Sólo 32 minutos

 



Sólo 32 minutos repetía, una y otra vez, no encontrando sentido alguno, al tiempo que intentaba esforzarse al máximo por agregar recuerdos, más estos no venían a su mente, como si de pronto una amnesia total le hubiese embargado. Le parecía una maldición lo que se hallaba viviendo, llegó a creer que quizás se debía a un encargo a alguna bruja de conventillo, más que mal, era mucha gente la que tenía como enemigo ¿De qué se trataba esto? Volvía a preguntarse ¿Por qué ahora que lo tenía todo, venía el destino a arrebatárselo de la manera más cruel?... En que estaba pensando cuando aceptó venir a éste recóndito lugar (en realidad esa no era la pregunta) sabía muy bien lo que lo trajo, fue su ambición, el ansia de poder, ese contrato firmado que estaba en su maletín, había sido el anzuelo que lo motivo a morder la carnada por la cual ahora estaba próximo a perder la vida. El cinturón de seguridad le presionaba la clavícula fracturada, más así también impedía que el hueso asomara sobre su camisa; bebía su propia sangre para no desfallecer. Su brazo izquierdo totalmente desmembrado de su cuerpo atravesó el parabrisas de su camioneta 4 x 4. El impacto y la magnitud del accidente fueron soportado por la carrocería, gracias a ello, se conservaba aún con vida. con el pasar de las horas esperaba un milagro, tal vez su celular podría agarrar señal (cosa que no creía), o tal vez Renata su mujer, preocupada llámase a todos (aun así, nadie podría ubicarle, pues no avisó donde iría) Los quería sorprender mañana domingo, en el almuerzo con sus padres. Quería ver la cara de su hermano mayor cuando diera la noticia, quería verle vencido junto con su padre ¡Los habría superado! que insulso le parecía todo eso ahora. Sé que saldré de esta, como de tantas otras, soy joven, fuerte, he sido siempre un triunfador – pensaba. De pronto una voz en su interior pareció preguntarle ¿De veras te sientes un triunfador? Cómo si una mano le oprimiese el pecho, sintió que debía callar. Volvió a apretar la tecla para reproducir otro de los videos que daban fe de su éxito. Esa maldita necesidad de dejar plasmado en un video el momento, para preguntarle luego a Renata ¿cómo me veía? ¿qué opinaron de mí? Te fijaste cuantos likes obtuvo la historia le comentaba con fervor, etc., sin darse cuenta de que ese mundo virtual, le significó llevar una vida totalmente superficial. Sabía que tenía guardado en su computador más de cien videos almacenados de sus cuarenta y seis años, pero tan sólo 32 minutos, daban cuenta de alguno de esos momentos simples y felices, como cuando andaba en bicicleta con sus amigos o jugaba a la pelota en la plaza.

En su afán de no tener compromisos amorosos, no tenía guardado los momentos con la que terminó siendo su mujer, como las anteriores, sus vivencias en ese plano quedaron en el olvido. No me gustan las fotos, vivamos el momento, eran sus excusas, para no plasmarlos y eso se convirtió en rutina. Su vida amorosa quedó guardaba en algún archivo de su memoria, que no lograba descifrar o traer al presente. Años más tarde cuando su padre lo conminó a hacerse cargo de la empresa, se inició el embrujo que terminó por capturarlo el resto de sus años. En ese preciso instante, que cavilaba por su pasado, a un par de metros de distancia, tres enormes guarenes, mordisqueaban frente a sus narices, su brazo destrozado, y pese a los gritos desaforados intentando impedir que lo siguieran haciendo, era en vano, los roedores seguros de su condición moribunda parecían no escucharle. Qué frágil se sentía, que impotente, que insignificante, que distinto al hombre que momentos antes pasara por el mismo camino levantando polvo en su flamante camioneta, desafiando al mundo.

Sintió la necesidad de volverse creyente, deseaba fervientemente que existiera un Dios, que le escuchara, que pusiera oídos a sus plegarias, quería vivir, a costa de lo que fuera ¡diosito por favor no quiero morir! Suplicaba. En ese momento los dientes de otros roedores se clavaban en una de sus piernas, y la tibieza de la sangre les abría más el apetito ¿Por qué señor? ¿Por qué me haces esto? ¿No es suficiente ya este castigo? Has que me encuentren, que me salven, no quiero diosito morir, te lo suplico, te lo imploro, quítame todo, la fábrica se la dejo a mi hermano, la casa y las cosas materiales que queden para Renata y mis hijos, déjame en la calle si quieres, pero por favor no me quites la vida, justo cuando decía esto, un roedor desgarró con una furibunda mascada parte de su tobillo, y otro se lanzaba al empeine de su pie. Bramaba de dolor, sus gritos sonaban pavorosos, desgarradores en el silencio de la noche, una noche triste que parecía no querer despertar. La postura de su cuerpo, luego de que la camioneta volcara y se diera varias vueltas tras golpear el roquerío del cerro, le dejaron aplastando su brazo derecho y éste comenzaba a hormiguear y molestarle en demasía.

Fue en ese instante, que algo mágico sucedía en su mente, pudo ver como un clarividente, a través de una proyectora tridimensional, que su vida se mantenía en base a las apariencias, tener el último modelo de camioneta full, mientras más ostentosa mejor, secretarias con cuerpos de modelos, que lo único que debían hacer era admirarle y abrir sus piernas cuando él lo deseara, desplazando a su mujer sólo al cuidado de los niños ¿En qué se había convertido? Ni los mordiscos de los roedores despedazando su pie, le causaban tanto dolor, por lo miserable que era reconocer su actuar. Renata fue la elegida, cómo una vil transacción que permitió que su suegro invirtiera en la fábrica, los hijos fueron la condición para sellar el acuerdo, su suegro quería nietos y él anhelaba tener capital de inversión, fue un trueque justo, siempre lo pensó. Renata amaba a su padre y aceptó ser el instrumento de la negociación (aunque siempre guardaba el anhelo que Julián llegara a quererla, se conformaba con eso) luego la maternidad y sus dos niños, lograron llenar su vacío. Nunca miró a otros hombres, para ella todos eran iguales, su padre de hecho había engañado a su madre que lo terminó abandonando. Por verlo destruido, se juró no dejarlo solo y cuando conoció a Julián entendió que era la alianza perfecta.

Esa noche pensó que andaba en una de sus andanzas, por lo que luego de cenar sola como casi de costumbre, se fue a la cama más temprano de lo habitual. El menor de sus hijos llegó con su oso de peluche a pedir refugio. Antes de caer en el sueño, le agradecía a la vida que Julián le hubiera dado dos hijos hermosos. En ese mismo instante su esposo agonizaba, sin siquiera sospechar la nobleza de sus pensamientos. Para él, fue siempre un instrumento, un trofeo que debía cuidar con recelo, hasta que lograra su jugada perfecta. Por eso la llamada de las 8:00 de la noche, cuando estaba a apenas dos cuadras de su casa, le hizo devolverse con tanto entusiasmo, sin importar nada más que el cierre del contrato, con eso lograría la independencia de su mujer y su familia, ya no dependería de ellos en absoluto, se convertiría en el millonario que tanto había anhelado desde niño, cuando su madre le hablaba con angustia a su padre en la cocina que el dinero no alcanzaba. Su padre hombre de estudios, siempre respondía, no te preocupes vieja, le pediré unas horas más al rector (pese a que apenas se le veía en casa) Cuando le despidieron junto a su hermano montaron en el taller de la casa, los inicios de la fábrica de tornillos y tuercas. Un par de tornos comprados en un remate y otras viejas maquinarias, bastaron para dar el puntapié inicial. Pero su falta de ambición, hacían que la fábrica solo diera para mantenerse. Cuando Julián estudiaba contabilidad, se le cruzó una chica poco agraciada que le miró con ojos curiosos ¿quién es esa fea de lentes que me quedó mirando? - le preguntó a su compañera. Es la fea más rica de la Universidad, fue la respuesta que la convirtió en su objetivo. Antes de graduarse había logrado comprometerse con Renata. Lo demás fue cosa de tiempo, la conservó virgen hasta el matrimonio como parte de su maquiavélico plan. Todo fue perfecto, lo adoraban y la familia quedó rendida a sus pies. La sangre que brotaba de su pie, el hormigueo del brazo, la presión del cinturón sobre la clavícula le sacó de sus cavilaciones. Miró el video del nacimiento de su hijo Mateo, aún en ese momento tan hermoso, se mantuvo ausente, preocupado más en grabar el instante que en sostener en brazos a su hijo. Me da nervios que se caiga – decía- apenas lo sostenía y lo devolvía a los brazos de la abuela que corría por tomar a su nieto. Entonces soltó el llanto, se estaba muriendo y entendía que la vida le había dado la oportunidad de ser feliz y la había desechado por perseguir el éxito y el dinero. En el bolsillo de atrás de su pantalón, su billetera contenía seis tarjetas VIP, de los principales bancos del país, sin embargo, nada de eso le podía salvar la vida, ni el millonario contrato que lo convertía en una empresa multinacional, ni su camioneta 4 x 4, importada a principio de año, nada en ese instante, le servía para alejar los roedores que comían su pie. Eran apenas las 02.34 de la madrugada, le parecía una eternidad llegar al amanecer. Entendió que su final era inminente. El celular aún tenía carga, volvería a ver los únicos 32 minutos que valieron la pena su paso por la tierra. Lloró, sonrió y se emocionó con las escenas de sus hijos (la mayoría de esos momentos grabados por Renata y que se los hacía llegar después) Su vista comenzaba a nublarse, pensó en su mujer y desde el fondo de su corazón le pidió perdón, y lo repitió tantas veces como pudo antes de perder la conciencia.

 

A la mañana siguiente, el milagro del empresario rescatado por un panadero era la noticia del momento en todos los noticiarios, mientras Renata se daba una ducha tratando de adivinar con quien había pasado la noche Julián.

 

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El Aguila Blanca y la flor que se sentía sola


 


Una mañana en que el sol se abría paso por las montañas, el águila blanca sintió ganas de bajar al valle. Quería disfrutar del vuelo, abrió sus enormes alas y se dejó llevar por el viento, jugueteó por los aires disfrutando planear solo por el placer de sentirse dueña del mundo en las alturas. Estaba de buen ánimo y se concebía más majestuosa que nunca. Desde las alturas miró hacia un sector desértico, aquella mañana algo le instó a dirigirse a ese lugar. Mientras se dejaba caer con sus alas apegadas a su cuerpo, pensó - ¿Qué me atrae ir hasta allá?, en ese lugar hay muy poca vida, no encontraré nada interesante que cazar. A pesar de estos pensamientos, una fuerza extraordinaria le atraía hacia el llano.

El águila posó sus garras en la tierra ardiente sin entender realmente hacía allí. Cómo si estuviera hipnotizada, se dirigió detrás de un roquerio. Estaba por llegar, cuando el susurro de un llanto lastimero llegó a sus oídos. Frunció el ceño, agudizó sus sentidos y con un aletear controlado se posó en la roca más alta para tener mejor visión del sector. Entonces asombrada pudo comprobar que el llanto provenía de una hermosa flor ¿Por qué lloras? – le preguntó parsimoniosamente. ¿No te das cuenta de mi desdicha? – respondió la flor sin mirarle. De que desdichas me hablas, volvió a preguntar el águila sin entender. Acaso no ves, lo sola que estoy en este lugar, no sé por que Dios, me castiga de esa manera. Pero flor, el ser única, te hace especial, además eres hermosa, te lo digo yo, que desde los aires he visto muchas otras flores, pero ninguna como tú. Y ¿de qué me sirve? Si aquí nadie me ve. Además, tú nunca habías venido por acá. Ni siquiera sabías que existía. Pero yo sí, contestó una de las rocas, y yo también contestó otra, también yo, dijo a la distancia un viejo cactus. ¡Ustedes no cuentan! dijo molesta la flor, no saben apreciar mi belleza. Y ¿Por qué necesitas que aprecien tu belleza? Le preguntó el águila. Tú mismo lo dijiste, recién, dijiste que soy especial, que soy única y hermosa, se supone que nací, para agradar a los hombres, para que se deleiten con mi belleza. ¿Estás segura? preguntó el águila. Si el hombre supiera que eres tan especial y única, ya hubiese venido por ti, para arrancarte y lucirte como un trofeo, o te tendría en un laboratorio estudiándote y tratando de buscar el modo de hacer miles como tú para venderlas como flores exóticas. La flor guardo silencio, se secó las lágrimas. Dios no deja nada al azar, no estás acá como castigo, estás aquí porque pensó en protegerte. Te puso en el lugar donde pudieras crecer tranquila, y protegida por todo este roquerío. La flor miró avergonzada al águila y no respondió. Fue un agrado conocerte amiga flor, dijo el águila y emprendió el vuelo. La vio perderse en el cielo azulado. Luego miró a su alrededor y agradeció que no hubiese depredadores de plantas, sólo estaban sus protectoras las rocas. En silencio les pidió perdón y recogió sus pétalos.

Antes de que la noche cayera, el águila le habló a Dios, por la flor que se sentía sola. Confundido Dios, quedó en encontrar una solución.

A la mañana siguiente, cuando la flor despertó, se llevó la sorpresa de estar rodeada por flores similares a ella, por doquier. Entonces la flor, al ver que ya no era única y especial, soltó el llanto, aún más doloroso que la primera vez. La Roca más antigua, le preguntó y ahora ¿Por qué lloras? No lo entenderías contestó la flor.


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Alma pérdida





Una lágrima rodó por su mejilla, en el momento que su madre abandonaba la casa. Su padre mantenía con firmeza su mano, aunque en el fondo quería soltar el llanto. Que la niña no sufra era la consigna, era lo que más había recalcado, en su dormitorio. La escuchaba y la observaba con tal desconcierto que no podía retener las palabras frías que salían como dagas de su boca. Seis años atrás esa misma mujer, lo maravillaba por su belleza, su coquetería y su contagiosa alegría...si bien seguía manteniendo su atractivo de mujer, había perdido la magia de su coquetería innata y ni hablar de su alegría. Por eso, guardaba silencio y aceptaba estoicamente las duras palabras, a veces insultos, que vomitaba con ese rencor de los años. ¿Qué les había pasado? ¿Era acaso su culpa, la infelicidad de su mujer? Las escenas de su vida conyugal, se paseaban por su mente, sin encontrar un atisbo de claridad. Su hija apretando su mano, consultó con su vocecita inocente ¿Dónde va mamá? ¿Volverá luego? ...no supo que contestar, el nudo en la garganta estaba tan apretado que le costaba tragar saliva.

Sólo cuando su esposo agachó la cabeza abatido sentado en la cabecera de la cama conyugal, cesó su lacerante discurso. Ese hombre de enorme envergadura se veía tan débil, tan indefenso que no pudo continuar. La pequeña llamita de amor que aún blandía en el fondo de su corazón, la sobrecogió a tal punto, que pensó en el error de su decisión, más su orgullo, le dio el último empujón hacia la calle, una calle desierta, sin nadie que la esperaba, cómo cuando partió de su ciudad natal, siendo aún una adolescente. Sus tacos tambaleaban tal si la calle estuviera llena de ripio, pero su pena, su frustración, su amargura, su desilusión, y la extinción del amor, era lo que le impedía caminar bien. Un perro le salió a su paso, moviendo su cola, en son de compañía.

La figura de la mujer y el perro fueron tragadas por la boca de la noche.

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Desconocidos que comparten, el mismo vagón del tren de la vida

                                     


                                       


El silencio nocturno se apoya en el borde de mi conciencia, mientras mi imaginación me toma de la mano y me conduce por un bosque de incertidumbres. A la distancia el ladrar de los perros, por un par de borrachos que discuten en la calle, me parece tan lejano, cómo si yo no estuviera presente. Me recuesto en el pecho de mi amada y la calma vuelve a mí, como un suspiro del más allá. Cierro los ojos, me veo desnudo hundiéndome en un gran lago, a medida que las aguas frías me van envolviendo, voy perdiendo la conciencia, el lago desaparece y se transforma en un desierto. El sol golpea mi espalda y me lame la cabellera cual lengua larga y áspera que me hace daño, a pesar de ello, no interrumpo mi andar sin rumbo. Un hermoso corcel blanco me mira impaciente desde la llanura y emprende su galope hacia mí. Su estampa es enorme y me invita a montarle. Lo hago como si fuera un quinceañero y supiera montar (cosa que en mi vida he hecho y menos en pelo), abro mis brazos como queriendo abrazar el mundo, la brisa acaricia mi rostro y el sol se ha vuelto más benevolente conmigo. El caballo danza entre las dunas con una habilidad sorprendente, cierro los ojos, yergo mi rostro al cielo y me abandono al placer. Después de un rato, el corcel detiene su galope, me enfrentan cinco jinetes con vestiduras negras a rostro cubierto, al parecer son árabes. Me hablan a gritos y amenazantes cosas que no entiendo por el idioma y eso parece enfurecerles más. Apuntan con sus rifles y siguen gritando. Con las manos en alto, trato de explicarles que no les entiendo. De pronto y en un acto involuntario, golpeo con los talones el flanco de mi caballo para salir al galope huyendo, mientras los hombres me disparan y me persiguen. Me río como cuando niño y mi padre jugaba conmigo a las persecuciones. Esos momentos eran los más felices de mi vida, sobre todo cuando me abrasaba o se revolcaba conmigo donde me atrapaba y me colmaba de besos, al tiempo que mi madre desde la cocina, nos llamaba la atención. Esos domingos eran perfectos, los tres juntos, el almuerzo especial, los juegos con mi padre, y la siesta con la ventana abierta, dejando que el frescor entrara. Yo no tuve la suerte de ser padre. Ángela no puede, después de varios años de intentos, frustraciones y culpas, las cosas no se dieron, y dejamos de buscarlos. Ahora lo más parecido a un hijo, es el viejo pastor alemán que nos encontramos en una de nuestras caminatas. Publicamos su foto, en las redes sociales y le preguntamos a los vecinos, pero nadie lo reclamó. Cómo si de algún modo, él hubiese tenido por destino, hacernos compañía. Ahora está viejo, y comparte nuestros achaques. Las vueltas que damos en las tardes son cada vez más cortas, se cansa, sus patas traseras ya no le responden como antaño, es parte de la vida nos dijo el veterinario, en su última visita. Ángela se queja, se mueve y dice que me corra, es tarde reclama, queriendo dormir. Ahora sólo dormimos juntos. Recuerdo cuando me la presentó Jorge un compañero de trabajo en el ascensor, ella trabajaba dos pisos más arriba, en un estudio de abogados.

Desde ese momento, la esperaba para almorzar y a su salida. Tomados de la mano, recorría la ciudad de un extremo a otro, lo único que importaba era estar juntos. Cuando empezó a quedarse en mi departamento, nos consumía la pasión. Con el tiempo, la pasión se fue distanciando de nuestros cuerpos cansados y nuestras mentes colapsadas. Todo se va tornando indiferente, y así sin darnos cuenta, ya nos miramos como desconocidos que comparten, el mismo vagón del tren de la vida.

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Enseñanzas del Covid-19


Sin lugar a dudas que el famoso Covid-19, nos ha dejado muchas enseñanzas. A mi parecer, lo más importante es que ya nada parece imposible. Quien iba a pensar que las grandes ligas de fútbol iban a jugarse sin público, que los cantantes iban a dar sus conciertos vía streaming, que volveríamos a estar en toque de queda y que nos obligarían a permanecer encerrados. Sin lugar a dudas lo que el covid-19 nos ha regalado en exceso a través de los estados de cuarentena, ha sido tiempo. Si, sobretodo tiempo para nosotros, para reencontrarnos, para pensar para donde íbamos, tiempo para agradecer de encontrarnos sanos, de valorar tener un ingreso, de tener amigos, pareja, hijos, etc. Tiempo para querer pasear con la mascota, de reconocer la compañía y la ausencia de aquellos seres queridos que están lejos, de las reuniones familiares de antaño, de los asados, de los cumpleaños, del compartir un café conversado, de pasear por la playa, de ir al cine, de ir a comer, hacer deporte. 

El covid-19 logró que volviéramos a ver los cielos celestes, que los animales salieran de sus escondites y se internaran en la ciudad (lugar que antaño les pertenecía), que la gente volviera a mostrar interés por la tierra, por tener un huerto propio. En fin, la lista pareciera interminable, lo importante, es que más allá de la tragedia, este virus, le ha dado al mundo la mayor oportunidad que pudo haber tenido la humanidad. Y es la de replantearse el tipo de vida que llevamos, la posibilidad de re-invertarse. De que nos demos cuenta que el dinero no lo compra todo, ni que existe la famosa seguridad que constantemente estamos buscando. 

Los fines de semanas con los Malls cerrados, nos obligaron a plantearnos nuevas formas de esparcimiento.Quizás por ahí, una vieja guitarra volvió a cantar, unos volantines volvieron a surcar los cielos, nos obligó a contemplar a nuestros ancianos, a preocuparnos por su salud, a verlos con mayor conciencia. Lo simple se volvió un tesoro, comenzamos a valorar los abrazos, los besos, los apretones de manos, etc.. Por eso yo le agradezco al Covid, todo lo que nos ha dado, más que mirar lo que nos ha quitado. Más de alguien dirá y aquellos que murieron por su causa. Sin lugar a dudas que es lamentable el tema de sus muertes, pero así también muchos otros se los lleva el tabaco, el alcohol y las drogas, y a nadie parece preocuparle en demasía. Yo sólo quiero que rescates el lado bueno o positivo del Covid.



 

La mujer del abrigo azul


La mujer se mostraba inquieta, no dejaba de pasearse frente a la puerta del hotel. El recepcionista hizo una seña al botones de turno, para que saliera a ver que podía hacer por ella. Conversó un par de palabras y entró con el rostro un tanto desfigurado ¿Qué sucede? -preguntó el recepcionista. No me lo va a creer, jefe… ¡cuenta ya pues hombre!- reclamó en forma airada. El botones con voz entrecortada - repuso- dijo que venía a evitar un homicidio dentro del hotel ¿Pero de quién? Volvió a preguntar…Hay que llamar a la policía…No, no jefe, exclamó el botones asustado. Me dejó en claro que si lo hacía, me mataría. Pero hombre con mayor razón, voy a llamar. ¡Jefe por favor no lo haga! puede que sólo sea una mujer algo demente…dejemos que pase el tiempo, quizás se vaya. Al recepcionista y botones se le unieron un par de camareras y se corrió la voz, que la mujer del abrigo azul, venía a matar a alguien del hotel. El pánico se sentía en el aire. Las horas pasaban y la mujer no parecía mostrar interés en irse del lugar. Pasadas las 20:00 horas, desapareció de la entrada del hotel, sin que nadie se percatara del instante justo. Quince minutos más tarde, se le veía entrar con un hombre joven tomada del brazo, sonriendo acaloradamente. Vestía muy distinto, era imposible que se hubiese cambiado de ropa en tan poco tiempo. Todo el mundo la observaba nervioso, pero no se daba por aludida, ni siquiera se mostró inquieta con el botones que hacía tan sólo un momento conversara.
Solicitó expresamente la habitación 513, la última de la planta (daba la sensación que conocía muy bien donde estaba ubicada, a pesar de no haber venido nunca antes) Esto inquietó aún más al personal, dado que ni siquiera aceptó otras habitaciones desocupadas y la planta del quinto piso se hallaba totalmente vacía. Se mostró indiferente a las sugerencias de Alberto y exigió la habitación. El frío otoñal se sentía en las escaleras y pasillos del viejo edificio, por lo que tan pronto entraron en el cuarto, pidió al botones conectara la calefacción, al tiempo que dejaba sus guantes en una mesita dispuesta en el hall. Mientras Tomás encendió el calentador, la observaba con atención desmesurada, no le parecía una mujer que pudiera cometer un crimen ¿Sería acaso el joven que la acompañaba el asesino?, o quizás ¿ambos estarían planeando el asesinato de alguien más? Pensó en el resto de los huéspedes que se encontraban alojados, nadie de importancia. De seguro, fue una broma de la mujer. Bajo las escaleras más relajado, pensando que le había tomado el pelo. Conversó su parecer con el resto del personal, y todos terminaron riendo por la humorada. Salvo doña Martina, la cocinera, mujer de años - esas que parecen mosquitas muertas, son las peores- exclamó para sus adentros, antes de volver a la cocina. Alcanzó a abrir la puerta, cuando lanzó un grito de horror. Todos corrieron a socorrerla. ¡Miren, miren! gritaba la mujer señalando la pared. Quedaron horrorizados con el espectáculo. Una de las camareras de la impresión dejó caer la bandeja con loza. Alberto de inmediato tomó posesión de la escena, Juan saca eso -exclamó imperativo- señalando el ratón muerto que se encontraba atravesado con un cuchillo en la pared, y tú Tomás ayuda a limpiar la sangre. Lleven a la señora Martina al despacho del jefe, y tráiganle un té para calmarla.
Debido a la agitación imperante, el doctor Méndez, que se encontraba en los comedores, se ofreció para ayudar y auxiliar a doña Martina. Todos corrían de un lado para otro, y ese ajetreo lo sentían los comensales que cenaban. Nerviosos rumoreaban motivados por los gritos escuchados, a pesar que no lograban entender nada. A los pocos minutos se presentó don Gabriel, administrador del hotel, para calmar los ánimos y ver que todos los huéspedes fuesen atendidos con la mayor premura. Tuvieron que hacer llamar a Jesús, el chef que estaba en su día de descanso, para que viniera a auxiliar con la cena. Tomás el más miedoso de todos, con el nerviosismo se había manchado con la sangre del ratón el puño de su camisa, y en todo momento trataba de estirar la manga de su chaqueta para taparla. El administrador, lo mandó a cambiarse, antes de que se diera cuenta algún pasajero. Los mozos se mostraban inquietos y su servicio era muy deficiente, se topaban o se molestaban entre ellos mientras atendían las mesas, servían el vino por la izquierda, o se quedaban en blanco mientras ofrecían el menú. Hubo uno, que incluso les trajo la cuenta a una pareja de ancianos que recién habían tomado asiento en una de las mesas.
Don Gabriel, que no entendía lo que estaba pasando, fue quien divisó a la mujer de abrigo azul, cuando abordó el ascensor. ¡Señora! ¡Señora! le llamó a viva voz, y retó al personal, porque la mujer se les había colado ¿Dónde está Tomás y Alberto? ¡Qué no están pendiente de la puerta de acceso! gritaba encolerizado. Tomás venía de cambiarse la camisa y Alberto, del baño, había ido a mojarse la cara, para sacar el miedo de su expresión. Tomás ve donde se metió la mujer que acaba de entrar, una que vestía un abrigo azul ¿Abrigo azul? –preguntó Tomás sorprendido. Si hombre una mujer de abrigo azul ¿Qué tiene de extraño? inquirió don Gabriel molesto. Tomás se miró con Alberto y este último le hizo un gesto para que fuera en su busca. Tomó el ascensor, asustado por encontrarse a solas con ella nuevamente ¿Y si está armada, buscando a su víctima? y ¿por ser testigo me dispara a mí también? – pensaba a medida que iba en ascenso al último piso. Justo ahora que me voy a casar, miraba la foto que tenía con su novia en el celular, y el pánico aumentaba. Revisó todos los pisos y de la mujer ni rastro. Estaba por llegar a la oficina de don Gabriel, cuando Jesús entró corriendo antes que él ¡Don Gabriel, don Gabriel! gritaba agitando los brazos ¡ha desaparecido uno de mis cuchillos! Alzó la vista, con cara de disgusto (como diciéndose y por un cuchillo tanto escándalo)… antes de que dijera algo, Jesús comenzó a lanzar palabras sueltas ¡la mujer, el cuchillo, el ratón acribillado en la pared!… ¡Haber hombre cálmate! -exclamó ¿qué es todo este escándalo? En ese momento, entraba Tomás que había escuchado los gritos de Jesús, y con el rostro demacrado dijo – no logré encontrar a la mujer… ¡lo ve don Gabriel, todo calza!…exclamaba Jesús fuera de control. Tomás procedió a contar el suceso con la mujer en la calle, y luego de su ingreso a la habitación 513. Los ojos del administrador se habían inyectado de sangre, aparentemente había sufrido un pequeño derrame, causado por su alza de presión, buscaba con desesperación el frasco de pastillas en el cajón de su escritorio. Señores se dan cuenta en la situación en que nos encontramos, después de estar meses en cuarentena, no podemos arriesgarnos a que nos cierren nuevamente por un asesinato en nuestras instalaciones. ¡Tengo empeñada, hasta la casa de mis padres! por lograr volver a abrir, tenemos deudas millonarias acumuladas, me muero en éste mismo momento, no puede ser tanta mala suerte ¡virgen santísima! exclamaba angustiado mirando al cielo de rodillas. Tomás y Jesús le observaban con asombro, a sus setenta y cinco años, verlo tan desesperado resultaba patético. Pídanle al doctor Méndez, que venga, es un hombre sensato que me dirá que hacer.
El doctor Méndez un hombre delgado, ochentero bien conservado, cliente habitual del hotel, y amigo de la familia de don Gabriel desde años, entró al despacho con la estampa de un mago, se sentó y escuchó a los presentes. Tras un breve instante, luego de darse por enterado de la situación encendió uno de sus puros habaneros que tanto le gustaban y se dirigió al ventanal. Lo cierto es que el tema es delicado señores –exclamó- con su tono doctoral que tanto lo caracterizaba y lamentablemente la hora no nos acompaña – dijo- esto mientras veía su reloj. Gabriel, amigo mío, creo que lo único que podemos hacer, es tener que molestar a los pasajeros y efectuar un control preventivo de temperatura a cada uno argumentando el famoso covid-19, para así poder entrar en las habitaciones ocupadas y descartar la presencia de la mujer en cuestión. Pero eso demoraría una eternidad si lo hiciera yo solo, se requiere que al menos dos personas lo vayan haciendo en conjunto, para así atacar dos pisos a la vez. ¿Dices que la capacidad del hotel son 24 habitaciones y que hay 16 ocupadas?- preguntó dirigiéndose a don Gabriel. Nos tomaría una hora si empezáramos de inmediato. Luego de descartar que los huéspedes se encuentren a salvo, tomaríamos una media hora más para revisar el resto de las habitaciones, y así no tendrías que llamar a la policía. Ahora, si prefieres hacerlo mañana, en un horario más prudente, te arriesgas a que el hecho se consuma hoy en la noche… ¡No, no, no! llamaré a mi mujer para que me consiga el personal adecuado y lo haga llegar. Debemos actuar lo antes posible, por favor, avisen a los comensales y a todo al que encuentren por los pasillos. Yo me encargaré de comunicar al resto. Muchas gracias doctor, no sé qué haría sin su ayuda. 
En los instantes que don Gabriel, se disponía a informar a los huéspedes, se produjo un corte de luz. Rápidamente actuaron los elementos de emergencia, pero al volver la electricidad, don Gabriel había desaparecido. Despertó amordazado en una habitación del sótano, que se disponía para la gente de servicio, en casos de emergencia. Trató de incorporarse, le dolía la cabeza, estaba amarrado de manos y pies. Una mujer bien vestida junto a un hombre joven le observaba desde un rincón de la habitación. Trató de hablar con ellos, pero la mordaza se lo impedía. Ella se acercó, y le enseñó una fotografía ¿La conoces verdad? –pregunto con cierta ironía. Asintió con su cabeza, asustado por su única hija. Resulta que ella es mi hermana, pero no te preocupes, afortunadamente no eres mi padre. Exclamó a viva voz, mientras le daba la espalda y dejaba caer con rabia la fotografía. Don Gabriel, no entendía lo que le acaba de confesar. Nuestra madre tuvo trillizas - continuó- pero tu esposa quería sólo una, así que no dudo en separarnos. Debo decir que la suma que pagó fue considerable, por lo que mamá pudo quedarse con nosotras. Nos criamos en los barrios bajos, pasando penurias muchas veces. Pero gracias al esfuerzo de nuestra madre salimos adelante. Todo hubiera quedado así de no ser porque tu hija enfermó y nuevamente tu mujer acudió con mi madre, para pedirle que una de nosotras le donara un riñón a Cristina, tu regalona, los ojos de papá. Ella se opuso a fuera una de sus hijas, sin embargo, como buena madre se ofreció como donante. Esta vez, no aceptó el dinero. Desgraciadamente murió en el pabellón de cirugía. Supongo que eso lo sabías. Un mes después de velarla, nuestra tía Dolores nos confesó la historia, y nos enteramos de toda la verdad. De la existencia de Cristina, y de la verdadera causa por la que murió mi madre. Hace seis meses, escúchame bien desgraciado, seis meses que vengo planeando como vengarme de ustedes, y es por eso que hoy he venido a matarte. Don Gabriel, sufría un alza de presión y se ahogaba, por lo que trataba de zafarse de la mordaza, emitiendo todo tipo de sonidos guturales ¿Está asustado el gran señor? Comentó, mientras iba deslizando el cuchillo cocinero por el pecho y la barriga. No te preocupes, va a ser una muerte lenta, te infringiré un corte a nivel abdominal, para que te vayas desangrando poco a poco, lo tengo todo bien estudiado. Desesperado trataba de moverse y suplicar su perdón…No me interesa en lo más mínimo tu dinero, por si estás tratando de ofrecérmelo, yo amaba a mi madre, y me la quitaron, es algo que nunca podré perdonarles. Agradezco no haber corrido la suerte de Cristina, sin duda ella recibió lo mejor, pero te imaginas la impresión de saber que su padre fue muerto en una de las habitaciones del hotel, como una simple rata.
Se hallaba presta a ejecutar la incisión del cuchillo a la altura del vientre, cuando entró a la habitación la mujer del abrigo azul. ¡No lo hagas Gabriela, detente! ¿Qué estás haciendo acá? ¿Te dije que no te metieras? Es mi decisión, no intervengas. Gabriela, fue nuestra madre la que murió por Cristina, ella lo hizo por salvar a nuestra hermana, no sacas nada con matarlo a él… ¡No lo entiendes, ellos siempre se salen con la suya! compran esto o aquello, nos utilizan a su antojo, no les bastó con quitarnos nuestra hermana, también quisieron la vida de nuestra madre ¡la vengaré, la vengaré! alzó la mano con furia y la enterró en el vientre con tanta fuerza que el cuchillo quedó incrustado en la piel hasta el puño. Los ojos del hombre se desfiguraron y un sonido desgarrador le brotó de las entrañas, supo que era su fin. Su cuerpo sufría espasmos incontrolables, le brotaba espuma de la boca, la situación se había salido de control. Gabriela en shock, fue sacada de la habitación por su pareja. La mujer del abrigo azul, miró al hombre moribundo con desconsuelo, no había logrado impedir su fatal destino. Se colocó los guantes y limpió la escena del crimen. Apagó la luz, y se dirigió por las escaleras hacia la salida. De pronto, se topó de frente con Tomás, quien quedó paralizado. Le acercó su mano a sus labios temblorosos y repuso - nunca me vistes, está claro- exclamó con voz pastosa, mirándolo fijamente a los ojos. El botones asintió aterrado. Ella desapareció del lugar como una sombra.
Al día siguiente, descubrieron el cadáver. Todo el personal concordó en que la asesina había sido la mujer del abrigo azul, y la policía lo caratuló así.
Un año más tarde, Tomás celebraba su casamiento en la misma iglesia donde se casaron sus padres, los invitados lanzaban arroz a los recién casados. Antes de subir al coche que los esperaba Tomás levantó la vista entre los presente y pudo apreciar la silueta de la mujer del abrigo azul, que le observaba desde la vereda del frente.
                                                        
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La Viuda


La noticia de que Annabell había fallecido, la recibí en el aeropuerto. Acaba de desembarcar del viaje a Buenos Aires. A pesar de que lo esperaba, debo confesarles que la noticia caló muy hondo, de algún modo sentía que la vida le estaba en deuda, no lograba entender porque nunca el destino pudo sonreírle como se merecía. De hecho, sin ir más lejos, era la única mujer que conocí que era llamada viuda sin haberse casado. Es una herencia de mamá me comentó una vez, en su pequeño apartamento en el centro de Paris, su refugio, como lo llamaba. Su madre quedó viuda muy joven, cuando Annabell apenas tenía cuatro años. Para entonces vivían en Southampton. Su padre corredor de Seguros, en un viaje de negocios a North Houtghton, se quedó dormido y desbarrancó su auto, perdiendo la vida. Cómo buen previsor, había contratado una póliza de seguros, que les permitió, continuar con sus vidas. Se lamentaba que su madre fuera una mujer muy poco instruida, que no supo administrar bien el dinero, y que tras la muerte de su padre, comenzara a comer y beber en exceso. Tuvieron que internarla varias veces antes de que se suicidara sólo cinco años más tarde. Su abuela por parte de su padre, se encargó de ella por obligación, nunca la quiso. Solía llamarla la hija de la viuda, nunca por su nombre. A los quince años, se fugó con un infante de marina inglés y se fueron a vivir a Bristol. Duraron sólo un par de meses, se embarcó y nunca más supo de él. Por ser menor de edad, habían fingido estar casados para arrendar la pequeña suite. La dueña de la casona, al no volver su novio, pensó que había enviudado. Por tal motivo, recibió mucha ayuda por su condición, así que decidió asumirla por mucho tiempo, incluso cuando estaba en la Universidad, creyó que le serviría para evitar a los muchachos. Lo cierto que decir que era viuda siendo tan joven, le significó un sello especial entre sus compañeras y los hombres enloquecían por conquistarla. Sabía que todos los que me buscaban era sólo para contarles a sus amigos que habían tenido sexo con la viuda, me comentó en una ocasión. Se concentró en los estudios, y fue la mejor de su clase. Pese a todo, el sino de la viudez, nunca la abandonó, a ratos quería llorar y decirle a todos que era una gran mentira, pero su fama se había extendido más de lo que ella imaginó. Quizás por eso, me permitió entrar en su mundo. Fue en Barcelona, había una convención de cirujanos, y ambos llegamos como traductores. En el break, me acerqué a conversar. Las palabras fluían como una melodía ya aprendida. Quedamos más tarde en una copa en un Bar que yo solía acudir cada vez que visitaba la ciudad. Cuando la fui a dejar a eso de las cinco de la mañana, no tenía ganas de dormir, y hubiera continuado de no ser porque mi vuelo salía en un par de horas. Desde ese día, así serían las cosas con Annabell.
Dos meses más tarde nos encontramos en Brasil. Quedamos en el bar de su hotel, pues precisamente Sao Paolo, no nos parecía interesante. Siempre pensé que estaba soltera y la traté como tal. Eso fue lo que le fascinó de mí, me comentaría tiempo después. La enfermedad de mi padre, me obligó a tomar un largo receso en el trabajo, el viejo necesitaba de alguien que lo cuidara después de la partida de mamá. No era suficiente la enfermera, así que me dediqué a él, lo que le quedaba de vida. De tiempo en tiempo, seguíamos comunicados con Annabell. Una tarde de primavera en que conversaba con un amigo en común, se refirió de ella como la viuda y mi mundo se desmoronó. No quise preguntar detalles, sólo me alejé (errores de la vida, que después te pasan la cuenta). Fue en Varsovia, cuando nos volvíamos a encontrar. Su estampa británica, sobresalía entre las polacas. Nos miramos, sonreímos e hicimos un brindis a la distancia. No me atrevía a acercarme, ahora que conocía su secreto (al menos eso era lo que yo suponía) Y por eso no me hablaste todo éste tiempo, me reclamó en la pieza del hotel, mientras se vestía. No puedo creerlo, ustedes los hombres a veces son peores que nosotras, de verdad no lo puedo creer. Pero ¿que tenía de malo ser viuda? – repuso, al tiempo que se abotonaba la blusa…no sé…traté de contestar, me sentí ridículo. 
Bueno querido, la viuda se va, tengo que regresar a Londres dijo con una sonrisa en el rostro (no recuerdo otro momento en que la viera sonreír de esa manera) Al poco tiempo, me enteré por Serge, que tenía una relación estable con un diplomático Polaco quien había conocido justamente en esa ocasión. Pensé que al fin la vida, le estaba dando un poco de alegría. Cuando nos volvimos a ver en Bruselas, me confesó que su amante polaco la golpeaba, y que la tenía amenazada de muerte si pretendía dejarlo. Se refugió en el trabajo tanto como pudo, asistía a todas las convenciones y eventos posibles, a pesar que en todos lados era vigilada por agentes polacos. Finalmente el maldito amante, encontró con quien sustituirla y la abandonó después de eternos tres años. Para entonces Serge nuestro noble amigo gay (con quien para entonces compartía su apartamento) buscaba como juntarnos, decía que éramos dos almas solitarias que merecíamos estar juntos. Annabell, no era la misma, el polaco había dejado marcas en su vida, y no me refiero a las físicas, aun cuando existían, de hecho en una oportunidad la lanzó escaleras abajo en su mansión y se fracturó la cadera. Aquí tengo el tornillo me decía mostrándome la cicatriz en la cadera. La forma de entregarse también cambió, ya no reaccionaba a las caricias de mis manos como las primeras citas. Decidí dejarla, no me sentía ni me hacía feliz. El trabajo siempre ha sido nuestro aliado, para las almas solitarias. En estos últimos veinte años, no pude mantener una relación estable, en parte por mi trabajo como por un deseo oculto, que no logré entender hasta encontrarme nuevamente con Annabell, a solicitud de Serge. Está muy enferma, sería bueno que vinieras a verla. Cancelé un evento y volé a Paris. En el camino, la voz de Serge, me dio a entender que la cosa era más grave de lo que imaginaba. Cuando entre a su habitación, la encontré demacrada, su pelo antes voluminoso, caía sobre sus hombros sin gracia, y los huesos de las clavículas asomaban cual percha de colgar en el escote de su camisón blanco. Las ojeras y los labios secos, le daban un aspecto tenebroso. Serge nos trajo un té, y nos dejó a solas. Me dio la sensación que anhelaba ese instante con ansias, para su desahogo. Habló de su niñez, de lo que la marcó el apodo de viuda, del rencor contra sus padres, el primero por morir y dejarla sola con la estúpida de su madre, y la segunda por haberla obligado a cargar con sus malas decisiones. La temprana viudez de su madre, le llevó a negarse la oportunidad de ser esposa y luego madre, huyó de todo compromiso, por eso le gustaba lo que teníamos, era una relación ideal, sin ataduras, sin obligaciones, pero cuando la abandoné sintió que verdaderamente había enviudado. Su relación con el polaco, le provocó adicción por los somníferos, era la única forma que encontraba para dormir, luego necesito de fármacos más fuertes. Por eso, el cáncer encontró un nido fácil donde encubarse, debido a sus bajas defensas, que avanzó como un reptil a su antojo. No quisiera culparte de nada –repuso en su lecho- sólo contigo logré ser yo. La noche parisina, asomó por la ventana, y el cansancio de la velada, la obligó a dormir. Me quedé dos días a su cuidado, la mayor parte del día me acostaba a su lado y le contaba de algunos viajes, o recordábamos los nuestros. A ratos me parecía verle sonreír, pero no estaba seguro sino era más bien, una mueca de dolor. De la agencia, insistían en que volviera al trabajo, era urgente que viajara a Buenos Aires. Cuando me despedí, de algún modo presentí que sería la última vez, quise soltar el llanto, pero me contuve. Antes de que la dejara me tomó la mano y me pidió le hiciera una promesa… si claro, lo que tú quieras- contesté - prométeme que siempre seré tu viuda preferida. Lo prometo Annabell –respondí - y logre ver en sus ojos una brizna de luz, antes de que los cerrara.

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La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...