Alma pérdida





Una lágrima rodó por su mejilla, en el momento que su madre abandonaba la casa. Su padre mantenía con firmeza su mano, aunque en el fondo quería soltar el llanto. Que la niña no sufra era la consigna, era lo que más había recalcado, en su dormitorio. La escuchaba y la observaba con tal desconcierto que no podía retener las palabras frías que salían como dagas de su boca. Seis años atrás esa misma mujer, lo maravillaba por su belleza, su coquetería y su contagiosa alegría...si bien seguía manteniendo su atractivo de mujer, había perdido la magia de su coquetería innata y ni hablar de su alegría. Por eso, guardaba silencio y aceptaba estoicamente las duras palabras, a veces insultos, que vomitaba con ese rencor de los años. ¿Qué les había pasado? ¿Era acaso su culpa, la infelicidad de su mujer? Las escenas de su vida conyugal, se paseaban por su mente, sin encontrar un atisbo de claridad. Su hija apretando su mano, consultó con su vocecita inocente ¿Dónde va mamá? ¿Volverá luego? ...no supo que contestar, el nudo en la garganta estaba tan apretado que le costaba tragar saliva.

Sólo cuando su esposo agachó la cabeza abatido sentado en la cabecera de la cama conyugal, cesó su lacerante discurso. Ese hombre de enorme envergadura se veía tan débil, tan indefenso que no pudo continuar. La pequeña llamita de amor que aún blandía en el fondo de su corazón, la sobrecogió a tal punto, que pensó en el error de su decisión, más su orgullo, le dio el último empujón hacia la calle, una calle desierta, sin nadie que la esperaba, cómo cuando partió de su ciudad natal, siendo aún una adolescente. Sus tacos tambaleaban tal si la calle estuviera llena de ripio, pero su pena, su frustración, su amargura, su desilusión, y la extinción del amor, era lo que le impedía caminar bien. Un perro le salió a su paso, moviendo su cola, en son de compañía.

La figura de la mujer y el perro fueron tragadas por la boca de la noche.

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Desconocidos que comparten, el mismo vagón del tren de la vida

                                     


                                       


El silencio nocturno se apoya en el borde de mi conciencia, mientras mi imaginación me toma de la mano y me conduce por un bosque de incertidumbres. A la distancia el ladrar de los perros, por un par de borrachos que discuten en la calle, me parece tan lejano, cómo si yo no estuviera presente. Me recuesto en el pecho de mi amada y la calma vuelve a mí, como un suspiro del más allá. Cierro los ojos, me veo desnudo hundiéndome en un gran lago, a medida que las aguas frías me van envolviendo, voy perdiendo la conciencia, el lago desaparece y se transforma en un desierto. El sol golpea mi espalda y me lame la cabellera cual lengua larga y áspera que me hace daño, a pesar de ello, no interrumpo mi andar sin rumbo. Un hermoso corcel blanco me mira impaciente desde la llanura y emprende su galope hacia mí. Su estampa es enorme y me invita a montarle. Lo hago como si fuera un quinceañero y supiera montar (cosa que en mi vida he hecho y menos en pelo), abro mis brazos como queriendo abrazar el mundo, la brisa acaricia mi rostro y el sol se ha vuelto más benevolente conmigo. El caballo danza entre las dunas con una habilidad sorprendente, cierro los ojos, yergo mi rostro al cielo y me abandono al placer. Después de un rato, el corcel detiene su galope, me enfrentan cinco jinetes con vestiduras negras a rostro cubierto, al parecer son árabes. Me hablan a gritos y amenazantes cosas que no entiendo por el idioma y eso parece enfurecerles más. Apuntan con sus rifles y siguen gritando. Con las manos en alto, trato de explicarles que no les entiendo. De pronto y en un acto involuntario, golpeo con los talones el flanco de mi caballo para salir al galope huyendo, mientras los hombres me disparan y me persiguen. Me río como cuando niño y mi padre jugaba conmigo a las persecuciones. Esos momentos eran los más felices de mi vida, sobre todo cuando me abrasaba o se revolcaba conmigo donde me atrapaba y me colmaba de besos, al tiempo que mi madre desde la cocina, nos llamaba la atención. Esos domingos eran perfectos, los tres juntos, el almuerzo especial, los juegos con mi padre, y la siesta con la ventana abierta, dejando que el frescor entrara. Yo no tuve la suerte de ser padre. Ángela no puede, después de varios años de intentos, frustraciones y culpas, las cosas no se dieron, y dejamos de buscarlos. Ahora lo más parecido a un hijo, es el viejo pastor alemán que nos encontramos en una de nuestras caminatas. Publicamos su foto, en las redes sociales y le preguntamos a los vecinos, pero nadie lo reclamó. Cómo si de algún modo, él hubiese tenido por destino, hacernos compañía. Ahora está viejo, y comparte nuestros achaques. Las vueltas que damos en las tardes son cada vez más cortas, se cansa, sus patas traseras ya no le responden como antaño, es parte de la vida nos dijo el veterinario, en su última visita. Ángela se queja, se mueve y dice que me corra, es tarde reclama, queriendo dormir. Ahora sólo dormimos juntos. Recuerdo cuando me la presentó Jorge un compañero de trabajo en el ascensor, ella trabajaba dos pisos más arriba, en un estudio de abogados.

Desde ese momento, la esperaba para almorzar y a su salida. Tomados de la mano, recorría la ciudad de un extremo a otro, lo único que importaba era estar juntos. Cuando empezó a quedarse en mi departamento, nos consumía la pasión. Con el tiempo, la pasión se fue distanciando de nuestros cuerpos cansados y nuestras mentes colapsadas. Todo se va tornando indiferente, y así sin darnos cuenta, ya nos miramos como desconocidos que comparten, el mismo vagón del tren de la vida.

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Enseñanzas del Covid-19


Sin lugar a dudas que el famoso Covid-19, nos ha dejado muchas enseñanzas. A mi parecer, lo más importante es que ya nada parece imposible. Quien iba a pensar que las grandes ligas de fútbol iban a jugarse sin público, que los cantantes iban a dar sus conciertos vía streaming, que volveríamos a estar en toque de queda y que nos obligarían a permanecer encerrados. Sin lugar a dudas lo que el covid-19 nos ha regalado en exceso a través de los estados de cuarentena, ha sido tiempo. Si, sobretodo tiempo para nosotros, para reencontrarnos, para pensar para donde íbamos, tiempo para agradecer de encontrarnos sanos, de valorar tener un ingreso, de tener amigos, pareja, hijos, etc. Tiempo para querer pasear con la mascota, de reconocer la compañía y la ausencia de aquellos seres queridos que están lejos, de las reuniones familiares de antaño, de los asados, de los cumpleaños, del compartir un café conversado, de pasear por la playa, de ir al cine, de ir a comer, hacer deporte. 

El covid-19 logró que volviéramos a ver los cielos celestes, que los animales salieran de sus escondites y se internaran en la ciudad (lugar que antaño les pertenecía), que la gente volviera a mostrar interés por la tierra, por tener un huerto propio. En fin, la lista pareciera interminable, lo importante, es que más allá de la tragedia, este virus, le ha dado al mundo la mayor oportunidad que pudo haber tenido la humanidad. Y es la de replantearse el tipo de vida que llevamos, la posibilidad de re-invertarse. De que nos demos cuenta que el dinero no lo compra todo, ni que existe la famosa seguridad que constantemente estamos buscando. 

Los fines de semanas con los Malls cerrados, nos obligaron a plantearnos nuevas formas de esparcimiento.Quizás por ahí, una vieja guitarra volvió a cantar, unos volantines volvieron a surcar los cielos, nos obligó a contemplar a nuestros ancianos, a preocuparnos por su salud, a verlos con mayor conciencia. Lo simple se volvió un tesoro, comenzamos a valorar los abrazos, los besos, los apretones de manos, etc.. Por eso yo le agradezco al Covid, todo lo que nos ha dado, más que mirar lo que nos ha quitado. Más de alguien dirá y aquellos que murieron por su causa. Sin lugar a dudas que es lamentable el tema de sus muertes, pero así también muchos otros se los lleva el tabaco, el alcohol y las drogas, y a nadie parece preocuparle en demasía. Yo sólo quiero que rescates el lado bueno o positivo del Covid.



 

La mujer del abrigo azul


La mujer se mostraba inquieta, no dejaba de pasearse frente a la puerta del hotel. El recepcionista hizo una seña al botones de turno, para que saliera a ver que podía hacer por ella. Conversó un par de palabras y entró con el rostro un tanto desfigurado ¿Qué sucede? -preguntó el recepcionista. No me lo va a creer, jefe… ¡cuenta ya pues hombre!- reclamó en forma airada. El botones con voz entrecortada - repuso- dijo que venía a evitar un homicidio dentro del hotel ¿Pero de quién? Volvió a preguntar…Hay que llamar a la policía…No, no jefe, exclamó el botones asustado. Me dejó en claro que si lo hacía, me mataría. Pero hombre con mayor razón, voy a llamar. ¡Jefe por favor no lo haga! puede que sólo sea una mujer algo demente…dejemos que pase el tiempo, quizás se vaya. Al recepcionista y botones se le unieron un par de camareras y se corrió la voz, que la mujer del abrigo azul, venía a matar a alguien del hotel. El pánico se sentía en el aire. Las horas pasaban y la mujer no parecía mostrar interés en irse del lugar. Pasadas las 20:00 horas, desapareció de la entrada del hotel, sin que nadie se percatara del instante justo. Quince minutos más tarde, se le veía entrar con un hombre joven tomada del brazo, sonriendo acaloradamente. Vestía muy distinto, era imposible que se hubiese cambiado de ropa en tan poco tiempo. Todo el mundo la observaba nervioso, pero no se daba por aludida, ni siquiera se mostró inquieta con el botones que hacía tan sólo un momento conversara.
Solicitó expresamente la habitación 513, la última de la planta (daba la sensación que conocía muy bien donde estaba ubicada, a pesar de no haber venido nunca antes) Esto inquietó aún más al personal, dado que ni siquiera aceptó otras habitaciones desocupadas y la planta del quinto piso se hallaba totalmente vacía. Se mostró indiferente a las sugerencias de Alberto y exigió la habitación. El frío otoñal se sentía en las escaleras y pasillos del viejo edificio, por lo que tan pronto entraron en el cuarto, pidió al botones conectara la calefacción, al tiempo que dejaba sus guantes en una mesita dispuesta en el hall. Mientras Tomás encendió el calentador, la observaba con atención desmesurada, no le parecía una mujer que pudiera cometer un crimen ¿Sería acaso el joven que la acompañaba el asesino?, o quizás ¿ambos estarían planeando el asesinato de alguien más? Pensó en el resto de los huéspedes que se encontraban alojados, nadie de importancia. De seguro, fue una broma de la mujer. Bajo las escaleras más relajado, pensando que le había tomado el pelo. Conversó su parecer con el resto del personal, y todos terminaron riendo por la humorada. Salvo doña Martina, la cocinera, mujer de años - esas que parecen mosquitas muertas, son las peores- exclamó para sus adentros, antes de volver a la cocina. Alcanzó a abrir la puerta, cuando lanzó un grito de horror. Todos corrieron a socorrerla. ¡Miren, miren! gritaba la mujer señalando la pared. Quedaron horrorizados con el espectáculo. Una de las camareras de la impresión dejó caer la bandeja con loza. Alberto de inmediato tomó posesión de la escena, Juan saca eso -exclamó imperativo- señalando el ratón muerto que se encontraba atravesado con un cuchillo en la pared, y tú Tomás ayuda a limpiar la sangre. Lleven a la señora Martina al despacho del jefe, y tráiganle un té para calmarla.
Debido a la agitación imperante, el doctor Méndez, que se encontraba en los comedores, se ofreció para ayudar y auxiliar a doña Martina. Todos corrían de un lado para otro, y ese ajetreo lo sentían los comensales que cenaban. Nerviosos rumoreaban motivados por los gritos escuchados, a pesar que no lograban entender nada. A los pocos minutos se presentó don Gabriel, administrador del hotel, para calmar los ánimos y ver que todos los huéspedes fuesen atendidos con la mayor premura. Tuvieron que hacer llamar a Jesús, el chef que estaba en su día de descanso, para que viniera a auxiliar con la cena. Tomás el más miedoso de todos, con el nerviosismo se había manchado con la sangre del ratón el puño de su camisa, y en todo momento trataba de estirar la manga de su chaqueta para taparla. El administrador, lo mandó a cambiarse, antes de que se diera cuenta algún pasajero. Los mozos se mostraban inquietos y su servicio era muy deficiente, se topaban o se molestaban entre ellos mientras atendían las mesas, servían el vino por la izquierda, o se quedaban en blanco mientras ofrecían el menú. Hubo uno, que incluso les trajo la cuenta a una pareja de ancianos que recién habían tomado asiento en una de las mesas.
Don Gabriel, que no entendía lo que estaba pasando, fue quien divisó a la mujer de abrigo azul, cuando abordó el ascensor. ¡Señora! ¡Señora! le llamó a viva voz, y retó al personal, porque la mujer se les había colado ¿Dónde está Tomás y Alberto? ¡Qué no están pendiente de la puerta de acceso! gritaba encolerizado. Tomás venía de cambiarse la camisa y Alberto, del baño, había ido a mojarse la cara, para sacar el miedo de su expresión. Tomás ve donde se metió la mujer que acaba de entrar, una que vestía un abrigo azul ¿Abrigo azul? –preguntó Tomás sorprendido. Si hombre una mujer de abrigo azul ¿Qué tiene de extraño? inquirió don Gabriel molesto. Tomás se miró con Alberto y este último le hizo un gesto para que fuera en su busca. Tomó el ascensor, asustado por encontrarse a solas con ella nuevamente ¿Y si está armada, buscando a su víctima? y ¿por ser testigo me dispara a mí también? – pensaba a medida que iba en ascenso al último piso. Justo ahora que me voy a casar, miraba la foto que tenía con su novia en el celular, y el pánico aumentaba. Revisó todos los pisos y de la mujer ni rastro. Estaba por llegar a la oficina de don Gabriel, cuando Jesús entró corriendo antes que él ¡Don Gabriel, don Gabriel! gritaba agitando los brazos ¡ha desaparecido uno de mis cuchillos! Alzó la vista, con cara de disgusto (como diciéndose y por un cuchillo tanto escándalo)… antes de que dijera algo, Jesús comenzó a lanzar palabras sueltas ¡la mujer, el cuchillo, el ratón acribillado en la pared!… ¡Haber hombre cálmate! -exclamó ¿qué es todo este escándalo? En ese momento, entraba Tomás que había escuchado los gritos de Jesús, y con el rostro demacrado dijo – no logré encontrar a la mujer… ¡lo ve don Gabriel, todo calza!…exclamaba Jesús fuera de control. Tomás procedió a contar el suceso con la mujer en la calle, y luego de su ingreso a la habitación 513. Los ojos del administrador se habían inyectado de sangre, aparentemente había sufrido un pequeño derrame, causado por su alza de presión, buscaba con desesperación el frasco de pastillas en el cajón de su escritorio. Señores se dan cuenta en la situación en que nos encontramos, después de estar meses en cuarentena, no podemos arriesgarnos a que nos cierren nuevamente por un asesinato en nuestras instalaciones. ¡Tengo empeñada, hasta la casa de mis padres! por lograr volver a abrir, tenemos deudas millonarias acumuladas, me muero en éste mismo momento, no puede ser tanta mala suerte ¡virgen santísima! exclamaba angustiado mirando al cielo de rodillas. Tomás y Jesús le observaban con asombro, a sus setenta y cinco años, verlo tan desesperado resultaba patético. Pídanle al doctor Méndez, que venga, es un hombre sensato que me dirá que hacer.
El doctor Méndez un hombre delgado, ochentero bien conservado, cliente habitual del hotel, y amigo de la familia de don Gabriel desde años, entró al despacho con la estampa de un mago, se sentó y escuchó a los presentes. Tras un breve instante, luego de darse por enterado de la situación encendió uno de sus puros habaneros que tanto le gustaban y se dirigió al ventanal. Lo cierto es que el tema es delicado señores –exclamó- con su tono doctoral que tanto lo caracterizaba y lamentablemente la hora no nos acompaña – dijo- esto mientras veía su reloj. Gabriel, amigo mío, creo que lo único que podemos hacer, es tener que molestar a los pasajeros y efectuar un control preventivo de temperatura a cada uno argumentando el famoso covid-19, para así poder entrar en las habitaciones ocupadas y descartar la presencia de la mujer en cuestión. Pero eso demoraría una eternidad si lo hiciera yo solo, se requiere que al menos dos personas lo vayan haciendo en conjunto, para así atacar dos pisos a la vez. ¿Dices que la capacidad del hotel son 24 habitaciones y que hay 16 ocupadas?- preguntó dirigiéndose a don Gabriel. Nos tomaría una hora si empezáramos de inmediato. Luego de descartar que los huéspedes se encuentren a salvo, tomaríamos una media hora más para revisar el resto de las habitaciones, y así no tendrías que llamar a la policía. Ahora, si prefieres hacerlo mañana, en un horario más prudente, te arriesgas a que el hecho se consuma hoy en la noche… ¡No, no, no! llamaré a mi mujer para que me consiga el personal adecuado y lo haga llegar. Debemos actuar lo antes posible, por favor, avisen a los comensales y a todo al que encuentren por los pasillos. Yo me encargaré de comunicar al resto. Muchas gracias doctor, no sé qué haría sin su ayuda. 
En los instantes que don Gabriel, se disponía a informar a los huéspedes, se produjo un corte de luz. Rápidamente actuaron los elementos de emergencia, pero al volver la electricidad, don Gabriel había desaparecido. Despertó amordazado en una habitación del sótano, que se disponía para la gente de servicio, en casos de emergencia. Trató de incorporarse, le dolía la cabeza, estaba amarrado de manos y pies. Una mujer bien vestida junto a un hombre joven le observaba desde un rincón de la habitación. Trató de hablar con ellos, pero la mordaza se lo impedía. Ella se acercó, y le enseñó una fotografía ¿La conoces verdad? –pregunto con cierta ironía. Asintió con su cabeza, asustado por su única hija. Resulta que ella es mi hermana, pero no te preocupes, afortunadamente no eres mi padre. Exclamó a viva voz, mientras le daba la espalda y dejaba caer con rabia la fotografía. Don Gabriel, no entendía lo que le acaba de confesar. Nuestra madre tuvo trillizas - continuó- pero tu esposa quería sólo una, así que no dudo en separarnos. Debo decir que la suma que pagó fue considerable, por lo que mamá pudo quedarse con nosotras. Nos criamos en los barrios bajos, pasando penurias muchas veces. Pero gracias al esfuerzo de nuestra madre salimos adelante. Todo hubiera quedado así de no ser porque tu hija enfermó y nuevamente tu mujer acudió con mi madre, para pedirle que una de nosotras le donara un riñón a Cristina, tu regalona, los ojos de papá. Ella se opuso a fuera una de sus hijas, sin embargo, como buena madre se ofreció como donante. Esta vez, no aceptó el dinero. Desgraciadamente murió en el pabellón de cirugía. Supongo que eso lo sabías. Un mes después de velarla, nuestra tía Dolores nos confesó la historia, y nos enteramos de toda la verdad. De la existencia de Cristina, y de la verdadera causa por la que murió mi madre. Hace seis meses, escúchame bien desgraciado, seis meses que vengo planeando como vengarme de ustedes, y es por eso que hoy he venido a matarte. Don Gabriel, sufría un alza de presión y se ahogaba, por lo que trataba de zafarse de la mordaza, emitiendo todo tipo de sonidos guturales ¿Está asustado el gran señor? Comentó, mientras iba deslizando el cuchillo cocinero por el pecho y la barriga. No te preocupes, va a ser una muerte lenta, te infringiré un corte a nivel abdominal, para que te vayas desangrando poco a poco, lo tengo todo bien estudiado. Desesperado trataba de moverse y suplicar su perdón…No me interesa en lo más mínimo tu dinero, por si estás tratando de ofrecérmelo, yo amaba a mi madre, y me la quitaron, es algo que nunca podré perdonarles. Agradezco no haber corrido la suerte de Cristina, sin duda ella recibió lo mejor, pero te imaginas la impresión de saber que su padre fue muerto en una de las habitaciones del hotel, como una simple rata.
Se hallaba presta a ejecutar la incisión del cuchillo a la altura del vientre, cuando entró a la habitación la mujer del abrigo azul. ¡No lo hagas Gabriela, detente! ¿Qué estás haciendo acá? ¿Te dije que no te metieras? Es mi decisión, no intervengas. Gabriela, fue nuestra madre la que murió por Cristina, ella lo hizo por salvar a nuestra hermana, no sacas nada con matarlo a él… ¡No lo entiendes, ellos siempre se salen con la suya! compran esto o aquello, nos utilizan a su antojo, no les bastó con quitarnos nuestra hermana, también quisieron la vida de nuestra madre ¡la vengaré, la vengaré! alzó la mano con furia y la enterró en el vientre con tanta fuerza que el cuchillo quedó incrustado en la piel hasta el puño. Los ojos del hombre se desfiguraron y un sonido desgarrador le brotó de las entrañas, supo que era su fin. Su cuerpo sufría espasmos incontrolables, le brotaba espuma de la boca, la situación se había salido de control. Gabriela en shock, fue sacada de la habitación por su pareja. La mujer del abrigo azul, miró al hombre moribundo con desconsuelo, no había logrado impedir su fatal destino. Se colocó los guantes y limpió la escena del crimen. Apagó la luz, y se dirigió por las escaleras hacia la salida. De pronto, se topó de frente con Tomás, quien quedó paralizado. Le acercó su mano a sus labios temblorosos y repuso - nunca me vistes, está claro- exclamó con voz pastosa, mirándolo fijamente a los ojos. El botones asintió aterrado. Ella desapareció del lugar como una sombra.
Al día siguiente, descubrieron el cadáver. Todo el personal concordó en que la asesina había sido la mujer del abrigo azul, y la policía lo caratuló así.
Un año más tarde, Tomás celebraba su casamiento en la misma iglesia donde se casaron sus padres, los invitados lanzaban arroz a los recién casados. Antes de subir al coche que los esperaba Tomás levantó la vista entre los presente y pudo apreciar la silueta de la mujer del abrigo azul, que le observaba desde la vereda del frente.
                                                        
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La Viuda


La noticia de que Annabell había fallecido, la recibí en el aeropuerto. Acaba de desembarcar del viaje a Buenos Aires. A pesar de que lo esperaba, debo confesarles que la noticia caló muy hondo, de algún modo sentía que la vida le estaba en deuda, no lograba entender porque nunca el destino pudo sonreírle como se merecía. De hecho, sin ir más lejos, era la única mujer que conocí que era llamada viuda sin haberse casado. Es una herencia de mamá me comentó una vez, en su pequeño apartamento en el centro de Paris, su refugio, como lo llamaba. Su madre quedó viuda muy joven, cuando Annabell apenas tenía cuatro años. Para entonces vivían en Southampton. Su padre corredor de Seguros, en un viaje de negocios a North Houtghton, se quedó dormido y desbarrancó su auto, perdiendo la vida. Cómo buen previsor, había contratado una póliza de seguros, que les permitió, continuar con sus vidas. Se lamentaba que su madre fuera una mujer muy poco instruida, que no supo administrar bien el dinero, y que tras la muerte de su padre, comenzara a comer y beber en exceso. Tuvieron que internarla varias veces antes de que se suicidara sólo cinco años más tarde. Su abuela por parte de su padre, se encargó de ella por obligación, nunca la quiso. Solía llamarla la hija de la viuda, nunca por su nombre. A los quince años, se fugó con un infante de marina inglés y se fueron a vivir a Bristol. Duraron sólo un par de meses, se embarcó y nunca más supo de él. Por ser menor de edad, habían fingido estar casados para arrendar la pequeña suite. La dueña de la casona, al no volver su novio, pensó que había enviudado. Por tal motivo, recibió mucha ayuda por su condición, así que decidió asumirla por mucho tiempo, incluso cuando estaba en la Universidad, creyó que le serviría para evitar a los muchachos. Lo cierto que decir que era viuda siendo tan joven, le significó un sello especial entre sus compañeras y los hombres enloquecían por conquistarla. Sabía que todos los que me buscaban era sólo para contarles a sus amigos que habían tenido sexo con la viuda, me comentó en una ocasión. Se concentró en los estudios, y fue la mejor de su clase. Pese a todo, el sino de la viudez, nunca la abandonó, a ratos quería llorar y decirle a todos que era una gran mentira, pero su fama se había extendido más de lo que ella imaginó. Quizás por eso, me permitió entrar en su mundo. Fue en Barcelona, había una convención de cirujanos, y ambos llegamos como traductores. En el break, me acerqué a conversar. Las palabras fluían como una melodía ya aprendida. Quedamos más tarde en una copa en un Bar que yo solía acudir cada vez que visitaba la ciudad. Cuando la fui a dejar a eso de las cinco de la mañana, no tenía ganas de dormir, y hubiera continuado de no ser porque mi vuelo salía en un par de horas. Desde ese día, así serían las cosas con Annabell.
Dos meses más tarde nos encontramos en Brasil. Quedamos en el bar de su hotel, pues precisamente Sao Paolo, no nos parecía interesante. Siempre pensé que estaba soltera y la traté como tal. Eso fue lo que le fascinó de mí, me comentaría tiempo después. La enfermedad de mi padre, me obligó a tomar un largo receso en el trabajo, el viejo necesitaba de alguien que lo cuidara después de la partida de mamá. No era suficiente la enfermera, así que me dediqué a él, lo que le quedaba de vida. De tiempo en tiempo, seguíamos comunicados con Annabell. Una tarde de primavera en que conversaba con un amigo en común, se refirió de ella como la viuda y mi mundo se desmoronó. No quise preguntar detalles, sólo me alejé (errores de la vida, que después te pasan la cuenta). Fue en Varsovia, cuando nos volvíamos a encontrar. Su estampa británica, sobresalía entre las polacas. Nos miramos, sonreímos e hicimos un brindis a la distancia. No me atrevía a acercarme, ahora que conocía su secreto (al menos eso era lo que yo suponía) Y por eso no me hablaste todo éste tiempo, me reclamó en la pieza del hotel, mientras se vestía. No puedo creerlo, ustedes los hombres a veces son peores que nosotras, de verdad no lo puedo creer. Pero ¿que tenía de malo ser viuda? – repuso, al tiempo que se abotonaba la blusa…no sé…traté de contestar, me sentí ridículo. 
Bueno querido, la viuda se va, tengo que regresar a Londres dijo con una sonrisa en el rostro (no recuerdo otro momento en que la viera sonreír de esa manera) Al poco tiempo, me enteré por Serge, que tenía una relación estable con un diplomático Polaco quien había conocido justamente en esa ocasión. Pensé que al fin la vida, le estaba dando un poco de alegría. Cuando nos volvimos a ver en Bruselas, me confesó que su amante polaco la golpeaba, y que la tenía amenazada de muerte si pretendía dejarlo. Se refugió en el trabajo tanto como pudo, asistía a todas las convenciones y eventos posibles, a pesar que en todos lados era vigilada por agentes polacos. Finalmente el maldito amante, encontró con quien sustituirla y la abandonó después de eternos tres años. Para entonces Serge nuestro noble amigo gay (con quien para entonces compartía su apartamento) buscaba como juntarnos, decía que éramos dos almas solitarias que merecíamos estar juntos. Annabell, no era la misma, el polaco había dejado marcas en su vida, y no me refiero a las físicas, aun cuando existían, de hecho en una oportunidad la lanzó escaleras abajo en su mansión y se fracturó la cadera. Aquí tengo el tornillo me decía mostrándome la cicatriz en la cadera. La forma de entregarse también cambió, ya no reaccionaba a las caricias de mis manos como las primeras citas. Decidí dejarla, no me sentía ni me hacía feliz. El trabajo siempre ha sido nuestro aliado, para las almas solitarias. En estos últimos veinte años, no pude mantener una relación estable, en parte por mi trabajo como por un deseo oculto, que no logré entender hasta encontrarme nuevamente con Annabell, a solicitud de Serge. Está muy enferma, sería bueno que vinieras a verla. Cancelé un evento y volé a Paris. En el camino, la voz de Serge, me dio a entender que la cosa era más grave de lo que imaginaba. Cuando entre a su habitación, la encontré demacrada, su pelo antes voluminoso, caía sobre sus hombros sin gracia, y los huesos de las clavículas asomaban cual percha de colgar en el escote de su camisón blanco. Las ojeras y los labios secos, le daban un aspecto tenebroso. Serge nos trajo un té, y nos dejó a solas. Me dio la sensación que anhelaba ese instante con ansias, para su desahogo. Habló de su niñez, de lo que la marcó el apodo de viuda, del rencor contra sus padres, el primero por morir y dejarla sola con la estúpida de su madre, y la segunda por haberla obligado a cargar con sus malas decisiones. La temprana viudez de su madre, le llevó a negarse la oportunidad de ser esposa y luego madre, huyó de todo compromiso, por eso le gustaba lo que teníamos, era una relación ideal, sin ataduras, sin obligaciones, pero cuando la abandoné sintió que verdaderamente había enviudado. Su relación con el polaco, le provocó adicción por los somníferos, era la única forma que encontraba para dormir, luego necesito de fármacos más fuertes. Por eso, el cáncer encontró un nido fácil donde encubarse, debido a sus bajas defensas, que avanzó como un reptil a su antojo. No quisiera culparte de nada –repuso en su lecho- sólo contigo logré ser yo. La noche parisina, asomó por la ventana, y el cansancio de la velada, la obligó a dormir. Me quedé dos días a su cuidado, la mayor parte del día me acostaba a su lado y le contaba de algunos viajes, o recordábamos los nuestros. A ratos me parecía verle sonreír, pero no estaba seguro sino era más bien, una mueca de dolor. De la agencia, insistían en que volviera al trabajo, era urgente que viajara a Buenos Aires. Cuando me despedí, de algún modo presentí que sería la última vez, quise soltar el llanto, pero me contuve. Antes de que la dejara me tomó la mano y me pidió le hiciera una promesa… si claro, lo que tú quieras- contesté - prométeme que siempre seré tu viuda preferida. Lo prometo Annabell –respondí - y logre ver en sus ojos una brizna de luz, antes de que los cerrara.

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Otra mirada al COVID-19



La mayoría de las personas se anda lamentando por la situación del país, de la pandemia, de la famosa “normalidad” o la “inseguridad” y se me viene a la memoria la visión de un hámster encerrado en su jaula, a quien sacaron su rueda donde solía caminar o correr (sin avanzar) y que sólo anhela la vuelvan a colocar para subirse en ella, en vez de pensar en la libertad de escapar de la jaula. El ser humano ha estado tan dormido, tan atrofiado como ser, aplastado por las grandes familias que dominan el mundo, que casi ha perdido la capacidad de pensar, de volver a plantearse cosas profundas, como ser ¿A que vinimos? ¿De donde vinimos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué estamos vivos?, en fin. Esas preguntas hoy, más bien parecen sacadas del guion de una trama de teatro del absurdo. Estamos tan empobrecidos espiritualmente que sólo anhelamos volver a ser los esclavos laborales, volver a endeudarnos, volver a trabajar bajo un horario con exigencias lapidarias de jefes, que nos estrujan hasta más no dar, porque ellos así cumplen con metas y objetivos de otros. Como si el único objetivo porque nacimos fuera comprar y acumular esto y aquello. Así, se burlan de cada uno de nosotros, mostrándonos la fantasía del poder económico, aunque mientras más tienes, más pobre espiritualmente te conviertes. Pero ellos tienen el poder de manejarnos, de hacernos creer que ese es el camino, y lo peor es el costo que piden para ello, que estemos dispuestos a sacrificar lo más preciado que tenemos, y que es la dignidad, la grandeza espiritual (que no se compra ni se vende) eso fue lo que nos dio sentido y fue la llave para nacer. , somos dignos de la felicidad, de mantenernos con esa integridad y entereza que nos llevó a ser capaces de alcanzar el éxito entre más de 250 millones de rivales (promedio de espermatozoides en una eyaculación), pero hemos perdido la brújula, por andar corriendo tras la zanahoria. No es de mi interés, analizar de donde salió el COVID-19, si es real o no, si fue fabricado en laboratorios o no, sólo me detengo a ver su efecto.
Ha sido una tremenda oportunidad para replantearnos, donde estamos parados, ver como los medioambientalistas tenían razón cuando decían que estábamos matando el planeta, como hemos destruido el hábitat de tantas especies, como hemos perdido la capacidad de comunicarnos más que con caritas y abreviaturas. Por eso, los invito a que le den otra mirada a éste maravilloso colapso mundial, miren la naturaleza, hagan una mirada interior, y cuestiónense en que clase de persona son realmente. Desde que tengo uso de razón, me planteaba ¿qué pasaría si el día que vivía fuera el último? y no con un afán masoquista o depresivo, todo lo contrario, mi mirada era en el sentido ¿Qué fue lo que le entregué al mundo, que dejé para la posteridad, valió la pena que yo hubiera vivido, a quien ayudé, a quien enseñé, de quien aprendí, a quien amé, quienes me amaron? y puedo decirles que mi único propósito de la vida, es disfrutarla y ser feliz, porque la felicidad no es un instante, es una forma de vida. Por eso, deja de lamentarte, y aprovecha esta oportunidad, para que te detengas a pensar, para que vuelvas a sentir, a disfrutar de las cosas simples, a mirar al otro, a valorar la fidelidad de tu mascota, y que el verdadero sentido de la vida, es que vinimos a ser felices. Un abrazo lleno de energía positiva, y ¡¡¡ya córtala de lamentarte!!!  


El Pozo




El vapor de mi taza de té me hace divagar, como cuando era niño y necesitaba un momento de evasión, entonces en el patio de la casa de la abuela subía al damasco a contemplar el vuelo de las aves, para imaginarme ser una de ellas y planear por los cielos sin límites. Quería de algún modo entender este momento. Su interpelación, me estallaba en la cabeza. Quién iba a pensar que a mi edad iba a estar pasando por estas circunstancias. Una buena mujer me recriminaba ofendida el hecho de que no la mirase como tal. No me salieron las palabras, me sentí acosado como un adolescente, incapaz de poder explicarle que la quería sobre todas las cosas, y que ese mismo sentimiento me impedía pensar en tocarla. Una taza de té sin azúcar, fue lo que pedí me trajeran, necesité un tobogán de minutos para volver a mi infancia y sentir ese amargo sabor en mi boca, cuando mi madre no tenía dinero y nos decía “tecito sin azúcar no más” con un tono, que no admitía el reproche de sus cinco hijos. Siendo el hermano mayor y único hombre, me tocó apoyarla y cuidar de mis hermanas menores, mientras fueron niñas. Puedo evocar las tardes de invierno acompañándola a dejar la ropa que lavaba los fines de semanas. Mis hermanas se repartían las labores de doblado y planchado. Eloisa la menor, ajena a nuestra realidad, solo jugaba con sus muñecas (como si supiera lo que le deparaba el destino) A los quince quedó embarazada, y mi madre se la entregó a aquel hombre veinte años mayor. Aquel día llovía, como si el cielo entero fuese cómplice de la pena de mi madre. Esa noche después de cenar, con la vista pegada en el plato como si estuviera orando exclamó – “una boca menos” dijo con su voz pastosa, y nadie dijo nada.
Ninguna de mis hermanas tuvo una buena vida, maridos bebedores y golpeadores, las persiguieron como una maldición, la misma que siguió a mi madre por años y que tuvo que soportar por nosotros. Hasta el día que cumplí quince, ya con la fuerza suficiente para sostener el hacha me enfrenté a mi padre en el comedor. Vio mis ojos tan llenos de odio y decisión, que no tuvo más opción que marcharse. Lo hizo esa misma tarde, y mi madre nunca más lloró.
Tal como se lo prometí, la acompañé hasta el final de sus días, mientras en el curso de los años contemplaba a la distancia, los tristes destinos de mis hermanas. La mayor murió de cáncer a los 45 años, fue la última vez que nos vimos. Me dio lástima, verlas tan apagadas, tristes y envejecidas, sentí compasión. La misma que me llevó a recibir a Teresa, un día de verano cuando llegó con su pequeña en brazo, casi desfalleciente. Llevaba casi veinte horas huyendo a campo abierto de su marido. Me pidió refugio. La casa de los abuelos por parte de mi madre (que me fue heredada) era amplia. Le dije que podía ocupar una de las piezas que antaño ocuparon mis hermanas.
Desde el primer momento vi en Teresa el reflejo de ellas y la cuidé y protegí, como me hubiesen gustado que alguien lo hubiera hecho con las mías. Un día su marido, logró dar con su paradero, entonces lo enfrenté, con la misma hacha que sostuve de muchacho contra mi padre. No fue necesario llegar a más, la maldijo de mil formas, pero se alejó. Desde ese día, se desvivía por atenciones para mí (a pesar de que yo insistía que no era necesario) Me obligaba a cambiarme de ropa y se preocupaba de lavármela, cocinaba y mantenía la casa limpia. Por las tardes, me gustaba fumar tabaco contemplando el crepúsculo y me quedaba hasta tarde junto a mi perra. Una de esas veces me preguntó porque nunca me había casado. Le conté parte de mi historia y que la vida me había encargado el cuidado de mi madre y de mis hermanas cuando joven, por lo que no tuve tiempo para pensar en una mujer (Las necesidades de hombre, las descargaba en los burdeles del pueblo, claro que eso no hubo necesidad que se lo contara, lo dio por sentado) Después ya me sentía demasiado viejo para esas cosas. Cualquier mujer estaría feliz de ser su esposa me respondió antes de irse a acostar (Debo ser sincero, que no le tomé mayor asunto al comentario en su momento) Con el pasar del tiempo, me fui acostumbrando a su compañía y a su hija. Sin proponérmelo, comenzamos a parecer una familia. Sobre todo, cuando la niña tuvo que ir a la escuela. Al principio su madre iba a dejarla y buscarla, luego decidí acompañarlas y todo el mundo comenzó a hablar de nosotros. Teresa se tomaba del brazo, y la niña se aferraba a mi mano. Los vecinos me saludaban contento de que hubiese encontrado una mujer al fin. Yo dejaba que la gente pensara así, me hacía sentir bien. Era una buena mujer, pero yo la quería como una hermana. Pero el diablo metió su cola, e hizo enfermara de gravedad. La fiebre la consumió por tres días seguidos, fue entonces que me di cuenta que su presencia me importaba más de lo que pensaba. El médico me recomendó extremo cuidado y reposo. Me tocó atenderla (con la misma dedicación que lo hiciera con mi madre) y disfruté hacerlo.
Casi sin pensarlo, mis labores se fueron resumiendo sólo a su cuidado. Patrón, vaya a atender el campo- me decía Gertrudis (mujer que me ayudaba con las cosas de la casa) Con el paso de los días, me fui acostumbrando a contemplar los atardeceres en compañía de Teresa, mientras Matilda se quedaba dormida en mis brazos. Me decía que, si Matilda llegara a necesitar de un padre el día de mañana, no podía haber uno mejor que yo. Me parecía un halago, yo solo sabía de la crianza de animales, muchas vacas y yeguas habían parido con mi ayuda. Hasta la negra, esa perra que llegó flaca y desnutrida, tuvo cachorros. La mayoría de ellos aún me acompañan. He sido hombre de campo, medio bruto, medio ignorante, pero que sabe bien de llevar un campo. En eso, no me la ganaba nadie. Mi madre siempre me lo recalcaba, no hay nadie que sepa trabajar mejor la tierra que tú Moisés (me puso así, por el profeta, era muy apegada a la religión)
Un día Matilda, llegó del colegio sombría. Yo no sabía mucho de cosas letradas, pero en cosas mundanas era hábil y astuto como un zorro viejo, de inmediato me di cuenta que algo pasaba. La encaré en su habitación a solas. A la mañana siguiente, la llevé al colegio, y el hachazo que quedó marcado en medio del escritorio de su profesor de matemáticas, fue el mensaje para cualquiera que quisiera ponerle un dedo. No contaba, eso sí, que Teresa me estuviera esperando, para reprenderme. No puedes andar arreglando las cosas con el hacha Moisés, debes aprender a comunicarte de otra forma. Me lo dijo con tanta dulzura,  asentí como un niño , y la guardé en el establo (y nunca más volví a ocuparla, salvo para cortar madera)
Los días transcurrían simples, me leía novelas que me hacía comprar cada fin de semana en el pueblo, me sentía un hombre distinto al lado de Teresa. Sin embargo, pese a todos mis cuidados y a los remedios caseros de doña Gertrudis y otras doñas, Teresa no se recuperaba. Una tarde, me pidió que hiciera una gran fogata en el patio. Reímos, bebimos como nunca, hasta a Matilda le dio por bailar. Antes de la medianoche, la acompañé a su dormitorio, se mostraba cansada. Sin mediar ningún preámbulo, me preguntó si en todos estos años, no hubo ni siquiera un día, en que yo la hubiese mirado como mujer. A mi negativa, prosiguió – ¿me encuentras muy fea, o soy poco atractiva? yo he tratado de arreglarme para ti…lo sé la interrumpí y te lo agradezco, pero es que con el tiempo no estoy seguro muy bien de lo que siento por ti, no sabría distinguir si es amor, cariño o costumbre, pero sé que es muy especial lo que me provocas. Y entonces ¿por qué nunca me has buscado como mujer? – preguntó molesta. Porque te respeto tanto que no podría tocarte…repuse. Ah claro, pero para revolcarte con las cochinas del pueblo sí que puedes ¿qué tienen ella que no tenga yo? dime Moisés – replico mucho más enrabiada. La diferencia Teresa es que tú para mi eres una mujer especial, digna de mi amor, de mi admiración, de mi respeto y por eso no debo tocarte…Esa noche la vi desilusionada, por más que quise explicarle mi posición, se sintió despreciada. Los siguientes días, casi no me hablaba. Gertrudis pasaba el mayor tiempo con ella, y también me miraba con reproche. Hasta Matilda, me manifestó su desprecio. Comencé a volver a mis tareas del campo, para ocuparme y que mi cabeza no me aturdiera. Entonces, fue cuando mandó a llamarme.
Quisiera pedirte perdón Moisés, me dejé llevar por las pasiones como una tonta mujer y no entendí tu forma de amar tan pura. Lamento que no me quede más tiempo, para agradecértelo…No tienes que agradecerme nada Teresa – interrumpí…Sí, Moisés he sido la mujer más feliz del mundo todos estos años a tu lado, pero anoche supe que ya no me queda mucho tiempo…no digas nada – repuso- antes de que yo pudiera decir algo, necesito pedirte un último favor – en su tono había cierto dejo de nostalgia, que me hizo un nudo en la garganta. Quiero que construyas un pozo frente a la casa … ¿un pozo? pregunté y ¿para qué quieres que haga un pozo? y más encima frente a la casa… Será mi forma de agradecerte todo lo que has hecho por mí, y por Matilda…no alcanzó a decir más y se quedó dormida en mis brazos.
Tres días más tarde, le pedí a la negra (mí perra) que me indicara donde hacer el pozo. Como si me entendiera cavó enfrente de la casa, justo donde Teresa había dicho. Tomé la pala y comencé a cavar, diez días me tomó terminarlo. Matilda y Gertrudis realizaron los detalles finales, lo pintaron de blanco y colocaron unos maceteros con lindas plantas y flores. Pasaban los meses, y el pozo seguía ahí, sin actividad alguna, y en el fondo apenas un incipiente caudal de agua. No podía entender porque Teresa había pedido su construcción.
Cierto día, llegó un perro famélico, casi moribundo. Matilda, se encariñó de inmediato con él, por lo que acepté se lo dejara. Desde el primer día el perro hacía todo tipo de intentos para beber del pozo. Matilda sacó agua en un balde y le dio de beber. A poco andar, el perro se recuperó casi milagrosamente. Matilda no dejaba de hablar del pozo milagroso, cómo lo bautizó. La noticia corrió pronto por el pueblo. Cierta mañana, una familia llegó con una abuela en estado vegetal, pidieron agua del pozo para la anciana. Llenaron una botella y se fueron. Dos semanas más tardes, la fama del pozo de los milagros trascendía cerros y montañas.
Desde entonces, no falta el día, que llegan pidiendo beber o poder llevar agua a algún enfermo, y aunque no existe una napa natural que lo alimente, el pozo nunca se vacía.
Una tarde Matilda, me preguntó - ¿mi mamita está haciendo milagros verdad Moisés? (sabía que se refería al pozo), la quedé mirando y abrazándola le dije- ¡claro mi pequeña! (hacía tiempo que el mensaje de Teresa me había sido descifrado).
Miré el horizonte, y el atardecer me pareció más bello que nunca en compañía de Matilda, el pozo de Teresa, la negra y los perros que jugueteaban y ladraban a la distancia.

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La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...