Aquel parecía ser otro de esos días en que los turistas visitaban la famosa cabaña abandonada en la alta montaña, conocida por la leyenda de que tenía vida propia y de que sus moradores desaparecían si se quedaban a pasar la noche. El acceso al lugar, si bien no era de gran altura, era una huella a la que se podía llegar en vehículos 4x4 o camionetas de alto cilindraje y potencia. Joe era un avezado conductor que llevaba años realizando esa ruta, por lo que siempre llegaba antes que el resto.
Cynthia, la guía turística,
contaba la historia de la cabaña antes de entrar, poniendo mucho hincapié en
que nadie podía quedarse dentro de la misma una vez que terminase el tour. No
se inquieten por tomar fotografías, pues tendrían tiempo de sobra -agregó. Los
turistas, tras la charla, ingresaron ansiosos a tomar fotografías del más
mínimo detalle. Venían de todas partes del mundo, pues hacía solo un año, un
fotógrafo danés, desafiando la leyenda, se había quedado a pernoctar e incluso
había alcanzado a subir a sus redes sociales el momento en que estaba
recostado, pasada la medianoche, contando que tal leyenda no era cierta. Al día
siguiente, solo encontraron su mochila, la cámara y otros enseres menores.
Después de ese episodio, que se
viralizó a nivel mundial, las reservas no paraban. Joe llegó a hacer hasta tres
viajes en un día. Estaba sentado en su camioneta, con la puerta abierta,
preparándose un cigarro de tabaco rubio, cuando sintió una extraña presencia.
Se asomó y vio una cabra de pelaje blanco. En sus más de quince años como
chofer, nunca se le había aparecido una.
Mientras el caprino se alimentaba
del pasto que crecía de forma natural por los alrededores, los visitantes que
lograron verla lo único que querían era tomarse selfis con ella, acaparando la
atención del resto. Pasada la euforia por la cabra, volvieron a fotografiar la
cabaña. Nadie se preocupaba de los detalles; por ejemplo, la banca de madera
nativa, finamente dispuesta en un costado de la ladera, desde donde se podía
apreciar toda la belleza del valle; el naranjo lleno de frutos o las extrañas
aves que se posaban en el techo.
Joe seguía intrigado por la
cabra. Se bajó a observarla cuando se encontró con una pareja de ancianos
sentados en la banca, dándole de comer de su merienda.
—¿Y ustedes no van a sacar fotos
de la cabaña? Es decir, ¿no se supone que vinieron a eso? —volvió a preguntar.
—Lo cierto es que están todos
demasiado ansiosos y andan a empujones. No respetan a personas como nosotros
—contestó la mujer—. Por eso, preferimos venir a sentarnos y esperar a que
vayan saliendo.
—Entiendo —repuso Joe—, pero no
se tomen mucho tiempo. La verdad es que, con esta cabaña, yo no me fiaría.
—¡Patrañas! Es solo una cabaña
—replicó el anciano—. Lo demás es pura propaganda —añadió, haciendo un ademán
con una de sus manos en señal de desaprobación—. De otra manera, ¿quién vendría
hasta este lugar tan inhóspito? —recalcó.
—Tal vez tenga usted razón
—contestó Joe, y se alejó para volver a la camioneta.
Tras un largo tiempo, los
turistas comenzaron a embarcarse en los diferentes vehículos que hacían el
tour. Fue en ese instante cuando Michelle y Francis (los ancianos) decidieron
ingresar. Tomados de la mano, entraron pausadamente por la puerta de entrada,
con una pasividad asombrosa, nada parecida a la de la mayoría de los
visitantes. Joe los vio por el retrovisor y se preguntó si esa pasividad era
más bien física o si se debía a que, a esas alturas de la vida, ya no tenían
prisa alguna.
Una vez dentro, Francis, luego de
contener la respiración y largar un extenso suspiro, miró a Michelle con
ternura y le preguntó:
—¿Estás segura? —dijo, mirando el
fondo de sus ojos azules, como si esperara que una luz saliera de ellos—. Al
fin de cuentas, no es necesario tu sacrificio. Quien está desahuciado soy yo. Michelle
le apretó la mano y, sin mirarlo, respondió ¿Te acuerdas de cuando nos casamos,
hace ya más de cincuenta años? El padre nos leyó los votos: «En la adversidad y
en la enfermedad… hasta que la muerte los separe». Pues yo he estado contigo,
acompañándote estos últimos años en la enfermedad, y estoy dispuesta a seguir a
tu lado en la muerte. No deseo separarme de ti.
—Ya lo conversamos. Es por esto
por lo que hicimos este viaje. Recuerda, cariño.
—¿Y si no sucede nada? ¿Y si todo
es una farsa? Habríamos gastado casi todos nuestros ahorros —siguió diciendo
Francis, deteniendo su figura en el umbral, como arrepentido de haber hecho
tamaña locura.
—¡Ay, viejo, no sigas! Ya estamos
acá. Solo debemos seguir con el plan.
Habían estudiado todo. Estuvieron
viendo varias veces los videos que subían los turistas y se habían percatado de
que, debajo de la escalera que daba a un pequeño desván, existían un par de
tablas sueltas que les permitirían, dada su contextura, esconderse tras ellas
cuando llegara el momento.
La tarde comenzaba a caer y ya un
par de vehículos habían partido. Quedaban las camionetas de Joe y la de otra
agencia, cuyos conductores estaban esperando a los últimos visitantes, entre
ellos Michelle y Francis. Fue el anciano quien se sentó en la única cama que
había, mientras su esposa se paseaba mirando cada detalle. De vez en cuando, se
sacaba los guantes y deslizaba un dedo para mover el polvo de alguna figura,
por su fanatismo por la limpieza.
Nadie se percató de que no
llevaban cámaras ni celulares para tomar fotografías. Una niña que jugaba con
su muñeca y corría de un lado para otro les dijo que solo quedaban ellos y sus
padres, y que debían regresar pronto a los vehículos. Ambos asintieron con la
cabeza, pero no contestaron nada. La niña siguió corriendo; luego, su madre la
tomó de la mano y salieron.
Quedaron solos.
Era el momento. Michelle tomó la
iniciativa y, al dirigirse bajo la escalera para ocultarse, se dio cuenta de
que las tablas habían sido reparadas. Alarmada, volvió a la habitación para
hablar con Francis, pero este no estaba allí. Asustada y sin pensar bien las
cosas, salió gritando que su marido había desaparecido.
Todos entraron en pánico, sin
saber si era más bien por los gritos de Michelle o porque la cabaña había
cobrado otra víctima. Joe trató de mantener la calma, pese a estar muy
asustado. Entró a buscarlo. Producto de la tensión, avanzó con demasiada cautela
y, tras una rápida revisión del lugar, dijo desesperado que no estaba dentro.
Un grito escalofriante de una
mujer puso a todos más nerviosos.
—¡Cobró otra víctima, otra
víctima! —gritaba mientras mostraba una foto de su celular, con el brazo
estirado en alto, y se acercaba a la puerta de la casa, donde una pequeña placa
mostraba el número de víctimas supuestas y señalaba que este había cambiado.
—¡No puede ser! —exclamaron
varios, ya que el número estaba escrito a mano, pero la placa mostraba una
cifra más alta que la de la foto.
La mujer decía que aquello había
sido lo primero que fotografió al llegar. El pánico se apoderó de todos, que se
miraban incrédulos. ¿Cómo era posible que el número hubiese aumentado si no
había nadie que pudiera haberlo hecho? De algún modo, la leyenda de que la
cabaña tenía vida propia cobraba fuerza.
Joe, levantando los brazos, se
dirigió a los presentes y exclamó:
—Estamos algo nerviosos. Lo mejor
es que echemos un vistazo. El anciano quizás salió y se extravió. Vamos todos a
buscarlo, menos usted —dijo, dirigiéndose a Michelle—. Quédese por si vuelve.
No puede andar muy lejos.
Michelle obedeció como una niña.
Se quedó parada en el lugar mientras veía cómo todos se perdían en busca de su
esposo. Estaba aterrada por la situación cuando escuchó su nombre, que venía de
la cabaña. Se acercó sigilosa y algo asustada. Una mano salió del umbral, la
tomó del brazo y la arrastró de un tirón. Alcanzó a gritar antes de darse
cuenta de que su raptor no era ni más ni menos que su marido.
—¿Te volviste loco? ¡Casi me
matas de la impresión!
—Ven, después te explico —le
dijo, llevándola al baño para ocultarse.
Afuera se escuchaba cómo llamaban
a Francis. Pasaron unos minutos y, de pronto, se oyó otro grito de la mujer que
señalaba el número de la placa.
—¡Se la llevó a ella también, se
la llevó! —gritaba, asustada y alarmando a todos.
—¡Debemos irnos ahora! —le pedía
a Joe.
La guía de la misma agencia, con
los nervios deshechos, apoyó a la mujer y le pidió a Joe que los sacara del
lugar. La pequeña lloraba y sus padres rogaban que, por favor, los sacaran de
ahí.
Joe pensaba en los ancianos.
También estaba asustado: nunca había sido testigo de tales desapariciones, y
menos a plena luz del día. Trataba de llamar a su jefa, pero la señal era
malísima a esa altura. Cynthia le insistía, cada vez más nerviosa, y el resto
de los visitantes estaba en tal estado de alteración que nadie ayudaba a Joe,
quien, desesperado, pedía un poco de calma.
En eso, el furgón que estaba
junto con ellos en su afán de huir, derrapó, chirriando los neumáticos, y se
alejó a toda marcha del lugar, provocando más tensión entre los presentes,
quienes entraron en absoluto pánico y le insistían, entre gritos y súplicas,
que se fueran de ahí.
Joe no tuvo más que acatar.
Encendió el motor mientras miraba por los retrovisores en dirección a la
cabaña, con la esperanza de que los ancianos salieran en cualquier momento.
La mujer que fotografió la placa
no hacía más que hablar de eso, argumentando que tenía los registros,
acaparando la atención de todos. La madre de la pequeña abrazaba a su hija,
diciéndole que todo iba a estar bien, que los viejitos quizás se habían perdido
por el bosque, pero que nada malo les iba a pasar. La niña hacía una y otra
pregunta, al tiempo que comentaba entre sollozos que les había dicho que
salieran de la cabaña. La mujer miró al padre para que la ayudara; ya no sabía
qué más decir. Él trató de calmarla, reafirmando la versión de la madre.
En tanto, Joe seguía tratando de
agarrar señal. Iba tan absorto en ello cuando se escuchó otro grito despavorido
de la mujer:
—¡La vas a matar, la vas a matar,
frena!
Sin pensarlo, pisó el pedal a
fondo, provocando un frenado brusco que lanzó a todos hacia adelante,
golpeándose más de uno contra los asientos. Cuando se asomaron a ver qué había
pasado, apareció por delante del capó la cabra blanca.
—¿Pero ¿cómo llegó hasta acá? —se
preguntaba Joe, sin encontrarle sentido.
Cynthia quiso tomar el control y
le quitó el celular, argumentando que seguiría intentando y que él solo debía
conducir. Joe echaba maldiciones por lo fatídico que se estaba volviendo aquel
día y, para completar la mala racha de sucesos, se pinchó uno de los
neumáticos. Por suerte, Joe pudo controlar la camioneta.
—¡Abajo todos! —exclamó enfadado.
Todos alegaban por esto o por lo
otro. La mujer gritona era la que llevaba la batuta. Los gritos de ella, más
los llantos de la pequeña, tenían a todos en un estado de estrés supremo. Para
colmo, el mecanismo que aflojaba la rueda de repuesto estaba agarrotado y Joe
no podía bajarla. Por suerte, el padre de la pequeña llorona le echó una mano y
lograron aflojarla.
Una señora, de esas que parecen
haber sido una especie de scout toda su vida, sacó un termo y ofreció café a
todos. Al menos por un instante, la situación se destensó un poco.
Volvamos a la cabaña, donde
quedaron Michelle y Francis.
—Viejo loco, ¿y cómo se te
ocurrió meterte en el baño?
—La verdad, no lo sé bien. Cuando
me di cuenta de que no sonaron las tablas, supe que algo andaba mal, y lo
primero que se me ocurrió fue meterme al baño. Y eso fue todo.
—Tú no lo hiciste nada de mal —le
dijo, mirándola tiernamente—. Saliste como loca gritando que había desaparecido
—añadió, mientras agitaba los brazos en alto.
Ella, molesta por su burla, solo
atinó a responder:
—Con tanta historia de esta
cabaña, de pronto me asusté. ¡Sí, me asusté! Por un momento me agarró el
pánico.
—Ya, mi amor, no te enojes —le
dijo, abrazándola—. Ahora estamos solos. Logramos la primera parte del plan.
Manos a la obra con el resto.
Joe ya no podía más. Los
ancianos, la cabra, el neumático y todavía debía manejar más de dos kilómetros
para dejar a los huéspedes en el hotel. Rogaba que no pasara nada. Cynthia aún
no encontraba señal. La mujer de los gritos subía y subía fotos con las
imágenes de la placa que mostraban las diferentes cifras, y alarmaba en las
redes sociales sobre las nuevas víctimas de «la cabaña maldita», como la había
rebautizado.
Debido a que la rueda de repuesto
no le daba tanta confianza, Joe decidió aminorar la velocidad de tránsito, lo
que demoró aún más el retorno, para angustia de los pasajeros. A mitad de
trayecto, Cynthia logró tomar contacto con su jefa. No alcanzó a ponerla al
tanto: su jefa ya lo sabía todo. De hecho, alcanzó a comentarle que empezaban a
llegar reporteros para cubrir la noticia. Al parecer, las publicaciones de la
mujer gritona habían surtido efecto.
Joe no podía dar crédito a lo que
estaba sucediendo. Debido a la tardanza, llegaron cuando empezaba a oscurecer,
pero la pequeña aldea estaba llena de luces y furgones de televisión que
esperaban su aparición.
Apenas se detuvo, la mujer
gritona se bajó a mostrar las fotos de su video. La niña llorona no quería ser
menos y, con la muñeca en sus brazos, corrió hacia los reporteros; ella también
quería salir en televisión. En la camioneta solo quedaron Cynthia y Joe,
quienes se miraban absortos por lo sucedido.
Fueron primera noticia esa noche
y las tres siguientes. Por motivos de seguridad, la autoridad decidió cancelar
las visitas a la cabaña. Solo un helicóptero rescatista estuvo haciendo labores
de rastreo de los ancianos durante tres días. Como no habían tenido
descendencia y ambos eran hijos únicos, el caso perdió dramatismo.
Una semana más tarde, Joe, que no
podía dejar de pensar en los ancianos, dijo que llevaría la camioneta a
mantención (como excusa para poder sacarla) y se dirigió a la cabaña en la
madrugada. Iba nervioso al volante, pero no por la conducción; le asustaba, de
algún modo, volver a la cabaña.
Pero nos hemos olvidado de
Michelle y Francis. Quedamos en que, luego de quedarse solos, dijeron que
continuarían con el plan. Bueno, veamos qué tramaban.
Francis destapó el vino y sirvió
las copas dispuestas en la mesa. Un trozo de baguette, queso picado en trozos
pequeños, salame y maní salado eran algunas meriendas que cenarían.
Michelle buscaba entre sus cosas
mientras alegaba en voz alta:
—Estoy segura de que las eché —se
decía, y seguía buscando.
Francis se dio vuelta a
contemplarla. Con resignación observó su figura deteriorada, algo encorvada por
los años, y, pese a todo, siempre había sido su fiel compañera. Rememoró con
nostalgia cuando sus ojos azules lo encandilaron por vez primera.
Fue un verano, en compañía de
Albert, su mejor amigo. Estaban haciendo dedo para ir a la playa cuando ella y
Grethel llegaron y se pusieron delante. No llevaban ni cinco minutos esperando,
a diferencia de ellos, que estaban casi por dos horas, cuando una camioneta se
detuvo para llevarlas. Cuando pasaron sus miradas se cruzaron. Entonces, unos
metros más adelante, la camioneta se detuvo y ella les hizo señas para que
subieran al pick-up.
Desde ese mismo instante, comenzó
a sentir celos por cada hombre que la mirara. El joven de la camioneta parecía
coquetearle; se los escuchaba reír y eso lo enfurecía. Albert le hacía
morisquetas, burlándose, pues nunca lo había visto así, enamorado a primera
vista. Sobre todo, porque él, sin ser un don Juan, tenía éxito con las mujeres
y su lema era nunca enamorarse. Pero los ojos azules lo habían hechizado.
Al llegar a la playa, tuvieron
que bajarse, mientras él la veía perderse en compañía del galán. Se pasó todo el
día de mal humor; solo pensaba en la joven de los ojos azules.
Fue al llegar la noche cuando las
cosas cambiaron. Albert lo convenció de acudir a la única discoteca del lugar.
Bailaba sin ganas con una joven que lo miraba entusiasmada cuando la vio entrar
acompañada del mozalbete aquel.
Los celos enfermizos se
apoderaron de él. Desde ese momento, no le despegó la vista de encima. Se sentó
en un rincón con una cerveza, mientras Albert venía a acompañarlo de tanto en
tanto y se lucía bailando, ya que era un gran bailarín.
De pronto, el muchacho fue al
baño. Entonces la abordó. La invitó a bailar; pero ella se negó. Dejándose
llevar por un impulso arrollador, la tomó de la mano y le rogó que, si no
bailaba con él, moriría de pena.
Ella lanzó una carcajada, sin
soltarle la mano, accedió. Aunque no era necesario (por el tipo de ritmo que en
ese momento tocaban) sus manos no se separaban, como si el destino quisiera lo
mismo.
Fue así. El muchacho perdió la
jugada.
Michelle y Francis nunca más se
separaron. Dos años más tarde, daban el sí ante Dios y se juraban amor eterno.
El tiempo no quiso que llegasen hijos; se acostumbraron a la idea y, quizás por
eso, su complicidad fue creciendo.
Viajaban mucho, ahorraban todo el
año y salían sin rumbo. Italia, Egipto, Grecia, España, Francia; incluso África
estuvo entre sus destinos. También viajaron a Chile para visitar la Laguna San
Rafael. La mayor parte de las veces, eran los únicos que no se sacaban fotos.
Decían que preferían no perder tiempo en ello, pues se amaban intensamente cada
segundo que podían.
Hacía tres años que todo cambió. El
diagnóstico de cáncer derrumbó a Francis. No pudo soportarlo; el deterioro fue
intenso y se dejaba vencer cada día, pese a los esfuerzos de Michelle por
ayudarlo.
Una tarde, mirando el celular,
encontró un reels que hacía referencia a la cabaña abandonada y su maldición.
Se lo comentó a Michelle. Al principio, su idea era que solo él se quedaría a
morar, pero su esposa no lo aceptó y, finalmente, acordaron que ese destino
fatídico lo harían juntos.
Esa noche sabían que sería la
última de sus vidas. Bebieron, rieron, bailaron abrazados y se fueron a acostar
con la idea de que la cabaña haría lo suyo.
Joe, cuando llegó al lugar,
sintió una extraña sensación. Lejos del pánico de días atrás, sentía una paz
que inundaba el ambiente. De hecho, la cabaña estaba iluminada. Observó la
botella de vino a medio terminar, las copas y los restos del banquete. Entonces
se alegró: los ancianos estaban vivos.
Se dirigió al dormitorio,
pensando encontrarlos. La ropa de cama estaba deshecha, los bolsos y ropas
estaban tirados por doquier. No entendía nada.
De pronto, una voz le habló
detrás de él:
—Tranquilo, ellos están bien.
Se dio vuelta, pero solo vio la
presencia de la cabra en la puerta de entrada. Miró a todas partes, buscando de
dónde provenía la voz.
—No busques más, soy yo la que te
habla —dijo la cabra.
—¿Qué? ¡Una cabra que habla!
¡¿Qué es todo esto?! —exclamó Joe, llevándose las manos a la cabeza, como si de
pronto estuviese enloqueciendo.
—Soy más que una cabra. Soy un
espíritu en castigo. Fui, hace unos años, una mujer que cometió algunos
pecados, y se me ha castigado con esta vida de animal. Sé que estás
desorientado, pero créeme que esta cabaña no tiene nada de maldición. Al
contrario, es un portal a mundos paralelos.
—¿Mundos paralelos? —exclamó Joe.
—Sí. Desde el inicio de los
tiempos existen los mundos paralelos, donde conviven los seres humanos, vivos y
muertos.
—¿Vivos y muertos? —preguntó Joe,
incrédulo.
—Así es. Muchas de las personas
que quizás conozcas han muerto en otros mundos paralelos. Es la forma que
existe para transportarse de uno a otro.
—¿Y cuántos mundos paralelos
existen?
—Infinitos —repuso la cabra,
masticando restos de pasto.
—Entonces, ¿los ancianos murieron
y están en otro mundo?
—Así es. Ellos abandonaron este
mundo ese día y cruzaron el portal. Ahora siguen juntos. Su amor trascendió;
son jóvenes y se acaban de conocer. Esta vez tendrán hijos.
La cabra le siguió contando sobre
los mundos paralelos y cómo la cabaña era un portal. La angustia de Joe había
desaparecido. Besó la nuca de la cabra, se subió a la camioneta contento,
pensando en Michelle y Francis, y se dijo que se notaba que se amaban.
Prendió la radio y descendió con
una alegría que lo inundaba. Jamás pensó que hablaría con una cabra, ni que aceptaría
la idea de un portal, y mucho menos la de mundos paralelos.
Al llegar a casa, miró de manera
distinta a su perro. Se agachó y, tomándolo de la cabeza, lo miró fijamente a
los ojos.
—Tú no hablas, ¿verdad? —le
preguntó, inquieto.
Los fuertes ladridos de su
mascota le devolvieron la calma.
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