La puerta de casa


La puerta de casa siempre crujía al abrirse, a pesar que el abuelo la aceitaba permanentemente -sólo lograba callarla por unos días - luego volvía ese canto lastimero. Sin embargo, estábamos tan acostumbrados a aquel que cuando no rechinaba, sentíamos como si no hubiésemos llegado a casa. Por eso aquel domingo ya comenzando a anochecer, nadie quedó indiferente cuando se sintió su característico crujido. Como era costumbre nos encontrábamos todos en casa. Las miradas del abuelo sobre el periódico y de la abuela sobre el tejido se cruzaron como preguntándose - ¿lo escuchastes verdad? Yo les miraba sentado al lado de la chimenea y les observé al tiempo que miré a mamá que tomaba su segunda taza de té, inquiriéndole con mis grandes ojos negros lo mismo. Por alguna razón que aún no logro comprender nadie se atrevió a preguntar si los demás habían escuchado la puerta de calle abrirse. Papá había muerto hacía tres años y desde su partida nunca se había hecho presente, por eso creo que nadie en ese instante pensó en él. El barrio donde vivíamos era residencial y en él vivían sólo familias de buenas costumbres, y durante años no se conocía de robos, por ende pensar en un ladrón también era ilógico. El invierno aquel año fue más crudo que los anteriores, y como consecuencia, el sonido que emitían las bisagras y las maderas tenía un tono más grave por entonces, yo diría más senil, como si la vieja puerta se estuviera despidiendo. Lo cierto es que de algún modo aquel crujido alteró a todos los presentes. Mamá me mandó a acostar más temprano que de costumbre a pesar que al día siguiente no tenía colegio, y de mis ruegos por quedarme un rato más al lado del fuego. La abuela se excusó de tos y dirigió a su cuarto como no hacía en años- siempre era la última en acostarse - sólo el abuelo y mi madre se quedaron en el living. Ahora que lo pienso, no recuerdo otra noche en que ambos se hubieran quedado conversando hasta muy tarde. En mi cuarto no podía conciliar el sueño, no lograba despejar de mi mente el crujido de la puerta, por más que le buscaba una explicación no la encontraba. Cuando por fin el sueño me vencía, sentí las voces del abuelo y mi madre que murmuraban en el pasillo, despidiéndose el uno del otro. Los sentía alegre a pesar que no oía lo que cuchicheaban. La luz del pasillo se apagó, todo quedó en silencio. Me quedé medio desvelado parece, por que por vez primera presté oídos al silencio. La casa comenzó a parecerme más enorme y aterradora. De pronto sentía que toda ella se quejaba, los chirridos de tablas se hacían cada vez más agudos y frecuentes, también la oscuridad me pareció más lóbrega que nunca, no quería dormir en esos momentos de seguro tendría pesadillas. Me metí debajo de las sábanas deseando que las cosas se tranquilizaran de una vez por todas. Temía cerrar los ojos, por si algún monstruo entraba en mi habitación, el pánico se estaba apoderando de mí y a pesar que quería llorar y salir corriendo a la pieza de mamá el miedo me tenía paralizado y me sujetaba por las piernas. No sé si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, pero sentí pasos en el pasillo que bajaron la escala lentamente, luego la puerta crujió nuevamente como si alguien hubiese salido. No pude contener más el grito que brotó del fondo de mis entrañas. Mamá llegó asustada. Le conté de los pasos, de mis miedos, del crujido de la puerta. Le pedí que se quedara conmigo hasta que me durmiera. Desperté cercano el mediodía por los llantos de la abuela. Me levanté a ver que sucedía y entonces mamá me dijo que el abuelo había partido.

Dos años más tarde, y también un domingo, se sintió crujir la puerta mientras me hallaba en compañía de mi madre y la abuela, entonces comprendí que el abuelo venía a busca de mi nona.

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Tormento

Borracho llegaba todas las tardes, después que entraba en su casa, se sentían, gritos, golpes, platos rotos, siempre lo mismo. Al amanecer la madre de mi amigo con el rostro lleno de marcas por su llegada, y los ojos de mi amigo llenos de impotencia. Pasaron los años, y el ritual comenzó, pero luego de los gritos, se escuchó él grito de dolor de una voz pastosa. Al día siguiente, el rostro de la madre estaba intacto y los ojos de mi amigo llenos de culpabilidad.

Vida te me vas


Mi vida se aleja

en las tinieblas de la noche,

ayer quise detenerla,

quise preguntarle ¿Dónde iba?

No quiso contestar.

¡Vida te me vas!

y no logro saber como acercarme a ti,

no logro entenderte,

no logro acompañarte,

simplemente presencio tu marcha.

El tiempo que pasó

ya lejano está,

no se cuando,

no se como,

pero,

ya se fue,

y solo me quede preguntando

que hacia yo, en tanto.

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Amelia


Tenía la costumbre de dejar papel y lápiz sobre el velador. Tan pronto como se despertaba, comenzaba a anotar los detalles de lo soñado. Aquella mañana, más temprano que lo acostumbrado (aún no amanecía), tomó el lápiz y escribió con angustia el sueño, las palabras brotaban unas tras otras, parecían incluso atropellarse por querer salir. Cuando terminó la plana, quiso continuar, pero las letras transcritas comenzaron a mezclarse en un líquido que escurría por el papel para caer lánguidamente al piso. Pensó que aquello era parte del sueño, no le dio importancia, apagó la luz y se recostó. Entonces le pareció sentir el sollozo de una mujer, como si viniera de una pieza contigua. Prendió la luz, y vio sentados sobre un baúl que tenía en su habitación, la figura a medio perfil de dos ancianos. Él la abraza y trataba de consolarla, mientras ella no paraba de llorar.

¡Oh, mi dios, es que no voy a despertar nunca!- se dijo mientras se restregaba los ojos. No podía dar crédito a esa visión. Pero no soportaba que siguieran ahí. Se incorporó y sintió el frío de la mañana en sus pies descalzos, caminó hacia las figuras que se distinguían entre las penumbras, pero al querer tocarlas sus manos las atravesaron como si fueran un holograma. Quiero despertar, ahora, por favor, no quiero seguir soñando, quiero despertar, quiero despertar se repetía una y otra vez. ¿Cómo puedes dormir, después de lo que nos has hecho? exclamó la mujer. Su rostro senil, ceniciento, dibujaba arrugas de penas arrastradas de miles de vidas pasadas, tan ajada se veía su piel, que tenía pequeños desgarros colgantes, cuya pestilencia se había secado con el tiempo. ¿Qué me dices? – inquirió él. Soy Amelia y el Samuel, ¿nos recuerdas? Sí, así les puse a los personajes de una novela inconclusa, que ya ni siquiera recuerdo. Lo ves, ¿lo reconoces ahora? Nos olvidaste, nos abandonaste como tantas otras cosas que has abandonado y mira en lo que nos has convertido. Pero Amelia, tú sólo eras un personaje que existió en mi imaginación ¿de qué me estás hablando?. Sí, lo sé, pero me hiciste amar a Samuel, dejaste que nos enamoráramos y cuando no supiste que hacer con nuestro amor, destruiste el borrador de esta novela, por que junto con ella, aprovechaste de destruirte tú también. Nunca creíste que alguien pudiese amar de ese modo, porque Samuel era aquel hombre que has escondido todos estos años, pero yo me enamoré de ese personaje y te envolví con mi pasión, las horas que pasábamos juntos eras feliz, navegamos por mares de erotismo, sucumbiste en mis brazos tantas noches, mi perfume se impregnaba en tu piel y te seguía por todas partes, me veías en la calle, en un café, en una película. Entonces creíste enloquecer, y comenzaste a quemar lo escrito. Cuando dormías, venía te besaba con tanto ardor, te hacía el amor como nadie, y entonces volvías a mí. Nuestros encuentros se apoderaban de tu mente y escribías, escribías, y querías que nuestra pasión continuara, que no acabase nunca. Pero sucedió lo impensado, Samuel sintió celos de nuestro amor y se negó a participar de nuestro trío, yo traté de impedirlo. Te pedí, te rogué que hicieras algo, pero eso fue demasiado para ti, los celos también te consumieron. El alcohol entró en nuestras vidas, te emborrachabas y maldecías a Samuel, me querías sólo para ti. Vida mía, yo te amaba, pero no podía entrar en tu mundo, sólo era una ilusión. Te ensañaste tanto con Samuel que descargaste toda tu furia contra él y empleaste tanto tiempo en ello, que me olvidaste, y cuando quisiste volver por mí, era demasiado tarde, no eras el amante del que me había enamorado. Dejaste de escribir, dejaste de soñar y te abandonaste.....te amaba tanto...... Amelia, aún es tiempo de revivir nuestro amor, voy a comenzar a escribir, si voy a escribir y volverás a ser mía, mía, sólo mía. Amelia, Amelia, has vuelto mi amor, has vuelto, comenzó a gritar. Ella, dejó caer una lágrima y dijo- ya es tarde amor- debes despertar, despierta amor mío, despierta ya.

No, no, no quiero despertar – gritaba él, mientras la mujer que le tomaba de los brazos le gritaba ¡despierte ya, despierte ya!. Él abrió los ojos, y exclamó Amelia, has vuelto mi amor, has vuelto mi vida. La mujer, le respondía que sí, que había vuelto por él, que debía quedarse quieto, mientras le suministraba el sedante. Luego se dirigió a sus compañeros que traían la camisa de fuerza, y les dijo – no será necesario, ya está tranquilo, mientras le acomodaba la almohada.

Es tan corto el amor


Como dijo el poeta

es tan corto el amor

y tan largo el olvido.

Que simple suena

y que tan compleja

verdad hay detrás;

que triste y clara verdad.

Que fría

tan fría como la sensación

de las gotas de lluvia

que corren por mi ventana

creando un escalofrío

en mi espalda,

y mi voz tiembla

y no es por frío

y mis ojos

se quisieran cerrar

para

no ver la soledad.

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Bombardeo en Kabul


El bombardeo soviético no cesaba. La ciudad de Kabul, se hacía cada vez, más insegura. Tarig y su familia, buscaron refugio en un gimnasio de la ciudad que estaba habilitado para los afganos. El miedo se había apoderado del pequeño de 6 años. Al caer la noche, no aguantando más la angustiante situación sus esfínteres le jugaron una mala pasada. Avergonzado decidió arrancar antes de que amaneciera. En el intento fue sorprendido, pero no pudieron impedirlo pese a los gritos delirantes de sus padres y de todos los refugiados que clamaran a que volviera. Fue lo último que escuchó luego de la explosión. Al amanecer fue rescatado treinta metros más lejos. Entre los escombros no había rastros de los suyos, y lo mojado de sus pantalones, pasó desapercibido

Balada de pena peruana


Aquella tarde de diciembre, el sol enardecido abrazaba con tanto ahínco la plaza de Iquique, como queriendo desarmar las tropas encabezadas por el coronel Roberto Silva Renard. El viento del mar se retiraba ahogado por las calles aledañas; mientras la gente atolondrada por el aire raído permanecía en sus casas, esperando el fatal desenlace. Cuando Rosangela se asomó a la ventana, no podía dar crédito a lo que verían sus cándidos ojos; las tropas nacionales rodeaban la plaza Manuel Montt con toda su artillería, cientos de soldados en posición con su fusil prestos a disparar -contra los miles de hombres, mujeres y niños que se hallaban al interior de la escuela Santa María- esperando la orden del coronel que erguido sobre su cabalgadura blanca se mantenía incólume ante el desasosiego que emanaba de los desamparados. El corazón de la joven, se desgarró por la angustia de ver la suerte de su amado en el filo de ese sable que se blandía en el aire, en manos de un hombre que no distinguía la diferencia entre un perro y un niño. Los ojos negros del coronel, eran incapaz de ver -que los que protestaban eran obreros, mujeres y niños por cuyas venas corría sangre chilena, como la de él -. No, la venda que cubría sus ojos compuesta de odio, fue mayor y no dudó en dejar caer minutos más tarde su brazo, dando origen a la peor matanza que haya conocido nuestra historia.

Protegiendo a su madre enferma, el joven Artemio, mantenía en la mirada perdida la dulce sonrisa de Rosangela Sandoval Cárdenas, aquella peruana que conoció cuando apenas llegaba a la ciudad de Iquique junto con cientos de obreros provenientes de las salitreras de Pozo Al Monte, con el sueño de la rebelión, con los bototos gastados, su ropa roída, su piel escamosa, el pelo apelmazado. Entre la muchedumbre que los recibió, el rostro de Rosangela lo cautivó de inmediato. Así, mientras se celebraban las reuniones con los mediadores, el joven Artemio salió en busca de aquella joven, encontrándola a una cuadra de su refugio atendiendo el almacén de su padre. Los cigarrillos, bolsas de té, azúcar o harina, fueron motivos para acercarse a ella. Sólo la noche anterior a la tragedia, los jóvenes lograron verse a escondidas, camuflados entre los miles de obreros que albergaban en la vieja escuela. Rosangela y Artemio, entendieron que aquel amor tendría mal destino; por la tarde habían caminado por la orilla de la playa, y sus cuerpos ardientes se buscaron tras el fulgor de la puesta de sol. Ella le pidió se escaparan, que abandonara su lucha, que viajaran hacia Tacna, allí tenía familiares que los ayudarían, no estaba dispuesta a perderlo ahora que había llegado a su vida. El joven Artemio, sintió que la vida le era demasiado injusta, pero no podía dejar la lucha que inició su padre don Clotario Jiménez junto a su madre y su hermanito, debía continuar por la dignidad de tantos obreros. En esta lucha su padre había perdido la vida; la aridez del desierto fue mayor que sus fuerzas como para el pequeño Nicanor. Los enterró a ambos en la pampa, y juró por ellos llegar hasta las últimas consecuencias. La promesa, lo alejaba ahora de los brazos de su amada; quien se entregó en cuerpo y alma, sobre los tablones de una sala a oscuras. Rosangela llegaba virgen al encuentro con su amado, su cuerpo inmaculado se lleno de caricias y besos, Artemio la amó sabiéndolo, y bajo el pesado aliento de la muerte que contemplaba aquellos jóvenes amantes retobarse en la penumbra, le juró ante dios, su amor eterno que selló con un beso interminable.

El brazo del coronel bajó y las ráfagas de las ametralladoras acaban con los primeros mártires -la madre de Artemio yacía en los brazos del joven- en un arrebato de hidalguía se alzó en medio de la matanza con su madre en brazos y gritó ¡VIVA CHILE MIERDA!, mientras su cuerpo sucumbía acribillado por las balas traidoras.

Al anochecer, las lágrimas de la joven peruana, bañaban el rostro ensangrentado de Artemio, que dejaba escapar una leve sonrisa - pensaba en su amada, cuando sus ojos se cerraron para siempre.

La Casona y el perro lanudo

  Déjate llevar me decía mi inconsciente como si fuera la dulce voz de mi madre, parsimoniosa, la escuchaba una y otra vez, mientras hacia e...