La mirada de mi madre quedó fija en el dibujo
de un sol que asomaba tras la montaña, trazado con tiza en la muralla,
seguramente por un niño, años atrás. Caminábamos detrás de la corredora de
propiedades, que más que hablar parecía cotorrear. Mi madre me apretó la mano y,
con un guiño de aprobación, me hizo entender que debía cerrar el trato. Lo que
más le gustaba era su habitación, iluminada a través de un enorme ventanal. Desde
allí se veía un jardín bien cuidado, en el que destacaban las hortensias y
orquídeas. Sin duda, los pajaritos vendrían a visitarlo, y eso le encantaría
aún más. Detrás de mí venía Lucrecia. Quizás tenía tantos años como mi madre,
pero poseía una vitalidad envidiable. Además, mamá confiaba ciegamente en la
Lucre, como ella solía llamarla. La casa era pequeña, pero acogedora, y estaba
en un barrio tranquilo. Eso era lo más importante debido a mis largas ausencias
por trabajo. La cocina tenía azulejos que alguna vez fueron blancos, pero que ahora
estaban cubiertos de grasa. Junto con las paredes pintadas de colores extravagantes,
pedía a gritos una limpieza y una nueva capa de pintura. La que más pedía
auxilio, era la campana camuflada bajo la mugre grasienta. Creo que le pediré
al viejo Pablo que venga a auxiliarme -pensé- mientras mi madre me pedía que la
acompañara al jardín a ver las plantas. Las conocía como la palma de su mano y
rápidamente hizo una evaluación de estas, definiendo cuales necesitaban poda y
agua, o agua simplemente, decía que tendría tiempo suficiente, mientras
estiraba su cuello para alcanzar a ver dónde se escabullía una enredadera
detrás de un naranjo. La recortaré, no quiero problemas con los nuevos vecinos,
me comentó resuelta. La corredora seguía con su cotorreo de las bondades de la
casa, de esto y de aquello, mientras mi madre, levantaba una mano, denotando
que aquello no le interesaba. Así era ella, directa y pragmática. Por suerte,
la corredora no la vio. Decidí seguir a la cotorra para afinar los detalles de
la compra, mientras Lucrecia y mamá conversaban de los futuros arreglos del
jardín. Alcancé a escuchar que necesitaría guantes, herramientas de jardín,
maceteros y tierra de hoja para mañana. Quería empezar pronto. Quise decirle
que aún la casa no era de ella, pero desistí. La corredora sonrió satisfecha a
sabiendas que la venta era un detalle de papeleo nada más, y yo por supuesto
sacaba cuentas del pago en el banco, con los futuros trabajos que tenía
ad-porta. Mi madre, me recordó a mi segunda hija por su entusiasmo infantil. Su
silueta tras las rosas, la hacían parecer delgada, pequeña y frágil, pero nadie
más que yo conocía su carácter. La vieja Lucrecia, le afirmaba de un brazo, asintiendo
de vez en cuando para llevarle la razón, cuanta paciencia tenía. Aún puedo
recordar el día, cuando mi padre llegó con ella. Desde siempre fue regordeta
pero nunca ninguno de mis hermanos osó molestarla o hacer un mal comentario por
su figura. Mamá desde el primer momento la adoptó como la hermana mayor que no
tuvo. Pasaban casi todo el tiempo juntas, ella tenía una voz melodiosa y se
sabía todas las canciones de Juan Gabriel, Luis Miguel y Ana Gabriel y se las
pasaba cantando, mientras hacía los quehaceres domésticos. Tuvo mala suerte en
el amor la Lucre, pese a su gordura, su simpatía desbordante y su carácter
liviano, la hacían una mujer coqueta que gustaba a la mayoría de los hombres.
Sin embargo, sólo estuvo con dos hombres en su vida y después dijo fue
suficiente. El primero fue Sandrino, un delgado muchacho que trabajaba en un
almacén del barrio y del cual se enamoró a primera vista. Estuvieron juntos largos
7 años, pero los celos enfermizos de Sandrino, terminaron de agobiarla y
decidió terminar con él, a pesar de seguir enamorada. Mi madre compartió sus
penas tardes enteras, se les escuchaba hablar bajito en la cocina y luego
Lucrecia soltaba el llanto. Mis hermanos y yo, pese a ser adolescentes lo
encaramos una tarde, y le amenazamos con palos y piedras a las afueras del
local donde trabajaba, pese a que nos echaron a gritos, al parecer, algo de
eso, influyó pues nunca más se le vio asomarse por nuestra casa, donde solía
pasar por las tardes y sentarse en la banca del jardín cuando visitaba a
Lucrecia. Esa desilusión duró varios años, no salía ni siquiera a misa. Pero un
domingo mi madre, en su desesperación la obligó. Partimos con ella todos juntos
a misa, cosa que mis hermanos y yo aborrecíamos, salvo cuando iban las
mellizas. Eran dos trigueñas de unos ojazos azules, de las que estábamos
enamorados Bastian y yo. Cuando las veíamos llegar, Fernando mi hermano mayor,
empezaba a molestarnos, incluso una vez les tiró un papelito en plena misa,
donde nos delataba de estar loquitos por ellas. Afortunadamente intervino su
madre, y no dejó que recogieran el papel, aunque por las risas y el
nerviosismo, algo pudieron sospechar. Hasta el día de hoy, nunca lo sabré, pues
no las volvimos a ver. Volvamos con Lucrecia, ese domingo un hombre mayor se
sentó detrás de nosotros y cuando vino el darse la paz, la mano de Lucrecia
quedó atrapada entre las suyas y sus ojos se encontraron sin decir palabras.
Fue mi madre la que, con un codazo, rompió el hechizo. Desde ese día Lucrecia
se sentía dispuesta a ir a la iglesia, primero a misa los domingos y luego
fueron los sábados y algún miércoles entremedio. Pensamos que se había vuelto
algo beata, pero mi madre la descubrió con aquel hombre mayor. Por más que
trató de disuadirla, aquel individuo, ya había conquistado el corazón solitario
de Lucrecia y hasta le pidió matrimonio. Para su suerte, mi madre nunca se
mostró dispuesta, y le pidió que lo postergara. Al pasar del tiempo, el famoso viejuco,
lo llamo así, porque nunca supe su nombre, empezó a mostrar su debilidad por el
vino. Más de una vez, en un almuerzo en casa, decía que bebía la sangre de Dios,
pero no caía en gracia. Cinco años duró esa relación, la fecha del casorio se
fue dilatando una y otra vez, hasta que de repente, el borrachín dejó de
visitarla. Esta vez, no lloró como fue con Sandrino, de algún modo se daba
cuenta que no le gustaba estar sola, y en ese afán de encontrar un hombre que
la quisiera, no había elegido bien. Una tarde después de misa, llegó con un
gato roñoso que recogió de la calle, y nos dijo -el será mi único compañero por
lo que me queda de vida. Ese gato la acompañó por casi veinte años, al final ni
siquiera salía de su cuarto. Le era fiel, y fue la compañía que necesitaba.
Solía conversarle, como si le entendiera. Alguna vez, en mis llegadas tarde a
casa, escuché sus historias con Sandrino, solía contarle sus salidas, ese
muchacho fue su gran amor, que lástima que no resultara su relación. En casa al
principio era bien querido por todos, más de una vez, mi padre le regaló ropa o
zapatos y cuando salían, le decía que cuidara de su hija, refiriéndose a
Lucrecia.
Yo creo, que fuimos de algún modo su verdadera
familia, ahora que lo pienso, nunca le escuché hablar de sus padres o si tenía
hermanos o hermanas. Ni recuerdo haberle preguntado a papá como la conoció. Lo
que sí sé, es que fue el paño de lágrimas de los tres, cada uno en su tiempo,
pues nos llevábamos por dos años todos. El más sensible siempre fue Bastián el
menor, pasaba enamorándose y sufría casi semana por medio desilusiones. Ahí
estaba como siempre Lucrecia. Solía abrazarnos con tanta ternura, no sé, pero
en sus brazos, uno perdía el miedo, la vergüenza y se desahogaba. Lucrecia
guardaba secreto de los tres que nunca siquiera imaginaron nuestros padres.
Recuerdo que el cumpleaños más bonito fue
cuando cumplió 30, en ese entonces andaba con Sandrino. Esa mañana nadie la
saludó, dejamos que saliera a celebrar con él. A su regreso, teníamos una
fiesta sorpresa, con Adela que era su mejor y quizás única amiga. Mamá le hizo
una torta, y todos cooperamos para hacer la cena bailable. Estaba tan feliz,
que parecía una quinceañera, se lo bailó todo, cumbia, rock and roll, lentos,
onda disco, en fin, cuando digo todo, es todo. Pasada la medianoche, ya no
tenía acompañante, todos estábamos muertos, el primero en renunciar fue papá,
después de tres bailes, se fue directo a la cama, comentando que ya no estaba
para esos trotes. Sandrino la apaño, hasta como a las dos de la madrugada y
cuando yo me fui a acostar, era el turno de Fernando, que, a cada rato, le
decía, ya, pero esta es la última. A la distancia, la miro hoy, y pienso en
todo lo que nos dio Lucrecia, y creo que si todos juntásemos lo que le dimos
igual quedaríamos al debe. Su cabello cano, como el de mi madre me recuerda que
dedicó toda una vida a nuestro cuidado. Creo que es el momento que debo cambiar
las cosas - me dije. Le pregunté a la cotorra, si conocía a alguien que pudiera
venir unas dos veces a la semana a ayudarles con las cosas de la casa y
asintió, lo que me llenó de alegría. Por fin, mi madre y Lucrecia podían
disfrutar de sus últimos días juntas.
Me despedí de la cotorra, quedando de pasar el
lunes a firmar los papeles, me senté en el piso de la casa, apoyando mi figura
en el ventanal del living, donde aún llegaba el sol con sus delgados dedos, y
sonreí satisfecho, no sólo por conseguir comprar la casa como fue mi sueño
desde niño, sino por darle un hogar a mis dos madres.
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