Sol de mediodia

El sol del mediodía iluminaba los gráciles cabellos del pequeño que corría entre los pastizales. A paso raudo su padre, avanzaba tras él. El viento apenas perceptible, asentía como el aire tibio se paseara dueño del paraje, sofocando todo bajo su presencia. Las flores lucían decaídas, a lo lejos podían escucharse los graznidos de las aves que llegaban al lago a buscar refugio. La tierra adormecida bostezaba pereza y todo alrededor parecía lánguido en contraste con la energía del pequeño que, agitando sus manitas apretadas al cielo, iba rebotando al ritmo de sus torpes pasos cuesta abajo. Revoloteando de flor en flor la mariposa perseguida por el niño, huía como si fuera consciente de participar del juego. En lo alto del cerro y bajo la sombra de un árbol frondoso, la figura contemplativa de un hombre les observaba como disfrutando su alegría. Estaba presente y ausente. La nostalgia lo atenazó al ver como su padre corría colmado de alegría. Sin embargo, por más que hacía esfuerzos, no lograba traer a su memoria otro instante en que lo hubiera visto así de feliz, parecía desconocerle aún a pesar de que incluso a la distancia podía sentir su dicha. No, las imágenes que le llegaban de su padre eran todas de un hombre cansado, agobiado por su vida disconforme, marcada por ese afán de exigencia que lo mantenía siempre en un continuo bregar, más aún consigo mismo, y que trataba de ocultarlo bajo ese gélido mutismo, sin permitir que nadie nunca se le acercase en ese terreno árido de su ser. Pudo recordar de su padre, con extrema claridad ese gesto de dolor casi perenne, que pareció quedársele grabado a fuego en su rostro -de piel grisácea y reseca por el continuo sol – y que lo acompañó hasta sus últimos días.

 

Asomada a la ventana del segundo piso de la vieja casona que les daba la espalda a ambos, una hermosa mujer contemplaba la escena. Parecía sacada de un filme de Grace Kelly, con su cabellera bien peinada, y un vestido oscuro que dejaba sensualmente al desnudo sus hombros pecosos. El hombre posó su vista ahora en ella, la veía joven, hermosa, en la plenitud de su vida. Trataba de retener el brillo de sus ojos pardos, esa sonrisa sensual y lozana, al tiempo que se preguntaba una y otra vez, ¿dónde pudo haber perdido su felicidad?, ¿dónde aquella le había abandonado, incluso a los tres? Abrumado, quiso alejarse del lugar, renunciar de su pasado feliz, no le hacía bien, menos ahora, que él mismo se encontraba postrado en cama, como en los días póstumos de su padre.

 

En la habitación a oscuras, la mujer entró en puntillas pretendiendo no importunarle, sabía de su tormento, amaba aquel hombre, y por eso pasaba horas rezando, para que la muerte no se lo arrebatase. Consideraba que sólo él la merecía, había nacido para él, y si ahora se iba, su vida se consumiría totalmente. No habían podido tener hijos, a pesar de que él tanto lo había deseado. La madre naturaleza quiso otra cosa, y con el correr de los años, se fueron acostumbrando a la soledad. Siempre le agradecía, que nunca se lo reprochara. Mojó el paño en la batea dispuesta sobre el velador y le refrescó la frente; le contemplaba, no se cansaba de hacerlo, como desde la primera vez cuando estuvieron juntos. Podía verle con su sonrisa seductora y complaciente después de haber sido suya, su pelo despeinado, su respiración agitada que blandía su tórax lampiño. Posó su rostro ahora en ese pecho que apenas se agitaba por su respiración pausada, y una lágrima corrió lánguida por sus mejillas como la esperma de una vela a medio consumir. Afuera la noche pendía con tristeza, como si las lágrimas de aquella mujer hubiesen tocado el corazón del universo, y éste se estirara para acogerla en su dolor. Hombre y mujer se tenían uno al otro, dependientes con los años, se marchitaban en esa habitación a oscuras; él consumido por la enfermedad, ella por el dolor de verle sufrir. Que lejos se veían las noches en que sus cuerpos jóvenes se buscaban bajo las sábanas y retozaban ardientes de placer y amor, ese amor que encendía los amaneceres de colores libertinos, que nacía en cada beso, en cada caricia, en cada despertar, en cada dormir, en la simple complementación de sus cuerpos acurrucados por el frío del invierno, en la forma de buscarse o en la fragancia que quedaba en el beso de despedida cuando él se sumergía en el mundanal. Fue en aquel escenario donde él se fue sumergiendo más y más atrapado por la vorágine; ella fue muda testigo de cómo el amor fue yéndose día a día. Cuando regresaba tarde por las noches, solía percibirlo con una carga abrumadora, que parsimoniosamente se fue metiendo como una intrusa entre sus vidas, y que ella, con el corazón oprimido fue aceptando como precio de su sola compañía. Sí, compañía era lo más quería en la vida, ya que él, era todo su universo. Las horas parecíanle eternas cuando no estaba, aun cuando trataba de mantenerse ocupada, a veces tejiéndole un suéter, otras bordándoles sus pañuelos, manteniendo lustrosos sus zapatos, o preocupándose de llevar sus trajes a la lavandería. Algunas veces, cuando realizaba estos menesteres, escuchaba el canto de una niña que jugaba sola, o veía un muchacho de la mano de su madre al volver de compras, y el dolor en su corazón se clavaba como una avispa y le mordía, pero no lloraba, su orgullo, no se lo permitía. Se limpiaba con agua fría el rostro, como queriendo disipar su tristeza, y compraba flores para alegrar el ambiente de la casa, o simplemente, iba a buscarle para almorzar, lográndolo las menos de las veces, ya que siempre estaba ocupado. Entonces, sólo para no volver de inmediato a casa, entraba en la capilla y oraba, oraba, hasta que la última gota de congoja se diluía en sus plegarias. Luego, volvía renovada a casa.

 

A la distancia se escuchaba la risa del pequeño, su timbre chillón se confundía con el trinar de los pájaros que revoloteaban entre la arboleda del lugar. Detuvo su andar frente al lago, vio el bote anclado a la orilla y quiso volver a sentir la sensación de abandono, como cuando soltaba los remos y se dejaba arrastrar por la marea. Se estiró hacia atrás, el sol bañaba de lleno su rostro, ¿hace cuanto tiempo que no disfrutaba del sol, hace cuanto tiempo que no se abandonaba así?, al ocio, al placer de dejar que el tiempo pase sin importar nada, que las horas floten en el mar del desgano, la desidia, que se evaporen y se pierdan como el vaho de una laguna con los primeros rayos de un sol veraniego. Ahora, que se sabía postrado, pensaba en las horas perdidas…se lamentaba, y la resignación le quemaba el pecho, sentía como de la misma forma que crucificaron a Cristo, le abrían con un clavo retorcidamente su pecho, desgarrando sus carnes, y sólo al ver su tórax destrozado, podía entonces entender el modo fútil de su existir. Estaba consciente que fue su enfermedad, el medio por el cual había encontrado la visión que el maldito tiempo nunca se lo permitió. El tiempo siempre fue para él un mercenario insaciable, que le marcaba los ritmos de sus días, haciéndolo correr de aquí para allá. De su despacho de abogado a la Universidad, luego a casa tarde por la noche; los fines de semana, debía en su mayoría asistir a compromisos sociales que aborrecía, pero que le proporcionaban ese bienestar que tanto anhelaba (siempre hallaba, aún sin desearlo un cliente que necesitara de él). Se daba cuenta, como hombres y mujeres iban perdiendo cada vez más la capacidad de diálogo, entre ellos y con sus pares, y en su desesperación le buscaban como si fuera la tabla de salvación, una especie de refugio que podían hallar bajo el marco de la ley, una potestad que le indicase sin más, los pasos a seguir, el que hacer, a qué atenerse, cómo si ellos ya lo hubieran olvidado. En esas reuniones, era cuando más se sentía vacío, cuando la figura de su mujer tomaba mayor importancia, donde su amor por ella crecía, pero no de un hombre a una mujer, sino de un niño que encontraba en ella el refugio maternal, ese que se vio privado en su niñez.

 

Los gritos del niño le llegaron esta vez con más fuerza, intentó incorporarse, pero algo extraño se lo impidió. Los pasos ligeros del infante pasaron cerca de él, mientras su padre le daba alcance. Vio como lo alzó sobre sus hombros y corrió hasta el bote. Podía verles sentado uno al lado del otro, y como el pequeño intentaba remar codo a codo con su padre. Este lo dejaba, disfrutaba cada instante, cada gracia, cada locura, como si aquello fuera el sentido de su vida. Y debió serlo, pensó para sí aquel que los miraba, porque después que crecí, tuve que tempranamente alejarme de la casa por mis estudios, y nunca más vi en su rostro esa expresión de plenitud. Fue de muy joven que contrajo matrimonio con Paula, para entonces las ansias y la insistencia constante de su padre para que le diera pronto un nieto, terminó por alejarlos cada vez más; hasta que decidió regresar sólo para el día de su muerte. Consciente hoy de lo vivido, no podía entender, como si de niño había amado tanto a su padre, se hubiese comportado así después; más aún, reconociendo que aquel hombre se lo había dado todo, no lograba adivinar como pudo pagarle de aquel modo.

 

Sintió, el peso de su mujer sobre su pecho, seguramente se había quedado dormida - pensó. Acarició su cabello con ternura infinita. Estaba cierto que sólo ella le quedaba en la vida, y ahora más consciente de cuanto la amaba, seguramente debía partir. Al pensar en lo injusto de la vida, una mueca que parecía más una sonrisa socarrona se le dibujó en el rostro ¿Por qué en las postrimerías de sus días, aparecía con tanta claridad la luz del camino a la felicidad? ¿Por qué no pudo verla antes, cuando las fuerzas y la energía física, le acompañaban? Parecía una maldición. No tenía la fuerza de su padre para luchar contra la enfermedad, no había heredado esa energía abrumante, que lo hacía parecer invencible, e inclusive inmortal, como decía su madre. Meditó en ella, y recordó la joven mujer en la ventana, ¿por qué nunca fue capaz de darse cuenta, de notar como se consumía al lado de su padre, cuando éste ya nada quería de la vida? Su hermana menor, tampoco había logrado llenar ese vacío. Mi padre, siempre tuvo ojos para mí –recordó - y yo sólo me dejé querer, sin tomar conciencia de lo que pasaba a mi lado. Quizás por eso ahora, merezco estar padeciendo mi lento partir.

 

La mujer se despertó - me quedé dormida - dijo arreglándose el cabello, presurosa en incorporarse ¿necesitas algo? reparó de inmediato. Si, dijo él, ven aquí, recuéstate a mi lado, déjame sentir tu perfume de mujer. Ella se sonrojó, trató de disculparse que estaba toda desarreglada, con el delantal y el pelo revuelto, pero él, pidió se lo quitara y se recostara a su lado. Cuanto tiempo que no me lo pedías – susurró ella. Demasiado, masculló él, mientras la abrazaba. Se quedaron mirando uno al otro, contemplándose en silencio, como reconociéndose en esos cabellos canos, esos cutis marcados por el tiempo, esos ojos aletargados y abandonados. Los de ella se llenaban de lágrimas contenidas, al tiempo que sus manos recorrían el rostro de su amado, que cerraba sus ojos adormecidos, pero esta vez, cambiando la expresión de dolor por esa sonrisa seductora, que ella tanto extrañaba. Le besó los párpados, se quedaron abrazados, afuera la noche bostezaba y en el horizonte el frío nocturno traía su aliento de humedad y nostalgia cenicienta.

 

El sol comenzaba a molestarle. Sintió que apenas había dormitado un instante, miró en dirección del lago, buscando al padre y el niño, pero estos se habían retirado. Se incorporó y corrió hasta el bote, dio enormes zancadas en el agua, y una vez en él, comenzó a remar. Estaba dichoso al sentir la fuerza de arrastre sobre el lago, estiraba sus brazos con enorme dinamismo al tiempo que reclinaba su espalda hacia atrás, el brío en cada movimiento era cada vez más elocuente, se sacó la camisa, para sentir el sol en su torso. ¡Que bella era la vida cuando se es joven! –exclamaba para sí, ¿dónde estuve todo este tiempo? - se recriminaba, ¿por qué no estuve contigo padre? disfrutando de estas simples cosas ¡que importaba que no hubiese podido darte un nieto! me tenías a mí, como yo tengo a Paula, y eso hubiese sido más que suficiente. Podíamos haber vivido la vida padre, y no habernos ido apagando como lo hiciste con mamá, y como ahora yo mismo hago con mi mujer ¿por qué, por qué tuvo que ser así? - meditaba avergonzado, tratando de encontrar la explicación a tanta desdicha. Como le gustaría poder regresar el tiempo para abrazarle, para decirte que le quería, que le admiraba. Si, te admiraba viejo, y nunca te lo dije o te lo di a entender…continuaba recriminándose, al tiempo que no dejaba de remar más y más fuerte. De pronto, bruscamente el sol fue tapado por nubes negras, y se descargó una tormenta con una furia inusitada. Sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia, que corrían por su rostro. Miró al cielo, agitó sus brazos con sus manos empuñadas y maldijo su vida, maldijo a dios, al universo, a todo.

 

Comenzó a sentirse extenuado y a medida que el cansancio se apoderaba de él, fue perdiendo vitalidad, hasta caer desfalleciente. Al recobrar el conocimiento, yacía tapado por una manta. Había cesado de llover. Un hombre remaba por él. Lograba verlo entre las tinieblas. Intentaba abrir completamente sus ojos, pero no podía. En eso, el hombre comenzó a hablarle de la vida, de los misterios divinos, de nuestro aprendizaje, pero a pesar de que ponía atención a sus palabras, no lograba entenderle. Sin embargo, la voz de ese hombre tocaba sus entrañas de un modo grato. Entonces, reconoció en aquel a su padre, pudo verle con claridad, conservaba el aspecto senil de los últimos años. A pesar de sus escasos cabellos canos, su figura delgada casi huesuda, tenía la vitalidad de un hombre joven. Quiso decirle mil cosas de una vez, pero entendió que debía callar. Conversaron como hombres maduros a las puertas de la muerte, pero no de sus achaques, ni enfermedades. Platicaron de tiempos pasados, de cosas simples que parecían olvidadas, como caminar por los cerros, pescar en bote, nadar, hacer una fogata, cantar acompañado de una guitarra, disfrutar de la comida casera, y tantas otras cosas sencillas, que a la edad de ellos tomaba una connotación especial.

 

Finalmente, se estrecharon en un fuerte abrazo, donde expresaron todo el cariño que ambos se tenían y que habían callado. En el hombro de su padre, lloró, como cuando era un niño, desconsoladamente, intentando eliminar con sus lágrimas, tanto dolor acumulado, tanto pesar, tanto silencio encostrado, había en ese llanto súplica, perdón, arrepentimiento, no dejaba de abrazarlo, se aferraba a él, con tanto ahínco que parecía dejarle casi sin respiración, él padre le pedía lo soltara, pero él no quería, imploraba que no lo dejase, que no se fuera por segunda vez, que no lo soportaría…Paula le contestó, nunca te voy a dejar amor, pero me estás asfixiando con tu abrazo.

 

Abrió los ojos, y encontró los de Paula, le tomó el rostro, y le pidió perdón, suplicó una y otra vez, no haber sido el hombre que ella necesitaba, perdóname, mi amor por obligarte a estar a mi lado, por darte una vida plana, miserable…después se refugió como un bebé en su pecho. Ella, sonriente y sorprendida, agradecía a la vida aquel instante, se sintió más amada que nunca por aquel hombre que lloraba en su regazo. El crepúsculo se asomaba de reojo por la ventana, el frío matinal permanecía alejado, mientras los vidrios empañados de la habitación tapaban la mirada intrusa de los árboles otoñales que dejaban caer sus hojas, en una danza de colores amarillentos y ocres.

 

No despertó durante tres días seguidos. Paula, se resignaba a su partida. Al cuarto día, le sintió arder en fiebre por lo que comenzó a quitarle la ropa. Vio su torso desnudo y lo acarició con ternura, lejos quedaba la pasión de antaño. Observó que éste apenas se agitaba con su respiración. Su hombre, su amante, se apagaba frente a sus ojos. Pacientemente tomó el paño mojado y le refrescó el cuerpo. Pensó en esos instantes, como hubiese sido un hijo o hija suyo, hubiese tenido los cabellos rubios como los de él en su juventud, o hubiese sacado los rizos de ella, su piel blanca y pecosa, o tal vez, más morena como su padre, sus manos gruesas, o delgadas y alargadas a las de ella. Aún tendría fuerzas para preocuparse por ambos- se decía- o acaso él, no era por aquellos días, su bebé, su niño regalón que necesitaba de su protección. Que ironía de la vida, ella siempre más débil, que se escondía de joven asustada tras sus espaldas en las noches de tormenta, ella que buscaba protección junto a él, había tenido que sacar fuerzas de lo más profundo de su ser, para ser ahora su protectora. Le tapó apaciblemente con las sábanas y se asomó a la ventana. Entreabrió las cortinas, que mantenían a oscuras el dormitorio, y pudo notar como el sol del mediodía bañaba el paisaje. Era una mañana de otoño distinta, especial. Se animó a correrlas permitiendo que la tibieza del sol se filtrara en la habitación, se sentía inundada de una alegría que nacía desde lo más profundo de su ser. Aún cuando en su corazón percibía que su amado partiría, extrañamente no le ahogaba la tristeza, una sensación de plenitud, de entrega, le llegaba desde el universo como una dulce melodía susurrada en su oído, que le daba a entender que no se quedaría sola, que nunca lo estuvo y nunca lo estaría. Apegó su rostro en el ventanal y se quedó lánguida sintiendo la tibieza de los rayos, que coqueteaban en su rostro. Cerró los ojos y se sintió desvanecer, se imaginaba como un ave abriendo sus alas perdiéndose en el horizonte. Tras un rato, aún aletargada miró hacia la cama, que se encontraba vacía. Entendió que él había partido. El llanto quedó contenido en su garganta, dejó caer sus brazos abatidos y una serenidad envuelta en un velo de dulzura, le besó la frente en son de consuelo. Miró hacia los árboles despojados de sus follajes, con sus ramas desnudas, y la embriagó una sensación de compenetración con ellos, se sentía así aquella mañana, desarropada, libre de miedos, de pesares, de cansancio, las hojas secas de su existencia habían caído con el pasar de los años y ahora se entregaba al destino sin máscara, sin vergüenza, sin arrepentimiento, como cada vez que hizo el amor con él; donde su entrega fue noble, total, donde nunca se limitó en dar todo de sí, lo amaba en demasía, con locura, con pasión, ciega para todo otro hombre, sólo para él había vivido. La pradera bañada de pastizales amarillentos comenzó a venírsele encima, encaramándose como una serpiente por la fachada de la casa, llegó hasta su ventana y comenzó a empujar hasta destrozar los ventanales, invadiéndolo todo. El denso ramaje acariciaba su cuerpo con sus delgados dedos de espigas, rozaba sus piernas, besaba sus pies, no sentía miedo, estaba abandonada. De pronto el piso de la habitación cedió ante el terreno usurpador, entonces la invadió unos deseos de correr sin límites, abrió sus brazos, y se lanzó ladera abajo, miró hacia atrás y se dio cuenta que la casa ya no existía, estaba siendo tragaba por el cerro. No tenía nada, lo había perdido todo, sus pertenecías, su amor, su pasado, sus alegrías y pesares, todo, absolutamente todo, le había sido arrebatado en un segundo. A pesar de todo, se sentía complacida, ¡era totalmente libre como un ave! su vida no dependía de nadie, ni nadie dependía de ella, con sus brazos extendidos se sintió volar sobre los prados que danzaban junto a ella, los árboles sonreían y agitaban sus ramas desnudas, todo era alegría, el cielo pintado de un celeste encendido, contrastaba con el dorado de la pradera, su pelo suelto blandía al viento que a la vez jugueteaba con sus ropas, el amor irradiaba todo su ser, reía, cantaba sin más, no quería dejar de correr, no deseaba parar, a medida que corría, se iba sintiendo más joven, más fresca, la energía se le renovaba, su cuerpo cambiaba, miro sus manos, y las arrugas se le iban esfumado, lentamente volvía a ser niña, imaginaba su casa, su padre, su madre, su perro regalón, y soñaba que al final de la ladera estarían esperándola, añorando el reencuentro, los llamaba y sus pasos cada vez más firmes, le llevaban más de prisa, el sol de mediodía bañaba sus cabellos, la vida le sonreía, pensó en lo mucho que amó y fue amada, finalmente la paz la abrazaba, la cobijaba, su risa se confundía llevada por el viento como una dulce melodía. Cerró los ojos y se imaginó recibiendo un beso de su amado, sonrió de alegría, mientras una mariposa revoloteaba y jugueteaba junto a ella. Su figura se esfumó al final de la pradera bajo las caricias delicadas del sol de mediodía.

 

                                                                              ******                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

La cabaña abandonada y la cabra blanca

 

Aquel parecía ser otro de esos días en que los turistas visitaban la famosa cabaña abandonada en la alta montaña, conocida por la leyenda de que tenía vida propia y de que sus moradores desaparecían si se quedaban a pasar la noche. El acceso al lugar, si bien no era de gran altura, era una huella a la que se podía llegar en vehículos 4x4 o camionetas de alto cilindraje y potencia. Joe era un avezado conductor que llevaba años realizando esa ruta, por lo que siempre llegaba antes que el resto.

Cynthia, la guía turística, contaba la historia de la cabaña antes de entrar, poniendo mucho hincapié en que nadie podía quedarse dentro de la misma una vez que terminase el tour. No se inquieten por tomar fotografías, pues tendrían tiempo de sobra -agregó. Los turistas, tras la charla, ingresaron ansiosos a tomar fotografías del más mínimo detalle. Venían de todas partes del mundo, pues hacía solo un año, un fotógrafo danés, desafiando la leyenda, se había quedado a pernoctar e incluso había alcanzado a subir a sus redes sociales el momento en que estaba recostado, pasada la medianoche, contando que tal leyenda no era cierta. Al día siguiente, solo encontraron su mochila, la cámara y otros enseres menores.

Después de ese episodio, que se viralizó a nivel mundial, las reservas no paraban. Joe llegó a hacer hasta tres viajes en un día. Estaba sentado en su camioneta, con la puerta abierta, preparándose un cigarro de tabaco rubio, cuando sintió una extraña presencia. Se asomó y vio una cabra de pelaje blanco. En sus más de quince años como chofer, nunca se le había aparecido una.

Mientras el caprino se alimentaba del pasto que crecía de forma natural por los alrededores, los visitantes que lograron verla lo único que querían era tomarse selfis con ella, acaparando la atención del resto. Pasada la euforia por la cabra, volvieron a fotografiar la cabaña. Nadie se preocupaba de los detalles; por ejemplo, la banca de madera nativa, finamente dispuesta en un costado de la ladera, desde donde se podía apreciar toda la belleza del valle; el naranjo lleno de frutos o las extrañas aves que se posaban en el techo.

Joe seguía intrigado por la cabra. Se bajó a observarla cuando se encontró con una pareja de ancianos sentados en la banca, dándole de comer de su merienda.

—¿Y ustedes no van a sacar fotos de la cabaña? Es decir, ¿no se supone que vinieron a eso? —volvió a preguntar.

—Lo cierto es que están todos demasiado ansiosos y andan a empujones. No respetan a personas como nosotros —contestó la mujer—. Por eso, preferimos venir a sentarnos y esperar a que vayan saliendo.

—Entiendo —repuso Joe—, pero no se tomen mucho tiempo. La verdad es que, con esta cabaña, yo no me fiaría.

—¡Patrañas! Es solo una cabaña —replicó el anciano—. Lo demás es pura propaganda —añadió, haciendo un ademán con una de sus manos en señal de desaprobación—. De otra manera, ¿quién vendría hasta este lugar tan inhóspito? —recalcó.

—Tal vez tenga usted razón —contestó Joe, y se alejó para volver a la camioneta.

Tras un largo tiempo, los turistas comenzaron a embarcarse en los diferentes vehículos que hacían el tour. Fue en ese instante cuando Michelle y Francis (los ancianos) decidieron ingresar. Tomados de la mano, entraron pausadamente por la puerta de entrada, con una pasividad asombrosa, nada parecida a la de la mayoría de los visitantes. Joe los vio por el retrovisor y se preguntó si esa pasividad era más bien física o si se debía a que, a esas alturas de la vida, ya no tenían prisa alguna.

Una vez dentro, Francis, luego de contener la respiración y largar un extenso suspiro, miró a Michelle con ternura y le preguntó:

—¿Estás segura? —dijo, mirando el fondo de sus ojos azules, como si esperara que una luz saliera de ellos—. Al fin de cuentas, no es necesario tu sacrificio. Quien está desahuciado soy yo. Michelle le apretó la mano y, sin mirarlo, respondió ¿Te acuerdas de cuando nos casamos, hace ya más de cincuenta años? El padre nos leyó los votos: «En la adversidad y en la enfermedad… hasta que la muerte los separe». Pues yo he estado contigo, acompañándote estos últimos años en la enfermedad, y estoy dispuesta a seguir a tu lado en la muerte. No deseo separarme de ti.

—Ya lo conversamos. Es por esto por lo que hicimos este viaje. Recuerda, cariño.

—¿Y si no sucede nada? ¿Y si todo es una farsa? Habríamos gastado casi todos nuestros ahorros —siguió diciendo Francis, deteniendo su figura en el umbral, como arrepentido de haber hecho tamaña locura.

—¡Ay, viejo, no sigas! Ya estamos acá. Solo debemos seguir con el plan.

Habían estudiado todo. Estuvieron viendo varias veces los videos que subían los turistas y se habían percatado de que, debajo de la escalera que daba a un pequeño desván, existían un par de tablas sueltas que les permitirían, dada su contextura, esconderse tras ellas cuando llegara el momento.

La tarde comenzaba a caer y ya un par de vehículos habían partido. Quedaban las camionetas de Joe y la de otra agencia, cuyos conductores estaban esperando a los últimos visitantes, entre ellos Michelle y Francis. Fue el anciano quien se sentó en la única cama que había, mientras su esposa se paseaba mirando cada detalle. De vez en cuando, se sacaba los guantes y deslizaba un dedo para mover el polvo de alguna figura, por su fanatismo por la limpieza.

Nadie se percató de que no llevaban cámaras ni celulares para tomar fotografías. Una niña que jugaba con su muñeca y corría de un lado para otro les dijo que solo quedaban ellos y sus padres, y que debían regresar pronto a los vehículos. Ambos asintieron con la cabeza, pero no contestaron nada. La niña siguió corriendo; luego, su madre la tomó de la mano y salieron.

Quedaron solos.

Era el momento. Michelle tomó la iniciativa y, al dirigirse bajo la escalera para ocultarse, se dio cuenta de que las tablas habían sido reparadas. Alarmada, volvió a la habitación para hablar con Francis, pero este no estaba allí. Asustada y sin pensar bien las cosas, salió gritando que su marido había desaparecido.

Todos entraron en pánico, sin saber si era más bien por los gritos de Michelle o porque la cabaña había cobrado otra víctima. Joe trató de mantener la calma, pese a estar muy asustado. Entró a buscarlo. Producto de la tensión, avanzó con demasiada cautela y, tras una rápida revisión del lugar, dijo desesperado que no estaba dentro.

Un grito escalofriante de una mujer puso a todos más nerviosos.

—¡Cobró otra víctima, otra víctima! —gritaba mientras mostraba una foto de su celular, con el brazo estirado en alto, y se acercaba a la puerta de la casa, donde una pequeña placa mostraba el número de víctimas supuestas y señalaba que este había cambiado.

—¡No puede ser! —exclamaron varios, ya que el número estaba escrito a mano, pero la placa mostraba una cifra más alta que la de la foto.

La mujer decía que aquello había sido lo primero que fotografió al llegar. El pánico se apoderó de todos, que se miraban incrédulos. ¿Cómo era posible que el número hubiese aumentado si no había nadie que pudiera haberlo hecho? De algún modo, la leyenda de que la cabaña tenía vida propia cobraba fuerza.

Joe, levantando los brazos, se dirigió a los presentes y exclamó:

—Estamos algo nerviosos. Lo mejor es que echemos un vistazo. El anciano quizás salió y se extravió. Vamos todos a buscarlo, menos usted —dijo, dirigiéndose a Michelle—. Quédese por si vuelve. No puede andar muy lejos.

Michelle obedeció como una niña. Se quedó parada en el lugar mientras veía cómo todos se perdían en busca de su esposo. Estaba aterrada por la situación cuando escuchó su nombre, que venía de la cabaña. Se acercó sigilosa y algo asustada. Una mano salió del umbral, la tomó del brazo y la arrastró de un tirón. Alcanzó a gritar antes de darse cuenta de que su raptor no era ni más ni menos que su marido.

—¿Te volviste loco? ¡Casi me matas de la impresión!

—Ven, después te explico —le dijo, llevándola al baño para ocultarse.

Afuera se escuchaba cómo llamaban a Francis. Pasaron unos minutos y, de pronto, se oyó otro grito de la mujer que señalaba el número de la placa.

—¡Se la llevó a ella también, se la llevó! —gritaba, asustada y alarmando a todos.

—¡Debemos irnos ahora! —le pedía a Joe.

La guía de la misma agencia, con los nervios deshechos, apoyó a la mujer y le pidió a Joe que los sacara del lugar. La pequeña lloraba y sus padres rogaban que, por favor, los sacaran de ahí.

Joe pensaba en los ancianos. También estaba asustado: nunca había sido testigo de tales desapariciones, y menos a plena luz del día. Trataba de llamar a su jefa, pero la señal era malísima a esa altura. Cynthia le insistía, cada vez más nerviosa, y el resto de los visitantes estaba en tal estado de alteración que nadie ayudaba a Joe, quien, desesperado, pedía un poco de calma.

En eso, el furgón que estaba junto con ellos en su afán de huir, derrapó, chirriando los neumáticos, y se alejó a toda marcha del lugar, provocando más tensión entre los presentes, quienes entraron en absoluto pánico y le insistían, entre gritos y súplicas, que se fueran de ahí.

Joe no tuvo más que acatar. Encendió el motor mientras miraba por los retrovisores en dirección a la cabaña, con la esperanza de que los ancianos salieran en cualquier momento.

La mujer que fotografió la placa no hacía más que hablar de eso, argumentando que tenía los registros, acaparando la atención de todos. La madre de la pequeña abrazaba a su hija, diciéndole que todo iba a estar bien, que los viejitos quizás se habían perdido por el bosque, pero que nada malo les iba a pasar. La niña hacía una y otra pregunta, al tiempo que comentaba entre sollozos que les había dicho que salieran de la cabaña. La mujer miró al padre para que la ayudara; ya no sabía qué más decir. Él trató de calmarla, reafirmando la versión de la madre.

En tanto, Joe seguía tratando de agarrar señal. Iba tan absorto en ello cuando se escuchó otro grito despavorido de la mujer:

—¡La vas a matar, la vas a matar, frena!

Sin pensarlo, pisó el pedal a fondo, provocando un frenado brusco que lanzó a todos hacia adelante, golpeándose más de uno contra los asientos. Cuando se asomaron a ver qué había pasado, apareció por delante del capó la cabra blanca.

—¿Pero ¿cómo llegó hasta acá? —se preguntaba Joe, sin encontrarle sentido.

Cynthia quiso tomar el control y le quitó el celular, argumentando que seguiría intentando y que él solo debía conducir. Joe echaba maldiciones por lo fatídico que se estaba volviendo aquel día y, para completar la mala racha de sucesos, se pinchó uno de los neumáticos. Por suerte, Joe pudo controlar la camioneta.

—¡Abajo todos! —exclamó enfadado.

Todos alegaban por esto o por lo otro. La mujer gritona era la que llevaba la batuta. Los gritos de ella, más los llantos de la pequeña, tenían a todos en un estado de estrés supremo. Para colmo, el mecanismo que aflojaba la rueda de repuesto estaba agarrotado y Joe no podía bajarla. Por suerte, el padre de la pequeña llorona le echó una mano y lograron aflojarla.

Una señora, de esas que parecen haber sido una especie de scout toda su vida, sacó un termo y ofreció café a todos. Al menos por un instante, la situación se destensó un poco.

 

Volvamos a la cabaña, donde quedaron Michelle y Francis.

 

—Viejo loco, ¿y cómo se te ocurrió meterte en el baño?

—La verdad, no lo sé bien. Cuando me di cuenta de que no sonaron las tablas, supe que algo andaba mal, y lo primero que se me ocurrió fue meterme al baño. Y eso fue todo.

—Tú no lo hiciste nada de mal —le dijo, mirándola tiernamente—. Saliste como loca gritando que había desaparecido —añadió, mientras agitaba los brazos en alto.

Ella, molesta por su burla, solo atinó a responder:

—Con tanta historia de esta cabaña, de pronto me asusté. ¡Sí, me asusté! Por un momento me agarró el pánico.

—Ya, mi amor, no te enojes —le dijo, abrazándola—. Ahora estamos solos. Logramos la primera parte del plan. Manos a la obra con el resto.

 

Joe ya no podía más. Los ancianos, la cabra, el neumático y todavía debía manejar más de dos kilómetros para dejar a los huéspedes en el hotel. Rogaba que no pasara nada. Cynthia aún no encontraba señal. La mujer de los gritos subía y subía fotos con las imágenes de la placa que mostraban las diferentes cifras, y alarmaba en las redes sociales sobre las nuevas víctimas de «la cabaña maldita», como la había rebautizado.

Debido a que la rueda de repuesto no le daba tanta confianza, Joe decidió aminorar la velocidad de tránsito, lo que demoró aún más el retorno, para angustia de los pasajeros. A mitad de trayecto, Cynthia logró tomar contacto con su jefa. No alcanzó a ponerla al tanto: su jefa ya lo sabía todo. De hecho, alcanzó a comentarle que empezaban a llegar reporteros para cubrir la noticia. Al parecer, las publicaciones de la mujer gritona habían surtido efecto.

Joe no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Debido a la tardanza, llegaron cuando empezaba a oscurecer, pero la pequeña aldea estaba llena de luces y furgones de televisión que esperaban su aparición.

Apenas se detuvo, la mujer gritona se bajó a mostrar las fotos de su video. La niña llorona no quería ser menos y, con la muñeca en sus brazos, corrió hacia los reporteros; ella también quería salir en televisión. En la camioneta solo quedaron Cynthia y Joe, quienes se miraban absortos por lo sucedido.

Fueron primera noticia esa noche y las tres siguientes. Por motivos de seguridad, la autoridad decidió cancelar las visitas a la cabaña. Solo un helicóptero rescatista estuvo haciendo labores de rastreo de los ancianos durante tres días. Como no habían tenido descendencia y ambos eran hijos únicos, el caso perdió dramatismo.

Una semana más tarde, Joe, que no podía dejar de pensar en los ancianos, dijo que llevaría la camioneta a mantención (como excusa para poder sacarla) y se dirigió a la cabaña en la madrugada. Iba nervioso al volante, pero no por la conducción; le asustaba, de algún modo, volver a la cabaña.

 

Pero nos hemos olvidado de Michelle y Francis. Quedamos en que, luego de quedarse solos, dijeron que continuarían con el plan. Bueno, veamos qué tramaban.

Francis destapó el vino y sirvió las copas dispuestas en la mesa. Un trozo de baguette, queso picado en trozos pequeños, salame y maní salado eran algunas meriendas que cenarían.

Michelle buscaba entre sus cosas mientras alegaba en voz alta:

—Estoy segura de que las eché —se decía, y seguía buscando.

Francis se dio vuelta a contemplarla. Con resignación observó su figura deteriorada, algo encorvada por los años, y, pese a todo, siempre había sido su fiel compañera. Rememoró con nostalgia cuando sus ojos azules lo encandilaron por vez primera.

Fue un verano, en compañía de Albert, su mejor amigo. Estaban haciendo dedo para ir a la playa cuando ella y Grethel llegaron y se pusieron delante. No llevaban ni cinco minutos esperando, a diferencia de ellos, que estaban casi por dos horas, cuando una camioneta se detuvo para llevarlas. Cuando pasaron sus miradas se cruzaron. Entonces, unos metros más adelante, la camioneta se detuvo y ella les hizo señas para que subieran al pick-up.

Desde ese mismo instante, comenzó a sentir celos por cada hombre que la mirara. El joven de la camioneta parecía coquetearle; se los escuchaba reír y eso lo enfurecía. Albert le hacía morisquetas, burlándose, pues nunca lo había visto así, enamorado a primera vista. Sobre todo, porque él, sin ser un don Juan, tenía éxito con las mujeres y su lema era nunca enamorarse. Pero los ojos azules lo habían hechizado.

Al llegar a la playa, tuvieron que bajarse, mientras él la veía perderse en compañía del galán. Se pasó todo el día de mal humor; solo pensaba en la joven de los ojos azules.

Fue al llegar la noche cuando las cosas cambiaron. Albert lo convenció de acudir a la única discoteca del lugar. Bailaba sin ganas con una joven que lo miraba entusiasmada cuando la vio entrar acompañada del mozalbete aquel.

Los celos enfermizos se apoderaron de él. Desde ese momento, no le despegó la vista de encima. Se sentó en un rincón con una cerveza, mientras Albert venía a acompañarlo de tanto en tanto y se lucía bailando, ya que era un gran bailarín.

De pronto, el muchacho fue al baño. Entonces la abordó. La invitó a bailar; pero ella se negó. Dejándose llevar por un impulso arrollador, la tomó de la mano y le rogó que, si no bailaba con él, moriría de pena.

Ella lanzó una carcajada, sin soltarle la mano, accedió. Aunque no era necesario (por el tipo de ritmo que en ese momento tocaban) sus manos no se separaban, como si el destino quisiera lo mismo.

Fue así. El muchacho perdió la jugada.

Michelle y Francis nunca más se separaron. Dos años más tarde, daban el sí ante Dios y se juraban amor eterno. El tiempo no quiso que llegasen hijos; se acostumbraron a la idea y, quizás por eso, su complicidad fue creciendo.

Viajaban mucho, ahorraban todo el año y salían sin rumbo. Italia, Egipto, Grecia, España, Francia; incluso África estuvo entre sus destinos. También viajaron a Chile para visitar la Laguna San Rafael. La mayor parte de las veces, eran los únicos que no se sacaban fotos. Decían que preferían no perder tiempo en ello, pues se amaban intensamente cada segundo que podían.

Hacía tres años que todo cambió. El diagnóstico de cáncer derrumbó a Francis. No pudo soportarlo; el deterioro fue intenso y se dejaba vencer cada día, pese a los esfuerzos de Michelle por ayudarlo.

Una tarde, mirando el celular, encontró un reels que hacía referencia a la cabaña abandonada y su maldición. Se lo comentó a Michelle. Al principio, su idea era que solo él se quedaría a morar, pero su esposa no lo aceptó y, finalmente, acordaron que ese destino fatídico lo harían juntos.

Esa noche sabían que sería la última de sus vidas. Bebieron, rieron, bailaron abrazados y se fueron a acostar con la idea de que la cabaña haría lo suyo.

 

Joe, cuando llegó al lugar, sintió una extraña sensación. Lejos del pánico de días atrás, sentía una paz que inundaba el ambiente. De hecho, la cabaña estaba iluminada. Observó la botella de vino a medio terminar, las copas y los restos del banquete. Entonces se alegró: los ancianos estaban vivos.

Se dirigió al dormitorio, pensando encontrarlos. La ropa de cama estaba deshecha, los bolsos y ropas estaban tirados por doquier. No entendía nada.

De pronto, una voz le habló detrás de él:

—Tranquilo, ellos están bien.

Se dio vuelta, pero solo vio la presencia de la cabra en la puerta de entrada. Miró a todas partes, buscando de dónde provenía la voz.

—No busques más, soy yo la que te habla —dijo la cabra.

—¿Qué? ¡Una cabra que habla! ¡¿Qué es todo esto?! —exclamó Joe, llevándose las manos a la cabeza, como si de pronto estuviese enloqueciendo.

—Soy más que una cabra. Soy un espíritu en castigo. Fui, hace unos años, una mujer que cometió algunos pecados, y se me ha castigado con esta vida de animal. Sé que estás desorientado, pero créeme que esta cabaña no tiene nada de maldición. Al contrario, es un portal a mundos paralelos.

—¿Mundos paralelos? —exclamó Joe.

—Sí. Desde el inicio de los tiempos existen los mundos paralelos, donde conviven los seres humanos, vivos y muertos.

—¿Vivos y muertos? —preguntó Joe, incrédulo.

—Así es. Muchas de las personas que quizás conozcas han muerto en otros mundos paralelos. Es la forma que existe para transportarse de uno a otro.

—¿Y cuántos mundos paralelos existen?

—Infinitos —repuso la cabra, masticando restos de pasto.

—Entonces, ¿los ancianos murieron y están en otro mundo?

—Así es. Ellos abandonaron este mundo ese día y cruzaron el portal. Ahora siguen juntos. Su amor trascendió; son jóvenes y se acaban de conocer. Esta vez tendrán hijos.

La cabra le siguió contando sobre los mundos paralelos y cómo la cabaña era un portal. La angustia de Joe había desaparecido. Besó la nuca de la cabra, se subió a la camioneta contento, pensando en Michelle y Francis, y se dijo que se notaba que se amaban.

Prendió la radio y descendió con una alegría que lo inundaba. Jamás pensó que hablaría con una cabra, ni que aceptaría la idea de un portal, y mucho menos la de mundos paralelos.

Al llegar a casa, miró de manera distinta a su perro. Se agachó y, tomándolo de la cabeza, lo miró fijamente a los ojos.

—Tú no hablas, ¿verdad? —le preguntó, inquieto.

Los fuertes ladridos de su mascota le devolvieron la calma.

 

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Sol de mediodia

E l sol del mediodía iluminaba los gráciles cabellos del pequeño que corría entre los pastizales. A paso raudo su padre, avanzaba tras él. E...