Cambio de piel


La madrugada de aquel sábado de octubre, le pareció más triste que nunca. Los diez años que llevaba separado, se agolparon en la puerta para recibirle, causándole una sensación de soledad que le apretó el pecho. Su sombra estirada en el pasillo, única compañía en ese instante, le gritó su cruda realidad. Aunque se resistía a aceptarlo, no tenía a nadie que se preocupara ya por él. Ni siquiera sus amigos más cercanos, se habían hecho de un tiempo para acompañarle. Antaño hubiese sido todo jolgorio, distracción, puerilidad absoluta, celebrando su cumpleaños en un distinguido bar, donde el licor y las mujeres fáciles, le hubiesen hecho olvidar tanta miseria. ¿Que significado tenía ahora ese aire helado que circulaba, aún a pesar de estar prendida la calefacción? Dio una ojeada a su alrededor, como intentando encontrar una respuesta. Su departamento le agradaba, le proporcionaba el lujo que él se merecía, un abogado de éxito, envidiado por muchos, admirado por otros. De modo nervioso se puso a revisar sus bolsillos, por si hubiese perdido algo; pero su billetera fecunda y su chequera con todas sus tarjetas dispuestas selectivamente, estaban como las había dejado. No había algo que justificara, su estado sobresaltado. Pese a ello, la sensación que nacía de su tórax, no cedía. El fino sofá donde se había desplomado, no le entregó el cobijo que deseaba, por lo que decidió incorporarse e irse a dormir.

Entonces el cuadro que tenía enfrente cayó estrepitosamente, causándole tal desasosiego que terminó por confundirlo por completo. Desde el clavo que sujetaba una replica de Van Gogh, comenzó a formarse una pequeña grieta que se abría paso por la desnuda muralla, como los dedos de un sismo. Se desabrochó la corbata, el aire comenzaba a enrarecerse. Súbitamente, desde el interior de la grieta salió una gran cobra con sus fauces abiertas y se le fue encima. La cabeza del ofidio quedó frente a sus lentes, los que fueron lamidos una y otra vez por su larga lengua bífida en constante movimiento. Pudo ver entonces como la mandíbula dilatada de la cobra se expandía de modo impresionante, dejando entrever una cavidad rosada que terminó por atraparlo por el cráneo. Los filosos colmillos acanalados se clavaron cual estacas y la punzada en su cerebro, casi lo hace desfallecer del dolor. Perezosamente, la serpiente se fue enroscando en su cuerpo, haciéndolo prisionero, las continuas contracciones de la mandíbula lo succionaban con tal fuerza, que sus intentos de resistencia eran en vano, teniendo sus brazos atrapados trataba con los pies de asirse de algún objeto que le permitiera aumentar su resistencia. Pero el avance de la mandíbula no se detenía y sus extremidades iban pasando entre sus vértebras. No podía ver nada dentro de este frío agujero húmedo, que emitía un hedor putrefacto como nunca imaginó, el tejido adiposo del reptil se apegaba en su rostro de modo repulsivo. Los continuos movimientos elásticos y la presión ejercida sobre él era tal, que pensó que su cuerpo estallaría fragmentado en mil pedazos. En su desesperación giró su cuerpo y la hebilla del pantalón se trabó en los colmillos superiores; lo que atemorizó al ofidio, que mordió instintivamente a la altura de su ingle penetrando pesadamente el veneno en su cuerpo. La pierna derecha fue la primera que sintió el efecto, tiritones incontrolados se apoderaron de ella, las sacudidas eran tan violentas que el zapato salió disparado; un ardor espantoso se filtraba a través de su sangre como abriéndole las venas, quería gritar, pero la mucosa de las cavidades internas del ofidio se colaba por su garganta, ahogando su lamento. Minutos más tarde, en un acto casi benevolente la cobra distendió sus mandíbulas, al saber que su victima agonizaba. Desfalleciente podía aún percibir como la serpiente recogía su cuerpo arrastrándole por la habitación, para introducirse en el agujero irregular que dejó la grieta. A veces para avanzar el reptil debía contraer su cuerpo, oprimiendo aún más lo que quedaba de su ser.

Cansada por la batalla librada, se quedó inmóvil. Él con los ojos cerrados ante una oscuridad infinita pensó que así era la muerte, su corazón aún lograba latir imperceptiblemente, por lo que deseaba que el veneno hiciera prontamente su efecto. La cobra había enrollado su cuerpo y el peso le aplastaba la cara, por lo que no podía mantener la boca cerrada. Perdió totalmente la conciencia y noción del tiempo. ¿por qué tal agonía? se preguntaba, ¿por qué no partía de una vez?, por vez primera deseaba besar la boca de la muerte y no soltarla como si ello se asemejara al mayor de los orgasmos. Lentamente su esqueleto iba cediendo ante la presión, pudiendo sentir como sus huesos iban siendo triturados, mientras sus vísceras reventaban bañando de sangre las paredes del intestino del reptil. Pensó que ese aparente grado de lucidez venía de un estado en trance a la muerte, y fue sintiendo como las dilataciones y contracciones del cuerpo escamoso lo fueron paulatinamente desintegrando.

Habiendo ya perdido la conciencia del dolor, entendía que era su alma la que se mantenía en una absurda vigilia, contemplando tal destrucción. Atrás quedaban sus preocupaciones banales, sus compromisos sociales, su historia, sus bienes, que anodino se veía todo ahora que se hallaba consumido en el intestino del ofidio aquel. Pese a que el dolor lo había abandonado, y ya carente de sus órganos vitales, y tomando conciencia que a pesar de todo, su alma se encontraba presa como los restos de su cuerpo, comenzó a llorar, lloró de impotencia, de pena, al darse cuenta de la insignificante vida que había llevado todos estos años, lloró por su soledad, por haberse llenado de cosas y sentirse tan vacío, lloró por no haber amado realmente nunca, por no haber tenido hijos, por haber abandonado a su mujer, lloró como cuando era niño, y su padre no le daba lo que él le pedía, aún a sabiendas que no podía, lloró por olvidarse de su madre y su hermana, por olvidarse de sentir, por olvidarse de llorar, lloró, lloró hasta perder el último halito de conciencia

Tres días más tarde, cuando su hermana entró en su departamento, preocupada por no saber de él, ni recibir respuesta a sus constantes llamadas, se encontró con un espectáculo que le heló la sangre. El cuadro seguía aún en el piso, la grieta en la pared olía a tragedia, los muebles del living permanecían desordenados, una lámpara rota, su ropa tirada por todas partes, la escena hacía prever que alguien había atacado a su hermano y éste intentando defenderse, se había llevado la peor parte. Quiso gritar y salir corriendo, pero en vez de ello, se dirigió a su habitación esperando hallarlo herido e incluso lo peor. Extrañamente todo estaba en orden, abrió las cortinas de su dormitorio que mantenía ese olor a limpieza que lo caracterizaba. Llamó al conserje de turno del edificio y éste le indicó que no sabía nada de él. Su secretaria, estaba también preocupada, pues no contestaba sus llamadas. No podía entender nada. ¿Qué le pudo haber pasado? se preguntaba una y otra vez, llenándose de interrogantes su cabeza. Pasó el resto del día, llamando a hospitales, funerarias, amigos, nada. A su hermano, la tierra lo había tragado. No se atrevió a llamar a la policía, y menos contarle a su madre, después de encontrar en la tina, su billetera con todas sus tarjetas y dinero flotando.

Una tarde de invierno, luego de cinco años sin saber de él, su hija entró en su habitación, gritando mamá, mamá, el tío está en Internet, sale en un video con una serpiente enorme. ¿Qué dices corazón?, ¿Dónde? muéstrame…ven, ven mamá, acompáñame… Juntas se sentaron frente al computador, para ver un espectáculo que se desarrollaba en la ciudad de Bangladesh donde un hombre con el torso desnudo, vistiendo un pantalón blanco, se enfrentaba a una cobra real en un escenario al aire libre. Delgado, de tez bronceada, cabellera larga, e hirsuta barba, aquel hombre se enfrentaba a la cobra con tal osadía que deslumbraba, no utilizaba ningún tipo de protección, y parecía no tener intención en esquivar los ataques furibundos de la víbora. Los movimientos de ambos se convertían en una danza, donde la magia y el poder entre la fauna y el hombre se mezclaban en una fragancia que mantenía cautivos a todos, turistas y curiosos quedaban hipnotizados por la energía que emanaba de tal enfrentamiento. Hombre y reptil se estudiaban, primero con movimientos aletargados y luego con contorsiones armoniosas que bajo los tonos purpúreos de un atardecer pintado sobre las aguas del río Ganges llegaba a su clímax cuando el hombre acercaba su rostro al ofidio, provocando que sus lentes fuesen lamidos por la inquieta lengua del reptil, mientras los turistas impactados hacían destellar los flashes de sus cámaras tratando de dejar eternizado aquel instante.

****

Nunca una llamada


Por fin había llegado el momento, la complicidad de las miradas, ese deseo incontenible que nacía a borbollones de sus cuerpos jóvenes. En tanto, en el comedor sus padres fingían conversar y cada cierto rato, daban sus rondas por el living, interrumpiendo los íntimos momentos que se creaban entre ella y Simón. Estaba inquieta, sus pequeñas manos sudaban y apretaban su falda de colegio, que dejaba a la vista sus puntiagudas rodillas blancas. Él se acercaba lentamente a sus labios. El corazón le saltaba dentro de su incipiente pecho, no quería que como tantas otras veces, él se arrepintiera vencido por su timidez. Justo, en el instante que iba a ser besada, escuchó su nombre.

¡Srta. Daniella! ¡Srta. Daniella! ¿Está de acuerdo con mi posición?-dijo el hombre con voz tosca y enérgica.

La abrupta realidad, estaba ahí. Frente al señor Ramírez. Como si le hubiesen dado una bofetada en su rostro, sintió que aquel hombre le había arrebatado su tan anhelado beso, dejándola con su boca abierta como pescadito, expuesta a las burlas de sus compañeros. Por eso, mucho más que otras veces, odio al viejo de matemáticas, y juró vengarse por ese bochorno. Le odiaba, odiaba a ese viejo de cara ácida, siempre engominado, siempre pulcro, educado, y bien comedido, que nunca se salía de sus cabales, aún ahora, que ella, muda, con una aparente inexpresión en sus facciones, le miraba sin contestar. Él, con las manos tras su espalda, se bamboleaba en sus talones, no quitándole la vista y esperaba con su flemática postura, su respuesta. El curso, en tanto, empezaba a inquietarse por el silencio reinante en el aula y la testaruda posición de ambos. Ella amurrada en su asiento, con la cabeza gacha mirando el suelo, no cedería ante nada.

El señor Ramírez, con su mirada altiva, se decía para sí - esta mocosa, ¿Creerá que puede conmigo? el profesor con más alto grado de calificación del colegio…

Lo sacó de sus cavilaciones, la intempestiva llegada del inspector que asomó su cabeza motuda a través de la puerta. En voz baja le murmuro algo al oído y desapareció de inmediato. El tiempo se detuvo en ese minuto, el piso se abrió bajo sus pies, como una grieta lóbrega dejada por un gran terremoto. Su mirada pérdida, buscaba un motivo. Daniella desapareció de su mente. Miró la hora, una y otra vez, como quien lo hace sin mirar, palpaba su chaqueta tratando de encontrar algo entre sus ropas, buscó sus lentes, al tiempo que sacaba su pañuelo perfectamente planchado y almidonado, como a él, tanto le gustaba. Con el rostro demacrado y lento andar, se aproximó a su escritorio, tomó sus libros, uno a uno y los dejó perfectamente ordenados. Los estudiantes, atentos le observaban, entonces con una voz lánguida y pastosa exclamó: “Niños, debo ausentarme unos minutos, por favor, sigan ejercitando las ecuaciones que vimos ayer”, se acomodó los lentes y abandonó la sala.

Gran parte de los alumnos desató una algarabía, unos pocos quedaron preocupados. El Sr. Ramírez, era un hombre que habitualmente, no expresaba sus estados de ánimo. Era la primera vez, que se le veía, desencajado, inquieto, inseguro, su estampa conservadora, había tambaleado luego de la visita del inspector.

¿Te fijaste en su cara? le decía una compañera a Daniella, que lo único que tenía en mente, era la venganza, fundada en ese odio descomunal que el viejo Ramírez le provocaba, y en especial por aquella tarde.

En sus más de treinta y cinco años de profesor, y veintinueve de casado, nunca había recibido un llamado en el colegio, menos de su esposa, aún cuando sus hijas estuvieron enfermas. Ella sabía, lo mucho que le incomodaba. Aunque alguna veces, le había recriminado, el no poder llamarle al colegio, y en todas, recibió la misma respuesta “sabes que no me gusta que lo hagas, yo voy al colegio a dictar clases, me debo a mis alumnos”…o bien, “puedes perfectamente conversar conmigo para cuando llegue a casa, antes no puedo hacer nada”, frases que emitía con ese tono plástico y distante que no aceptaba objeción alguna.

El pasillo se le hacía eterno, el dibujo de los mosaicos, se transformaba en una enorme serpiente que se enrollaba entre sus pies, traspasándole la frialdad de sus entrañas. El gris de la tarde otoñal, se acurrucaba como un indigente vetusto entre los asientos del patio del colegio, mientras los árboles con sus ramajes desnudos bajaban la mirada. La presencia de la Directora al final del pasillo, le provocó mayor angustia, sus pasos tambaleaban. Se arregló bien el nudo de la corbata, mientras rumiaba ¿Qué diría? ¿Cómo se excusaría por aquella impertinencia? más aún, proviniendo de su vecina, una mujer vulgar, a quien no dirigía más que el saludo, y que solía esconderse cuando lo veía llegar a casa. Esta mujer, tenía fama de ser indiscreta ¿Cómo pudo molestar a la Miss.?

Daniella, melancólica por Simón, contemplaba a través de la ventana, buscando entre las nubes grises alguna golondrina que le trajera el beso de su amado. Desde que el chico nuevo había llegado al vecindario, sólo pensaba en él. Vestido con esos jeans gastados y luciendo un corte de pelo poco tradicional respecto de sus amigos, se transformó en el amor de su vida, sólo que tal vez, él, aún no lo sabía. Hasta ahora su relación no pasaba de una linda amistad, a pesar que ella fantaseaba con cosas diferentes. Una hoja seca, pasó rozando la ventana, y las sacó de sus ensueños como recordándole que la vida continúa. El odio al Sr. Ramírez había menguado. Se asomó entonces al pasillo, y vio que conversaba con la Miss., en las afueras de su oficina.

El profesor tomó el teléfono, aún indispuesto y saludo cortésmente con ese tono distante que solía usar con la gente que él no consideraba a su altura. Se disponía a reconvenir a la mujer, cuando fue interrumpido. La voz entrecortada de su vecina, sólo atinó a decir, la señora Mercedes, la señora Mercedes...y soltó el llanto. No hizo falta más nada. La fiebre de tres días continuos, le había pasado la cuenta. Tras un silencio sepulcral, murmuró - entiendo, gracias por avisarme. Colgó el auricular, y se dejó caer en la silla dispuesta en la habitación, mientras todo giraba a su alrededor. La Miss. en la penumbra, le contemplaba silente. Le conocía desde sus inicios, llevaban recorrido muchos años juntos. Lo consideraba un hijo. Se acercó y posó su rugosa mano sobre su hombro. Él la palmoteo delicadamente, sin decir palabras. Nunca una llamada, esa era la regla, esa maldita regla, que él había impuesto, y su mujer la había respetado hasta el día de su muerte. De pronto, el Sr. Ramírez se desplomó sobre la mesa y soltó el llanto. Nunca una llamada, nunca una llamada, se reprochaba con un lamento desgarrador. La pena que le invadía era tan grande, que su pequeña contextura parecía no ser capaz de resistirla.

Asomada a la ventana de la dirección, Daniella contemplaba la escena, ¿Qué habrá pasado? pobre señor Ramírez - pensó, al tiempo que se retiraba por el pasillo de vuelta a su sala.

A la distancia se escuchaban los gritos de sus compañeros. Un remolino de hojas secas comenzó a danzar por el patio del colegio, como un niño revoltoso que sólo pensaba en jugar. Daniella sonrió y corrió a jugar con aquellas golondrinas de colores amarillentos, mientras en aquella tarde otoñal, sus sueños volaban en busca del aquel beso que nunca llegó.

****

La visita



Mamá ¿me va a doler?
No, mi amor –contestó ella, no pudiendo evitar que la pregunta de su nenita, le desgarrara el alma. A pesar que estaba con ayuda de su sicóloga preparándose para la partida de Sofía, no se resignaba a lo inminente. Tenía su manito tomada, acariciaba sus deditos, y apretaba su palma, como queriendo evitar que la temperatura bajara. El doctor, le había informado muy temprano, en su visita diaria, que partiría en cualquier momento, de hecho había ordenado, retirarle el respirador artificial.
Era una tibia mañana, el sol espiaba por la ventana tímidamente y sólo la luz se hacía presente. Guirnaldas de frío se colaban por la ventana entreabierta y despeinaban las rosas dispuestas frente a la cama. La televisión mostraba un programa para niños. Sofía miraba despreocupada.
¿Cuando sea de noche, voy a partir?
No lo sé, mi amor.
Yo prefiero que sea así, por que seguro que estando dormida, no voy a sentir nada. Ayer, cuando estabas en la cafetería, vino un angelito a mi habitación y me dijo que pronto jugaría con él, que no me preocupara, que había muchos otros niños como yo felices en el cielo. Ah!, me dijo que te lo contara, para que no siguieras teniendo penita.
La madre, no soportó el comentario de su hija, y se incorporó hacia la ventana. En el jardín del hospital, niños sanos jugaban. ¿Por qué su niña debía partir? ¿Por qué Dios era tan injusto? Se decía mientras apretaba sus manos empuñadas.
Mamá, salúdalo.
¿A quién?
A mi amigo, el angelito.
No lo veo mi amor.
Te está saludando, mueve la manito mamá.
La madre estiró su brazo y la movió en son de saludo, en la dirección que su hija le decía. Su hija también comenzaba a despedirse con una sonrisa. Se fue quedando adormilada, y su carita recostada en la almohada se veía angelical.
Le acomodó su pelo, le besó la frente, y se derrumbó en la silla a su lado. El llanto se le escapó del alma, despedazándola, el último hálito de fuerza, se iba con su hija, estaba deshecha, desconsolada, la pena le invadía el alma, y su piel despedazaba a jirones iba quedando esparcida en el suelo. Con pasos involuntarios abandonó la pieza. En el pasillo, escuchó niños, creyó reconocer la melodía de la risa de Sofía, giró la vista, y vio a su niña corriendo con su camisón rosado mientras el angelito trataba de alcanzarla.

***

No estoy pensando, estoy sintiendo, contesté


La fragancia bañó tu cuerpo,
después de habernos amado.
El brillo de tus ojos pardos,
se refugió en mi mutismo, y
nos quedamos mirando,
acurrucados, sorbiendo aún
los últimos resabios de placer.

Quise decirte tantas cosas y
guardé silencio,
tu mirar inquieto,
revoloteando como una mariposa,
se posó en la punta de mi consciencia,
y entonces preguntaste,
¿en que piensas?,
no estoy pensando, estoy sintiendo, contesté.

Nuestras piernas se entrelazaron,
las sábanas guardaban el elixir de nuestra pasión,
con un beso,
quise decirte mil te quiero,
tu mano se posó en mi cabellera,
y nos encontró ausente la oscuridad.

Mi mano buscó la tuya, tus ojos se cerraron
besé tus labios suaves, dulce nácar,
el tiempo se quebró al posar sobre tí mi cuerpo,
te regalé un oprimido beso,
y me cobijé en tus senos.

La noche afuera cantó baladas,
y la luna avergonzada se ocultó,
llevándose las estrellas,
el fulgor se deslizó en el aire,
como el humo de un cigarro mal apagado,
un beso escurrió por tu cuerpo,
y tu preguntaste
¿en que piensas?
no estoy pensando, estoy sintiendo, contesté.

Curriculum (Cuento)


Julián Domínguez, había llegado al cargo de Jefe de personal hacía apenas dos meses. Debido a eso el contratar a la nueva secretaria de gerencia, era para él todo un desafío, eran muchas las cosas que se jugaban. Se quedó en su escritorio a la hora de almorzar y comenzó su elección. Indudablemente que seleccionó los curriculum de las jóvenes más llamativas. Luego, para no dejarse llevar tan sólo por las apariencias, empezó a separarlas por su competencia. A medida que pasaban las horas, la selección, se le hacía, más y más difícil. Debía esa semana entrevistar a la seleccionada para enviarla de inmediato al sicólogo, de ese modo a la llegada de don Javier, la elegida estaría en su puesto de trabajo. Eran tantas sus dudas, que decidió continuar unas horas más, al termino de la jornada.

Se encontraba en esa tarea, ya cansado, entonces decidió prepararse un café. De vuelta, halló uno de los curriculum tirado en el suelo. Lo recogió para colocarlo en el grupo de los no seleccionados, cuando escuchó una voz que le decía “dame una oportunidad”, miró en dirección a la puerta por si alguien había llegado, pero aparte del guardia, no había nadie más en la compañía. Lo colocó en el montón y nuevamente la voz volvió a hablarle. Se quedó quieto, tratando de agudizar sus sentidos. De pronto, la vocecilla dijo “aquí, aquí abajo, mírame por favor”; Julián no podía dar crédito de donde provenía esa vocecilla, “por favor, necesito este trabajo, no por mí, sino por mi pequeñita”. La foto de la mujer era la que hablaba. Julián acercó el papel hacia él, pero era sólo eso una foto pegada a un curriculum más. Bebió el café de un trago y decidió retirarse a casa; mañana estaría más repuesto y con la cabeza más despejada para tomar una decisión. Antes de dormir, prendió la televisión, los comerciales y nada interesante hizo que se fuera adormilando. De pronto, la voz de la mujer volvió a pedirle “ Dame una oportunidad”. Julián se despabiló de un salto y se quedó mirando la televisión, la imagen de la mujer que había visto en la fotografía estaba en la pantalla, pero nuevamente muda. Decidió apagarla.

“Soñó que iba en el metro atestado de gente como todos los días; leía el periódico. En eso, escuchó una voz femenina pidiendo la dejasen pasar en forma autoritaria, los pasajeros abrieron paso, y entre la muchedumbre apareció la mujer que venía en dirección a Julián con una pequeña en los brazos. ¡Es tu culpa!, le gritaba, ¡es tu culpa Julián!, murió anoche, me quedé esperando tu llamado, no pude comprarle su medicina, ¡te das cuenta lo que hiciste!, ¿Por qué no me diste esa oportunidad, si te lo rogué por ella? ¿Por qué Julián?....él se quedó paralizado por la situación. Las puertas del vagón se abrieron, la gente se iba bajando dándole miradas de reproche. Ella seguía frente a él, había tanta amargura en su rostro, sus ojos ya no tenían más lagrimas que derramar. En la pequeña, se veía una expresión de dolor.
Despertó agitado, se bañó. Era más temprano de lo que acostumbraba levantarse. Se duchó por largo rato, trataba de entender lo que estaba pasando. Camino al metro se detuvo en las escaleras, inquieto porque hubiese sido un sueño premonitorio. Luego, se dijo a si mismo que eso era consecuencia del stress y que nada podía pasarle. Fue así. Nada ocurrió en el metro, eso le tranquilizó. Al llegar a su oficina, la inquietud se hizo presa de él, al no encontrar el curriculum. Revisó entre todos sus papeles, incluso retó a su secretaria, por el extravío de aquel documento.

Se retiró más temprano, inquieto, por la imagen de aquella mujer que no se iba de su mente. Tomó el metro, anduvo vagando por las diferentes líneas, esperando toparse con ella. Ya tarde, y rendido por el ajetreo, se bajaba en su estación, cuando una manito pequeña le rozó sus dedos, al mirar hacia abajo, vio a la niña del sueño ingresando al vagón de la mano de su madre. No reaccionó de inmediato, y cuando corrió, las puertas se cerraron en sus narices; las golpeó desesperado, el guardia le pidió se retirase. La niña en brazo le hacía señas, la madre se giró para ver a quien, y entonces sus miradas se encontraron; dibujaba en su rostro la misma angustia que él había visto en el sueño. La niña estaba bien, aún era tiempo, podía ayudarla, quería hacerlo. El vagón se perdió por el túnel.

Volvió desconsolado a su departamento. Se acomodó en el sillón y encendió la televisión. Las noticias de siempre desfilaban frente a sus ojos. En eso, un despacho en directo, le dejó la sangre helada. Se escuchó lo siguiente “....hace pocos instantes una mujer se quitó la vida junto a su pequeña, se desconoce bien las causa de su decisión, no portaba documentación, solamente un sobre y en su interior su curriculum, con el que se puede establecer que el nombre de la occisa correspondía a María de los Angeles........, el sobre tenía sólo el nombre de Julián.... ”

Al día siguiente, en la oficina, la secretaria de él, comentaba con otra – imagínate niña, si era tan joven, quien iba a pensar que se iba a quitar la vida, fue anoche, salió en las noticias, cuando mi madre me avisó no podía creerlo, como me iba a imaginar que Julián se quitaría la vida. Dice que dejó una nota a una tal María de los Angeles........

Juego Sucio


El whisky atravesó su garganta y se dirigió rápidamente a su intestino, como si en éste acto estuviese el ultimátum que le recordara que aún estaba vivo y que no valía la pena la decisión en mente. El sereno nocturno, apenas refrescaba su gruesa figura, aplastada ya por los años. Los ojos sensibles de tanto llorar y el efecto del alcohol, no le permitían ver con claridad las luces de la ciudad. Desde la terraza de su departamento, todo era incierto, luces grandes amarillentas, otras albas más pequeñas, algunas que se batían, otras que se apagaban, las menos que titilaban, habían incluso de aquellas que parecían venírsele encima. Nada parecía real, tal como el desorden de emociones que revoloteaban por su cabeza. Desde la conversación con Laura, había quedado atrapado en una maraña de pasiones que lo envolvía. Lo único que sabía con certeza, era que ese objeto metálico calibre 38 que se hallaba en su portafolio, sería su único alivio. Para su mujer, la adquisición se debía al alto grado de delincuencia en la ciudad, un modo de proteger a la familia; la misma que estaba dispuesto a abandonar para siempre. Tenía varios tragos en su cuerpo, pero aún no se hacía de valor para tomarla y gatillarla en su sien, pese al escozor que le provocaba tanta pena acumulada en su pecho. Parecíale que la miseria de su vida, le incitaba una y otra vez, a poner fin a tanta decadencia. Sentado ahí, con la inmensidad de la bahía enfrente, se percibía tan pequeño, tan miserable, tan insignificante, como nunca imaginó pudiese apreciarse un ser humano. El desahogo de aquella mujer había calado tan profundamente en su ser, que todo el poder que creía tener sobre ella se había esfumado en un segundo, como cual guillotina que cae sobre la víctima y lo decapita. No estaba lejos de aquella sensación.

Cuando Laura entró en su oficina, preparaba un informe financiero, por lo que no se detuvo, sólo atinó a mirarla al notar que permanecía en pié frente a su escritorio. Con una frase metálica que pronunciaba automáticamente cuando trabajaba -musitó- hoy no Laura, no ahora. Porque aquella, estaba sólo para los momentos de soledad, angustia, o simplemente para su capricho. Para él, la mujer que lo envolvía de energía y pasión, se había esfumado en el pasado. Su presencia le incomodaba. Levantó la vista, esperando una escenita, y antes de que empezara exclamó en tono golpeado y ¿ahora qué?. Manteniendo esa actitud distante, indiferente, como venía siendo con ella, ya varios años. Esta vez, le sorprendió su postura. Esa mujer se presentaba allí, en una actitud desafiante, toda ella proyectaba una esencia luminosa, que por vez primera él parecía advertirla. Sus hombros erguidos, dejaban entrever un cuello de cisne aterciopelado, su barbilla alzada le daba un encanto, que nunca antes percibió; la expresión dura de sus labios groseramente pintados en tono escarlata era un claro manifiesto que lo que venía a decir, no sería de su agrado. Se incorporó desconcertado y quiso abrazarla, besó su cuello, pero su frialdad lo mantuvo tan distante que ni siquiera pudo percibir ese perfume de su piel, que antaño le excitara. Entendía que ese no sería uno de esos días. Perturbado; rápidamente revisó en su memoria los días pasados, miró de reojo el calendario, tal vez se trataba de una fecha importante que había olvidado, una invitación, algún regalo prometido, nada, no encontraba algo que lograra descifrar su actitud. Regresó parsimoniosamente a su puesto y se dejó caer sobre el sillón, al tiempo que cruzaba sus manos por sobre su abultado vientre, emitiendo un resoplido como queriendo decir, ¡ya empieza con tus cosas!.

Ella lo miró, y de golpe soltó la primera daga. No te imaginas cuanto te odio, Alberto. Me da asco saber que he permitido todos estos años, me hayas convertido sólo en tu amante. Pero todo en la vida se paga, Alberto, créemelo – al decir esto el sonido de su voz quebró el ambiente y sonrió socarronamente. La desconocía, no recordaba haber visto en ella, nunca esa mueca tan vilipendiosa, ¿qué estaba ocurriendo con Laura?. Aquella fría mujer, vomitaba odio a borbotones, se paseaba frente a él segura, sus caderas apretadas se movían con gráciles pasos de un modo desafiante, el tono lacerante de su voz cortaba de modo quirúrgico cada parte sensible de su piel y lo iban desgarrando hasta lo más hondo de su ser, produciéndole tal grado de desesperación, que pensó que su vida terminaría ahí. Su presión bajó tanto, que la habitación comenzó lentamente a nublarse, la garganta se le secaba, al tiempo que la angustia en su tórax lo iba fatigando. La voz de Laura retumbaba con un eco distorsionado en su mollera y se mezclaba entre la sensación de mareo y náuseas. Intentó pararse, pero sus piernas no respondieron, se dejó caer nuevamente en el sillón, cada vez más asustado, se soltó el nudo de la corbata, el aire le parecía más escaso. Ella seguía expeliendo toda su furia, estaba ensimismada en su propósito; había entrado en su oficina, con la sola intención de acabarlo, destruirlo, cada palabra, había sido meditada la noche anterior, cuando en los brazos de su amante, éste le juraba amor eterno. Entendió en ese instante que su plan había llegado al final. Después de 5 años, compartiendo su lecho con esos dos hombres, sentía su triunfo. Había amado a aquel que quería destruir como nunca amó a otro hombre, fue tan inmenso su amor por él, que terminó por convertirse en una más en su vida, otro títere para su diversión. Desde entonces, se juró con lo último de dignidad que le quedaba que no cesaría hasta vengarse, no estaba dispuesta a vivir con el peso de aquella amargura y elaboró el plan más maquiavélico que pudo pasar por su mente. Lo quería de rodillas, que llegase a saberse tan miserable como ella se sintió algún día. Por eso, disfrutó saber que aquel con quien dormía a escondidas le jurase amor eterno y que ya no podía vivir sin ella. Desde ya tiempo, venía extorsionándolo sentimentalmente, habían sido cinco años, en que cada noche, tejía la telaraña de su trampa mortal. Lo envolvía de pasión desenfrenada, y luego se comportaba como un hielo, se alejaba, le demostraba que Alberto era su dueño, para que sufriera, se humillara una y otra vez, y no estaba en paz hasta que él, le imploraba un poco de amor. Entonces, lo embriagaba y lo seducía sin límites, volviéndolo una presa fácil a sus condiciones. Todo era premeditado, cada caricia, cada beso, cada gesto.

Por eso, no pudo esperar ni un minuto más para presentarse ante Alberto y sin ningún reparo decirle a viva voz, ¡Alberto, hace cinco años que me acuesto con otro hombre!, sí, no pongas esa cara, para que veas que tu estúpida amante, te engañaba, a ti, al todopoderoso Alberto García. Y ¿quieres saber más? está totalmente enamorado de mí, imagínate, de la misma mujercita insignificante, que sólo te complacía. Él si me ama, está perdidamente enamorado de mí, pero no te aflijas del todo, pues él no me interesa en absoluto, sólo fue un títere para vengarme, por que tú, hace mucho que dejaste de interesarme. Cinco años Alberto que me revuelco como una puta con él, mientras tú te conformabas con caricias furtivas. Por eso ya no te buscaba, tenía un hombre joven para mi entretención, y ese hombre Alberto, ¡es tu hijo!

*******

Hasta el último día


¿Amaneciste enojada, hoy? Debo suponer por tu silencio que sí. Pero, esta vez no voy a caer en tu juego, no esta vez. Anoche fue la última que soporté tus arrebatos. Te ríes, como siempre con esa sonrisa sarcástica que dibujas en ese rostro platinado, como tu pelo, que digo, si toda tú, eres toda platinada. Hasta te maquillas así, como si no existiesen otros colores. Bueno, que alego ahora, si fue eso lo que me atrajo al conocerte, esa expresión de ausentismo, de frialdad, de tristeza, en una muchacha de veintitrés años, terminó por atraparme. Sí, no frunzas el ceño, para que veas, que yo aún recuerdo aquella tarde en que nos conocimos, hace más de 40 años. Me esforcé durante todo este tiempo, en tratar de quitarte ese color sombrío, pensé que con mis atenciones, mi incondicional preocupación por ti a cada instante, iba a iluminarte, liberándote de ese tono mustio, que hablaba de tristezas pasadas. Pese a todos mis esmeros, tú nunca quisiste abandonar el recuerdo ingrato de tu primer marido; y aunque te dejaste querer, siempre estuviste amarrada con cadenas tan fuertes, que todo mi amor no fue suficiente y naufragué en el intento. Luché, bien sabes como luché por conquistarte. No dudé en trabajar y escalar posiciones, para rebosarte de cuidados. Te llevé de viajes como me fue posible, me desmedía en regalos, en darte esto y aquello, pero tus escasas sonrisas, quedaban impresas sólo en algunas fotografías de las ciento que te tomaba. Al regreso, volvías a tu encierro en esta casona, y más aún, a tu calabozo de recuerdos, donde te condenaste con cadena perpetua. Me obligaste incluso a renunciar a tener hijos, todo lo acepté por complacerte. Y así hubiese continuado, si de tanto fracaso, no me hubiese fatigado, quedando incluso sin fuerzas, para buscar un nuevo amor. Me quedé a tu lado, viendo como cada noche te dormías, y amanecías como mi muñeca que tanto adoraba. Sí, una muñeca, eso eras para mí, mi muñeca aterciopelada con mirada ausente, que me instaba a luchar, a creer que el amor lo podía todo, y que al mínimo resplandor de tus ojos, me transportaba por los delirios de mi enfermo amor. Ahora que lo pienso, esa es la mejor definición, enfermo amor, o debería decir, amor enfermizo, o quizás me enfermé con la obsesión de lograr que tú me amaras. Nuevamente dibujas esa mueca, haciéndome sentir aún más torpe, un pobre mentecato que perdió su vida en tratar de robarte algo de cariño, tan ausente en ti, mujer que ahora aprecio enferma. Lamentablemente, fui contagiado con tu veneno, y bebiste hasta el último hálito de mi benevolencia, me usaste todos estos años, para mantenerte presente en esta vida, de la cual te ausentaste a tus veintitrés años, cuando aquel que tú amabas, lo encontraste en los brazos de tu hermana. Aquel día, tu alma se murió, y vagaste por la vida, como una muñeca de cristal, hasta que te atravesaste en mi camino. Maldita bruja, porque me elegiste a mí, porque dejaste que me fuera consumiendo en pro de tu miserable vida, más encima no contenta con ello, me obligaste a que fuera yo él que te hiciera partir, y aquí muerta a mi lado, te observo con ese tono platinado y esa sonrisa sarcástica, como gozando que hasta el último día de tu despreciable vida, me usaste para tus propósitos.


****

La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...