Entrelineas

En la penumbra de su habitación tomó el sobre aún inseguro de abrirlo, pues, las noticias que ahí venían podrían cambiar el curso de su vida. Rasgó lentamente la parte superior y sacó la esquela pulcramente doblada. Mordía sus labios nerviosamente. Las temblorosas manos dejaron caer la misiva sobre la mesa. La angustia trepaba desde su vientre como un hervor que le quemaba hasta la garganta. La presión se acumulaba en su cabeza que a esa altura de la noche se hallaba abombada, manteniéndolo en un estado totalmente obnubilado. Se dejó caer apesadumbrado en el único sillón que tenía, al tiempo que se tomaba el pelo en forma descontrolada, asustado preso de la incertidumbre observaba de reojo el papel dispuesto sobre la mesa. De pronto, intempestivamente se levantó con los ojos fijos en el documento como si quisiera adivinar el contenido sin leerlo, sudaba, la presión en sus sienes se hacía irresistible. Dubitativo, se arrojó esta vez sobre la cama. Pensó en dormir y verla con más calma temprano en la mañana, después de todo, las noticias no cambiarían. Había luchado tanto por conseguir aquello, que consideraba incluso merecerlo sólo por el mérito de sus sacrificios y esfuerzos. No soportaba que ahora, cuando todo indicaba que ya las cosas habían llegado a su punto crítico, debía seguir tolerando el peso del destino. Acaso aquel no estaba conforme con haberse ensañado ya bastante, aún a pesar de todo, lo seguía atormentando, ahora con aquella miserable hoja de papel. Lo imaginaba vestido de colores oscuros, echado sobre el sillón disfrutando de un buen puro, dibujando figuras con bocanadas de humo y manteniendo esa sonrisa socarrona en su rostro fatídico ¡Como le odiaba! anhelaba tenerlo entre sus manos y golpearle hasta no tener más fuerzas, anhelaba reventarle el rostro con sus puños, borrar esa expresión tan desgraciada que lo caracterizaba, sentir como sus golpes le hicieran saltar sus dientes y ver su boca chorrear la sangre bañando su cara deforme tras la golpiza. Si, deseaba sentir que al menos una vez en su vida lograba vencerle. Desde que supo de su existencia siendo niño, comenzó a odiarle, sus padres le hablaban de él como el más fiel escribiente de Dios, cuya misión era la de sentenciar las vidas de cada uno de los hombres en la tierra, incluso antes de nacer. De algún modo sus tíos y abuelos insistían cuando le comentaban que su voz estaba presente en las santas escrituras. Se resistía y le maldecía desde lo más profundo de su alma juvenil, ¿por qué debe controlar mi vida? gritaba iracundo ¿por qué no puedo decidir si quiero hacer esto o aquello? ¡Qué mierda me importa, el famoso destino!, ¡Lo odio, sí, lo odio, y no me canso de maldecirlo! ¡Quiero tener la libertad de hacer las cosas bien o mal, pero a mí manera, déjenme ser libre! –reclamaba airado, ¡No quiero que me digan que si me equivoco o fracaso se debe a lo que el destino quería para mí! ¿Qué es entonces el libre albedrío? les pregunto y no responden, levantan los hombros y callan, mientras el maldito destino, no viene a enfrentarme hombre a hombre, solía decirles a los mayores en sus enconadas discusiones. Consciente que tal vez su tormento se debía precisamente a su constante bregar en vez de rendirse a él, en un arrebato tomó el papel y lo arrugó lanzándolo lejos. Golpeó la mesa con sus puños hasta que los mismos sintiéronse flagelados por la impotencia. Llevó ambas manos a su rostro y con los ojos cerrados las deslizó por su faz buscando en ese acto la paz que tanto necesitaba encontrar. Entendía que quizás había cifrado demasiadas esperanzas en aquella respuesta, pero después de la conversación con Muriel que insistía (convencida en su celo religioso) que sólo le quedaba aceptar lo que el destino le deparaba, terminó por sacarlo de quicio. Nuevamente e intrínsecamente el destino se hacía presente ante él sin darle la cara, refregándole sarcásticamente ser dueño de la verdad absoluta, no existiendo la posibilidad de otra más que aquella que estaba dispuesto a concederle.

Ofuscado ante esta clarividencia, encendió un cigarro, tomó su chaqueta y salió sin rumbo.

Dos días más tarde, la mujer entre las pertenencias, les entregó la carta arrugada. La madre luego de leerla no podía entender como entonces pudo quitarse la vida.

*****

Locura


Locura me viene,
se acerca, se marcha;
desgarra mi cuerpo
cega la mirada,
mis manos tiemblan.

Susurra a mi oído
penetra mi alma
le siento venir,
más no es deseada;
por eso le alejo
lucho por mi alma.

Promete volver
jadeante se pierde
consuela la calma,
mis manos tiemblan.

Abrigo esperanzas;
el tiempo ríe, ríe a carcajadas
su risa me daña.
Casi vencido
le escupo a la cara.

En el horizonte
la locura marcha,
y
mis manos calman.

******

Telaraña onírica


Mientras leía, pudo notar que las letras de su libro, se iban cayendo lentamente, una a una, como especies de hormigas organizadas, al tiempo que iban dibujando un caminito de letras que se perdía entre las sábanas de su cama. Pensó que era una jugarreta de su vista y el cansancio de los trasnoches acumulados. Cerró el libro, apagó la luz, se acomodó cuan largo era y se internó casi instantáneamente en un profundo sueño. Se veía vagando por las calles, desorientado, su aspecto lucía deprimente, estaba desaseado, sus ropas le daban la apariencia de un hombre de la calle, en su barba hirsuta asomaba algunas canas (como aquellas que ahora teñía en su escasa cabellera). La sensación de verse así, lo angustió, intentó salirse del sueño, pero no podía, algo le indicaba que debía continuar. Caminaba sin rumbo, en su andar, la gente le rehuía (era capaz de sentir su desprecio), él mismo de poder hacerlo, huiría de encontrarse consigo mismo en esas condiciones. Sintió el hedor que expelía de su cuerpo rancio, olor que se mezclaba con sus ropas usadas para dormir por muchos días. En eso, vio la figura de su madre (estaba de compras y no podía verle ya que le daba la espalda). Hacía esfuerzos inútiles, para impedir que lo percibiera de esas condiciones, pero sus pies no obedecían, como si una fuerza maligna, los tuviese poseídos. Se dirigió inevitablemente hacia ella con pasos torpes, dando zancadas con las piernas abiertas entre el gentío, parecía un imbécil. Finalmente llegó a su lado. Su madre giró al sentir la molestia de su pestilencia, al mirarlo, sólo exigió a viva voz, que sacaran a ese mugriento de su lado, ¡quiso gritarle, decir que era su hijo!, pero sus labios parecían sellados. Dos hombres le tomaron por los brazos y lo llevaron en andas, fue lanzado a la calle. Nadie quiso ayudarle. Le miraban con estupor. Lo veían ahí caído, maloliente, le rehuían. Su gruesa rodilla comenzó a sangrar debajo de sus pantalones rotos. Su exceso de peso, le impedía levantarse por si sólo, necesitaba de ayuda, que no llegaba. Caído, veía sólo piernas caminar aceleradamente al pasar por su lado, y otras que se desviaban. Que diferente se veía todo desde ahí abajo donde su cabeza reposaba, mientras su cuerpo desparramado en el cemento, era como un osezno batido. Quiso cerrar los ojos, para despertar de una vez, pero el ruido de la gente, sus murmullos y el sol que le acariciaba el rostro, le hicieron dudar que aquello fuera un sueño, y llegó a pensar que tal vez, se encontrara viviendo una vida pasada. Trataba de interpretar las cosas que ocurrían a su lado, pero todo era borroso y confuso. La sangre seguía corriendo en su rodilla, sentía como latía. De seguro llamaran una ambulancia - pensó. Pero nada de eso pasó. Deseaba moverse pero no lo lograba, no se podía su enorme figura, ¿cómo había engordado tanto? de seguro superaba los ciento treinta kilos. Algo no estaba bien,¿si era un ser andrajoso y harapiento, como podía estar tan gordo?. Este sueño, no es muy cuerdo pensó, no me dice muchas cosas. Será mejor que despierte. Abrió sus ojos, y se encontró con la noche, aún yacía en la calle, la gente se había retirado a sus casas, el local de donde había sido arrojado se hallaba cerrado. A la distancia, pudo ver las piernas delgadas y desnudas de dos mujeres con cortas faldas, que se acercaban. ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? preguntó la más joven. Nuevamente no podía decir nada, aun cuando lo intentaba con desesperación. Pobrecito, ya ni habla, dijo la otra y se alejaron. Quiso retenerlas con una de sus manos, pero su brazo fracasó en el intento (le pareció que el mismo era tan corto como la aleta de un lobo marino), las vio perderse al doblar la esquina. Estaba sólo. Se sentía impotente. La sangre de la rodilla, había cesado, ahora sentía un hormigueo desde la rodilla hasta su pié derecho, producto que se le había dormido. ¿Cuanto llevaba ahí? ¿Por qué nadie lo ayudaba? ¿Qué acaso, no había ningún policía, que se hubiese dado cuenta de su presencia? ¿Cómo permitía esta ciudad que un hombre yaciera tumbado en el piso por tantas horas y a nadie le importara? Intentó mover lentamente su gruesa contextura hacia la calle, si, eso haría, se dejaría caer a la calle, para lograr que algún conductor le ayudara, o terminase con esta tortura. Al moverse, algo se le enterró bajo el omóplato izquierdo, era algo filoso, que le punzaba, y que no le permitió seguir arrastrándose. Sentía frío. Los huesos de su esqueleto, le reclamaban un cambio de postura. Decidió cambiar de posición, y como una morsa se acomodó al lado derecho. Otro giro y quedó boca abajo. Al menos su espalda descansaría un poco. El hielo de la noche, se transmitía a través de su rostro aplastado. Su mejilla mofletuda se apegaba al cemento como una masa adiposa que podía absorber la humedad. Una barata se paseo frente a su rostro. Que impresionantemente enorme le pareció aquel insecto desde esta perspectiva.
En eso unos zapatos bien lustrados, se le acercaron. ¿Qué le pasó? ¿Puedo ayudarle? ¿Se siente bien? ¿Cuál es su nombre?...tenía todas las respuestas en su cabeza, pero no salían de su boca. El hombre buscó la identificación entre sus ropas, encontró su carne de identidad, donde salía su foto, pero sin su nombre, tampoco su número de identificación. ¿Qué es esto?- Se preguntó el policía. ¿De donde lo sacó?, le interrogaba, mientras apegaba el documento a su rostro. Un superior se acercó. Luego de mostrarle el documento y de señalar el hombre que yacía en el suelo, éste último dijo que lo dejaran ahí, no podían llevarse a un N/N. El joven policía, lo colocó nuevamente en sus bolsillos, y antes de irse, le dio un puntapié en las nalgas, pidiéndole que se fuera luego a casa. El hombre se subió al auto policial y se retiraron del lugar. No aguantaba más éste tormento. Pedía a gritos despertar, despertar, comenzó a implorarlo, suplicarlo, hasta que abrió sus ojos y se encontró nuevamente en su habitación. El techo, las paredes de su habitación, el libro aún sobre la cama, el calor de su cama…que alivio, se incorporó contento de haber abandonado su pesadilla, su cuerpo grueso no fue problema esta vez - debía pensar en entrar en un gimnasio - quizás ese era el mensaje del sueño, pensó. Fue a la cocina, bebió un vaso de agua fresca, ¡que dicha!, todo sabía distinto, después de lo soñado. Disfrutó unos instantes la oscuridad de la cocina, el silencio, el frío soportable. El agua fresca circulando por su traquea, era una sensación tan placentera, que comenzó a pensar en todas las pequeñas sensaciones que uno olvida por su cotidianidad. Pero al salir de la cocina, su sangre se heló con la velocidad de un relámpago, y la contracción de su corazón, casi termina con su vida en ese instante, el vaso cayó al suelo, quebrándose en mil pedazos, sintió el salpicar del agua, en sus pies descalzos. No podía ser, no podía ser cierto, se vio sobre su cama durmiendo. Quiso convencerse que estaba despierto, e intentó corroborar que dormía, pero nuevamente sus pies no se movían. Era cierto, aún no despertaba. Seguía en el sueño. ¿Cómo era posible?, le parecía que todo a su lado era cierto, podía percibir el frío del piso, su respiración, su agitado corazón que saltaba en su pecho?, incluso el vapor que salía de su boca. Se dejó caer al suelo y comenzó a arrastrarse hasta la cama. Al llegar al lado de si mismo, pudo notar que ambos cuerpos estaban fríos, ¿qué estaba sucediendo? – se preguntaba. ¿Habré muerto?, no es posible, mi corazón sigue latiendo, incluso el de aquel que yacía a su lado. Cerró los ojos, queriendo sólo volver a meterse en el sueño… ¿qué decía? si estaba en el sueño, entonces ¡despertar!, pero sí estaba despierto…las ideas, chocaban entre sí, unas con otras, se agolpaban en un torbellino asumagado de angustia, apretaba las sienes, las manos, la mascada, aquella sensación era horrible, estaba despierto en el sueño, intentando volver a dormir y no lo lograba. De pronto, sintió que le tiraban de sus pies, se hallaba nuevamente en la calle, unos curaditos le intentaban robar los zapatos. Al verlos, se quiso abalanzar, pero ellos huyeron asustados. Trataba de gritarles, que no se fueran, que no le importaban sus zapatos, que se los regalaba, pero que le ayudaran a levantarse. Nuevamente, se dejó caer, y esta vez, el golpe en su cabeza fue tan violento que perdió el conocimiento.

Está reaccionando, doctor- dijo la enfermera, de turno.
El hombre abrió los ojos, y se maravilló de la mirada inquieta de la joven, le sonrió, todo era pulcritud a su lado, su cama, el techo pintado de blanco, el celeste de los muros. Pensó que aquello era el cielo. ¿Dónde estoy? – le preguntó a la joven. En el hospital…- respiró, se había salvado, había finalmente despertado. Señorita, ¿por qué estoy aquí?, señor lo encontraron tirado en la calle –respondió dulcemente la joven, a propósito cual es su nombre…extrañamente en su cédula de identidad, figura sólo su foto…

********

Acaso


Acaso piensas seguir callando…
mientras mi alma agoniza,
no te das cuenta
que aún
en silencio, hablas.

Tu mirada indiferente
no logra distraerme.
Aquello que te mortifica,
no descansará,
por eso, vuelvo a
preguntarte,
¿Acaso piensas, seguir callando?

Como no hablaste,
apagué la luz,
y el reflejo de mi ser,
desapareció en el espejo.


***

Café Otoñal


Me senté deprimido en aquel café, sin mirar a la mesera que vino a atenderme, pedí un cortado y me sumergí en una serie de lamentos odiosos. Al parecer estaba en uno de esos días, en que amaneces con el alma gris, y la necesidad de sentirte desdichado pareciera ser el único acicate para aquel instante. Fue entonces que ella me vió, se acercó con una sonrisa fresca y trató de reanimarme. Primero me habló del frío de mis manos y mi rostro, de lo feliz que podía sentirme en ese instante por ese placer; sí, el frío era placentero. La quedé mirando con el ceño arrugado, no entendiendo lo que me estaba hablando. Me dolían hasta las orejas aquella mañana por el frío, y ¿quería que lo encontrara placentero?. No dejaba de sonreír, e insistía en que aquello podía transformarlo en algo deleitable. Seguía sin entender, ¿ahora se trataba de transformar algo desagradable en placer? Arrugó la nariz, exactamente así como lo planteas – no –contestó. Sólo que no es necesario quejarse por el frío, deberías agradecerlo- siguió. ¡Ah no!, esto ya es demasiado -me dije. ¡Sáquenme esta comadre de aquí!, ¿de donde se habrá escapado?. Apoyaba su rostro en su mano izquierda y me pidió que le tocase su pequeña nariz, color rojillo que le asentaba a su rostro coqueto. Esta helada también –agregué. Pero estoy feliz de eso –me contestó. No quise decir nada, aunque con los ojos creo lo dije todo (seguía pensando que estaba algo loca, pero sentía curiosidad por lo que diría). Te voy a decir por qué estoy feliz de que mi nariz esté helada, aunque no me gusta que se me ponga roja – agregó- pero bueno, nada en la vida es perfecto. Como te decía, el hecho de sentir frío hace que tome conciencia de ella, tú dirás que no es necesario el frío, y que bastaría que me la mirara en el espejo, o me la toque. Pero no es lo mismo, el frío me causa un pequeño dolor, que me hace recordarla que está ahí, me hace consciente de que más que estar en mi rostro como un bello adorno, está para cumplir una función, me recuerda que es uno de mis sentidos. Uno de los cinco con que cuento para disfrutar la vida. En eso llegó mi café cortado, pedí otro y aquel se lo di a ella, que lo aceptó agradecida. Primero lo apretó con sus manos pequeñas, arrugó el entrecejo y exclamó un ¡que rico! apretadito, juguetón, diáfano, luego lo acercó a su naricilla y disfrutó del aroma del café. Me habló de los recuerdos que emanaban de una taza de café, de amigos, de conquistas, de reuniones de trabajo, de citas, de aquellos seres queridos, de algunos lugares, de sensaciones. Me olvidé de todo y viajé por los instantes de dicha en compañía de una taza de café, vino a mi memoria un tazón grande de café con leche junto a mi mamá en la cocina, a mi familia, en un campamento con mis amigos, sosteniéndolo como tesoro. O como aquella tarde lluviosa, vivida hace ya varios años, ¡cuanto anhelaba uno!, mientras mis ropas estilaban y mis pies mojados demandaban una estufa. Bebió un sorbo y me pareció sentir el líquido caliente que ingresaba en ella, como la recorría placenteramente, su sonrisa luminosa, dejó escapar un suspiro bañado de vapor, y sin decir nada acercó su rostro al mío. Pensé en que me daría un beso, cerré los ojos esperando aquellos labios húmedos con aroma a café. Sólo escuché la voz de la mesera que pedía recibiera el cortado y me preguntaba si quería algo más. Miré a mí alrededor, sólo una pareja conversaba en el local. Bebí rápido el contenido y cancelé. Salí a la calle con la nariz encendida, me recibió el frío y el viento golpeó con su aliento gélido mi rostro, pero esta vez, no bajé la cabeza, sólo caminé con las manos en los bolsillos, en tanto mi nariz helada disfrutaba del frío otoñal.

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El Valor de las cosas


Te asusta que sea cierto que tengas sida, ¿Por el miedo a morir o por qué temes haber contagiado a Rebeca?, la pregunta de Ernesto era directa, y por eso bajó la vista, contemplando el pozo negro que se dibujaba en su taza de café, al tiempo que agitaba la cuchara nerviosamente. No era fácil responder aquella pregunta, no sólo por la magnitud de la misma, sino por que en ese instante no estaba seguro de nada. Más aún sabiendo que su hija, dependía de un dador de sangre para ser operada. Su médico había sido el primero en llamarle para darle la noticia. Fue claro, al momento de señalar que no sería él, quien daría las explicaciones a Rebeca; su celo profesional, le impedía mentir en algo tan delicado, tomando en consideración los años que conocía a la familia.¿Está seguro? Le preguntó más de una vez, y todas las veces, recibió la misma respuesta –absolutamente, el resultado salió positivo. Sintió que el mundo se desmoronaba frente a sus ojos, pareciéndole demasiado tarde para detener su inevitable hecatombe. ¿Por qué le había pasado esto a él?- se preguntaba una y otra vez, sintiendo desconsuelo al no encontrar una respuesta. A su corta edad, se había acostumbrado al éxito. Vendedor por esencia, había desarrollado tal habilidad que estaba convencido, que todo se reducía a ponerle precio a todo lo imaginable e incluso a lo inimaginable. En sus ratos de ocio, le gustaba divagar buscando cifras para el honor, la religión, el patriotismo, la ética; decía que sólo se necesitaba tener olfato para saber al dedillo el monto y “negociar”, algo que le fascinaba y lo mantenía enardecido, impregnado de poder. Solía decir que esa adrenalina, era la substancia necesaria para navegar con su kayac en el torrentoso y profundo río de los negocios. En ese momento vino a su mente, la imagen de Cristina, mujer que lo sedujo por su sola presencia. Vestía siempre llamativamente y gozaba de una prestancia, que cautivaba las miradas. Desde su inició en el mundo de los visitadores médicos, la vio como un líder a seguir. Trataba de estar el mayor tiempo con ella, ávido en aprender sus tácticas la observaba con paciencia tibetana por horas, repasaba en su mente antes de dormir su rutina, cada detalle por superfluo que éste resultara lo analizaba; desde el saludo a la recepcionista, o el modo como se dirigía a un doctor, hasta la manera de abrir el maletín antes de sacar las muestras médicas. Todo en ella, era preciso, calculado, imperturbable, de un magnetismo tan encantador que provocaba que uno se viera envuelto aún sin pensarlo; como la vez que le pidió ingiriera por una semana un medicamento que aún no salía al público. Bastó su sola petición, para que tomara la pastilla. Rebeca, siempre con esa agudeza natural, le cuestionó ese comportamiento tan sumiso frente a Cristina (tan distinto a como se comportaba con ella). Pero Simón con su arte seductivo, se las arregló en acomodar las cosas, y dejarlas a su favor, convenciendo una vez más a su mujer (o al menos, creyendo que lo había hecho). Era tal su obsesión por emular a Cristina, que estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su confianza. Pronto, el éxito alcanzado básicamente por las rutas que ella le acomodaba, reafirmaron su autoestima y lo cegaron en torno a su objetivo. De su mano, fue dando pasos agigantados(al tiempo que iba cayendo en la telaraña celosamente tejida por ella), almorzaban en restaurantes lujosos; si ella cambiaba de auto, nacía en él la necesidad inmediata de hacerlo. Rebeca en tanto, le instaba a la mesura, pero los vientos de conquista soplaban con fuerza el escueto velamen de su frágil embarcación, y la plata que llegaba a raudales lo fueron obnubilando hasta internarlo en los mares de la vanidad y la soberbia. Todo había comenzado aquella reunión, en la que (habían acordado reunirse a una hora, pero él llegó atrasado, por eso la secretaria del doctor lo hizo pasar), a pesar de haber tocado la puerta sorprendió a Cristina en los brazos del gerente de una clínica de élite. Siempre con su sonrisa seductora, se acercó para colgarse de su cuello, y susurrarle al oído que estaba a punto de cerrar un contrato de los grandes. El gerente, sintió desconfianza de Simón, y le exigió que inhalara con ellos la cocaína que Cristina había traído de regalo. Los ojos de asombro de Simón buscaron refugio en los de ella, pero bastó su mirada punzante para que accediera. Ese fue el inicio, para llegar donde se encontraba ahora. Después de ese acto, Cristina vio en él, el aliado que anheló tanto encontrar. Rebeca, testigo ausente de esta relación, se refugiaba en sus estudios de teología (al tiempo que su vientre iba aumentando de tamaño), tomaba clases de yoga y meditación para elevar su espíritu. Simón por su parte viajaba de ciudad en ciudad, conquistando más y más fortuna. En los viajes, a pesar que siempre pedían piezas separadas, Cristina más de una vez, se quedó dormida en su cuarto vencida por el cansancio, mientras discutían y afinaban detalles para su próximo logro (a ella le gustaba tener todo bajo control). Los comentarios de una relación de amantes, comenzaron a tejerse frente a los ojos de Rebeca. Las atenciones desmedidas de Simón para su hija y ella, reforzaban los sentimientos de culpabilidad que le atribuían todos a él, por esta doble relación. Cristina, por su parte, desde que Simón era su sombra se veía renovaba, y lideraba junto a él en todos los ranking de ventas, por lo que el Laboratorio los premió con unas vacaciones disfrazadas bajo un “Simposio de Médicos” en el Caribe. La noche se transformó para ambos en día. Simón, lentamente fue necesitando de alucinógenos que lo mantuvieran despierto, no tomando conciencia de su vertiginosa adicción. La pequeña Rocío en tanto, iba sufriendo la anidación silenciosa de una insuficiencia cardiaca, que diez años más tarde la tenía postrada.

Desde que Rocío, se hallaba internada, Rebeca cargaba en silencio esa cruz de dolor matizada de una culpabilidad verdosa, mientras la corona de espinas creada por su subconsciente parecíale recriminar lo mala madre en que se había convertido por haber privilegiado de algún modo sus estudios, dejando de lado sus obligaciones maternales. Se la pasaba día y noche al lado de su nena, mientras Simón, prefería evadirse en el trabajo. Las discusiones con Rebeca, por el abandono, siempre chocaban en la misma pared - o ¿acaso no te das cuenta, que me desvivo por darles lo mejor a ti y a Rocío? ¿que más quieres que haga?, era la sentencia acostumbrada con que terminaban las peleas, a las que Rebeca, ya ni siquiera prestaba oídos.

En las vigilias nocturnas, repasaba en su memoria, cuantos cumpleaños, navidades y otras fechas importantes, como su primer día del colegio, o actos del día del padre, Simón estuvo ausente, llegando luego con gran cantidad de regalos para paliarlo. Todo lo arreglaba con dinero, dinero que Rebeca odiaba, pero que se veía obligada a aceptar (no quería privar de necesidades a su nena) ella misma no sabía distinguir hasta ese momento la dirección correcta en ese sentido. Acostumbrada desde niña a vivir con lo mínimo, no vibraba con los logros de Simón, recibiendo de él sólo críticas, por ser una mujer conformista de bajo perfil, que más parecía un ancla en su vida, ya que nunca reconocía sus logros, como su impresionante carrera, enviada por muchos (los más antiguos) y admirada por los más jóvenes, o ¿acaso no sabía que era a él y Cristina, los que todos buscaban imitar? En eso tenía razón. Había llegado a la cima en pocos años, y quizás fue tan rápido su ascenso, que por eso ella no se dio cuenta ¿En que momento se habían alejado tanto?- se preguntaba ahora, que lo veía como un absoluto extraño, un hombre al que amó en demasía, pero que en una esquina de la vida, extravío su rumbo, mientras ella ensimismada de sus estudios no logro percatarse; hasta ahora, que Rocío enfermó. La llamada del colegio catorce días antes, la sacaron de su burbuja. Su nena, se había desmayado en clases de gimnasia, hubo que llamar a la ambulancia porque no reaccionaba. Exámenes, médicos, la dejarían hospitalizada para su observación, nada de cuidado, fue lo que le dijeron, pero su instinto de mujer, le hizo dudar desde ese instante. Simón, la trató de exagerada, y de mala gana accedió para que se quedara acompañándola, haciéndole ver los costos que ello involucraba. No tenía ganas de escuchar su miserable discurso, bolso en mano, entró en la habitación de Rocío. Catorce días habían transcurrido desde entonces, que más le parecían catorce años, y sólo dos de ellos (fin de semana) Simón la había acompañado. Era tal el abismo entre ambos, que ya no lograba dimensionarlo, por más que lo intentara. ¿Rocío, cómo aguantaste tanto, pequeña? pareció preguntarle con voz bajita en la oscuridad de la habitación. Aquella casa del barrio alto, sin duda, parecía un enorme castillo de hielo a los ojos de su hija; pobre niña rodeada de juguetes y comodidades, y al mismo tiempo tan abandonada por padres ausentes. Simón en su mundo banal y superfluo y ella metida en un misticismo que la absorbió al punto de olvidarse que era madre. ¿Quizás por eso Dios, quiso que enfermaras? para que nos diéramos cuenta de que estabas ahí pequeña, carente de cariño, rodeada de cosas materiales, de soledad, de nanas, abuelos. ¿Hacía cuanto que no sabía que comía su hija? ¿que amiguitas le visitaban? ¿cuales eran sus gustos?, ni siquiera había notado lo delgada que estaba, ¿en que instante, ella la había abandonado? A sus treinta y dos años, se hallaba en esa habitación de la clínica, cansada como si la edad le doblara, desolada, envuelta en una pena que partía su alma, impotente, viendo a su pequeña sufriendo, necesitando mucho más que un dador de sangre, ¿Cómo no lo vio antes? ¿Por qué tuvo que enfermarse, para recién darse cuenta? ¿Por qué Dios, la mantenía tomada de su mano, dispuesto a arrebatársela, ahora que estaba dispuesta a amarla y cuidarla?. Su figura de mujer iba decreciendo al paso que la amargura aumentaba, quedando convertida en una niña asustada, que temblaba de miedo, por no saber que hacer, por hallarse impotente ante el destino, por no tener fuerza para gritar, maldecir. El llanto silencioso se le escapó del pecho, y buscó refugió bajo la colcha en el sillón de cuero negro, dispuesto al lado de la cama de Rocío.

¿Qué vas a hacer? volvió a preguntar Ernesto. No se animaba a dejar a Simón sólo. De pronto lo veía tan indefenso, aquel que derrochaba soberbia, ahora se le veía todo un alfeñique indefenso.
No lo sé amigo, estoy perdido, no sé que hacer.
Dime una cosa, ¿te acostaste o no con Cristina?
No viejo, nunca le he sido infiel a mi mujer. Lo de Cristina era meramente una relación de negocios.
Y ¿entonces cómo?
Supongo que fue en el viaje al Caribe. ¿Te acuerdas?...sí claro… bueno, una de esas noches, necesitaba algo más fuerte, y sobre el velador de la pieza de Cristina, había una jeringa con una dosis a media usar de heroína. Pensé que era de ella, por eso me animé y la ocupé. Tiempo después me aclaró que había sido de un colombiano, con el que había pasado la noche. Al principio me asusté y me hice los exámenes y como no tenía nada en ese momento, me olvidé del tema y hubiera seguido así, de no ser porque la Rocío enfermó, ¿te das cuenta?, si tú llegaste a pensar que me acosté con Cristina, que crees que va a creer Rebeca, además si se llegan a enterar en el Laboratorio, lo más seguro es que me echen. ¿Qué hago Ernesto? Estoy atrapado, mi hija me necesita más que nunca y con todas las acciones, bonos, la casa, el auto y todo lo que tengo, no puedo darle, lo único que necesita, sangre, ¡la maldita sangre del tipo O negativo!. Las palabras de Simón, abrieron una herida que nacía de su concupiscencia pasada. La impotencia lo hizo presa todo el día, y ahora al llegar el crepúsculo de aquel día, aún no encontraba el valor para contestar las más de veinte llamadas de Rebeca que tenía en su celular. Se despidió de Ernesto. Subió al auto, la radio tocaba una canción que no percibía a pesar de que el volumen se hallaba alto; por vez primera, estaba complacido de hallarse metido en un taco, los minutos aunque lento desfilaban cadenciosamente frente a él, como disciplinados soldados, y habían logrado demorar aún más el encuentro con Rebeca. No sabía como enfrentarla, en su interior tenía la certeza que no sería capaz de mirarla a los ojos, menos enfrentarse a Rocío. Su nenita de brazos delgados, de tez blanquizca y ojos hundidos por la estadía en cama, de seguro al verle querría colgarse de su cuello, y eso no podría soportarlo. Caminó por los pasillos vacíos de la Clínica. Llegó hasta la habitación 213, la luz apagada le dio cierto alivio, seguramente las dos dormían - pensó. Decidió acudir por un café de máquina. El silencio noctámbulo abrazado a la soledad, se paseaba por los pasillos, dejando tras sus pasos, huellas de desconsuelo. Regresó a la habitación, como quien está condenado a revivir su peor pesadilla. Antes de entrar, la enfermera le detuvo. De la forma más atinada, le dio los pormenores, pero él no quiso seguir escuchando e irrumpió en la habitación y comprobó que ya no estaba en la cama, quiso huir, corrió por los pasillos enloquecido, los gritos ensordecedores alteraron por completo el ambiente del piso, asustando a los enfermos. Tuvieron que llamar a varios auxiliares, para contenerlo y calmarlo, antes que el calvario en su pecho le hiciera perder el conocimiento.

Seis semanas más tarde, una mujer acompañada de un hombre más joven, preguntaban por él (sería las únicas visitas que recibiría en dos años). Se hallaba vestido de blanco, sentado en silla de rueda, con sus brazos amarrados con vendas en los apoyamanos. El viento primaveral y el sol del mediodía, le acariciaban el rostro, junto a él, había sólo tres internos más en el jardín del recinto. La mujer vestida elegantemente de traje, se sacó los lentes de sol, para que él la reconociera. Pero Simón, siguió con la mirada ausente.
¿Cómo estás Simón? ¿Te estás recuperando? ¿Te tratan bien aquí?. Es bonito el lugar, no te puedes quejar, te conseguí lo mejor…continuó diciendo, pero no hubo respuesta. La visita duró sólo unos minutos, cuando se disponía a salir, ella se dirigió al joven diciéndole, está peor de lo que pensé, ¿creerás que era el vendedor más brillante que tenía la empresa?, una lástima que haya terminado así.

En los días que siguieron en su cautiverio siquiátrico, por las tardes, cuando el tiempo lo acompañaba solía pedir que lo dejaran sentarse en la terraza, y podía pasar horas contemplando los jardines, entonces en el fondo de su ser llegó a descubrir que todo lo que ahora veía, había perdido valor.

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Infiel


Desde que te fuiste, transito inerte por la vida, como un ente taciturno, mendigo de tu presencia huérfano de todo sentido. Los pocos amigos que me quedan, no se atreven a hablarme cuando me ven deambular por las calles, buscándote en cada esquina, en cada árbol, en cada mirada, y me devuelven una sonrisa lastimosa, y un gesto como diciéndome que ya vas a volver, que no me desespere. Y yo sonrío, o más bien, dibujo una mueca en mi rostro, mientras me pierdo en algún boliche, albergando la esperanza que llegues inesperadamente, como aquel día, que tras veinte cigarros y tres tazas de café, te apareciste sin más, y me tomaste para hacerme tuyo. Recuerdo que paseábamos de la mano, y mis amigos nos miraban con envidia al recitarte mis poemas o contarte historias a viva voz conquistando la atención de la audiencia, que me alababa. Me convertiste en alguien, me llenaste de sueños y cuando estaba en la terraza de mi ego, me empujaste al vacío, para que se destrozara mi humanidad al quedar huérfano de ti. Pero tu descaro llegó a tal punto, que no contenta con ello, encantaste a mis aliados, para que me provocaran en mi tormento. Desde antes lo supe, sabía de tus arrojos a mi espalda, y de tus romances ligeros con ellos, pero no me importaba, porque siempre venías corriendo a mis brazos. ¿por qué no escuché, a aquellos, que me aconsejaron no confiarme de ti y que viera tu perversidad? Pero ¿cómo hubiese podido, si me ahogabas con sueños hermosos, cada vez que estabas en mis brazos? ¿cómo hubiese podido? Incluso, ahora soy capaz de suplicar que vuelvas, aunque ya no me pertenezcas, aunque sea sólo para percibir tu aroma, tu fragancia que me hacía enloquecer. Hace tanto tiempo que no siento tu calor, que el frío, se transformó en mi eterno compañero, y ya no logro alejarlo ni con el humo de mis cigarros, que inspiro, deseando que perforen mis pulmones, por que sin ti, ya no soy nada, ni siquiera me sale el habla, para maldecirte. Por eso, te ruego, vuelve, vuelve a mi inspiración, que las horas y los días pasan y no escribo nada.

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La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...