedía auxilio, era la campana camuflada bajo la mugre grasienta. Creo que le pediré al viejo Pablo que venga a auxiliarme -pensé- mientras mi madre me pedía que la acompañara al jardín a ver las plantas. Las conocía como la palma de su mano y rápidamente hizo una evaluación de estas, definiendo cuales necesitaban poda y agua, o agua simplemente, decía que tendría tiempo suficiente, mientras estiraba su cuello para alcanzar a ver dónde se escabullía una enredadera detrás de un naranjo. La recortaré, no quiero problemas con los nuevos vecinos, me comentó resuelta. La corredora seguía con su cotorreo de las bondades de la casa, de esto y de aquello, mientras mi madre, levantaba una mano, denotando que aquello no le interesaba. Así era ella, directa y pragmática. Por suerte, la corredora no la vio. Decidí seguir a la cotorra para afinar los detalles de la compra, mientras Lucrecia y mamá conversaban de los futuros arreglos del jardín. Alcancé a escuchar que necesitaría guantes, herramientas de jardín, maceteros y tierra de hoja para mañana. Quería empezar pronto. Quise decirle que aún la casa no era de ella, pero desistí. La corredora sonrió satisfecha a sabiendas que la venta era un detalle de papeleo nada más, y yo por supuesto sacaba cuentas del pago en el banco, con los futuros trabajos que tenía ad-porta. Mi madre, me recordó a mi segunda hija por su entusiasmo infantil. Su silueta tras las rosas, la hacían parecer delgada, pequeña y frágil, pero nadie más que yo conocía su carácter. La vieja Lucrecia, le afirmaba de un brazo, asintiendo de vez en cuando para llevarle la razón, cuanta paciencia tenía. Aún puedo recordar el día, cuando mi padre llegó con ella. Desde siempre fue regordeta pero nunca ninguno de mis hermanos osó molestarla o hacer un mal comentario por su figura. Mamá desde el primer momento la adoptó como la hermana mayor que no tuvo. Pasaban casi todo el tiempo juntas, ella tenía una voz melodiosa y se sabía todas las canciones de Juan Gabriel, Luis Miguel y Ana Gabriel y se las pasaba cantando, mientras hacía los quehaceres domésticos. Tuvo mala suerte en el amor la Lucre, pese a su gordura, su simpatía desbordante y su carácter liviano, la hacían una mujer coqueta que gustaba a la mayoría de los hombres. Sin embargo, sólo estuvo con dos hombres en su vida y después dijo fue suficiente. El primero fue Sandrino, un delgado muchacho que trabajaba en un almacén del barrio y del cual se enamoró a primera vista. Estuvieron juntos largos 7 años, pero los celos enfermizos de Sandrino, terminaron de agobiarla y decidió terminar con él, a pesar de seguir enamorada. Mi madre compartió sus penas tardes enteras, se les escuchaba hablar bajito en la cocina y luego Lucrecia soltaba el llanto. Mis hermanos y yo, pese a ser adolescentes lo encaramos una tarde, y le amenazamos con palos y piedras a las afueras del local donde trabajaba, pese a que nos echaron a gritos, al parecer, algo de eso, influyó pues nunca más se le vio asomarse por nuestra casa, donde solía pasar por las tardes y sentarse en la banca del jardín cuando visitaba a Lucrecia. Esa desilusión duró varios años, no salía ni siquiera a misa. Pero un domingo mi madre, en su desesperación la obligó. Partimos con ella todos juntos a misa, cosa que mis hermanos y yo aborrecíamos, salvo cuando iban las mellizas. Eran dos trigueñas de unos ojazos azules, de las que estábamos enamorados Bastian y yo. Cuando las veíamos llegar, Fernando mi hermano mayor, empezaba a molestarnos, incluso una vez les tiró un papelito en plena misa, donde nos delataba de estar loquitos por ellas. Afortunadamente intervino su madre, y no dejó que recogieran el papel, aunque por las risas y el nerviosismo, algo pudieron sospechar. Hasta el día de hoy, nunca lo sabré, pues no las volvimos a ver. Volvamos con Lucrecia, ese domingo un hombre mayor se sentó detrás de nosotros y cuando vino el darse la paz, la mano de Lucrecia quedó atrapada entre las suyas y sus ojos se encontraron sin decir palabras. Fue mi madre la que, con un codazo, rompió el hechizo. Desde ese día Lucrecia se sentía dispuesta a ir a la iglesia, primero a misa los domingos y luego fueron los sábados y algún miércoles entremedio. Pensamos que se había vuelto algo beata, pero mi madre la descubrió con aquel hombre mayor. Por más que trató de disuadirla, aquel individuo, ya había conquistado el corazón solitario de Lucrecia y hasta le pidió matrimonio. Para su suerte, mi madre nunca se mostró dispuesta, y le pidió que lo postergara. Al pasar del tiempo, el famoso viejuco, lo llamo así, porque nunca supe su nombre, empezó a mostrar su debilidad por el vino. Más de una vez, en un almuerzo en casa, decía que bebía la sangre de Dios, pero no caía en gracia. Cinco años duró esa relación, la fecha del casorio se fue dilatando una y otra vez, hasta que de repente, el borrachín dejó de visitarla. Esta vez, no lloró como fue con Sandrino, de algún modo se daba cuenta que no le gustaba estar sola, y en ese afán de encontrar un hombre que la quisiera, no había elegido bien. Una tarde después de misa, llegó con un gato roñoso que recogió de la calle, y nos dijo -el será mi único compañero por lo que me queda de vida. Ese gato la acompañó por casi veinte años, al final ni siquiera salía de su cuarto. Le era fiel, y fue la compañía que necesitaba. Solía conversarle, como si le entendiera. Alguna vez, en mis llegadas tarde a casa, escuché sus historias con Sandrino, solía contarle sus salidas, ese muchacho fue su gran amor, que lástima que no resultara su relación. En casa al principio era bien querido por todos, más de una vez, mi padre le regaló ropa o zapatos y cuando salían, le decía que cuidara de su hija, refiriéndose a Lucrecia.

Yo creo, que fuimos de algún modo su verdadera familia, ahora que lo pienso, nunca le escuché hablar de sus padres o si tenía hermanos o hermanas. Ni recuerdo haberle preguntado a papá como la conoció. Lo que sí sé, es que fue el paño de lágrimas de los tres, cada uno en su tiempo, pues nos llevábamos por dos años todos. El más sensible siempre fue Bastián el menor, pasaba enamorándose y sufría casi semana por medio desilusiones. Ahí estaba como siempre Lucrecia. Solía abrazarnos con tanta ternura, no sé, pero en sus brazos, uno perdía el miedo, la vergüenza y se desahogaba. Lucrecia guardaba secreto de los tres que nunca siquiera imaginaron nuestros padres.

Recuerdo que el cumpleaños más bonito fue cuando cumplió 30, en ese entonces andaba con Sandrino. Esa mañana nadie la saludó, dejamos que saliera a celebrar con él. A su regreso, teníamos una fiesta sorpresa, con Adela que era su mejor y quizás única amiga. Mamá le hizo una torta, y todos cooperamos para hacer la cena bailable. Estaba tan feliz, que parecía una quinceañera, se lo bailó todo, cumbia, rock and roll, lentos, onda disco, en fin, cuando digo todo, es todo. Pasada la medianoche, ya no tenía acompañante, todos estábamos muertos, el primero en renunciar fue papá, después de tres bailes, se fue directo a la cama, comentando que ya no estaba para esos trotes. Sandrino la apaño, hasta como a las dos de la madrugada y cuando yo me fui a acostar, era el turno de Fernando, que, a cada rato, le decía, ya, pero esta es la última. A la distancia, la miro hoy, y pienso en todo lo que nos dio Lucrecia, y creo que si todos juntásemos lo que le dimos igual quedaríamos al debe. Su cabello cano, como el de mi madre me recuerda que dedicó toda una vida a nuestro cuidado. Creo que es el momento que debo cambiar las cosas - me dije. Le pregunté a la cotorra, si conocía a alguien que pudiera venir unas dos veces a la semana a ayudarles con las cosas de la casa y asintió, lo que me llenó de alegría. Por fin, mi madre y Lucrecia podían disfrutar de sus últimos días juntas.

Me despedí de la cotorra, quedando de pasar el lunes a firmar los papeles, me senté en el piso de la casa, apoyando mi figura en el ventanal del living, donde aún llegaba el sol con sus delgados dedos, y sonreí satisfecho, no sólo por conseguir comprar la casa como fue mi sueño desde niño, sino por darle un hogar a mis dos madres.

 

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La Casona y el perro lanudo

 


Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia esfuerzos sobrehumanos para zafar mi pierna atrapada por los escombros. Estaba en una etapa, donde pensaba que la vida me sonreía, tenía un éxito económico, se venían una serie de proyectos que aumentarían mi bienestar. Nunca imaginé, que aquel día todo cambiaría. No alcancé a reaccionar, tan pronto empezó el terremoto, mis piernas se paralizaron, miraba a todos lados tratando de entender lo que estaba sucediendo, no pude escapar cuando el muro de la vieja casona que estaba por comprar se me vino encima. El viejo Alfredo dueño de la propiedad me lo advirtió en su momento, hijo esa casona ya está muy deteriorada, la verdad no creo que sea un buen negocio comprarla, hace años que perdí el interés en su mantención desde que murió Marta, por eso yo habito la pequeña pieza al lado de la cocina (que era para la servidumbre) Ese argumento lejos de desanimarme, me puso más ansioso por cerrar pronto el negocio (a mi juicio pensaba que estaba adquiriéndola a un precio muy bajo) Fue así como aquella trágica mañana me levanté temprano, un café y un par de tostadas fueron suficiente. En ese momento, mientras contemplaba la ciudad desde la ventana, me sentía el rey del mundo. En mis absurdas cavilaciones (en ese momento no lo veía así) suponía que con el pasar de los días don Alfredo arrepentido de venderla, decía que no valía la pena, para que me desistiera. Siempre había seguido mis impulsos, y solía vanagloriarme de ello, incluso llegué a pensar que esa manera impulsiva de mi actuar, era realmente la brújula de mi éxito. Por eso, sí o sí tenía que comprarla, la idea de convertirla en una hostería para turistas extranjeros, lejos del mundanal rondaba en mi mente como una polilla ciega por la luz. Me veía recibiendo turistas de todo el mundo dispuestos a pagar el precio de la desconexión en un lugar rodeado de naturaleza. El crédito en el banco prácticamente estaba aprobado, y sólo bastaba un par de detalles para cerrar el trato. Tal como le prometí a don Alfredo, seguiría habitándola hasta el final de sus días (al fin y al cabo, me serviría como cuidador)

La tarde del sábado llovió torrencialmente en la zona, eso ablando mucho el terreno y las paredes de adobe de la casona, lo que influyó para que el movimiento sísmico hiciera lo suyo. Imaginaba trayendo a mis padres a pasar unos días antes de la apertura, el proceso de refacción sería largo, por lo que no tenía prisa. A mis treinta y cinco años, éste logro era más que un preciado premio a mi esfuerzo. Fue esa impaciencia, la que me llevó a hacer un levantamiento fotográfico para determinar los procesos de reparaciones futuras. La pared trasera de la construcción era la más deteriorada, luego de tomar las fotos de rigor, me agaché a ver un pequeño agujero, tenía la impresión de que era hábitat de ratones, estaba en eso, cuando la tierra comenzó a moverse brutalmente, la tierra se abría en pequeñas grietas que luego fueron creciendo, nunca en la vida había presenciado tal endemoniada fuerza de la naturaleza, la tierra blandía como un trozo de papel, quise pararme e huir del lugar despavorido, más perdí el equilibrio y caí de espaldas, antes de poder reincorporarme la muralla se desplomó sobre mí, quedando atrapado. Mi celular había quedado en la camioneta, nunca pensé que estaría minutos más tarde en esta situación. Perdí el control del tiempo, a ratos parecía que los minutos se demoraban una eternidad en avanzar, perdí la conciencia cuando comenzaba a oscurecer. Sentía entumecimiento de todo mi cuerpo, me desvanecía a ratos, debía seguir luchando, sólo era cuestión de liberar mi pierna y arrastrarme hasta la camioneta llamar a mi hermano, para que viniera a socorrerme. En una fracción de segundo su percepción de la vida había sufrido un giro de 360 grados, ahí atrapado se sentía tan insignificante, hasta llorar le causaba impotencia.

Antes de caer la noche, un perro lanudo se presentó. Al principio, me observaba a la distancia, de a poco se fue acercando, con mi mano izquierda que tenía libre, logré que me oliera y se dejó acariciar. Con su áspera lengua lamió mi mano y se recostó muy cerca. Su mirada profunda me tranquilizó. No sé si comenzaba a delirar o mi desesperación por morirme, hizo que comenzara a hablarle a mi mudo testigo quizás de mis últimas horas. Sentir su pelaje me ayudó a paliar el frío nocturno. Al amanecer, el celular comenzó a sonar desde temprano, la mayor de las veces eran llamadas cortas, el resto innumerables wsp (los diferenciaba por el sonido) Seguramente su jefe lo estaba tratando de ubicar, molesto porque no contestaba. Desde luego mi familia también comenzaría a preocuparse. Cerró los ojos, y recordó que aparte de don Alfredo nadie más sabía de la casona (quería sorprenderlos a todos), Entro en desesperación, como si estuviera sujeto de una correa que se contraía hasta quitarle el aliento. Su nuevo amigo seguía ahí. Le puso de nombre “grata sorpresa” (por la manera y el momento en que se había presentado) De rato en rato no paraba de hablarle. Le contaba de esto y aquello, hasta ofreció adoptarle una vez que saliera de ahí. Tenía plena convicción de que sería rescatado, sólo esperaba poder aguantar. La pierna atrapada, apenas ya podía sentirla. Un incesante hormigueo le recorría la extremidad. La boca seca de tanto hablar, la mirada nebulosa por el mal dormir, el entumecimiento de su cuerpo, la fatiga, le estaban pasando la cuenta. Maldijo mil veces a dios, a la vida, a la mala fortuna, hasta que las fuerzas lo vencieron. Despertaba sobresaltado, gritaba, lloraba, imploraba, rogaba no morir, maldecía, pedía perdón, la pierna dolía y a ratos no, se le apretaba el pecho, el hambre pasó a segundo plano.

La noción del tiempo la perdió del todo, en un momento, se percató que su lanudo amigo no se había movido de su lado, con la mano temblorosa acarició su pelaje sucio, y con un suspiro de aliento, quiso decirle que se fuera, que debía alimentarse, beber agua, pero el animal con mirada triste le contempló y cerró los ojos, como si su único destino fuese el dormir a su lado. Déjate llevar, volvió a decir la vocecilla en un rincón de su cabeza, entonces cerró los ojos y sin dolor, lágrimas, miedo, se dejó llevar.

Un profundo sueño le atrapó. No recordaba bien como llegó ahí, el bosque terminaba en una gran pradera de pasto seco que se perdía en el horizonte, sintió ladridos y vio a su lanudo amigo, más joven, detrás venían dos niños felices cuyas edades fluctuaban entre cuatro y cinco años, sonreían y gritaban felices su nombre. No entendía como le conocían, hasta que la pequeña de pronto le llamó papá, y su corazón comenzó a latir de un modo inesperado, parecía salirse de su pecho. Quiso correr a su encuentro, entonces se dio cuenta de la prótesis que reemplazaba su pierna herida. Se movió con dificultad, pero con alegría, quería abrazar a sus hijos, cuando finalmente la pequeña se colgó de su cuello, una luz destellante se le vino encima…

Le pareció percibir voces a lo lejos…” hombre de 35 años, lo encontramos atrapado bajo los escombros de una muralla, tuvimos que amputarle la parte inferior de la pierna para salvarlo con vida, ha perdido mucha sangre, su estado es delicado” decía uno de los paramédicos, mientras lo ingresaban en camilla a pabellón.

 

Dos años más tarde

El sol del verano se colaba como trenzas de una adolescente que bailaban sobre su rostro, alcanzaba a escuchar la voz de su mujer conversando con don Alfredo y los dos turistas que habían llegado la noche anterior, mientras se servían desayuno en la cocina (lugar preferido de don Alfredo). La casona estaba lejos de ser el proyecto que había soñado, sólo llevaba un par de piezas refaccionadas, que alcanzaba para arrendar a un par de turistas. El resto avanzaba sin prisa, aún le costaba moverse con la prótesis. Saludó a los turistas y a don Alfredo (a quien ya quería tanto como a su padre), besó a su mujer, tomó la taza de café y salió al patio. Al fondo, aún continuaban parte de los escombros que habían cambiado por completo su vida, había decidido dejarlos ahí para no olvidarse que la vida puede cambiar en un segundo, mientras su lanudo compañero caminaba fielmente junto a él.

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Casa de reposo “La desconocida”

 


 


Ahí estaba sentada en el avión con destino a Guatemala, un país que no conocía y donde nadie la esperaba. Dejaba atrás a sus dos hijos. Llevaba planeando este viaje desde hace un tiempo, cuando le descubrieron el cáncer de mamas. Se había levantado temprano, luego de un baño reparador, tomó una maleta pequeña y colocó algunas prendas y se dirigió al aeropuerto. Llegó con tiempo para desayunar en una cafetería y se dedicó a mirar a la gente que se movía de aquí para allá. Jóvenes que no se despegaban de sus celulares, una madre atareada con sus hijos y un bebé en brazo que no dejaba de llorar, un matrimonio de adultos mayores que lo hacían todo como en cámara lenta, cómo si el tiempo no importara, todo lo contrario, a ejecutivos de empresas con sus computadores o celulares, todos parecían tener algún propósito, dirigirse a algún destino donde los esperaban. A sus sesenta y tres años, tomando un café con una deliciosa media luna, contemplaba la muchedumbre como un espectador sin ningún futuro, con una pena que le calaba las venas, se sentía ausente, aparentemente invisible. Un hombre en una mesa cercana leía el periódico, mientras una jovencita atendía a una pareja de recién casados que se besaban hasta ser hostigosos. En una pantalla se mostraba la publicidad de viajar al caribe, sol, playas, hermosas mujeres en bikinis, la vida parecía un torbellino a su alrededor. Pensó en su historia mientras una lágrima se deslizaba por su arrugada mejilla. Sentía que despertaba de una terrible pesadilla, no por el diagnóstico del cáncer eso era lo de menos, lo que más le angustiaba era no haber despertado antes. Siempre fue una mujer de casa, se lo pasó limpiando, ordenando, lavando ropa, cocinando, para que otros vivieran ¿cómo pudo conformarse con ese tipo de vida tan insulsa? La pregunta le sonaba como una gran bofetada, que le ardía en el fondo de su alma. Su esposo médico de profesión, siempre le dedicó el tiempo que tenía de sobra, pues aparte de embarazarla dos veces, nunca fue de mayor dedicación a su persona. El hospital, los turnos, la clínica y las urgencias nocturnas de sus pacientes embarazadas o post embarazo fueron siempre su prioridad. Por eso se refugió en sus hijos, eran su única preocupación mientras fueron creciendo hasta hacerse hombres. Se llevaban por dos años. Rubén el mayor, nunca dio problemas, responsable, tranquilo, ejemplar, en cambio Joaquín inquieto, desordenado, niño problema, le sacó canas verdes en su pre y adolescencia. Ambos ya no vivían en casa. Justo cuando la vida debía comenzar para ella, se presentó el cáncer para decirle, llegó tu hora, tienes sólo seis meses de vida. Al principio se lo pasaba llorando, en una visita de sus infaltables amigas, una de ellas comentó que en una situación parecida “yo me quito la vida, no voy a hacer carga de mis hijos” En ese momento no le tomó mayor atención a estas palabras, pero una noche de agosto, empezaron a hacer mella en su conciencia. Al día siguiente, se quedó mirando a su marido, estaba mayor, gordo, pelado, malgenio y se dijo, no vale la pena que siga cuidando de él, ya lo hice demasiado tiempo -musitó para sí.  Rubén venía los fines de semana a dejarle la ropa para que se la planchara, pues decía, que nadie lo hacía cómo ella. Joaquín, de vez en cuando le llamaba, las más de las veces, era cuando le faltaba plata. No era el mejor de los escenarios para terminar sus días, entonces decidió desaparecer. Esa misma mañana, se acercó a una agencia, y mientras esperaba ser atendida, cogió un folleto de Guatemala, se lo quedó mirando ensimismada, sin pensarlo, decidió que ese sería su destino. Revisó sus ahorros, sacó cuentas y para estar más aliviada en sus gastos, le pidió dinero extra a su marido, diciéndole que quería renovar el cerámico del baño. Le dejó un cheque en blanco sobre la mesa del comedor y se despidió con un beso en la frente.

Su asiento era del lado de la ventana, quería empezar a verlo todo. Una mujer de color, algo regordeta, se sentó a su lado, pero eso no le incomodó. Sin mediar, la mujer comenzó a hablarle. Tenía un timbre alegre, algo chillón, se quedó sin aire cuando Manuela le comentó que era primera vez que viajaba sola fuera de su país, y que no conocía a nadie en Guatemala, ¡pero mujer que bicho te picó! – exclamó sorprendida, al tiempo que se pasaba un pañuelo por su cuello, secándose el sudor. Estos aviones tan cerrados siempre me hacen transpirar, seguía diciendo, Manuela con un tono plano, le comentaba, el bicho que me picó fue el cáncer. Irma quedó desorientada. ¡Ay, niña, ese bicho si que es malo! Siguieron conversando como grandes amigas, hasta el aterrizaje. Cuando llegaron al Aeropuerto, Irma insistió en que fuera su huésped. Un hombre grueso de color le hacía señas con su sombrero. Ambos se abrazaron como dos adolescentes enamorados, Manuela los observó con un dejó de envidia. José tomó la maleta con una sonrisa blanca y abrazando a su mujer invitó a Manuela a seguirlos. Un Cadillac del año 52, celeste con blanco los esperaba en el estacionamiento. Prendió la radio para poner música ranchera que entonó durante el camino a una pequeña casa en la ciudad de Villa Canales. Un gran danés y un labrador fueron los primeros en salir a recibirlos. Manuela se encontraba fascinada por el paisaje, una parte de ella trataba de imaginarse en sus quehaceres a esa hora del día, pero la alegría de Irma y José, rápidamente la sacaban de sus cavilaciones. Ven amiga, entra en mi humilde morada, seis cabecitas negras salieron a su encuentro, eran dos hijos de Irma, y cuatro sobrinos que con poleras y short danzaban descalzos a abrazarlos. El jubilo era contagioso, tal que Manuela se quedó abrazada al más pequeño de ojos negros saltones llamado Samuel. Tenía la misma sonrisa de su padre. Irma, se pasaba el pañuelo por su cuello grueso, mientras mandaba a los muchachos a hacer esto u aquello, trae limonada Miguel, vamos niño muévete, lleven la maleta de mi amiga a su habitación, limpien aquello, saquen a los perros, que pasa con el ventilador que no lo prenden. En el umbral, Manuela presenciaba todo como la espectadora de una película, tal cómo lo hiciera de niña con sus padres los domingos. Aquellos años fueron los mejores de su vida, su padre de traje, su madre vestida de dos piezas y ella con su vestido azul y sus zapatos de charol, el helado de frutilla a la salida de la matiné y lo que más disfrutaba era el camino a casa tomada de la mano de su padre. Ese hombre enorme que la protegiera, hasta el día que la entregó a su marido en la iglesia. Nunca pudo borrarse de su mente, la tristeza de sus ojos el día de su matrimonio, no sabía si era por el hecho de casarse o porque su pequeña ya no le pertenecía cómo él siempre decía antes de dormir. De pocas palabras, su viejo, un hombre de sacrificio, profesor de historia, tenía un corazón noble, que fue lo que enamoró a su madre. Se conocieron cuando ella terminaba el colegio, siempre lo veía en el almacén de la abuela Ana. Peinado a la gomina, lentes de marco negro y una sonrisa afable, le saludaba con respeto al pasar, ante la mirada atenta de sus compañeras de colegio, que le animaban a acercársele. Mi padre, tímido sólo era capaz de mirarla, a pesar de ser varios años mayor. Nunca se atrevió a dirigirle la palabra, y de no haber sido por Flor, la mejor amiga de mamá, no se hubieran conocido. Fue quien los presentó y quien animó a mamá, para que lo invitara a su fiesta de graduación. Esa noche, mi padre, movido por unos tragos de más, sin siquiera haber conversado mucho, la besó. Mamá, se sintió ofendida, y le abofeteó. No hablaron ninguna palabra de vuelta a su casa. Se despidieron. Mi padre avergonzado, pidió perdón por su atrevimiento. Mamá no contestó. Tuvo que ser nuevamente Flor la que interviniera e hicieron las pases. Salieron durante tres meses, fue mi madre, la que esta vez, lo besó y desde ese día, nunca más se separaron. La vida quiso que fuera hija única, después de dos pérdidas. Quizás por eso, su padre, era sobreprotector, en el fondo siempre tenía la esperanza que yo fuera una mujer distinta, profesional, independiente. Eso, lo entendí después de mi matrimonio con Sergio. Embelesada por su galantería, me dejé llevar y quedé embarazada cuando cursaba el primer año de enfermería. Eso la obligó a dejar los estudios y convertirse en sólo una dueña de casa.

 

¿Quién es la mujer blanca?  -preguntó uno de los sobrinos. ¡Niño! ¡No seas impertinente!, eso no se pregunta, es una antigua amiga que vino a verme, y se quedará por un tiempo con nosotros. Manuela algo incómoda con la situación, quiso manifestar que estaba de visita, pero un gesto de Irma la paralizó. Me gusta esta tía afirmó con inocencia el pequeño Samuel y la abrazó. Por una extraña razón, tanto el niño como el labrador sintieron una afinidad por Manuela y no se despegaban de su lado. Esa noche, cocinaron un lechón a las brasas, con muchas ensaladas y se sentaron todos a la mesa, el ambiente era de alegría familiar, Manuela los miraba con desconcierto, no podía creer que, en menos de veinticuatro horas, su vida hubiera sufrido un giro tan rotundo. Estaba en otro país, con gente que no conocía y que la recibía como si fuera parte de la familia. José estaba muy animado, sacó una guitarra algo empolvada y digámoslo bastante desafinada con la que entonó rancheras que tanto le gustaban, todos cantaban, daban palmas y los niños bailaban a diferentes ritmos, la vida le sonreía. Antes de irse a dormir, ya cansada por el viaje y el trajín del día, José destapó una botella de ron e insistió para que se animara a tomar un vasito. El primero llevó al segundo y al tercero. Mareada se disculpó para irse a su habitación. Se recostó, cruzó los brazos sobre su pecho y soltó el llanto, esta vez sus lágrimas no eran de pena o lástima, sino de agradecimiento por este lindo momento, le parecía un sueño, estaba tan alegre que no pensó en su enfermedad y en sus achaques. Se sentía tan plena, que en ese momento le habló a Dios, y le dijo que, sí es tu decisión que parta, puedes llevarme, su alma estaba en paz. Se quedó dormida con estas plegarias.

El sol y el canto de Tucanes le dieron los buenos días, en la casa ya había movimiento. José se preparaba para salir a vender en su vieja camioneta. Irma la esperaba con un suculento desayuno, no estaba acostumbrada a que la atendieran, se sintió intranquila, pero Irma no era de rodeos, así que la tomó de un brazo y la sentó al lado de su marido. Un café con leche caliente servido en un tazón le esperaba, un vaso de jugo de fruta, un par de huevos fritos y fruta fresca picada en rodajas formaban parte del desayuno. ¡Coma no más! insistió José para animarla. Se sirvió de todo, como una adolescente. Al termino de desayunar, se estaba levantando rápido a lavar la loza. ¡Siéntate mujer! -exclamó Irma, al tiempo que se llevaba un trozo de pan a la boca. Eres mi visita, no tienes que hacer esas cosas, disfruta. La miró con ojos de niña avergonzada y musitó – no puedo abusar de tanta hospitalidad, ¡no es nada! – eres una buena mujer, me caes muy bien, además le agradas a Sansón (así se llamaba el labrador) y él es muy perceptivo, no se da con cualquier persona. José se despidió y se subió a la camioneta. Estaba contento, la llegada de Manuela le servía de compañía a su mujer, la veía contenta, animosa. Las mujeres se quedaron conversando como dos amigas que no se veían por años, y se ponían al día. Los niños jugaban entrando y saliendo de la casa. Mientras escuchaba la historia de Irma, no dejaba de pensar que hacía allí, por más cómoda que se sintiera, no correspondía seguir abusando de la hospitalidad -pensaba. En un momento, la interrumpió y le hizo ver su sentir a Irma, quien apagó su sonrisa con una leve mueca y antes de que terminara, la interrumpió. Mujer me has contado que prácticamente has venido a morir a mi país, un lugar donde no te esperaba nadie, que lo hiciste para no ser una carga para tus hijos ni tu marido, pero nada en la vida es al azar, si nuestras vidas se han cruzado es por algo, aunque no lo creas, me ha hecho bien que éstes acá, tengo alguien con quien conversar mis cosas, cosas de mujeres, que importa que no seas mi familia, no por eso no puedes ser mi amiga y si son días, semanas o meses los que te quedan de vida, déjame ayudarte a que sean los mejores de tu vida, siempre quise tener una hija, ya se que tenemos casi la misma edad, pero déjame regalonearte, tienes algo especial que no sé qué es, pero irradias bondad y me hace bien. Le tomó la mano – y con los ojos llorosos, tengo mucho miedo, estoy desorientada, no sé porque vine a tu país, pero de algún modo, aunque parezca loco, me siento en casa, confío en ti, pero no vine para ser tu carga, se ve que tienes mucho que lidiar con estos niños…Irma llevó su mano a la boca de Manuela, ambas mujeres se quedaron mirando, comunicándose en silencio, y se dieron un abrazo. En eso sintieron los bracitos pequeños de Samuel que abrazaba a ambas.

Desde ese día, se hicieron inseparables, hacían todo juntas, iban de compras, paseaban, compartían el día a día. En una ocasión, Manuela se dio cuenta que ya no le quedaban pastillas para la presión, no se hizo problemas, consciente de que su descanso tenía pronta fecha dejó de consumirlas. En una de las salidas, reparó en una casa abandonada. Le preguntó a Irma por sus dueños, quien le confesó que habían muertos hace un par de años y desde entonces nadie la usaba. Quiso comprarla y le pidió ir con los herederos, quienes tras conocer su historia optaron por regalársela. Empezaron a arreglarla y todos en el barrio se fueron animando y ofrecieron su ayuda, en menos de un mes, la casa estaba totalmente habitable. Cuando Irma, le preguntó que haría con la propiedad, le comentó su proyecto. Era hora de ayudar a otras que estuvieran pasando por lo mismo y se sentía con la obligación de devolver la mano, quería ofrecer a las mujeres un lugar digno para sus últimos días. Cómo no quería figurar, le pidió a Irma que fuera la administradora. La casa de reposo se llamó “La desconocida” como una manera de ocultar la identidad de Manuela. Las mujeres que llegaban debían tener enfermedades terminales. Manuela e Irma, serían sus cuidadoras. Una nieta que estudiaba enfermería se ofreció como voluntaria a cambio del cuidado de su abuela, otras mujeres donaban cosas para venderlas, lo cierto que todo el mundo quería apoyar tan noble causa.

 Manuela, cumplía un año en Villa Canales, había dejado sus píldoras de la presión y el cáncer parecía no avanzar tan raudamente. El mantenerse activa, le había servido de terapia curativa. De tanto en tanto se acordaba de su marido y sus hijos, se sentía aliviada saber que no le habían ubicado.

Fue la foto que subió la nieta a Instagram, la que sirvió a Joaquín, descubrir el paradero de su madre. Sin decirle nada a su padre y hermano, tomó el avión a Guatemala. Cuando llegó a Villa Canales dio con la casona. En la recepción había un cartel que decía “Toda mujer con enfermedad terminal debe tener un lugar digno dónde morir” a pie de firma, salía el nombre de su madre cómo fundadora. Pensó que había llegado demasiado tarde. Irma salió a su encuentro. Se presentó y preguntó por su madre. Le señaló el jardín. Ahí la encontró recostada en una silla, rodeada de un hermoso jardín. A sus pies un labrador.

Cuando abrió sus ojos encontró a su hijo que la observaba, sobraron las palabras. La besó con ternura y le pidió perdón. Se sentó a su lado, y apoyó su cabeza en su regazo. Irma contemplaba la escena, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos.

El patio pareció iluminarse. Manuela acariciaba el cabello de su hijo, Sansón se había arrimado al joven, quien también le hacía cariño, lanzó un suspiro largo y profundo, feliz, plena, antes de cerrar sus ojos y dormir en la eternidad.

 

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Despertar


 


Algo pasó esta mañana diferente a mis otros rutinarios días. Desde el derrame cerebral que me dejó tetrapléjico llevo meses contemplando lo que pasa en el edificio de enfrente. Mis padres acercaron la cama al ventanal de mi dormitorio para que me llegara el sol y poder mirar (según los escuché conversando; ya que no tenemos mucha comunicación por mi incapacidad de hablar) Lo que ellos no saben es que de un tiempo acá, logro escucharlos, y a veces, aunque susurran dándome la espalda me entero de lo que piensan o sufren. Por momentos me pesa que mi estado, afecte su vida, y por más esfuerzos que hago por comunicarme me es imposible. No logro entender la injusticia de la vida, los médicos tampoco dan explicación a lo que me pasó. Tengo tan solo veintisiete años, era deportista, estaba por recibirme de abogado, y sin más, en la fiesta de Alejandro, comencé con un insoportable dolor de cabeza, todos reían con mis gritos y espasmos, cuando me tomaba la cabeza y me revolcaba encima de la alfombra (pensando en mi curadera o drogadicción) no les diré que no bebía, o de vez en cuando fumaba marihuana, pero no más allá que mis amigos. Esa noche me dieron a probar una pastilla amarilla, un alucinógeno que venía llegando de Colombia. No recuerdo bien lo que pasó, tan pronto la ingerí, el dolor de mi cabeza empezó a invadirme, creo que me dieron algo de beber, la habitación empezó a dar vueltas, perdí la estabilidad, caí al suelo, entonces las punzadas empezaron, me llevé ambas manos a la cabeza, me encogí en posición fetal, los sonidos de voces y música fueron pasando de fuertes agudos a estridentes, mi corazón se aceleró a mil por horas, transpiraba helado, las piernas respondían con letargo, el dolor de mi cerebro me asustaba, y comencé a gritar, trataba de pedir auxilio, más, apenas emitía unos sonidos guturales que ni yo podía entender. El pánico se apoderó de mí, sin poder levantarme, trataba de arrastrarme en busca de Lucia, pero mis movimientos parecían grotescas convulsiones de un epiléptico, que descargaba carcajadas de los presentes, quienes no tenían otra intención que seguir disfrutando del espectáculo que estaba dando. De no ser por la llegada de ella, quizás otro hubiese sido mi destino. A gritos les pedía ayuda, el escenario había cambiado intempestivamente, de las carcajadas, pasaron a susurros y caras asustadas, todos querían que me sacara de la fiesta, pero no hacían nada para ayudarle. Sin saber manejar, pidió un Uber, al menos el conductor, aceptó a regañadientes a llevarme, con reparos en que no fuera a vomitar en los asientos. Llegamos al servicio de urgencias del hospital cercano y un hombre de color corpulento, me tomó en sus brazos como un estropajo, mientras interrogaba a Lucia, con preguntas de ¿qué bebió? o ¿qué droga había ingerido? desesperada y angustiada, sólo atinaba a decir, ¡no lo sé señor, lo encontré así en el piso! Eso es lo último que recuerdo. Según he logrado saber, en ese momento perdí el conocimiento, debieron incluso hacerme reanimación y otras cosas que yo no recuerdo. No sé cuánto tiempo estuve hospitalizado ni los exámenes e intervenciones, sólo sé que afectaron en demasía la vida de mis padres. De vivir en una casona en un barrio cómodo, tuvimos que trasladarnos a un pequeño departamento en la periferia. Se que hay un lapso, aún no logro descifrar cuanto, que mi cerebro estuvo totalmente desconectado, perdí aparte de la capacidad de caminar y moverme, el hablar y hasta escuchar. Creo que me mantuvieron en coma, a veces recuerdo el blanco techo del Hospital, la constante visita de enfermeras que venían a controlarme, algunos médicos y a mis padres. Hasta el día de hoy, la única amistad que me queda es Lucia (la pobre siempre se hace un tiempo para venir a verme) y me cuenta cosas que suceden en la U, hasta me trae apuntes y me los lee, para que no me atrase en mis materias dice-ella. Es la única que tiene la convicción de que oigo (lo cual es cierto) Quisiera decirle que no venga más, que disfrute su vida, que no pierda el tiempo conmigo, ya tengo suficiente sufrimiento con lo que veo en mis padres. Mamá ha encanecido en demasía, también me habla (al parecer es cierto eso de que las mujeres tienen ese sexto destino) mi padre guarda silencio, puedo ver en su rostro la decepción y amargura por mí. También ha encanecido, pero a él se le nota menos ya que venía agarrando canas desde hace algún tiempo. Lo veo cansado, agobiado y siento que no es justo que tenga que pasar por esto, debería estar disfrutando sus últimos días, junto a mi madre. Por estar postrado me enteré un día de que discutían que no podrían cumplir el viaje de sus sueños a Paris, mi madre entre sollozos, le reclamó por pensar en eso. Desde mi perspectiva entiendo a mi padre, su frustración, su disgusto con Dios (si es que existe alguno, créanme que el estar así, te lleva mucho a tener este tipo de pensamientos) Mi madre siempre se ha postergado, por los dos, somos su mundo, por eso, le ha afectado tanto mi proceso. Vive leyendo sobre casos similares y a veces le escucho hablarle a mi padre por casos en que otros jóvenes se han curado, con tanta emoción que me ofusca, porque no se da cuenta que eso no ocurrirá conmigo. Sé que estarás pensando en que soy un ser negativo, pero no estás en mi posición, créeme que lo peor es poder tener aún la capacidad de darme cuenta de las cosas, de poder ver, escuchar, el lamento de tus seres queridos, sin poder evitarles el sufrimiento.

 

El sol entra en mi habitación y la ilumina. Cierro los ojos por la resolana y entonces veo la playa donde solíamos vacacionar y veo a mi madre untarse crema por su cara y cuerpo bajo una sombrilla, mi padre con su gorro y sus lentes oscuros leyendo el periódico y yo corriendo por la arena en dirección al mar espantando gaviotas y otras aves lugareñas. Me veo de trece años, mi vida transcurría sin preocupaciones, quien iba a pensar que tendría un cambio tan drástico. Me sumerjo en el mar y no tengo miedo, mi padre me enseñó a nadar cuando era un infante. El mismo se internaba a nadar y ahora verlo cada vez más acabado, es algo que me rompe el corazón.

Estaba ensimismado en estos pensamientos cuando un avecilla extraña se posó en el borde del ventanal, sus colores brillantes eran hermosos. Aunque estaba cerrado pudo atravesarlo, luego se posó en mis piernas y empezó a hablarme. En unos minutos repasó toda mi vida, comencé a pensar que era un mensajero de la muerte y me dije al fin, llegó la hora tan anhelada, entonces el ave al darse cuenta de mis pensamientos aleteo para que le pusiera atención. Estás en un proceso de evolución, pero estas atrapado porque no has comprendido lo realmente importante ¿Cómo así? ¿Qué tipo de vida llevabas antes del incidente? - preguntó el avecilla algo golpeado. Pues la de cualquier joven contesté- es decir- estudiar, sacar un título, divertirme, esas cosas que hacen los jóvenes. Y ¿realmente eras feliz? – preguntó el ave ¿Feliz? – bueno yo creo que sí – repuse sin mayor convencimiento.  Ese es el problema, que no has vivido, ahora que te viste privado de movimiento, estás deseando vivir. Pero ¿qué estás diciendo? Ahora que no puedo hacer nada ¿crees que puedo vivir? Así es, quiero que pienses que tú eres un ave como yo. Cerré los ojos y me mentalicé en el pajarito aquel, primero en su plumaje, sentí como si mis brazos fueran alas, poco a poco sentí que todo mi ser se transformaba, antes de que lo intentara, el avecilla me gritó ¡no abras los ojos! ahora emprende el vuelo conmigo. Me dejé llevar y me pareció atravesar el ventanal, sin abrir mis ojos, sentí la libertad de volar, quería comerme el cielo, agité mis alas tras la avecilla hasta perdernos en la inmensidad del cielo.

 

Cuando desperté, mi madre lloraba, y le decía eufórica a mi padre ¡¡¡es un milagro!!!; ¡¡¡Es un milagro!!!

                   

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Samuel


Salí como todas las mañanas a mi trabajo y en el momento que enfrenté el semáforo, no sólo quise detener mi coche, quise detener mi vida por un instante, quería sumergirme en la nada, desaparecer, perderme, desintegrarme, dejar de existir, ser espíritu, pero la bocina del impaciente que venía detrás  me trajo de nuevo al mundanal ruido. Un par de cuadras más allá, detuve el auto, sintonicé la radio, apagué el celular y decidí morir momentáneamente. A medida que pasaban los minutos, comencé a  intranquilizarme, aún tenía tiempo para llegar sin atraso a la fábrica, podía volver a la rutina sin más. El saxo de Kenny G, me invitaba a cerrar los ojos y dejarme llevar. Si tan sólo pudiera desdoblarme por un instante, para que uno de mis yo, encendiera el motor y tomase el rumbo al trabajo, a la rutina diaria, a cumplir con mi obligación de padre de familia, de trabajador, de ciudadano ejemplar, y mi otro yo, se quedase parado en la calle, teniendo la libertad de hacer lo que quisiera. Entonces, bajé del auto, lo  cerré con el celular dentro y me encaminé a vivir un día para mi. Caminé sintiendo el frío de la mañana y entonces el deseo de una taza de café me embargó. Llevaba un par de cuadras andando sin destino, cuando un anciano que barría la solera me saludó con una sonrisa natural. Buen día señor, que más quisiera yo poder caminar con la soltura que usted lo esta haciendo, e hizo un gesto para mostrarme el bastón apoyado en la reja de la casa. No recuerdo bien, cómo fue, pero de pronto me encontré compartiendo en el patio de su casa una deliciosa taza de café. Samuel se llamaba el anciano, me conversó de toda su vida, como si me conociera de años, abrió su corazón con una confianza increíble, de alguna forma sabía (que a pesar de lo complicado que están estos tiempos) podía confiar en mi. Su jardín era muy acogedor, herencia de su mujer que había partido sólo meses atrás. Le encantaban sus plantas, yo me siento cansado para cuidarlas me platicaba, mientras con una regadera rociaba las hojas de unas hortensias, rosas rojas, amarillas y blancas estaban por doquier, y una jaula con loros en un rincón adornaban ese rincón especial de la casa. El sol, apenas se colaba entre dos enormes edificios, fue cuando me contó la presión que tuvo de parte de las inmobiliarias para que vendiéramos la casa - me decía- Sara se mantuvo siempre firme y no aceptó, inclusive llegaron a ofrecernos el triple del valor, pero siempre dio la misma respuesta "la casa no está en venta". Le pregunté si no tuvieron hijos y me contestó que por alguna razón no llegaron, pese a desearlos con ahínco. Un perro lanudo se acercó a la mesa, haciéndose presente. Este viejo compañero es nuestro único heredero- dijo sonriendo. Me preguntó si fumaba, al tiempo que sacaba su pipa, es mi único vicio, bueno y de vez en cuando me gusta tomarme una copa de vodka, pero nada más. A mis ochenta y nueve años, algún vicio debo tener ¿o no? exclamó sonriendo con esos dientes manchados por el tabaco y la barba risuta que también mostraba huellas del tabaco quemado. Me ofreció un vaso de vodka, el que acepté, y me agradó sentir el ardor del alcohol en la garganta. Samuel estaba contento, disfrutaba cada minuto. Usted es un buen acompañante me dijo- apuntándome con la pipa, debería venir más seguido. No quise contestar nada. Lo invito a almorzar- dijo de pronto y antes de que pudiera excusarme estaba sacando una fuente del refrigerador. La cocina estaba al lado del patio interior. La fuente contenía una lasaña que tenía muy buen aspecto, en ese momento me volvió la intranquilidad, seguramente ya debieron llamarme varias veces al celular, quizás hasta hubieran preguntado a Adriana, la pobre se va a preocupar, sabe que no acostumbro a ausentarme del trabajo a menos que esté enfermo. Será mejor que me vaya - pensé. Apenas, entré en la cocina para excusarme con don Samuel, éste levantaba una botella de vino, al tiempo que exclamaba- ¡un Merlot, es el mejor acompañante para una deliciosa Lasaña! ¿sería tan amable de destaparla? quise decir que no, pero se la recibí junto con el sacacorchos. Me dije apenas termine de almorzar con éste anciano, me iré. Llamaré a Adriana, la calmaré, diré en el trabajo que fui victima de un intento de robo o algo parecido y todo volverá a la normalidad. Disfruté la comida, el vino, de alguna extraña manera me sentía en casa, Samuel, me envolvía con sus historias, su vida era fascinante, la mayor parte de su vida la dedicó a la venta, vendió autos, maquinarias, tractores, insumos médicos, o de oficina, así fue cómo conoció a su mujer. Sara era modelo de un artista, la primera vez que la vio estaba desnuda posando para él, se sintió tan incomodo que se le cayeron las materiales que cargaba. Ella lejos de sonrojarse se cubrió la boca para que su carcajada no fuera tan estrepitosa. Dos meses más tarde, la abordó a la salida del estudio, estaba nervioso, tiritaba como un adolescente, tenía las mejillas encendidas cuando le habló. Sara le reconoció de inmediato y se mostró amable, eso ayudó para que aceptara un café, fue el inicio de su romance. Una semana más tarde, sus cuerpos se reconocían en la pequeña habitación que ella arrendaba, fue un momento inolvidable decía Samuel, mientras alzaba la copa de vino y su mirada se perdía en el cielo de la habitación rememorando tan dulce momento. Un mes después encontraron un departamento en el centro de la cuidad. Sara trabajó como secretaria en una consulta médica de uno de  sus clientes. Se pusieron como meta ahorrar para la casa. Se privaron de muchas cosas, hasta que un día, llegó fascinada con la noticia. El padre de uno de los médicos de la consulta había fallecido y la casa estaba en venta. Teníamos más de la tres cuartas partes del costo del inmueble, y le darían facilidades para completar el resto. Cuando nos mudamos - prosiguió, apenas lo hicimos con el colchón donde pasamos la noche. Cada pieza fue pintada y arreglada por nosotros, compramos los muebles con la ilusión de una gran familia, pero los niños no llegaron, nos acostumbramos a estar sólo los dos. La casa se llevó nuestros mejores años, cuando la terminamos de pagar y tenerla lista, estábamos demasiado viejos para hacer algo más en la vida. Ella se desvivía en el jardín con sus plantas, yo andaba buscando que reparar. Una tarde encontramos a éste peludo, era un cachorro flaco y sucio cuando lo hallamos. El pasó a ser parte de la familia. No me quejo, fuimos inmensamente felices con mi mujer, pero ya no tengo motivos para continuar. La casa se me hace enorme y en todos los rincones me encuentro con el pasado de Sara. Por eso, le pido a Dios que me lleve con ella ¿Y la casa? -pregunté. Pues la casa te la voy a regalar a ti, para que la sigas cuidando. Pero ¿cómo me la va a regalar a mi, sino me conoce? soy un absoluto desconocido. Te equivocas, de hecho te estaba esperando. ¿Qué dice? ¿Cómo que me estaba esperando? Que yo haya venido caminando es mera coincidencia, yo acostumbro a estar en el trabajo. No es así, estimado amigo, de hecho con Sara te elegimos hace ya varios días¿Cómo que me eligieron? ¿No me dijo que había fallecido? Si, claro. Pero me dijo que vendrías hoy. ¿Acaso no amaneciste con la idea de desdoblarte? Pues, eso sucedió, te has desdoblado -exclamó abriendo sus delgados brazos ¿Cómo que me he desdoblado? Mire señor, mi auto se encuentra a sólo un par de cuadras de acá, y hoy no me he presentado en el trabajo. Es más, me va a disculpar, usted ha sido muy amable, pero me voy a retirar, fue un agrado conocerle, pero debo volver a mi vida y eso incluye mi trabajo. Se despidió estrechando la mano de don Samuel, quien le observaba con la misma sonrisa que le recibió. 

Mientras caminaba a mi automóvil, pensaba en lo curioso y extraño que había sido este encuentro con el anciano, con eso del desdoblamiento igual me dejó inquieto. ¡No puede ser! ¡me robaron el auto! por estar hablando con el anciano aquel. Por suerte tengo dinero tomaré un taxi y me iré al trabajo, ahora si tendrá sentido mi ausencia, con el robo de mi automóvil. Miraba en ambas direcciones cuando veo una mujer haciéndome señas que corría hacía mi, me quedé desorientado, detrás venían dos hombres más, todos agitados y haciéndome señas. Al llegar a mi lado, la mujer me abrazó como  atrapándome, al fin lo alcanzo don Samuel, usted un día de estos me va a matar del susto ¿Samuel? Yo no me llamo Samuel señora, tenga la amabilidad de soltarme. En eso, llamó por ayuda de los hombres, gritando ¡se me va a escapar! no entendía nada, los hombres se me abalanzaron y me tomaron llevándome a la fuerza. Trataba de pedirles que me soltaran, pero no tenía fuerzas, en la ventana de un auto estacionado pude ver entonces como llevaban a don Samuel de vuelta a su casa.

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Joaquin y la vieja maldita


 Joaquín no dejaba de lamentarse, una y otra vez, aunque sus amigos trataran de cambiar el tema, volvía con la cantaleta, cómo si la vida se tratase solamente de lo que a él le ocurría. Es que ustedes no entienden, a mi me ha costado mucho llegar hasta acá -seguía diciendo - a todos nos ha costado Joaquín – le contestó uno de ellos- no creas que eres el único, no es que yo… y volvía de nuevo a victimizarse ante el hastío de sus compañeros de universidad. Una mujer mayor que estaba en el mismo carro del tren subterráneo, se les acercó y con tono delicado le dijo- perdón hijo que me meta en su conversación, sólo quisiera decirte algo, escucha a tus compañeros y sobre todo, créeme, tú nos sufrido nada, no tienes idea de lo que es realmente el sufrimiento -replicó con un acento severo- y lo digo por experiencia. Marcia, la mayor de ellos, sintió una sensación de gratitud de parte de la mujer, por fin, alguien sensato, le decía las cosas a Joaquín por su nombre. Sin embargo, lejos de tomar el consejo, se enfureció y empezó a vociferarle insultos, quien hizo el ademán de no escucharle. En un arrebato de irá, se levantó de su asiento y le tomó del brazo, oiga señora, a usted le hablo, no se haga la sorda – exclamaba airado. En ese preciso momento, las luces del tren subterráneo se apagaron y todo el túnel quedó completamente a oscuras.

 

En un abrir y cerrar de ojos, apareció en un vagón de ferrocarril lleno de personas mayores, entonces la mujer a quien estaba increpando hacía unos momentos, comenzó a vociferar ¡él es un judío! ¡es un judío! señalándole. Rápidamente, aparecieron soldados alemanes entre los presentes. ¡Papeles! – le exigió - uno de ellos. Se llevó las manos a sus ropas y en ese momento, se dio cuenta que tenía otra vestimenta. Un abrigo sucio y gastado, una camisa y un pantalón negro que se le caía, eran su atuendo, se trajinó los bolsillos y no traía documento alguno. Con ojos aterrados, miró a la que lo había denunciado, quien, sólo dibujó una expresión de satisfacción cuando los soldados se lo llevaban. Lo apartaron a otro vagón donde había cientos de jóvenes como él ¿Dónde estamos? - preguntó a uno de ellos, quien no contestó verbalmente, más con un leve movimiento de cabeza le comunicó que no sabía. Afuera el paisaje montañoso, y la nieve denotaba que era pleno invierno. Sus pilchas apenas le servían para capear el frío. La noche no demoró en caer, las piernas le empezaron a flaquear, lo hacinados que iban en el vagón, no le permitía ni siquiera agacharse. Con el aliento de su boca, trataba de darse calor en sus manos, que por aquellos instantes comenzaban a amoratarse por el frío reinante. A medianoche, el tren pareció bajar su velocidad y el vaivén se hizo más parsimonioso, junto con el crujir de los vagones de madera. Sus conocimientos de historia, rápidamente le dieron a entender que por alguna extraña razón que no lograba descifrar, sufría una especie de regresión al periodo de la segunda guerra mundial. No puedo estar soñando, son, o mejor dicho eran cerca de las 8 de la mañana y se dirigía en el tren subterráneo a la universidad. Tampoco se había drogado, por lo tanto, tampoco podía ser una alucinación. Ya sé, la vieja maldita, era un bruja y me tiene hipnotizado -pensó- .En todo caso, debo reconocer que es buena, todo esto me parece tan real, siento el frío, el cansancio, la angustia y el miedo que pudieron haber sufrido los jóvenes judíos, cuando eran llevados a campos de concentración. En un extremo del vagón, uno de ellos comenzó a implorar que no daba más, que desfallecía, que necesitaba ayuda, un par de soldados se acercaron a verlo, luego de exigirle que debía aguantar y ante la poca resistencia del muchacho, decidieron lanzarlo del tren, cuando este estaba en movimiento. El grito desgarrador del muchacho, al saber que moriría repercutió a todos, quienes presas del terror, tiritaban más de miedo que por el frío existente. Joaquín, podía ver los ojos de muchachos aún menores que él, cuyas pupilas dilatadas estallaban de pánico. No podía estar ajeno a ese pavor a la muerte a tan temprana edad, el aire asfixiante empapado de angustia fue contagiándolo paulatinamente, a ratos cerraba los ojos, y rogaba que eso terminara, su corazón latía acelerado, pensó en sus compañeros de universidad ¿estarán viviendo lo mismo que yo? se decía- o sólo yo estoy sumergido en esta pesadilla. Todo es causa de esa vieja maldita, la muy intrusa se metió en nuestra conversación, debe ser la que me tiene inmerso en esta especie de alucinación. Ya señora, si quería hacerme sufrir, lo logró, le pido perdón de rodillas si quiere, pero devuélvame a mi realidad, no quiero seguir pasando por esto – se decía para sí. Un muchacho gordo se desmayaba y su enorme contextura se apoyaba en su espalda. Le pegó un codazo, luego otro, al darse vuelta para enfrentarlo, observó con espanto que era su hermano menor, que había crecido varios años. ¡No puede ser! ¡Matías, Matías, aguanta, no debes darte por vencido! Trataba de sujetarle, pero era en vano, cómo has crecido hermanito, nunca pensé que te ibas a convertir en tamaña mole, casi diría que deberías ser un luchador de zumo, quiso bromear, pero Matías estaba desfalleciente ¿Qué está pasando ahí? Preguntó uno de los soldados a la distancia ¿Hay otro marica, que debamos lanzar del tren? -exclamó lanzando una risotada que contagió solo a sus camaradas. No pasa nada, todo está bien –contestó Joaquín, quien hacia esfuerzos sobrehumanos por sostener a su hermano. Matías, pon de tu parte, no voy a poder soportarte mucho rato más, entonces otro joven más alto que Joaquín, tomó un brazo de Matías y lo pasó por detrás de su cuello, aliviándole la carga. Gracias, dijo con absoluta sinceridad. No me des las gracias, si lo tiran del tren no ganamos nada, en cambio si muere en el campo, podremos quedarnos con los zapatos y su abrigo, el mío está demasiado malogrado. No supo que decir, se dio cuenta que no bromeaba.

El infame estaba pensando sacar provecho de su hermano, y pensar que apenas un segundo atrás creyó que su gesto era solidario. Matías, reacciona por favor ¿cómo pudo crecer tanto de un momento a otro? por favor diosito, ya no más, sácame de esta pesadilla, no lo soporto. Entonces, sintió a su espalda, la voz de la mujer, que le susurraba al oído - ¡ahh conque ahora, dices no soportarlo! y sin embargo hace un momento decías ser tan desgraciado con la vida que te había tocado. Sólo por haber nacido pobre, creías que habías visto todo. Te das cuenta de que solo eres un niño malcriado, esto es sólo el comienzo y volvió a desaparecer. ¿Cómo sabía ella, lo que estaba pensando? esa vieja maldita si es una bruja, bueno entiendo que tiene razón, pero aún así sigue siendo una maldita ¿Quién le da el derecho, de hacerme pasar por esto? y más encima involucrar a mi hermanito, no tiene derecho, por mucha razón que tenga, sigo pensando que es una vieja maldita.

Joaquín, no quiero que me lancen del vagón, no doy más, salta conmigo por favor hermanito, al menos quisiera que estuvieras a mi lado al momento de mi muerte. Calla Matías, no vamos a morir ni tú ni yo, es sólo un mal sueño, no pasa nada. Entiende, desfallezco no doy más, no puedo conseguir sostenerme, se me acalambraron las piernas, estoy orinado y estoy a punto de que se me suelten los esfínteres. Por dignidad hermanito, lánzate conmigo, anda dobla las piernas así me lanzarán contigo. Hazlo por mí, le suplicó y apoyó su cabeza en su pecho. Lo abrazó conteniendo su pesada figura y se rindió. Las piernas flaquearon y la gruesa figura de su hermano le cayó encima. No quería soltarlo. Los soldados le aplicaron un par de puntapiés para que zafara de su hermano, a quien lanzaron primero e inmediatamente fue el turno de él. Rodó por la nieve. Cómo pudo se paró y fue en busca de Matías. Gritaba en la oscuridad, desesperado, aterrado por no lograr llegar al lado de su hermanito antes de que falleciera. Cada vez los gritos eran más desgarradores, sentía en el pecho tanto dolor, tanta angustia, por no cumplir el último deseo de Matías, lo trataba de ver, suplicando por su presencia, mientras agonizaba, que no tomaba conciencia que era él quien estaba desfalleciendo. Se desplomó sin fuerzas en la nieve, y con la boca abierta sangrando por el golpe al caer, balbuceaba una y otra vez el nombre de Matías y le pedía perdón. Sus ojos se cerraron y pensó que la muerte lo hacia presa. Entonces tras un instante vio un camino y una luz al final. Se paró creyendo haber muerto y se encaminó en su dirección. A medida que avanzaba se iba haciendo cada vez más intensa. Estaba en paz, miró a su lado y entonces vio a su hermano sonreírle, creyó en ese instante que ambos estaban muertos y sólo atinó a hacerle un ademán como pidiendo perdón, y continuaron  hacia la luz. Hacia el final del camino, no podía soportar la potencia del destello, y se llevó la mano tapando sus ojos mientras seguía. Entonces sintió nuevamente la voz de la mujer, que esta vez le pedía- joven -puede soltar mi brazo. Volvió al tren subterráneo, la pesadilla había terminado. Asombrado, la vio bajarse en la siguiente estación. Sus amigos, le dieron golpes en su espalda y le decían, te pasaste Joaquín, como se te ocurrió tratar así a la pobre mujer, sin contestar nada se bajó como ajeno a todo, a pesar de las bromas de sus compañeros, que se burlaban, repitiéndole “te dejó mal lo que te dijo la vieja”.

Pasaron varias semanas desde ese episodio. Joaquín, no volvió a ser el mismo. Ya no se quejaba, pero su silencio incomodaba a sus compañeros, que no sabían cómo tratarle. La extraña experiencia, se repetía a diario en su memoria, y paulatinamente la figura de la maldita mujer cómo le llamara inicialmente, se fue transformando a una grandiosa mujer.

Una mañana, en los jardines del patio universitario, se le apareció. Joaquín, la quedó mirando a la distancia y se encaminó a su encuentro. Caminaba como un niño avergonzado con pasos titubeantes y se detuvo a un metro de distancia. Entonces ella, con una voz serena le preguntó – ¿aún me llamarás maldita mujer? Y dibujo una leve sonrisa. Entonces él sin decir palabras, la abrazó, perdón, perdón, perdón, perdón -exclamó- y soltó un llanto, que brotó de lo más profundo de su alma. Con un solo perdón es más que suficiente, le contestó y le beso la frente como una madre.

 

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La mentira de Ramiro


Amigo lector ¿Crees que exista la buena o la mala suerte? Al respecto tengo mi propia teoría, pero no viene al caso hablar de ello ahora, te pasaré a contar lo que le ocurrió a Ramiro, sin antes decirte que ocurrieron una suerte de eventos que desencadenaron en lo que finalmente te contaré. Por ahora te diré que Ramiro es un indigente. Vivió en situación de calle a partir de los doce años, tras fallecer sus padres en un incendio. Su modesta casa de material ligero fue arrasada junta a muchas otras, en una de las tantas tomas del puerto de Valparaíso. Desde entonces la calle fue su refugio, a pesar de todos los peligros que trae el vivir en situación de calle, afortunadamente nunca cayó en la droga o en el alcohol. Sin duda, por ello se ganó el cariño y respeto de los porteños. El barrio Uruguay era su prácticamente toda su vida, temprano en la mañana se le veía deambular buscando algo que pudiera vender en los contenedores de basura, luego se iba a la feria donde siempre le salía un pololito. No había rincón del corazón porteño que no conociera a Ramiro, Ramirito por esos años, luego Ramiro y ahora a sus cerca de setenta años, el viejo Ramiro, siempre con el cariño y respeto de la gente. Nunca se casó, decía que las mujeres eran una perdición, aunque se le conocía más de un amorío (con mujeres de la vida nocturna) Solía dormir en los jardines de la avenida Brasil, las veces que no se quedaba en algún burdel del barrio con una de sus compañeras nocturnas. A veces cuando el frío porteño, le invitaban a pasar la noche a fin de capear el frío, que te vas a ir a tu carpa viejo, ya no estás para esos trotes, ven la cama es ancha, claro que sólo a dormir, le decían y soltaban unas risotadas. Todo aquel que lo conocía, iba a dejarle alimento, ropa y otros enseres, en la carpa desteñida que lo protegía. Se dice que, en más de una oportunidad, lo trataron de sacar de ese mundo, no faltó quien lo hospedó por unos días, se preocupara de que anduviera limpio y aseado, pero al cabo de unos días, volvía a su carpa, por sus cosas “me las pueden robar” -decía, aunque las pertenencias de Ramiro nadie las tocaba. Sus compañeros de calle, se las cuidaban cuando no estaba. Es que no había mejor chato que Ramiro, siempre sonriente, dispuesto a ayudar a cualquiera que lo necesitara. Los caseros del Almendral, siempre le buscaban para que les ayudara con los bolsos, porque sabían que no tenía la costumbre de quedarse con lo ajeno. Los feriantes le convidaban desayunos o almuerzos, once o cenas, el tema que a Ramiro nunca le faltaba.

Ahora que ya saben un poco de Ramiro, les contaré lo que sucedió o estaba por suceder que afectaría su vida de la noche a la mañana.

Esa noche de septiembre, la doctora Cancino, no quería irse a casa, a pesar de que su turno había terminado un par de horas antes, el llanto del alma, le apretaba el pecho hasta casi asfixiarla. En sus manos temblorosas sostenía el diagnóstico terminal de su padre, el documento bastante ajeado a esas alturas, luego de tantas veces haberlo mostrado a sus colegas y especialistas, con la esperanza de que alguien le dijera algo distinto, pero no fue así. A su padre le quedaban sólo un par de meses más. No lograba encontrar consuelo, su viejo, hombre de esfuerzo que lo había dado todo para que ella pudiera recibirse de medicina, ahora se debatía entre la vida y la muerte y el no poder hacer nada le martirizaba de sobremanera. No era justa la vida, cuando pensaba que había llegado el momento de devolver la mano a sus padres, el destino le arrebataba a su querido viejo, aquel que siempre se postergó por ella y sus tres hermanos. Sacó una copia del diagnostico y el papel arrugado lo tiró al papelero. Apagó el computador y aún con los ojos llorosos decidió irse a casa, donde vivían sus padres.

A esa misma hora, doña Gloria y don Pedro, celebraban el sueño de sus vidas. Después de más de treinta y cinco años de trabajo en la verdulería que tenían, les permitía realizar el viaje anhelado por años. A menos de un mes tomarían el crucero de la “Laguna San Rafael”, algo que habían planeado siendo jóvenes, cuando aún no llegaban los hijos. Lo merecemos mi amor – decía- don Pedro levantando la copa de espumante para la ocasión, mientras abrazaba a su compañera y le besaba en la frente, apegada a su regazo -le respondía- por fin viejo cumpliremos nuestro sueño, después podremos morirnos en paz… Nooo, nos va a quedar aún, las Torres del Paine, ya verás -exclamó- con tono complaciente (aunque en el fondo sabía que no ocurriría) Bailaban abrazados al son de un bolero, la luna porteña, les guiñaba un ojo y les mandaba un beso de luz que se posaba en la ventana del living, al tiempo que su noble pastor alemán, les observaba y movía la cola, alrededor suyo, como intentando bailar con ellos.

Ese mismo día, en horas de la mañana (para que vean como hechos aislados pueden al final del día pueden relacionarse) don Camilo, el estafeta de una compañía naviera, realizaba sus trámites acostumbrados, con el detalle del retiro de un talonario de cheques de la empresa, como muchas otras veces aconteciera. A sus cincuenta y dos años, se sentía contento de mantenerse vigente y más por el aguinaldo de fiestas patrias que le llegaría. Harían el asadito familiar de costumbre, y este año, podrían tirar toda la carne a la parrilla, como se dice. Iba tan contento que no se percató del par de motorista que, de un empujón, le arrebataron la mochila y le botaron en plena calle Esmeralda. Los antisociales se dieron a la fuga rápidamente. La Naviera quedaba a par de calles, por lo que, sin importarle el dolor de su rodilla, casi corriendo llegó a dar cuenta de lo sucedido. De inmediato se avisó al banco, y el talonario quedó bloqueado. En la empresa, le dieron el día libre y lo enviaron a la casa, que se quedara tranquilo, que estas cosas pasan, no era su culpa. Preocupado porque no lo fueran a despedir, se retiró a su domicilio. Se fue todo el camino intranquilo, mirando a todos lados. Lo recibió su mujer, le preparó un caldito reponedor y lo mandó a acostarse. Esa noche le costó conciliar el sueño.

Ustedes me dirán que tienen que ver estos sucesos que les he contado. Paciencia, paciencia. Sigamos.

Por esas casualidades los antisociales (al darse cuenta de que los cheques estaban bloqueados) tiraron el talonario cerca de la carpa de Ramiro, quien la encontró muy temprano a la mañana siguiente. A eso del mediodía, rastrojeando en un contenedor de basura a las afueras del Hospital Fricke, Ramiro halló el diagnóstico del padre de la doctora Cancino. Se quedó algo consternado porque el paciente tenía su misma edad. Una y otra vez miraba el documento, sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Fue doña Gloria que se percató de su estado absorto, preocupa se acercó a preguntarle si estaba bien. Ramiro no contestó y le extendió su mano para mostrar el documento, consternada sólo atinó a decir, luego de llevar su mano a la boca, no puede ser, es definitivo, él asintió con la cabeza (simulando ser el afectado) quería jugarle una broma. Las cosas se salieron de control, cuando doña Gloria corrió a la verdulería, al rato apareció junto con don Pedro. Ramiro, quiere decir que ¿te quedan sólo dos meses de vida? él hizo el amago de contestar, pero don Pedro no lo dejó, dinos hombre cual sería tu sueño no cumplido. No lo sé señor…las palabras no le salían (entre la vergüenza y no atreverse a decir la verdad, por la broma jugada) nunca pensó que tomaría esos ribetes. Lo abrazaron con tanto cariño, que no se atrevió a confesar en ese instante. En los próximos días, la noticia corrió como espuma, y todos no hacían más que hablar de la enfermedad terminal de Ramiro.

Una de esas noches, doña Gloria conversando con su marido, le comentó. Sabes amor, no he podido dejar de pensar en Ramiro, nosotros estamos a punto de partir a nuestro crucero y a él, le queda menos de un mes de vida. Se me ocurrió que podría ir con nosotros, pero vieja, tú sabes que apenas nos alcanza para nosotros, no tenemos cómo costear su viaje, sí lo sé, por eso he estado hablando con otros locatarios y están dispuestos a colaborar para que Ramiro pueda viajar también ¿En serio vieja? Si, no te quise decir antes, para no preocuparte, mañana haré la colecta, así podremos darle la sorpresa para que viajemos los tres este fin de semana. ¡Qué buena noticia, viejita! la besó, y se desearon buenas noches.

Al día siguiente, todos en el barrio felicitaban a Ramiro por el viaje, él cada vez más avergonzado (su conciencia le decía que debía aclarar los hechos) pero la emoción del viaje lo incitaba a actuar en contrario. Su niño interior, pletórico le animaba y de algún modo trataba de convencerle que se lo merecía, por todo lo que había sufrido en su infancia. El viernes antes de su partida, sus compañeros de calle le tenían preparada una pequeña despedida. Don Alfredo de la botillería del barrio, les regaló unos pack de cervezas, don Luis dueño de la mejor carnicería del sector, les obsequió unos kilos de carne y así otros locatarios aportaron con el resto. Ahí estaban sus amigos de toda la vida, celebrando el gran viaje de Ramiro. A pesar de sus pasados terribles, los ojos de sus amigos irradiaban una alegría infantil, de esa no contaminada aún por la envidia. Luego de un par de cervezas en el cuerpo, y eufórico, se le ocurrió una idea. Se metió en su carpa, a buscarlo, entre sus pertenencias, sabía que lo tenía guardado, hasta que lo encontró, ahí estaba intacto el talonario de cheques. Mostrándolo y agitándolo en su mano derecha, amigos míos, ahora soy yo quien les hará un regalo, ufano se sentó como pudo sobre una jaba de cerveza. Necesito un lápiz exclamó el grupo. Fue don Luis quien le acercó una lapicera. Uno a uno, fue girando cheques a sus compañeros de calle por cantidades inimaginables, los locatarios presentes, lo vieron como otra de sus bromas, así que le siguieron el juego. Para ti, vieja Luchita, te regalo dos millones y le extendió el cheque, que ella emocionada lo guardó en el sostén como lo hiciera antaño su abuela. La felicidad de esos seres era tan grande que la calle pareció iluminarse. Los dueños de locales se fueron retirando poco a poco, quedando ese racimo de viejos callejeros dispersos en los jardines de la avenida Brasil, acompañados por los infaltables quiltros porteños. Quien hubiese transitado a esa hora de la noche escucharía risas desbordadas y emociones de júbilo de una decena de hombres y mujeres quienes por esos momentos se sentían los reyes del puerto.

Medio centenar de personas fueron a despedir a Ramiro, doña Gloria y don Pedro al bus que los llevaría a Santiago, donde luego tomarían el avión a Puerto Montt.

Don Ramiro se sentía el ser más afortunado de la tierra, ya la vergüenza de su mentira había quedado atrás. A bordo del Skorpio, admiraba como un niño la belleza del paisaje, trataba de grabarse en su pequeños ojos negros todas las imágenes, tal como si estuviera viviendo sus últimos días. En el comedor, doña Gloria y don Pedro, se reían de las noticias. Salía el escándalo que había provocado Ramiro, al girar tanto cheque a sus compañeros de vida. El banco sólo se limitó a decir que ese talonario fue robado por unos antisociales días pasados y que la empresa oportunamente había dado orden de no pago, mientras los indigentes mostraban sus cheques a las cámaras y exigían los millones que su amigo Ramiro les había regalado.

 

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Lucrecia

La mirada de mi madre quedó fija en el dibujo de un sol que asomaba tras la montaña, trazado con tiza en la muralla, seguramente por un niño...