El Valor de las cosas


Te asusta que sea cierto que tengas sida, ¿Por el miedo a morir o por qué temes haber contagiado a Rebeca?, la pregunta de Ernesto era directa, y por eso bajó la vista, contemplando el pozo negro que se dibujaba en su taza de café, al tiempo que agitaba la cuchara nerviosamente. No era fácil responder aquella pregunta, no sólo por la magnitud de la misma, sino por que en ese instante no estaba seguro de nada. Más aún sabiendo que su hija, dependía de un dador de sangre para ser operada. Su médico había sido el primero en llamarle para darle la noticia. Fue claro, al momento de señalar que no sería él, quien daría las explicaciones a Rebeca; su celo profesional, le impedía mentir en algo tan delicado, tomando en consideración los años que conocía a la familia.¿Está seguro? Le preguntó más de una vez, y todas las veces, recibió la misma respuesta –absolutamente, el resultado salió positivo. Sintió que el mundo se desmoronaba frente a sus ojos, pareciéndole demasiado tarde para detener su inevitable hecatombe. ¿Por qué le había pasado esto a él?- se preguntaba una y otra vez, sintiendo desconsuelo al no encontrar una respuesta. A su corta edad, se había acostumbrado al éxito. Vendedor por esencia, había desarrollado tal habilidad que estaba convencido, que todo se reducía a ponerle precio a todo lo imaginable e incluso a lo inimaginable. En sus ratos de ocio, le gustaba divagar buscando cifras para el honor, la religión, el patriotismo, la ética; decía que sólo se necesitaba tener olfato para saber al dedillo el monto y “negociar”, algo que le fascinaba y lo mantenía enardecido, impregnado de poder. Solía decir que esa adrenalina, era la substancia necesaria para navegar con su kayac en el torrentoso y profundo río de los negocios. En ese momento vino a su mente, la imagen de Cristina, mujer que lo sedujo por su sola presencia. Vestía siempre llamativamente y gozaba de una prestancia, que cautivaba las miradas. Desde su inició en el mundo de los visitadores médicos, la vio como un líder a seguir. Trataba de estar el mayor tiempo con ella, ávido en aprender sus tácticas la observaba con paciencia tibetana por horas, repasaba en su mente antes de dormir su rutina, cada detalle por superfluo que éste resultara lo analizaba; desde el saludo a la recepcionista, o el modo como se dirigía a un doctor, hasta la manera de abrir el maletín antes de sacar las muestras médicas. Todo en ella, era preciso, calculado, imperturbable, de un magnetismo tan encantador que provocaba que uno se viera envuelto aún sin pensarlo; como la vez que le pidió ingiriera por una semana un medicamento que aún no salía al público. Bastó su sola petición, para que tomara la pastilla. Rebeca, siempre con esa agudeza natural, le cuestionó ese comportamiento tan sumiso frente a Cristina (tan distinto a como se comportaba con ella). Pero Simón con su arte seductivo, se las arregló en acomodar las cosas, y dejarlas a su favor, convenciendo una vez más a su mujer (o al menos, creyendo que lo había hecho). Era tal su obsesión por emular a Cristina, que estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su confianza. Pronto, el éxito alcanzado básicamente por las rutas que ella le acomodaba, reafirmaron su autoestima y lo cegaron en torno a su objetivo. De su mano, fue dando pasos agigantados(al tiempo que iba cayendo en la telaraña celosamente tejida por ella), almorzaban en restaurantes lujosos; si ella cambiaba de auto, nacía en él la necesidad inmediata de hacerlo. Rebeca en tanto, le instaba a la mesura, pero los vientos de conquista soplaban con fuerza el escueto velamen de su frágil embarcación, y la plata que llegaba a raudales lo fueron obnubilando hasta internarlo en los mares de la vanidad y la soberbia. Todo había comenzado aquella reunión, en la que (habían acordado reunirse a una hora, pero él llegó atrasado, por eso la secretaria del doctor lo hizo pasar), a pesar de haber tocado la puerta sorprendió a Cristina en los brazos del gerente de una clínica de élite. Siempre con su sonrisa seductora, se acercó para colgarse de su cuello, y susurrarle al oído que estaba a punto de cerrar un contrato de los grandes. El gerente, sintió desconfianza de Simón, y le exigió que inhalara con ellos la cocaína que Cristina había traído de regalo. Los ojos de asombro de Simón buscaron refugio en los de ella, pero bastó su mirada punzante para que accediera. Ese fue el inicio, para llegar donde se encontraba ahora. Después de ese acto, Cristina vio en él, el aliado que anheló tanto encontrar. Rebeca, testigo ausente de esta relación, se refugiaba en sus estudios de teología (al tiempo que su vientre iba aumentando de tamaño), tomaba clases de yoga y meditación para elevar su espíritu. Simón por su parte viajaba de ciudad en ciudad, conquistando más y más fortuna. En los viajes, a pesar que siempre pedían piezas separadas, Cristina más de una vez, se quedó dormida en su cuarto vencida por el cansancio, mientras discutían y afinaban detalles para su próximo logro (a ella le gustaba tener todo bajo control). Los comentarios de una relación de amantes, comenzaron a tejerse frente a los ojos de Rebeca. Las atenciones desmedidas de Simón para su hija y ella, reforzaban los sentimientos de culpabilidad que le atribuían todos a él, por esta doble relación. Cristina, por su parte, desde que Simón era su sombra se veía renovaba, y lideraba junto a él en todos los ranking de ventas, por lo que el Laboratorio los premió con unas vacaciones disfrazadas bajo un “Simposio de Médicos” en el Caribe. La noche se transformó para ambos en día. Simón, lentamente fue necesitando de alucinógenos que lo mantuvieran despierto, no tomando conciencia de su vertiginosa adicción. La pequeña Rocío en tanto, iba sufriendo la anidación silenciosa de una insuficiencia cardiaca, que diez años más tarde la tenía postrada.

Desde que Rocío, se hallaba internada, Rebeca cargaba en silencio esa cruz de dolor matizada de una culpabilidad verdosa, mientras la corona de espinas creada por su subconsciente parecíale recriminar lo mala madre en que se había convertido por haber privilegiado de algún modo sus estudios, dejando de lado sus obligaciones maternales. Se la pasaba día y noche al lado de su nena, mientras Simón, prefería evadirse en el trabajo. Las discusiones con Rebeca, por el abandono, siempre chocaban en la misma pared - o ¿acaso no te das cuenta, que me desvivo por darles lo mejor a ti y a Rocío? ¿que más quieres que haga?, era la sentencia acostumbrada con que terminaban las peleas, a las que Rebeca, ya ni siquiera prestaba oídos.

En las vigilias nocturnas, repasaba en su memoria, cuantos cumpleaños, navidades y otras fechas importantes, como su primer día del colegio, o actos del día del padre, Simón estuvo ausente, llegando luego con gran cantidad de regalos para paliarlo. Todo lo arreglaba con dinero, dinero que Rebeca odiaba, pero que se veía obligada a aceptar (no quería privar de necesidades a su nena) ella misma no sabía distinguir hasta ese momento la dirección correcta en ese sentido. Acostumbrada desde niña a vivir con lo mínimo, no vibraba con los logros de Simón, recibiendo de él sólo críticas, por ser una mujer conformista de bajo perfil, que más parecía un ancla en su vida, ya que nunca reconocía sus logros, como su impresionante carrera, enviada por muchos (los más antiguos) y admirada por los más jóvenes, o ¿acaso no sabía que era a él y Cristina, los que todos buscaban imitar? En eso tenía razón. Había llegado a la cima en pocos años, y quizás fue tan rápido su ascenso, que por eso ella no se dio cuenta ¿En que momento se habían alejado tanto?- se preguntaba ahora, que lo veía como un absoluto extraño, un hombre al que amó en demasía, pero que en una esquina de la vida, extravío su rumbo, mientras ella ensimismada de sus estudios no logro percatarse; hasta ahora, que Rocío enfermó. La llamada del colegio catorce días antes, la sacaron de su burbuja. Su nena, se había desmayado en clases de gimnasia, hubo que llamar a la ambulancia porque no reaccionaba. Exámenes, médicos, la dejarían hospitalizada para su observación, nada de cuidado, fue lo que le dijeron, pero su instinto de mujer, le hizo dudar desde ese instante. Simón, la trató de exagerada, y de mala gana accedió para que se quedara acompañándola, haciéndole ver los costos que ello involucraba. No tenía ganas de escuchar su miserable discurso, bolso en mano, entró en la habitación de Rocío. Catorce días habían transcurrido desde entonces, que más le parecían catorce años, y sólo dos de ellos (fin de semana) Simón la había acompañado. Era tal el abismo entre ambos, que ya no lograba dimensionarlo, por más que lo intentara. ¿Rocío, cómo aguantaste tanto, pequeña? pareció preguntarle con voz bajita en la oscuridad de la habitación. Aquella casa del barrio alto, sin duda, parecía un enorme castillo de hielo a los ojos de su hija; pobre niña rodeada de juguetes y comodidades, y al mismo tiempo tan abandonada por padres ausentes. Simón en su mundo banal y superfluo y ella metida en un misticismo que la absorbió al punto de olvidarse que era madre. ¿Quizás por eso Dios, quiso que enfermaras? para que nos diéramos cuenta de que estabas ahí pequeña, carente de cariño, rodeada de cosas materiales, de soledad, de nanas, abuelos. ¿Hacía cuanto que no sabía que comía su hija? ¿que amiguitas le visitaban? ¿cuales eran sus gustos?, ni siquiera había notado lo delgada que estaba, ¿en que instante, ella la había abandonado? A sus treinta y dos años, se hallaba en esa habitación de la clínica, cansada como si la edad le doblara, desolada, envuelta en una pena que partía su alma, impotente, viendo a su pequeña sufriendo, necesitando mucho más que un dador de sangre, ¿Cómo no lo vio antes? ¿Por qué tuvo que enfermarse, para recién darse cuenta? ¿Por qué Dios, la mantenía tomada de su mano, dispuesto a arrebatársela, ahora que estaba dispuesta a amarla y cuidarla?. Su figura de mujer iba decreciendo al paso que la amargura aumentaba, quedando convertida en una niña asustada, que temblaba de miedo, por no saber que hacer, por hallarse impotente ante el destino, por no tener fuerza para gritar, maldecir. El llanto silencioso se le escapó del pecho, y buscó refugió bajo la colcha en el sillón de cuero negro, dispuesto al lado de la cama de Rocío.

¿Qué vas a hacer? volvió a preguntar Ernesto. No se animaba a dejar a Simón sólo. De pronto lo veía tan indefenso, aquel que derrochaba soberbia, ahora se le veía todo un alfeñique indefenso.
No lo sé amigo, estoy perdido, no sé que hacer.
Dime una cosa, ¿te acostaste o no con Cristina?
No viejo, nunca le he sido infiel a mi mujer. Lo de Cristina era meramente una relación de negocios.
Y ¿entonces cómo?
Supongo que fue en el viaje al Caribe. ¿Te acuerdas?...sí claro… bueno, una de esas noches, necesitaba algo más fuerte, y sobre el velador de la pieza de Cristina, había una jeringa con una dosis a media usar de heroína. Pensé que era de ella, por eso me animé y la ocupé. Tiempo después me aclaró que había sido de un colombiano, con el que había pasado la noche. Al principio me asusté y me hice los exámenes y como no tenía nada en ese momento, me olvidé del tema y hubiera seguido así, de no ser porque la Rocío enfermó, ¿te das cuenta?, si tú llegaste a pensar que me acosté con Cristina, que crees que va a creer Rebeca, además si se llegan a enterar en el Laboratorio, lo más seguro es que me echen. ¿Qué hago Ernesto? Estoy atrapado, mi hija me necesita más que nunca y con todas las acciones, bonos, la casa, el auto y todo lo que tengo, no puedo darle, lo único que necesita, sangre, ¡la maldita sangre del tipo O negativo!. Las palabras de Simón, abrieron una herida que nacía de su concupiscencia pasada. La impotencia lo hizo presa todo el día, y ahora al llegar el crepúsculo de aquel día, aún no encontraba el valor para contestar las más de veinte llamadas de Rebeca que tenía en su celular. Se despidió de Ernesto. Subió al auto, la radio tocaba una canción que no percibía a pesar de que el volumen se hallaba alto; por vez primera, estaba complacido de hallarse metido en un taco, los minutos aunque lento desfilaban cadenciosamente frente a él, como disciplinados soldados, y habían logrado demorar aún más el encuentro con Rebeca. No sabía como enfrentarla, en su interior tenía la certeza que no sería capaz de mirarla a los ojos, menos enfrentarse a Rocío. Su nenita de brazos delgados, de tez blanquizca y ojos hundidos por la estadía en cama, de seguro al verle querría colgarse de su cuello, y eso no podría soportarlo. Caminó por los pasillos vacíos de la Clínica. Llegó hasta la habitación 213, la luz apagada le dio cierto alivio, seguramente las dos dormían - pensó. Decidió acudir por un café de máquina. El silencio noctámbulo abrazado a la soledad, se paseaba por los pasillos, dejando tras sus pasos, huellas de desconsuelo. Regresó a la habitación, como quien está condenado a revivir su peor pesadilla. Antes de entrar, la enfermera le detuvo. De la forma más atinada, le dio los pormenores, pero él no quiso seguir escuchando e irrumpió en la habitación y comprobó que ya no estaba en la cama, quiso huir, corrió por los pasillos enloquecido, los gritos ensordecedores alteraron por completo el ambiente del piso, asustando a los enfermos. Tuvieron que llamar a varios auxiliares, para contenerlo y calmarlo, antes que el calvario en su pecho le hiciera perder el conocimiento.

Seis semanas más tarde, una mujer acompañada de un hombre más joven, preguntaban por él (sería las únicas visitas que recibiría en dos años). Se hallaba vestido de blanco, sentado en silla de rueda, con sus brazos amarrados con vendas en los apoyamanos. El viento primaveral y el sol del mediodía, le acariciaban el rostro, junto a él, había sólo tres internos más en el jardín del recinto. La mujer vestida elegantemente de traje, se sacó los lentes de sol, para que él la reconociera. Pero Simón, siguió con la mirada ausente.
¿Cómo estás Simón? ¿Te estás recuperando? ¿Te tratan bien aquí?. Es bonito el lugar, no te puedes quejar, te conseguí lo mejor…continuó diciendo, pero no hubo respuesta. La visita duró sólo unos minutos, cuando se disponía a salir, ella se dirigió al joven diciéndole, está peor de lo que pensé, ¿creerás que era el vendedor más brillante que tenía la empresa?, una lástima que haya terminado así.

En los días que siguieron en su cautiverio siquiátrico, por las tardes, cuando el tiempo lo acompañaba solía pedir que lo dejaran sentarse en la terraza, y podía pasar horas contemplando los jardines, entonces en el fondo de su ser llegó a descubrir que todo lo que ahora veía, había perdido valor.

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Infiel


Desde que te fuiste, transito inerte por la vida, como un ente taciturno, mendigo de tu presencia huérfano de todo sentido. Los pocos amigos que me quedan, no se atreven a hablarme cuando me ven deambular por las calles, buscándote en cada esquina, en cada árbol, en cada mirada, y me devuelven una sonrisa lastimosa, y un gesto como diciéndome que ya vas a volver, que no me desespere. Y yo sonrío, o más bien, dibujo una mueca en mi rostro, mientras me pierdo en algún boliche, albergando la esperanza que llegues inesperadamente, como aquel día, que tras veinte cigarros y tres tazas de café, te apareciste sin más, y me tomaste para hacerme tuyo. Recuerdo que paseábamos de la mano, y mis amigos nos miraban con envidia al recitarte mis poemas o contarte historias a viva voz conquistando la atención de la audiencia, que me alababa. Me convertiste en alguien, me llenaste de sueños y cuando estaba en la terraza de mi ego, me empujaste al vacío, para que se destrozara mi humanidad al quedar huérfano de ti. Pero tu descaro llegó a tal punto, que no contenta con ello, encantaste a mis aliados, para que me provocaran en mi tormento. Desde antes lo supe, sabía de tus arrojos a mi espalda, y de tus romances ligeros con ellos, pero no me importaba, porque siempre venías corriendo a mis brazos. ¿por qué no escuché, a aquellos, que me aconsejaron no confiarme de ti y que viera tu perversidad? Pero ¿cómo hubiese podido, si me ahogabas con sueños hermosos, cada vez que estabas en mis brazos? ¿cómo hubiese podido? Incluso, ahora soy capaz de suplicar que vuelvas, aunque ya no me pertenezcas, aunque sea sólo para percibir tu aroma, tu fragancia que me hacía enloquecer. Hace tanto tiempo que no siento tu calor, que el frío, se transformó en mi eterno compañero, y ya no logro alejarlo ni con el humo de mis cigarros, que inspiro, deseando que perforen mis pulmones, por que sin ti, ya no soy nada, ni siquiera me sale el habla, para maldecirte. Por eso, te ruego, vuelve, vuelve a mi inspiración, que las horas y los días pasan y no escribo nada.

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Cambio de piel


La madrugada de aquel sábado de octubre, le pareció más triste que nunca. Los diez años que llevaba separado, se agolparon en la puerta para recibirle, causándole una sensación de soledad que le apretó el pecho. Su sombra estirada en el pasillo, única compañía en ese instante, le gritó su cruda realidad. Aunque se resistía a aceptarlo, no tenía a nadie que se preocupara ya por él. Ni siquiera sus amigos más cercanos, se habían hecho de un tiempo para acompañarle. Antaño hubiese sido todo jolgorio, distracción, puerilidad absoluta, celebrando su cumpleaños en un distinguido bar, donde el licor y las mujeres fáciles, le hubiesen hecho olvidar tanta miseria. ¿Que significado tenía ahora ese aire helado que circulaba, aún a pesar de estar prendida la calefacción? Dio una ojeada a su alrededor, como intentando encontrar una respuesta. Su departamento le agradaba, le proporcionaba el lujo que él se merecía, un abogado de éxito, envidiado por muchos, admirado por otros. De modo nervioso se puso a revisar sus bolsillos, por si hubiese perdido algo; pero su billetera fecunda y su chequera con todas sus tarjetas dispuestas selectivamente, estaban como las había dejado. No había algo que justificara, su estado sobresaltado. Pese a ello, la sensación que nacía de su tórax, no cedía. El fino sofá donde se había desplomado, no le entregó el cobijo que deseaba, por lo que decidió incorporarse e irse a dormir.

Entonces el cuadro que tenía enfrente cayó estrepitosamente, causándole tal desasosiego que terminó por confundirlo por completo. Desde el clavo que sujetaba una replica de Van Gogh, comenzó a formarse una pequeña grieta que se abría paso por la desnuda muralla, como los dedos de un sismo. Se desabrochó la corbata, el aire comenzaba a enrarecerse. Súbitamente, desde el interior de la grieta salió una gran cobra con sus fauces abiertas y se le fue encima. La cabeza del ofidio quedó frente a sus lentes, los que fueron lamidos una y otra vez por su larga lengua bífida en constante movimiento. Pudo ver entonces como la mandíbula dilatada de la cobra se expandía de modo impresionante, dejando entrever una cavidad rosada que terminó por atraparlo por el cráneo. Los filosos colmillos acanalados se clavaron cual estacas y la punzada en su cerebro, casi lo hace desfallecer del dolor. Perezosamente, la serpiente se fue enroscando en su cuerpo, haciéndolo prisionero, las continuas contracciones de la mandíbula lo succionaban con tal fuerza, que sus intentos de resistencia eran en vano, teniendo sus brazos atrapados trataba con los pies de asirse de algún objeto que le permitiera aumentar su resistencia. Pero el avance de la mandíbula no se detenía y sus extremidades iban pasando entre sus vértebras. No podía ver nada dentro de este frío agujero húmedo, que emitía un hedor putrefacto como nunca imaginó, el tejido adiposo del reptil se apegaba en su rostro de modo repulsivo. Los continuos movimientos elásticos y la presión ejercida sobre él era tal, que pensó que su cuerpo estallaría fragmentado en mil pedazos. En su desesperación giró su cuerpo y la hebilla del pantalón se trabó en los colmillos superiores; lo que atemorizó al ofidio, que mordió instintivamente a la altura de su ingle penetrando pesadamente el veneno en su cuerpo. La pierna derecha fue la primera que sintió el efecto, tiritones incontrolados se apoderaron de ella, las sacudidas eran tan violentas que el zapato salió disparado; un ardor espantoso se filtraba a través de su sangre como abriéndole las venas, quería gritar, pero la mucosa de las cavidades internas del ofidio se colaba por su garganta, ahogando su lamento. Minutos más tarde, en un acto casi benevolente la cobra distendió sus mandíbulas, al saber que su victima agonizaba. Desfalleciente podía aún percibir como la serpiente recogía su cuerpo arrastrándole por la habitación, para introducirse en el agujero irregular que dejó la grieta. A veces para avanzar el reptil debía contraer su cuerpo, oprimiendo aún más lo que quedaba de su ser.

Cansada por la batalla librada, se quedó inmóvil. Él con los ojos cerrados ante una oscuridad infinita pensó que así era la muerte, su corazón aún lograba latir imperceptiblemente, por lo que deseaba que el veneno hiciera prontamente su efecto. La cobra había enrollado su cuerpo y el peso le aplastaba la cara, por lo que no podía mantener la boca cerrada. Perdió totalmente la conciencia y noción del tiempo. ¿por qué tal agonía? se preguntaba, ¿por qué no partía de una vez?, por vez primera deseaba besar la boca de la muerte y no soltarla como si ello se asemejara al mayor de los orgasmos. Lentamente su esqueleto iba cediendo ante la presión, pudiendo sentir como sus huesos iban siendo triturados, mientras sus vísceras reventaban bañando de sangre las paredes del intestino del reptil. Pensó que ese aparente grado de lucidez venía de un estado en trance a la muerte, y fue sintiendo como las dilataciones y contracciones del cuerpo escamoso lo fueron paulatinamente desintegrando.

Habiendo ya perdido la conciencia del dolor, entendía que era su alma la que se mantenía en una absurda vigilia, contemplando tal destrucción. Atrás quedaban sus preocupaciones banales, sus compromisos sociales, su historia, sus bienes, que anodino se veía todo ahora que se hallaba consumido en el intestino del ofidio aquel. Pese a que el dolor lo había abandonado, y ya carente de sus órganos vitales, y tomando conciencia que a pesar de todo, su alma se encontraba presa como los restos de su cuerpo, comenzó a llorar, lloró de impotencia, de pena, al darse cuenta de la insignificante vida que había llevado todos estos años, lloró por su soledad, por haberse llenado de cosas y sentirse tan vacío, lloró por no haber amado realmente nunca, por no haber tenido hijos, por haber abandonado a su mujer, lloró como cuando era niño, y su padre no le daba lo que él le pedía, aún a sabiendas que no podía, lloró por olvidarse de su madre y su hermana, por olvidarse de sentir, por olvidarse de llorar, lloró, lloró hasta perder el último halito de conciencia

Tres días más tarde, cuando su hermana entró en su departamento, preocupada por no saber de él, ni recibir respuesta a sus constantes llamadas, se encontró con un espectáculo que le heló la sangre. El cuadro seguía aún en el piso, la grieta en la pared olía a tragedia, los muebles del living permanecían desordenados, una lámpara rota, su ropa tirada por todas partes, la escena hacía prever que alguien había atacado a su hermano y éste intentando defenderse, se había llevado la peor parte. Quiso gritar y salir corriendo, pero en vez de ello, se dirigió a su habitación esperando hallarlo herido e incluso lo peor. Extrañamente todo estaba en orden, abrió las cortinas de su dormitorio que mantenía ese olor a limpieza que lo caracterizaba. Llamó al conserje de turno del edificio y éste le indicó que no sabía nada de él. Su secretaria, estaba también preocupada, pues no contestaba sus llamadas. No podía entender nada. ¿Qué le pudo haber pasado? se preguntaba una y otra vez, llenándose de interrogantes su cabeza. Pasó el resto del día, llamando a hospitales, funerarias, amigos, nada. A su hermano, la tierra lo había tragado. No se atrevió a llamar a la policía, y menos contarle a su madre, después de encontrar en la tina, su billetera con todas sus tarjetas y dinero flotando.

Una tarde de invierno, luego de cinco años sin saber de él, su hija entró en su habitación, gritando mamá, mamá, el tío está en Internet, sale en un video con una serpiente enorme. ¿Qué dices corazón?, ¿Dónde? muéstrame…ven, ven mamá, acompáñame… Juntas se sentaron frente al computador, para ver un espectáculo que se desarrollaba en la ciudad de Bangladesh donde un hombre con el torso desnudo, vistiendo un pantalón blanco, se enfrentaba a una cobra real en un escenario al aire libre. Delgado, de tez bronceada, cabellera larga, e hirsuta barba, aquel hombre se enfrentaba a la cobra con tal osadía que deslumbraba, no utilizaba ningún tipo de protección, y parecía no tener intención en esquivar los ataques furibundos de la víbora. Los movimientos de ambos se convertían en una danza, donde la magia y el poder entre la fauna y el hombre se mezclaban en una fragancia que mantenía cautivos a todos, turistas y curiosos quedaban hipnotizados por la energía que emanaba de tal enfrentamiento. Hombre y reptil se estudiaban, primero con movimientos aletargados y luego con contorsiones armoniosas que bajo los tonos purpúreos de un atardecer pintado sobre las aguas del río Ganges llegaba a su clímax cuando el hombre acercaba su rostro al ofidio, provocando que sus lentes fuesen lamidos por la inquieta lengua del reptil, mientras los turistas impactados hacían destellar los flashes de sus cámaras tratando de dejar eternizado aquel instante.

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Nunca una llamada


Por fin había llegado el momento, la complicidad de las miradas, ese deseo incontenible que nacía a borbollones de sus cuerpos jóvenes. En tanto, en el comedor sus padres fingían conversar y cada cierto rato, daban sus rondas por el living, interrumpiendo los íntimos momentos que se creaban entre ella y Simón. Estaba inquieta, sus pequeñas manos sudaban y apretaban su falda de colegio, que dejaba a la vista sus puntiagudas rodillas blancas. Él se acercaba lentamente a sus labios. El corazón le saltaba dentro de su incipiente pecho, no quería que como tantas otras veces, él se arrepintiera vencido por su timidez. Justo, en el instante que iba a ser besada, escuchó su nombre.

¡Srta. Daniella! ¡Srta. Daniella! ¿Está de acuerdo con mi posición?-dijo el hombre con voz tosca y enérgica.

La abrupta realidad, estaba ahí. Frente al señor Ramírez. Como si le hubiesen dado una bofetada en su rostro, sintió que aquel hombre le había arrebatado su tan anhelado beso, dejándola con su boca abierta como pescadito, expuesta a las burlas de sus compañeros. Por eso, mucho más que otras veces, odio al viejo de matemáticas, y juró vengarse por ese bochorno. Le odiaba, odiaba a ese viejo de cara ácida, siempre engominado, siempre pulcro, educado, y bien comedido, que nunca se salía de sus cabales, aún ahora, que ella, muda, con una aparente inexpresión en sus facciones, le miraba sin contestar. Él, con las manos tras su espalda, se bamboleaba en sus talones, no quitándole la vista y esperaba con su flemática postura, su respuesta. El curso, en tanto, empezaba a inquietarse por el silencio reinante en el aula y la testaruda posición de ambos. Ella amurrada en su asiento, con la cabeza gacha mirando el suelo, no cedería ante nada.

El señor Ramírez, con su mirada altiva, se decía para sí - esta mocosa, ¿Creerá que puede conmigo? el profesor con más alto grado de calificación del colegio…

Lo sacó de sus cavilaciones, la intempestiva llegada del inspector que asomó su cabeza motuda a través de la puerta. En voz baja le murmuro algo al oído y desapareció de inmediato. El tiempo se detuvo en ese minuto, el piso se abrió bajo sus pies, como una grieta lóbrega dejada por un gran terremoto. Su mirada pérdida, buscaba un motivo. Daniella desapareció de su mente. Miró la hora, una y otra vez, como quien lo hace sin mirar, palpaba su chaqueta tratando de encontrar algo entre sus ropas, buscó sus lentes, al tiempo que sacaba su pañuelo perfectamente planchado y almidonado, como a él, tanto le gustaba. Con el rostro demacrado y lento andar, se aproximó a su escritorio, tomó sus libros, uno a uno y los dejó perfectamente ordenados. Los estudiantes, atentos le observaban, entonces con una voz lánguida y pastosa exclamó: “Niños, debo ausentarme unos minutos, por favor, sigan ejercitando las ecuaciones que vimos ayer”, se acomodó los lentes y abandonó la sala.

Gran parte de los alumnos desató una algarabía, unos pocos quedaron preocupados. El Sr. Ramírez, era un hombre que habitualmente, no expresaba sus estados de ánimo. Era la primera vez, que se le veía, desencajado, inquieto, inseguro, su estampa conservadora, había tambaleado luego de la visita del inspector.

¿Te fijaste en su cara? le decía una compañera a Daniella, que lo único que tenía en mente, era la venganza, fundada en ese odio descomunal que el viejo Ramírez le provocaba, y en especial por aquella tarde.

En sus más de treinta y cinco años de profesor, y veintinueve de casado, nunca había recibido un llamado en el colegio, menos de su esposa, aún cuando sus hijas estuvieron enfermas. Ella sabía, lo mucho que le incomodaba. Aunque alguna veces, le había recriminado, el no poder llamarle al colegio, y en todas, recibió la misma respuesta “sabes que no me gusta que lo hagas, yo voy al colegio a dictar clases, me debo a mis alumnos”…o bien, “puedes perfectamente conversar conmigo para cuando llegue a casa, antes no puedo hacer nada”, frases que emitía con ese tono plástico y distante que no aceptaba objeción alguna.

El pasillo se le hacía eterno, el dibujo de los mosaicos, se transformaba en una enorme serpiente que se enrollaba entre sus pies, traspasándole la frialdad de sus entrañas. El gris de la tarde otoñal, se acurrucaba como un indigente vetusto entre los asientos del patio del colegio, mientras los árboles con sus ramajes desnudos bajaban la mirada. La presencia de la Directora al final del pasillo, le provocó mayor angustia, sus pasos tambaleaban. Se arregló bien el nudo de la corbata, mientras rumiaba ¿Qué diría? ¿Cómo se excusaría por aquella impertinencia? más aún, proviniendo de su vecina, una mujer vulgar, a quien no dirigía más que el saludo, y que solía esconderse cuando lo veía llegar a casa. Esta mujer, tenía fama de ser indiscreta ¿Cómo pudo molestar a la Miss.?

Daniella, melancólica por Simón, contemplaba a través de la ventana, buscando entre las nubes grises alguna golondrina que le trajera el beso de su amado. Desde que el chico nuevo había llegado al vecindario, sólo pensaba en él. Vestido con esos jeans gastados y luciendo un corte de pelo poco tradicional respecto de sus amigos, se transformó en el amor de su vida, sólo que tal vez, él, aún no lo sabía. Hasta ahora su relación no pasaba de una linda amistad, a pesar que ella fantaseaba con cosas diferentes. Una hoja seca, pasó rozando la ventana, y las sacó de sus ensueños como recordándole que la vida continúa. El odio al Sr. Ramírez había menguado. Se asomó entonces al pasillo, y vio que conversaba con la Miss., en las afueras de su oficina.

El profesor tomó el teléfono, aún indispuesto y saludo cortésmente con ese tono distante que solía usar con la gente que él no consideraba a su altura. Se disponía a reconvenir a la mujer, cuando fue interrumpido. La voz entrecortada de su vecina, sólo atinó a decir, la señora Mercedes, la señora Mercedes...y soltó el llanto. No hizo falta más nada. La fiebre de tres días continuos, le había pasado la cuenta. Tras un silencio sepulcral, murmuró - entiendo, gracias por avisarme. Colgó el auricular, y se dejó caer en la silla dispuesta en la habitación, mientras todo giraba a su alrededor. La Miss. en la penumbra, le contemplaba silente. Le conocía desde sus inicios, llevaban recorrido muchos años juntos. Lo consideraba un hijo. Se acercó y posó su rugosa mano sobre su hombro. Él la palmoteo delicadamente, sin decir palabras. Nunca una llamada, esa era la regla, esa maldita regla, que él había impuesto, y su mujer la había respetado hasta el día de su muerte. De pronto, el Sr. Ramírez se desplomó sobre la mesa y soltó el llanto. Nunca una llamada, nunca una llamada, se reprochaba con un lamento desgarrador. La pena que le invadía era tan grande, que su pequeña contextura parecía no ser capaz de resistirla.

Asomada a la ventana de la dirección, Daniella contemplaba la escena, ¿Qué habrá pasado? pobre señor Ramírez - pensó, al tiempo que se retiraba por el pasillo de vuelta a su sala.

A la distancia se escuchaban los gritos de sus compañeros. Un remolino de hojas secas comenzó a danzar por el patio del colegio, como un niño revoltoso que sólo pensaba en jugar. Daniella sonrió y corrió a jugar con aquellas golondrinas de colores amarillentos, mientras en aquella tarde otoñal, sus sueños volaban en busca del aquel beso que nunca llegó.

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La visita



Mamá ¿me va a doler?
No, mi amor –contestó ella, no pudiendo evitar que la pregunta de su nenita, le desgarrara el alma. A pesar que estaba con ayuda de su sicóloga preparándose para la partida de Sofía, no se resignaba a lo inminente. Tenía su manito tomada, acariciaba sus deditos, y apretaba su palma, como queriendo evitar que la temperatura bajara. El doctor, le había informado muy temprano, en su visita diaria, que partiría en cualquier momento, de hecho había ordenado, retirarle el respirador artificial.
Era una tibia mañana, el sol espiaba por la ventana tímidamente y sólo la luz se hacía presente. Guirnaldas de frío se colaban por la ventana entreabierta y despeinaban las rosas dispuestas frente a la cama. La televisión mostraba un programa para niños. Sofía miraba despreocupada.
¿Cuando sea de noche, voy a partir?
No lo sé, mi amor.
Yo prefiero que sea así, por que seguro que estando dormida, no voy a sentir nada. Ayer, cuando estabas en la cafetería, vino un angelito a mi habitación y me dijo que pronto jugaría con él, que no me preocupara, que había muchos otros niños como yo felices en el cielo. Ah!, me dijo que te lo contara, para que no siguieras teniendo penita.
La madre, no soportó el comentario de su hija, y se incorporó hacia la ventana. En el jardín del hospital, niños sanos jugaban. ¿Por qué su niña debía partir? ¿Por qué Dios era tan injusto? Se decía mientras apretaba sus manos empuñadas.
Mamá, salúdalo.
¿A quién?
A mi amigo, el angelito.
No lo veo mi amor.
Te está saludando, mueve la manito mamá.
La madre estiró su brazo y la movió en son de saludo, en la dirección que su hija le decía. Su hija también comenzaba a despedirse con una sonrisa. Se fue quedando adormilada, y su carita recostada en la almohada se veía angelical.
Le acomodó su pelo, le besó la frente, y se derrumbó en la silla a su lado. El llanto se le escapó del alma, despedazándola, el último hálito de fuerza, se iba con su hija, estaba deshecha, desconsolada, la pena le invadía el alma, y su piel despedazaba a jirones iba quedando esparcida en el suelo. Con pasos involuntarios abandonó la pieza. En el pasillo, escuchó niños, creyó reconocer la melodía de la risa de Sofía, giró la vista, y vio a su niña corriendo con su camisón rosado mientras el angelito trataba de alcanzarla.

***

No estoy pensando, estoy sintiendo, contesté


La fragancia bañó tu cuerpo,
después de habernos amado.
El brillo de tus ojos pardos,
se refugió en mi mutismo, y
nos quedamos mirando,
acurrucados, sorbiendo aún
los últimos resabios de placer.

Quise decirte tantas cosas y
guardé silencio,
tu mirar inquieto,
revoloteando como una mariposa,
se posó en la punta de mi consciencia,
y entonces preguntaste,
¿en que piensas?,
no estoy pensando, estoy sintiendo, contesté.

Nuestras piernas se entrelazaron,
las sábanas guardaban el elixir de nuestra pasión,
con un beso,
quise decirte mil te quiero,
tu mano se posó en mi cabellera,
y nos encontró ausente la oscuridad.

Mi mano buscó la tuya, tus ojos se cerraron
besé tus labios suaves, dulce nácar,
el tiempo se quebró al posar sobre tí mi cuerpo,
te regalé un oprimido beso,
y me cobijé en tus senos.

La noche afuera cantó baladas,
y la luna avergonzada se ocultó,
llevándose las estrellas,
el fulgor se deslizó en el aire,
como el humo de un cigarro mal apagado,
un beso escurrió por tu cuerpo,
y tu preguntaste
¿en que piensas?
no estoy pensando, estoy sintiendo, contesté.

Curriculum (Cuento)


Julián Domínguez, había llegado al cargo de Jefe de personal hacía apenas dos meses. Debido a eso el contratar a la nueva secretaria de gerencia, era para él todo un desafío, eran muchas las cosas que se jugaban. Se quedó en su escritorio a la hora de almorzar y comenzó su elección. Indudablemente que seleccionó los curriculum de las jóvenes más llamativas. Luego, para no dejarse llevar tan sólo por las apariencias, empezó a separarlas por su competencia. A medida que pasaban las horas, la selección, se le hacía, más y más difícil. Debía esa semana entrevistar a la seleccionada para enviarla de inmediato al sicólogo, de ese modo a la llegada de don Javier, la elegida estaría en su puesto de trabajo. Eran tantas sus dudas, que decidió continuar unas horas más, al termino de la jornada.

Se encontraba en esa tarea, ya cansado, entonces decidió prepararse un café. De vuelta, halló uno de los curriculum tirado en el suelo. Lo recogió para colocarlo en el grupo de los no seleccionados, cuando escuchó una voz que le decía “dame una oportunidad”, miró en dirección a la puerta por si alguien había llegado, pero aparte del guardia, no había nadie más en la compañía. Lo colocó en el montón y nuevamente la voz volvió a hablarle. Se quedó quieto, tratando de agudizar sus sentidos. De pronto, la vocecilla dijo “aquí, aquí abajo, mírame por favor”; Julián no podía dar crédito de donde provenía esa vocecilla, “por favor, necesito este trabajo, no por mí, sino por mi pequeñita”. La foto de la mujer era la que hablaba. Julián acercó el papel hacia él, pero era sólo eso una foto pegada a un curriculum más. Bebió el café de un trago y decidió retirarse a casa; mañana estaría más repuesto y con la cabeza más despejada para tomar una decisión. Antes de dormir, prendió la televisión, los comerciales y nada interesante hizo que se fuera adormilando. De pronto, la voz de la mujer volvió a pedirle “ Dame una oportunidad”. Julián se despabiló de un salto y se quedó mirando la televisión, la imagen de la mujer que había visto en la fotografía estaba en la pantalla, pero nuevamente muda. Decidió apagarla.

“Soñó que iba en el metro atestado de gente como todos los días; leía el periódico. En eso, escuchó una voz femenina pidiendo la dejasen pasar en forma autoritaria, los pasajeros abrieron paso, y entre la muchedumbre apareció la mujer que venía en dirección a Julián con una pequeña en los brazos. ¡Es tu culpa!, le gritaba, ¡es tu culpa Julián!, murió anoche, me quedé esperando tu llamado, no pude comprarle su medicina, ¡te das cuenta lo que hiciste!, ¿Por qué no me diste esa oportunidad, si te lo rogué por ella? ¿Por qué Julián?....él se quedó paralizado por la situación. Las puertas del vagón se abrieron, la gente se iba bajando dándole miradas de reproche. Ella seguía frente a él, había tanta amargura en su rostro, sus ojos ya no tenían más lagrimas que derramar. En la pequeña, se veía una expresión de dolor.
Despertó agitado, se bañó. Era más temprano de lo que acostumbraba levantarse. Se duchó por largo rato, trataba de entender lo que estaba pasando. Camino al metro se detuvo en las escaleras, inquieto porque hubiese sido un sueño premonitorio. Luego, se dijo a si mismo que eso era consecuencia del stress y que nada podía pasarle. Fue así. Nada ocurrió en el metro, eso le tranquilizó. Al llegar a su oficina, la inquietud se hizo presa de él, al no encontrar el curriculum. Revisó entre todos sus papeles, incluso retó a su secretaria, por el extravío de aquel documento.

Se retiró más temprano, inquieto, por la imagen de aquella mujer que no se iba de su mente. Tomó el metro, anduvo vagando por las diferentes líneas, esperando toparse con ella. Ya tarde, y rendido por el ajetreo, se bajaba en su estación, cuando una manito pequeña le rozó sus dedos, al mirar hacia abajo, vio a la niña del sueño ingresando al vagón de la mano de su madre. No reaccionó de inmediato, y cuando corrió, las puertas se cerraron en sus narices; las golpeó desesperado, el guardia le pidió se retirase. La niña en brazo le hacía señas, la madre se giró para ver a quien, y entonces sus miradas se encontraron; dibujaba en su rostro la misma angustia que él había visto en el sueño. La niña estaba bien, aún era tiempo, podía ayudarla, quería hacerlo. El vagón se perdió por el túnel.

Volvió desconsolado a su departamento. Se acomodó en el sillón y encendió la televisión. Las noticias de siempre desfilaban frente a sus ojos. En eso, un despacho en directo, le dejó la sangre helada. Se escuchó lo siguiente “....hace pocos instantes una mujer se quitó la vida junto a su pequeña, se desconoce bien las causa de su decisión, no portaba documentación, solamente un sobre y en su interior su curriculum, con el que se puede establecer que el nombre de la occisa correspondía a María de los Angeles........, el sobre tenía sólo el nombre de Julián.... ”

Al día siguiente, en la oficina, la secretaria de él, comentaba con otra – imagínate niña, si era tan joven, quien iba a pensar que se iba a quitar la vida, fue anoche, salió en las noticias, cuando mi madre me avisó no podía creerlo, como me iba a imaginar que Julián se quitaría la vida. Dice que dejó una nota a una tal María de los Angeles........

La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...